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	<title>Iglesia en Marcha &#187; iglesia</title>
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	<description>Noticias Cristianas</description>
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		<title>TAMBORES DE GUERRA SANTA</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Oct 2010 00:52:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Dr. Álvaro Pandiani No es necesario ser un asiduo concurrente a la iglesia, a cualquier iglesia, o un asiduo lector de la Biblia, para que a uno le resulte chocante ver, o saber de alguien que se autoproclama o es reconocido por otros como un hombre de iglesia, un ministro de Dios, esgrimiendo un arma, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Dr. Álvaro Pandiani</strong></p>
<p>No es necesario ser un asiduo concurrente a la iglesia, a cualquier iglesia, o un asiduo lector de la  Biblia, para que a uno le resulte chocante ver, o saber de alguien que se autoproclama o es reconocido por otros como un hombre de iglesia, un ministro de Dios, esgrimiendo un arma, en actitud de agresivo desafío hacia quienes considera oponentes, o enemigos, en razón de sus principios o creencias. Resulta chocante, no solo en este siglo 21, signado por la “tolerancia” y el “respeto a la diversidad”, lemas de gobiernos y otros grupos, muy mediáticos pero poco puestos en práctica. Pero ya desde tiempos anteriores a la posmodernidad, puede decirse que rechinaba el que ministros de Dios empuñaran las armas y efectuaran acciones violentas contra personas a las que deberían más bien predicarles el amor y el perdón de Dios, pues tal es su misión en razón de su ministerio, de su llamado y vocación.</p>
<p>¿Por qué es chocante? ¿Por qué rechina? Justamente por eso; porque la misión de un ministro de Dios es <strong><em>“predicar el evangelio a toda criatura”</em></strong> (Marcos 16:15). Aunque esto en realidad no es misión solo de un ministro de Dios, sino de todo cristiano; cuánto más entonces de aquel que ha dedicado su vida al servicio de Dios, y del prójimo. Al decir <strong><em>toda criatura</em></strong>, Jesús no excluye a nadie, sino que indica que a todos los seres humanos se les debe presentar claramente el evangelio, para que tengan la oportunidad de recibir el perdón de sus pecados, y la vida eterna. Eso significa que para un ministro de Dios, ningún ser humano debería ser visto como un enemigo al que atacar, reducir, dominar o destruir, sino como un pecador necesitado del amor de Dios en Cristo Jesús, que perdona, redime, restaura y salva.</p>
<p>Es curioso que nos produzca esa sensación, que nos choque y nos rechine, ver por ejemplo a un pastor evangélico con un arma en la cintura, cuando la historia eclesiástica abunda hasta lo abrumador en ejemplos de personajes con investidura sagrada, que ejercieron violencia extrema contra otras personas. Basta recordar a los personeros de la “Santa” Inquisición, que durante siglos torturaron y asesinaron miles de personas, al cumplir su función de policía religiosa, tanto en Europa como en la América colonial; o también, el más resonante ejemplo de violencia ejercida en nombre de Cristo de toda la historia cristiana, las Cruzadas, varias de ellas dirigidas o codirigidas por obispos y aún cardenales. Es como si, casi instintivamente, por lo menos quienes nacimos y crecimos en una cultura con herencia religiosa cristiana, presintiéramos que entre Dios y la violencia despiadada y cruel no puede haber punto de contacto. Nos parece, se nos ocurre, que Dios no puede tener nada que ver con el odio y la intolerancia que lleva a resolver los conflictos por el expediente de la mutua destrucción, por los medios que sea. Si nosotros vamos al Nuevo Testamento de la Biblia, vemos confirmado nuestro parecer, cuando leemos por ejemplo que <strong><em>“Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”</em></strong> (Juan 3:17); y también que el evangelio es <strong><em>“poder de Dios para salvación de todo aquel que cree”</em></strong> (Romanos 1:16); y además que Jesús <strong><em>“es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación”</em></strong> (Efesios 2:14). En las Sagradas Escrituras también vemos que los seguidores de Cristo (los cristianos) tienen mandatos y consejos tan significativos como: <strong><em>“Sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación”</em></strong> (Romanos 14:19), y <strong><em>“el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz”</em></strong> (Santiago 3:18); y que también entre los primeros cristianos se cantaba: <strong><em>“Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz”</em></strong> (Romanos 10:15). La primera conclusión que destella al ver tales afirmaciones y declaraciones bíblicas, y compararlas con los hechos más oscuros de la historia cristiana, es que la mayor parte del tiempo, la mayor parte de los cristianos no hemos cumplido con lo que predicamos.</p>
<p>O por lo menos, con lo que enseña la doctrina de nuestra fe.</p>
<p>Llegado a este punto de la revisión acerca de cuál era el auténtico espíritu de los cristianos primitivos, cuál la enseñanza del Nuevo Testamento de la Biblia acerca de la violencia y la paz, del amor y el odio, fácilmente se nos puede responder: ¿y qué del Antiguo Testamento? ¿Qué, por ejemplo, de la conquista de Canaán, cuando por “mandato de Dios” hombres, mujeres y aún niños fueron pasados por la espada? ¿Qué de las guerras de Israel contra las naciones vecinas suyas, vistas como enemigos crónicos, y a veces consideradas “guerras de Dios”? ¿Qué de las condenas a muerte por lapidación, por delitos que hoy en día son considerados pecados, faltas morales, o incluso son aceptados como opciones legítimas de vida? Indudablemente, si se discuten semejantes antecedentes de violencia ejercida y guerras hechas en el nombre de Dios, deberían tenerse en cuenta las muy diferentes condiciones sociales y culturales de una época tan distante en el tiempo respecto a nuestra realidad; sin embargo, ese no es el punto principal. Esto requiere también una explicación teológica, pues al afirmar que Dios es un Dios de paz (1 Corintios 14:33), para quienes conocen la Biblia, aún someramente, surge de inmediato la consideración de los hechos mencionados recién, y las interrogantes que siguen pueden ser: el Dios de la Biblia, ¿qué clase de Dios es? ¿Un Dios iracundo y violento? ¿Un Dios vengativo y sanguinario? ¿O tal vez un Dios de perfecta justicia que <strong><em>“no tendrá por inocente al culpable”</em></strong> (Nahum 1:3)? Un Dios que es amor, lo que también se especifica en el Antiguo Testamento en pasajes tales como <strong><em>“en toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, los trajo y los levantó todos los días de la antigüedad”</em></strong> (Isaías 63:9), o también <strong><em>“con amor eterno te he amado; por eso, te prolongué mi misericordia”</em></strong> (Jeremías 31:3b), pero que también es <strong><em>“fuego consumidor”</em></strong> (Hebreos 12:29), y del que se dice: <strong><em>“horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo”</em></strong> (Hebreos 10:31); estos dos últimos, pasajes del Nuevo Testamento.</p>
<p>Un Dios con iguales características (amor, justicia y misericordia), se nos presenta en ambos testamentos de la Biblia, pero actuando u ordenando actuar de forma muy diferente. Esta diferencia podría quizás explicarse porque <em>“la revelación del Antiguo Testamento fue preparatoria y parcial, mientras que la revelación del Nuevo Testamento fue culminante y completa”</em> <sup>(1)</sup>; también debemos tener en cuenta que <em>“el Pentecostés marca una nueva dispensación de gracia, la del Espíritu Santo”</em> <sup>(2)</sup>. En otras palabras, a partir de la obra redentora de Cristo, consumada por amor a los seres humanos, y con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, día de inicio de la historia de la Iglesia  Cristiana como comunidad de los seguidores de Jesús, cuya misión era predicar a todos ese amor demostrado en la obra de redención, <em>“la ley externa cesa de ser ley del pecado y de la muerte… y la ley interna de la vida por el Espíritu proporciona el motivo y la fuerza de la obediencia”</em> <sup>(3)</sup>. Así está expresado en el Nuevo Testamento: <strong><em>“la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”</em></strong> (Romanos 8:2). ¿Hacia dónde apunta lo que se pretende decir? A que la obra de Jesucristo introdujo un punto de corte en la historia del trato de Dios con los seres humanos, y el propio Jesús de Nazaret, obviamente consciente de eso, tuvo el valor y la osadía de presentar sus enseñanzas bajo la forma de una rectificación de los principios del Antiguo Testamento. El ejemplo más claro de esto está dado en el Sermón del Monte, donde entre muchas otras cosas, Jesús dice: <strong><em>“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás, y cualquiera que mate será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio; y cualquiera que diga necio a su hermano, será culpable ante el Concilio; y cualquiera que le diga fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego”</em></strong> (Mateo 5:21,22); también, hablando sobre la venganza, Jesús enseñó: <strong><em>“Oísteis que fue dicho: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”</em></strong> (Mateo 5:38,39). También del Sermón del Monte surge una enseñanza insólita, que sigue hoy día resultando inaudita, que  probablemente sea unos de los mandamientos de Jesús más desobedecidos por los cristianos a lo largo de los siglos, y que se relaciona con el tema en discusión: <strong><em>“Oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos”</em></strong> (5:43-45).</p>
<p>Después de leer palabras como estas, repito, a uno le choca y le rechina ver a un hombre de iglesia, un ministro de Dios, esgrimiendo un arma, en actitud de agresivo desafío hacia quienes considera oponentes, o enemigos, en razón de sus principios o creencias.</p>
<p>Fue unos pocos días antes del once de setiembre que apareció en la prensa la noticia de una proyectada incineración del Corán, libro sagrado del Islam, propuesta por Terry Jones, pastor evangélico de una iglesia de Gainesville, en la Florida,  Estados Unidos de América. Quizás la noticia haya salido antes en la prensa uruguaya; indudablemente, la intención de quemar el Corán el once de setiembre, aniversario del atentado contra las torres gemelas de Nueva York, trascendió mucho antes, pues las notas de prensa recogían expresiones de desaprobación y condena de parte de la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, de la OTAN, del Secretario General de la ONU, Ban Ki-Moon, del Vaticano, y hasta del general David Petraeus, comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses en Afganistán. <sup>(4)</sup> Por supuesto, las reacciones en el mundo islámico fueron enérgicas y amenazantes, y variaron desde expresiones moderadas como la de un portavoz de Teherán que manifestó: <em>“Aconsejamos a países occidentales que impidan utilizar la libertad de expresión para insultar los libros sagrados, de lo contrario los sentimientos que esto provocaría en naciones musulmanas no podrían controlarse”</em> <sup>(4)</sup>, hasta agresivas manifestaciones, vistas por lo menos en mi caso en pantallas de la BBC, en las que pudo apreciarse una multitud de musulmanes quemando una bandera de los Estados Unidos y exhibiendo grandes pancartas escritas en inglés, con advertencias sobre las consecuencias que aparejaría la quema del Corán. Eso por el lado musulmán. Por el lado cristiano, además del pronunciamiento del Vaticano, varias organizaciones y personas condenaron la propuesta de Terry Jones, incluyendo a otro pastor evangélico de la misma ciudad de Gainesville. <sup>(5)</sup></p>
<p>Más allá de todo esto, deja una fuerte impresión leer acerca de una matrimonio de “pastores adjuntos” de Jones, haciendo sus declaraciones a la prensa, tanto él como ella, con armas a la cintura <sup>(5)</sup>; y también, ver al referido Terry Jones proclamando que en el Islam está “el mal”, mostrado por la televisión en su despacho, escribiendo en su computadora, con una pistola de grueso calibre sobre el escritorio, al alcance de la mano. Pasando delante de este hecho puntual de la quema del Corán, que al final no se concretó, lo que aquí está presente es el fundamentalismo, entendido como “conservadurismo teológico”, con una imagen de “mentalidad cerrada, beligerante y separatista” <sup>(6)</sup>; o también, y en forma más detallada y actualizada, como: <em>“una forma moderna de religión politizada a través de la cual los &#8220;verdaderos creyentes&#8221; resisten la marginación de la religión en sus respectivas sociedades. Todas las variantes compartirían su resistencia, cuando no declarada hostilidad, a la secularización, y buscan reestructurar las relaciones e instituciones sociales y culturales según los preceptos y normas tradicionales. Algunos buscan combatir el secularismo a través de escuelas, prensa, academias; otros ingresan a la arena política y otros abandonan la política convencional y el marco jurídico, y practican la violencia y la guerra religiosa para intimidar o derrocar gobiernos.”</em> <sup>(7)</sup></p>
<p>Por el lado del Islam, el fundamentalismo de tal modo entendido se reconoce claramente por ejemplo en el extremismo religioso del Talibán, o en la acciones violentas del terrorismo practicado por Al Qaeda, cuya prédica ve a occidente, y sobre todo a Estados Unidos de América, como “el diablo”. Por el lado del cristianismo, uno podría llegar a pensar que en la posmodernidad, que es al mismo tiempo una era poscristiana, un extremismo religioso como el que por ejemplo dio origen (o pretexto) a una policía religiosa del tipo de la “Santa” Inquisición, o a empresas bélicas de gran magnitud para su época como las cruzadas, un auténtico fundamentalismo cristiano combativo y violento, es ya cosa del pasado; de un pasado remoto. Con tal pensamiento presente, no puede menos que sorprender saber que en Estados Unidos hay una extrema derecha religiosa (cristiana), que por ejemplo cuando Israel invadió el Líbano en 2006, en respuesta a los ataques con cohetes de la milicia islámica Hezbollah, apoyaba enteramente las acciones israelíes, pese a la masacre de civiles libaneses que se estaba perpetrando, hecho que debería sensibilizar una auténtica conciencia cristiana. Como comentamos en ese momento: <em>“</em><em>Cual es el límite de esta escalada de violencia, no lo sabemos. Como cristianos debemos hacernos algunas preguntas: ¿es correcto tomar partido por uno de los bandos? En otras palabras, ¿debemos “legitimar” lo que hace Israel disparando cañones y misiles sobre territorio libanés, y preparándose para una nueva invasión?”</em> <sup>(8)</sup>. También preocupa escuchar en un programa radial evangélico la versión traducida de un estudio bíblico dado por un pastor de California, en el que éste hacía apología del armamentismo norteamericano, <em>“para defendernos de los malos”</em> (para defenderse ellos). De hecho, un evangelista norteamericano internacionalmente reconocido, que incluso predicó en nuestro país el pasado año 2009, es cuestionado también internacionalmente por su apoyo a la guerra de Irak. Según más de un artículo este predicador, oficiando como capellán del ahora ex presidente George W. Bush, ofreció a éste “justificativos religiosos” para la guerra. Es inevitable que cosas como éstas nos perturben; nos perturban como cristianos, pues el mensaje del evangelio es un mensaje de paz, de amor aún al enemigo, en el que no debe hallar cabida una belicosa defensa del militarismo. Además de esto último, en relación a la guerra de Irak lo significativo es que si al argumento esgrimido por Estados Unidos para justificar la invasión de ese país en 2003, la existencia de armas de destrucción masiva (que nunca aparecieron), argumento que podríamos clasificar dentro de seguridad de las naciones occidentales (Estados Unidos en primer lugar, obviamente), y a la acusación, nunca reconocida por los norteamericanos, de que la invasión fue motivada por la ambición de controlar los pozos petrolíferos iraquíes, argumento que se podría calificar de económico (apropiación y explotación de recursos naturales), si a esos argumentos le agregamos el religioso (el Islam como enemigo al que dominar o destruir), entonces el mundo habría presenciado estos últimos siete años en Irak ni más ni menos que una cruzada. Es verdad que esta interpretación nos puede parecer absurda, y es indudable que la mayoría de los soldados norteamericanos que combatieron en Irak no vieron la guerra como una cruzada religiosa; pero tampoco debemos caer en la ingenuidad de creer que todos quienes fueron a las cruzadas en la Edad Media lo hicieron exaltados por el fervor religioso. Hubo también muchos aventureros que fueron a “combatir al infiel” en Tierra Santa en procura de riquezas, delincuentes que escapaban de la justicia, y pobres que buscaban una manera de no perecer de hambre en su tierra.</p>
<p>Quizás deberíamos ver qué opinan al respecto aquellos que han sido agredidos por las invasiones cristianas. Según el historiador Geoffrey Hindley: <em>“Actualmente, en círculos liberales tanto cristianos como musulmanes está de moda valorar las cruzadas como un episodio injustificado de agresión occidental”</em>; también nos dice: <em>“En la actualidad, muchos musulmanes defenderían que, en realidad, las cruzadas nunca terminaron, sino que continúan en el siglo XXI en la confrontación entre Occidente y el Islam”</em> <sup>(9)</sup>. Es curioso, y esto también lo relata Hindley, que el responsable de uno de los más resonantes intentos de magnicidio de la historia reciente, el turco Alí Agca, quién disparó contra el papa Juan Pablo II en 1981, adujo que lo hizo para <em>“matar al comandante supremo de las cruzadas”</em> <sup>(9)</sup>. En relación al papa Juan Pablo II, cabe recordar que en el año 2000 el mismo pidió perdón por varios hechos cuestionables de la historia de la Iglesia, entre ellos las cruzadas. Sin embargo, el historiador Geoffrey Hindley nos informa que <em>“Muchos siguen esperando a que el mundo árabe pida perdón por la agresión que supusieron las guerras de la yihad de los siglos VII y VIII, con las que conquistaron tierras cristianas situadas entre Siria y Egipto, así como la franja costera norteafricana, desde el Imperio Romano cristiano hasta los reinos cristianos de España; o por la conquista del Imperio Ortodoxo, bizantino y griego”</em> <sup>(9)</sup>. Interesante postura, que nos recuerda que la agresión occidental y cristiana de las cruzadas fue contra un pueblo y una religión que siglos antes invadieron y conquistaron tierras originalmente cristianas; pero que también implica que el Islam tendría una cuenta pendiente con el cristianismo que aún no ha sido saldada, y que sigue doliendo y mortificando el corazón de algunos cristianos. ¡Un formidable rencor que lleva ya más de mil años!</p>
<p>Seguramente y pese a todo lo dicho habrá personas que, aún manteniendo en su corazón creencias cristianas sinceras, considerarán pertinente y necesario estar preparados para responder en caso de una agresión, y para responder proporcionalmente; armándose con un revólver o pistola en caso de esperar el ataque de un ladrón, o con una escopeta o fusil si lo que se avecina es el ataque de un terrorista. Lo que hacen individuos, también lo hacen naciones, y eso resulta en un armamentismo creciente; una vez que se cuenta con el poderío de un armamento superior, pero careciendo de datos concretos acerca del momento, el lugar y la naturaleza del ataque que se teme, surge entonces la doctrina del ataque preventivo: pegar antes que nos peguen. Si pensamos en la supuesta existencia de armas de destrucción masiva en el Irak de Saddam Hussein, vemos la doctrina que justificó, por lo menos oficialmente, la invasión de 2003 por Estados Unidos; y si a esa invasión le agregamos el agravante del “justificativo religioso”, tenemos entonces una cruzada, y estamos otra vez en lo dicho anteriormente. La guerra contra una nación islámica por un motivo de “seguridad”, con otro motivo oculto, el “económico”, que por tratarse de un pueblo y un líder musulmán es validada por un argumento religioso. Sería casi bizantino entrar en la discusión acerca de cuán justificado está defenderse de la agresión, de una agresión en curso, en una forma proporcional y necesaria para salvaguardar la vida y la integridad de las personas, o la seguridad pública, las instituciones y la forma de vida de una nación. No vamos a entrar en eso. El punto aquí es si como cristianos vamos a estar de acuerdo en la provocación al estilo Terry Jones, en ponernos el arma a la cintura para desafiar al otro, gratuitamente o en venganza por agresiones pasadas (<em>¡venganza, venganza, cristianos!</em>, como clamó el padre Valverde a los españoles que se encontraron con el  inca Atahualpa en el Perú <sup>(10)</sup>; bonito ejemplo de cristianismo), o también, si vamos a agregar el justificativo religioso para ejercer violencia extrema, a través de un “ataque preventivo”, o de un conflicto bélico, convenciéndonos a nosotros mismos de que se trata de una auténtica cruzada “en el nombre del Señor”.</p>
<p>Yo imagino a un predicador del evangelio diciendo al primer mandatario de su país: “Señor Presidente, es una nación islámica; siempre han sido enemigos de los cristianos. Mande tanques y aviones, señor; dispare los misiles. Son musulmanes y terroristas. ¿Qué puede importar? Envíe las tropas, liquídelos a todos”. No sé si habrá sido así exactamente, pero solo imaginarlo me hace temblar.</p>
<p>El punto, seguimos, es si por el contrario como cristianos vamos a ser fieles al espíritu del evangelio de Jesús, el de una predicación pacífica, humilde y llena de amor por las almas. Ese espíritu que siempre estuvo presente a lo largo de la historia, y también en la era de las cruzadas, aunque siempre entre los menos; por ejemplo, en un Raimundo Lulio, predicando con valor a los musulmanes del norte de África <sup>(11)</sup>, y en Francisco de Asís, quién acompañó la quinta cruzada para predicar el evangelio a los árabes, llegando a evangelizar en persona al mismísimo sultán de Egipto, Al Malik Al Kamil, sobrino de Saladino <sup>(12)</sup>.</p>
<p>¿Suenan tambores de guerra entre Occidente y el Islam, en el siglo XXI? ¿De una guerra santa, originada o impulsada por motivos religiosos? Los musulmanes parecen convencidos de que así es. ¿Qué actitud seguiremos los cristianos ante esto? ¿Seguiremos el espíritu del evangelio? ¿O el espíritu que alentó históricamente una Iglesia institucionalizada, secularmente poderosa, pero generalmente apartada de la senda de Jesús, un espíritu de odio, guerra y violencia extrema?</p>
<p>Quizás, los cristianos debamos recordar y tener bien presentes lo que al respecto nos dice la Palabra de Dios. Textos como los que siguen deberían hacernos meditar en ese auténtico espíritu del evangelio de Jesús, y actuar en consecuencia:</p>
<p><strong><em>La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo</em></strong> (Juan 14:27).</p>
<p><strong><em>Dios envió mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo</em></strong> (Hechos 10:36).</p>
<p><strong><em>Sed de un mismo sentir y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros </em></strong>(2 Corintios 13.11).</p>
<p><strong><em>Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en su solo cuerpo. Y sed agradecidos</em></strong> (Colosenses 3:15).</p>
<p>Y tantos otros…</p>
<p>(1) Ryrie, CC. Algunas presuposiciones. En Teología Básica. Editorial Unilit, Miami, 1993. Pág. 17.</p>
<p>(2) Wiley, HO. La persona y obra del Espíritu Santo. Introducción a la Teología Cristiana. Beacon Hill Press, Kansas City, 1976. Pág. 279.</p>
<p>(3) Op. cit. Pág. 383.</p>
<p>(4) <a href="http://www.elpais.com.uy/.../el-mundo-contra-pastor-que-insiste-en-quemar-el-coran">www.elpais.com.uy/&#8230;/el-mundo-contra-pastor-que-insiste-en-quemar-el-coran</a></p>
<p>(5) www.larepublica.com.uy/&#8230;/423130-quema-del-coran-dios-nos-llama-a-hacerlo-afirman-evangelistas</p>
<p>(6) Shelley BL. Fundamentalismo. En Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe, Nashville, TN, 1989. Pág. 462-463.</p>
<p>(7) <a href="http://www.iesmurgi.org/filosofia/.../Fundamentalismo%20Conceptos.htm">www.iesmurgi.org/filosofia/&#8230;/Fundamentalismo%20Conceptos.htm</a></p>
<p>(8) <a href="../../../../../2006/07/y-el-libano.html">www.iglesiaenmarcha.net/2006/07/y-el-libano.html</a></p>
<p>(9) Hindley G. Las consecuencias. En Las Cruzadas, Peregrinaje Armado y Guerra Santa. Ediciones B, S.A., Barcelona, 2005. Pág. 385-393.</p>
<p>(10) González JL, Los hijos del sol. En Historia del Cristianismo, Tomo 2. Editorial Unilit, Colombia, 1994. Pág. 203-218.</p>
<p>(11) Clouse, RG. Raimundio Lulio. En Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe, Nashville, TN, 1989. Pág. 674.</p>
<p>(12) Spoto, D. Francisco de Asís. Javier Vergara Editor, Barcelona, 2004. Pág. 210-213.</p>
<p><span><span><strong><span style="color: #0000ff; font-size: xx-small;">Iglesia En Marcha.Net</span></strong></span></span></p>
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		<title>EL SUPUESTO ELEMENTO SOBRENATURAL EN LA IGLESIA DE NUESTROS DÍAS</title>
		<link>http://www.iglesiaenmarcha.net/2008/08/el-supuesto-elemento-sobrenatural-en-la-iglesia-de-nuestros-dias.html</link>
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		<pubDate>Wed, 06 Aug 2008 19:12:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Finalizada la era apostólica, la iglesia comienza a marchar “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas” (Efesios 2:20), y así entra al siglo II. Ya en un capitulo anterior mencionamos cómo, cuando los apóstoles desaparecen de la dirección de la comunidad cristiana, ésta persifica su camino, desviándose por diferentes vías doctrinales, haciendo los Padres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="imageOld" src="http://www.iglesiaenmarcha.net/images/art_v7z6Cl7.jpg" border="0" alt="" align="left" /></p>
<p>Finalizada la era apostólica, la iglesia comienza a marchar “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas” (Efesios 2:20), y así entra al siglo II.  Ya en un capitulo anterior mencionamos cómo, cuando los apóstoles desaparecen de la dirección de la comunidad cristiana, ésta persifica su camino, desviándose por diferentes vías doctrinales, haciendo los Padres Apostólicos capitales esfuerzos por mantener la nave de la Iglesia en el rumbo trazado por Cristo y sus apóstoles el siglo anterior.  Por ejemplo y para empezar a mencionar movimientos surgidos en ese siglo, para nada estéril de actividad, el gnosticismo, ya en embrión en el siglo I y combatido por Juan en sus escritos, constituyó un intento sincretista de amalgamar el evangelio cristiano con corrientes filosóficas y religiosas paganas. “Tal era el fin que el gnosticismo perseguía: trataba de elevar el cristianismo al rango de religión universal, combinando en él todas las tendencias y energías de la época y adaptándolo así a la comprensión de todos y satisfaciendo las necesidades de todos” (Seeberg).  Otro movimiento pretendidamente reformista de ese tiempo, el iniciado por Marción, surge de una perversión de la doctrina cristiana de la gracia, en contraposición con la Ley del Antiguo Testamento, y se emparentó con el gnosticismo. “Marción insistía en que la iglesia había oscurecido el evangelio al tratar de combinarlo con el judaísmo” (Latourette).  Pero el que nos interesa fundamentalmente a los efectos de este capitulo es aquel movimiento que surge en reacción a lo que se interpretaba como enfriamiento espiritual, preponderancia del formalismo y entrada de la mundanalidad en la Iglesia; movimiento cuyo iniciador mencionamos de pasada en el capitulo anterior. Nos referimos a Montano, y su producto, la reforma montanista.    La primera reforma  Montano aparece en Frigia, en el corazón del Asia Menor, a mediados del siglo II. Se dice que luego de su bautismo “habló en lenguas”; casi diríamos acto seguido comienza una carrera profética, acompañado de dos mujeres discípulas suyas, Priscila y Maximila. Dice el Dr. Samuel Vila: “Montano se proclamaba a sí mismo profeta de una nueva efusión del Espíritu Santo que según la profecía de Joel, citada por Pedro, precedería la segunda venida del Señor”. Se proclamaba la profecía, bajo el influjo y dominio absoluto del Espíritu Santo. “Ellos representaban un avivamiento de los profetas que sobresalieron en las primeras décadas de la iglesia, así como un llamamiento a los cristianos a que viviesen mas estrictamente” (Latourette); “Había llegado la era del Paracleto, y éste hablaba por medio de Montano” (Seeberg). La reacción contra el rechazamiento del Espíritu Santo por parte de la iglesia se palpa en la profecía de Priscila, citada por el Dr. Vila en su Enciclopedia de Historia de la Iglesia: “Soy apartado como el lobo de las ovejas. No soy lobo sino Verbo, Espíritu y Potencia”.</p>
<p>Otro de los elementos sobresalientes de la reforma montanista fue su énfasis extremo en la pronta venida de Cristo, el fin del mundo, el juicio y el descenso de la Nueva Jerusalén, que vendría sobre Frigia, asentándose sobre Pepuza, el pueblo natal de Montano. Los tiempos estaban preñados de expectativa escatológica; dice Latourette: “No lejos del tiempo de Montano, por lo menos dos obispos, uno en Ponto y otro en Siria, estaban esperando el regreso de Cristo. El uno declaró que el juicio final acaecería dentro de dos años, y los que le creían dejaron de cultivar sus campos y se deshicieron de sus casas y bienes. El otro llevo su grey al desierto a encontrarse con Cristo”. Tal vez coadyuvaran a esa atmósfera de expectación mesiánica las persecuciones, la última de las cuales había sido desencadenada por Antonino Pío, quien aún estaba en el trono de Roma al surgir el montanismo, aproximadamente en el 156 D.C.</p>
<p>Las adversidades de esta vida siempre han sido un gatillo que, en aquel cuyo corazón alberga fe en Dios, dispara un fuerte anhelo por la venida de Cristo y el fin de las cosas presentes. Ese anhelo se incrementa en forma impresionante cuando la adversidad llega a los extremos de la persecución, la tortura y el martirio. El “Ven, Señor Jesús” del Apocalipsis (22:20) se transforma en el grito agónico de quien ya no soporta el dolor provocado por la desaparición de seres queridos, y el terror producido por la expectativa de una muerte violenta. La expectativa mesiánica se refuerza ante la persecución, pues Jesús profetizo que una de las señales que precederían a su segunda venida seria precisamente la oposición violenta a sus seguidores (Marcos 13:9-13). Por supuesto, Jesús no dijo que esa persecución final seria la única; pero cada persecución podría ser la ultima. De hecho, en las enseñanzas de Montano se unen una muy fuerte expectación escatológica con un exagerado aprecio por el martirio, al punto que se prohibía a los cristianos que adherían a Montano huir ante la persecución. Esa interesante actitud, rayana en el fanatismo, ignora que el Nuevo Testamento también enseña la autopreservación, enseñanza mostrada en el ejemplo de Pablo huyendo de Damasco (Hechos 9:25), Pedro escapando del rey Herodes (Hechos 12:17), y de Pablo y Bernabé huyendo de Iconio (Hechos 14:6).</p>
<p>Lo que el Nuevo Testamento prohíbe es negar a Cristo si uno es confrontado con cualquier perjuicio personal, aun la muerte (Lucas 9:24). Podemos conjeturar que los montanistas pretendían, ofreciéndose al martirio, cumplir la profecía de Cristo, y apresurar así su venida; pero solo es una conjetura, sobre la que sin embargo volveremos mas adelante.</p>
<p>Lo importante es destacar los grandes puntos de la reforma montanista: el “hablar en lenguas”; la llegada de la era del Espíritu Santo; la profecía con revelaciones directas del Espíritu Santo a la Iglesia; y la expectación escatológica de la cercana venida de Cristo. Es interesante notar que estas características son elementos presentes en nuestra época en las iglesias protestantes o evangélicas que siguen la línea pentecostal, o de renovación carismática.</p>
<p>De hecho, es el Dr. Vila quien establece esta comparación entre el movimiento montanista del siglo II, y el movimiento pentecostal del siglo XX. Otro de los puntos destacados por este autor es, precisamente, el desprestigio de las verdades bíblicas remarcadas por el montanismo, por ir dichas verdades acompañadas de extravagancias fanáticas. Parece una regla, una lamentable regla, que cuando los grupos cristianos se lanzaron a recuperar cierta dimensión espiritual en sus servicios religiosos, la dimensión de la actividad del Espíritu Santo, nunca ha faltado esa ausencia de equilibrio que lleva a exagerar la medida de dichas manifestaciones; exageración que, por supuesto, no parte del propio Espíritu Santo, sino de la voluntad de los creyentes, de sus aspiraciones, imaginaciones o fantasías.  Si miramos un ejemplo sacado de la historia cristiana, vemos al historiador eclesiástico K. S. Latourette, hablando del gran despertamiento evangélico del siglo XVIII en las trece colonias británicas de Norte América (núcleo de la entonces futura nación de los Estados Unidos de América); dice: “Mucha excitación y mucha confusión emocional acompañaron el avivamiento&#8230; Hubo gritería, risas, raptos, visiones y convulsiones. Algunos de los predicadores y exhortadores laicos deliberadamente estimularon estos fenómenos”. Fue hace doscientos cincuenta años, pero, fundamentalmente por lo último, parecería que el tiempo no hubiera pasado.       Una visión contemporánea</p>
<p>Y ahora, viniendo a nuestro siglo, vemos que contrastando el concepto tradicional de reunión religiosa, celebración rodeada de una atmósfera de seria solemnidad y recogimiento, las reuniones evangélicas de nuestros días, fundamentalmente aquellas habidas en las iglesias que siguen la línea pentecostal o de renovación carismática, se caracterizan por un ambiente en el que se estimula a la alegría y el gozo. Teniendo el cristiano motivos para el regocijo dado el inmenso amor de Dios (Juan 3:16), y lo que Cristo ha hecho por él (Romanos 14:9; Gálatas 1:4), y hallando respaldo en las invitaciones hechas al pueblo del Señor para exteriorizar la alegría (Salmos 32:11; Filipenses 4:4), el cristianismo evangélico celebra reuniones cultuales que en ocasiones llegan a transformarse en autenticas fiestas de canto, música y predicación enfervorizada.</p>
<p>Un retrofondo religioso o espiritual amalgama estas expresiones del alma de los concurrentes, dándole sentido y contenido, virtualmente razón de ser, a la reunión de culto. El momento de alabanza se centrará en la ejecución de música movediza y pegadiza (tanto que algunos ensayan tímidos pasos de baile), marco de cantos que serán acompañados por la congregación en un clima de alegre celebración.</p>
<p>El momento de adoración se desarrolla guiado por melodías suaves, lentas y dulces, con cantos que expresan el amor y entrega a Dios en términos aun más dulces, jalonados por manos levantadas, ojos cerrados y rostros humedecidos por ríos de lagrimas; lagrimas de gozo, de agradecimiento y de emoción.</p>
<p>Si uno se ubica en tal momento en el lugar de observador neutral (a riesgo de ser calificado de soberbio, poco espiritual y pedante) encontrará virtualmente imposible diferenciar cual creyente está expresando de tal manera un acto interno de adoración a Dios nacido de lo más profundo de su ser, y cual está exteriorizando una tormenta emocional desencadenada en su interior por el muy particular ambiente que le rodea.</p>
<p>Por supuesto, Aquel que escudriña la mente y el corazón del hombre sabe bien cuál es cuál, pero el punto es que el sobre estímulo del aspecto emotivo puede llevar a que nos engañemos en cuanto a la verdadera naturaleza del motivo de los creyentes para concurrir a la iglesia, o aun para creer. Y cuando los motivos incorrectos salen a la luz, es que nos llevamos las sorpresas.</p>
<p>Cuando un creyente dice que una iglesia es “fría”, ¿qué entiende por iglesia “caliente”? Cuando un cristiano dice que la iglesia está “muerta”, ¿qué entiende por iglesia “viva”? Y si por iglesia viva entiende una congregación en la que está presente y activo el Espíritu Santo, ¿en qué basa su afirmación de la no presencia del Espíritu, y quién le dio autoridad para emitir semejante juicio? (en otras palabras, ¿quién se cree que es?). Cuando un creyente sale de la reunión de culto diciendo que “no recibió”, ¿tiene claro qué es lo que significa “recibir”, qué esperaba recibir, y qué era lo que Dios en realidad quería “darle”?</p>
<p>Si el cristiano dice que en la reunión “no sintió” la presencia del Señor, ¿olvida acaso que el Señor prometió su presencia donde dos o tres se congregaran en su Nombre, y por lo tanto Él esta presente, lo sienta o no?       Una visión muy personal</p>
<p>Personalmente, como pastor evangélico pentecostal, miro con agrado la sana exteriorización de regocijo en las reuniones cristianas, como expresión del gozo integral de la vida cristiana, fruto del Espíritu Santo. Pero me aferro a mi condición de cristiano evangélico, y haciendo caso omiso a las barreras denominacionales (que gracias a Dios están cayendo) me solidarizo con quienes favorecen otras formas de liturgia evangélica, menos explosivas y más conservadoras.</p>
<p>Veo con pena cuando la sana alegría carismática se transforma en extravagancia incomprensible, cuando no irracional. He podido comprobar cómo para muchos creyentes la iglesia “fría” o “muerta”, en la que “no sienten” la presencia del Señor ni “reciben bendición”, es la iglesia que reúne dos características: en primer lugar, en sus cultos ni la música ni la oración ni la predicación despierta intensas emociones, y por otra parte, no se fomenta el show de sucesos sobrenaturales (profecías, visiones, sanidades, exorcismos) y por ende, estos son escasos o inexistentes. Son congregaciones donde sencillamente se cantan himnos de alabanza a Dios, y se predica en forma expositiva la Biblia.       Liturgia sobrenatural</p>
<p>Dos elementos ya mencionados, uno en el capitulo precedente y otro en el presente, requieren ser traídos nuevamente sobre el tapete para un análisis un poco mas profundo del fenómeno espiritual y psicoemocional de las reuniones de las iglesias protestantes de nuestros días.</p>
<p>En el capitulo anterior hablamos de la iglesia cristiana de Corinto del primer siglo, aquella a la que Pablo escribió su celebre “Primera Epístola”, destinada fundamentalmente a corregir errores. Decíamos entonces que el desorden de las celebraciones religiosas corintias que el apóstol debió recriminarles partía por un lado de un descontrol en el ejercicio de los “dones”, es decir, las virtudes y capacidades sobrenaturales que el Espíritu Santo otorga a los creyentes inpidualmente. Pero en virtud del hecho obvio que Dios no se desentiende ni del hombre, ni de la iglesia, ni de lo que estos hacen, sino que permanece en el soberano control de todo, consideramos de sentido común suponer que el desorden parte también, no del uso antojadizo e irresponsable de un poder sobrenatural, sino de una antojadiza pretensión de reproducir dichos fenómenos según la voluntad humana y no la voluntad de Dios. Es decir, no cuando Dios quiere, y en las insondables profundidades de la Mente Infinita y el Amor Perfecto del Señor se dispone que así sea, sino en casi cada ocasión que los creyentes quieran, entiendan, o “sientan” que debe ser.</p>
<p>El segundo elemento lo mencionamos unas pocas líneas atrás, al referirnos al abuso del elemento sobrenatural (o con pretensión de tal), como partiendo de las imaginaciones y fantasías de algunos creyentes. El cristiano aspira a que el mundo entero conozca a Jesucristo y crea en Él; el creyente aspira también a que su fe transforme su vida en algo significativo. También espera y con razón que su relación con la Persona Trascendente de Dios abra horizontes que traspasen las fronteras de la misma muerte, expandiéndose hacia la eternidad; por lo propio, espera que la relación diaria con el Absoluto, el Padre Celestial, introduzca en su vida elementos que salgan de la experiencia ordinaria, de aquella que tienen las personas que no creen en Dios ni tienen en cuenta darle un lugar en sus vidas.   Esos elementos extraordinarios son ejemplificados en múltiples personajes de la Biblia, formando un abigarrado mosaico a través de las épocas, lugares, culturas y personas de la antigüedad, registradas en las Sagradas Escrituras.</p>
<p>Teofanías, o apariciones de Dios en forma humana (Abraham, Josué, Gedeón); visitas de ángeles (Abraham, Lot, los padres de Sansón, Daniel, Pedro, Cornelio, Pablo); visiones celestiales (Isaías, Ezequiel, Daniel, Esteban, Pablo, Juan); visiones del futuro (Ezequiel, Daniel, Juan); visiones privadas (Moisés, Pedro, Pablo); visiones de la Persona pina (Moisés, Isaías, Ezequiel, Daniel, Juan); visiones alegóricas (Elías, Ezequiel); audición de la voz del Espíritu (Isaías, Ezequiel, Felipe, Pablo y Bernabé); teletransportaciones instantáneas (Ezequiel, Felipe); arrebatamientos en cuerpo y alma fuera de la Tierra (Pablo, Juan); y los siempre apetecidos milagros de sanidad, y exorcismos de endemoniados.</p>
<p>Si uno lee esta lista con espíritu crítico, puede estar a punto de echar este libro y también la Biblia a la basura. Sin embargo, si uno acepta la cosmología bíblica, a saber, el universo creado por Dios Todopoderoso, y luego repasa la Biblia pensando en la inconmensurable vastedad del universo creado por Dios y en el mas amplio sentido de la palabra &#8220;Todopoderoso&#8221;, en una cultura globalizada en la que el racionalismo del siglo XVIII, el positivismo científico del siglo XIX, y el fenomenal avance del conocimiento y la tecnología del siglo XX no han podido desterrar la idea mística de la conciencia humana, seguramente uno será mas prudente en el manejo de la creencia religiosa, y del lugar que ésta ocupa en la vida de muchos de nuestros semejantes.</p>
<p>Hay así una cultura de lo extraordinario y sobrenatural en el ambiente de la Iglesia Cristiana, en algunos de sus sectores (sin olvidar el conservadurismo de otros sectores, como contrapartida).</p>
<p>Ya vimos el relato del historiador Latourette acerca del avivamiento de las trece colonias en el siglo XVIII, y cómo los predicadores estimulaban abiertamente la exteriorización de reacciones extravagantes, las que seguramente se etiquetaron con el rótulo de “manifestación del Espíritu”. Y también dijimos que en ese aspecto no había habido mucho cambio, en todo este tiempo.</p>
<p>Los conceptos equivocados en religión se arraigan tan fuertemente que se hace dificultoso desterrarlos, una vez que se han establecido. Es así, pues se trata de principios e ideas que forman parte del credo al que el creyente adhiere desde lo profundo de su alma. Se ha dicho que las ideas políticas o aun filosóficas son mas fáciles de remover, mediante un argumento racional que demuestre sus errores y/o imperfecciones, de lo que lo son las creencias religiosas, justamente por el profundo alcance que tienen las cosas de la fe en el alma humana.</p>
<p>De ahí se desprende la importancia capital de una adecuada instrucción doctrinal y bíblica desde el inicio del andar cristiano. Por eso repetimos la significativa referencia que hace Kenneth Scott Latourette a la actitud de aquellos predicadores del siglo XVIII, y reiteramos por tercera vez que eso sigue sucediendo doscientos cincuenta años después.</p>
<p>Es decir, hoy en día.       Religión y magia</p>
<p>El estimulo de una fenomenología rayana en conductas anormales durante las reuniones de oración y avivamiento de algunas iglesias cristianas, constituye un verdadero show de curiosidades, cuyos conductores preconizan un sensacionalismo externo y superficial.</p>
<p>El aceite que mana de las paredes, o gotea de las manos del predicador, o la transformación misteriosa de objetos de material común en metales preciosos, y otras banalidades sin sentido y sin propósito, que desfiguran el ministerio espiritual de la Iglesia y ridiculizan el cristianismo, han campeado como manifestaciones prodigiosas del “poder de Dios”. Esta clase de fenómenos, absolutamente carentes de contenido, lleva al creyente al culto de la forma; una  forma hueca, vacía, ritual pero novedosa, siempre novedosa, de acuerdo a la “moda”.</p>
<p>Un ejemplo será pertinente, antes de introducir un comentario arriesgado de nuestra parte, que seguramente generará desagrado, rechazo e incluso protesta en algunos. Un hermano en la fe, un cristiano evangélico procedente de la ciudad mas norteña de nuestro país, Bella Unión, en la frontera con el Brasil, me comentaba en una ocasión y con entusiasmo acerca de la práctica, en boga allá en el norte, de ungir, es decir, derramar aceite en las paredes de las casas, con el propósito de &#8220;bendecir la casa&#8221; (proteger contra los demonios, traer prosperidad económica, etc., etc.).</p>
<p>Mi primera observación fue que la unción con aceite de viviendas particulares carece de fundamento bíblico, por lo menos en el Nuevo Testamento, donde los símbolos se traducen en las realidades que representan; la unción con aceite, en concreto, es fundamentalmente un símbolo de la recepción del Espíritu Santo. Lo interesante fue preguntarle a este creyente si sabia, precisamente, qué simboliza el aceite en las Sagradas Escrituras; y no sabia. Esto quiere decir que practicaba la forma desconociendo el contenido; desarrollaba el rito, sin tener idea de que fuerzas espirituales había tras el mismo, si acaso había alguna.</p>
<p>El desconocimiento, indiferencia u olvido del contenido espiritual nos pone en camino de la religión cuya base es cumplir con las ceremonias prescritas; esa ausencia de atención hacia el contenido espiritual, bíblicamente racional de la revelación cristiana, también, nos pone en riesgo de caer en la superstición, y diluye la frontera entre la fe y la magia.</p>
<p>Tal vez una atrevida aseveración, pues la Biblia condena muy severamente la magia en todas sus formas, y hace serias advertencias a quienes la practican, cabe el planteo de la medida en que la magia se ha infiltrado en la iglesia, y confundido con la fe.</p>
<p>A propósito de esto, bien vale citar los comentarios del Dr. Héctor Brazeiro Diez, medico uruguayo y miembro de la Sociedad Argentina de Antropología e Historia, quien allá por el año 1975 publicó en Montevideo un Ensayo Critico y Valorativo sobre Supersticiones y Curanderismo; escribe: “La historia comparada de los pueblos nos muestra la repetición universal de la Idea Mágica, lo que nos lleva a la concepción seductora de la unidad de las razas humanas. Es que lo mágico es Idea Primordial de fácil representación en cualquier cerebro humano”.</p>
<p>Más adelante, sobre el ítem magia y religión agrega: “En la magia el oficiante cree orgullosamente dominar todas las fuerzas&#8230; El conjuro mágico es sostenido por un solo y forzado aliento. Es una orden. La oración en cambio es elevación espiritual, silenciosa si se quiere, humilde, pidiendo fuerzas para orientarse e interpretar un designio; es un acto de adoración y no un contrato. Cae en superstición el creyente que ofrezca algo a cambio de un beneficio”.</p>
<p>Resultan interesantes estas afirmaciones de parte de un profesional universitario que por otra parte no es (o no se define en su libro como) un creyente cristiano. Además, nos dan un pantallazo de como ven el cristianismo, y sus perversiones, aquellos que adoptan una posición neutral, critica, y pretendidamente objetiva. El punto principal de lo que venimos diciendo es, pues, establecer la diferencia capital entre autentica adoración que nace de lo profundo del espíritu humano, en una relación personal con Dios por medio del Espíritu Santo que habita el corazón del creyente, vivificándolo, renovándolo interiormente y llenándolo del amor de Dios; y por otro lado el culto de la forma, el rito; la oración por ejemplo, hecha de tal o cual manera, en tal posición, con tal tono de voz, con tal ademán de las manos, y otras varias cosas por el estilo, para lograr el efecto, la bendición, la respuesta favorable.</p>
<p>Citando nuevamente al Dr. Brazeiro: “De la misma naturaleza que las ánimas, seria la sustancia que para la Magia cementa y rodea las personas y las cosas. Sobre esta sustancia imaginaria pero valiosa, actuará el iniciado, sea mago o médium, para imantarla. Este fundamento mágico convence al operador de que obrando sobre un objeto lejanamente relacionado, sea por parecido o por cercanía fortuita con otro, tenderá como un puente telegráfico que modificará las circunstancias o las cosas en el otro extremo, según la energía y/o la pasión que él ponga en sus maniobras de este lado”.</p>
<p>Vemos que existe la creencia en una conexión sobrenatural impersonal, al actuar sobre la cual se producirá un movimiento en una dimensión mística, tipo caída de fichas de domino, que regresará al mundo normal en otra parte produciendo el efecto deseado.</p>
<p>El cristiano cree en la omnipresencia de Dios, enseñada por la Biblia (Salmo 139:7-12; Mateo 18:20), e identifica esa presencia con el Espíritu Santo (“A donde me iré de tu Espíritu?”; Salmo 139:7); de tal manera, más allá de la presencia de ángeles o demonios, la presencia de Dios llena el mundo invisible a nuestro alrededor, al punto que el apóstol Pablo dijo a los filósofos de Atenas: “en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:28).</p>
<p>Pero, el Espíritu de Dios no es una sustancia impersonal (pese a lo que digan los testigos de Jehová), sino que siendo la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, su voluntad es la voluntad de Dios mismo, y de acuerdo a esa Perfecta Voluntad actuará en todas las cosas, y fundamentalmente en la operación de fenómenos espirituales y sobrenaturales (“&#8230;palabra de sabiduría &#8230; palabra de ciencia &#8230; fe &#8230; dones de sanidades &#8230; el hacer milagros &#8230; profecía &#8230; discernimiento de espíritus &#8230; persos géneros de lenguas &#8230; interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular COMO EL QUIERE” [énfasis mío]; 1 Corintios 12:8-11).</p>
<p>La diferencia capital entonces radica en entablar una correcta interrelación personal con el Señor Jesucristo, y aceptar humildemente su voluntad. Esa será la fuente de toda bendición.       Tomado del libro &#8220;SENTIRES&#8221; observaciones y comentarios sobre fenómenos espirituales y manifestaciones emocionales en la experiencia cristiana.  Parte 2, capítulo 2. Editorial ACUPS, setiembre 2000. Álvaro Pandiani.</p>
<p>Iglesia En Marcha. Net</p>
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