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	<title>Iglesia en Marcha &#187; avivamiento</title>
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		<title>ESTAMOS DE CAMPAÑA VIENDO LA GLORIA DE DIOS – Parte 2.</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Nov 2009 19:46:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Conozca Uruguay]]></category>
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		<description><![CDATA[El fantasma del Avivamiento. Dr. Álvaro Pandiani. 1) Luces de campaña. En la Parte 1 de este artículo se delinearon objetivos a alcanzar con la obra evangelizadora. El método más usado, el más preciado, podríamos decir, el más querido para realizar dicha obra sigue siendo la campaña evangelística. La campaña evangelística es una aventura, es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El fantasma del Avivamiento.</strong></p>
<p>Dr. Álvaro Pandiani.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>1) Luces de campaña.</strong></p>
<p>En la <strong>Parte 1</strong> de este artículo se delinearon objetivos a alcanzar con la obra evangelizadora. El método más usado, el más preciado, podríamos decir, el más querido para realizar dicha obra sigue siendo la campaña evangelística. La campaña evangelística es una aventura, es marchar como Iglesia hacia un terreno que no es el que habitualmente pisamos; es también una fiesta, una ocasión para el encuentro de personas y grupos humanos que comparten principios y creencias. Realizada a veces por una congregación aislada, o por dos o tres iglesias reunidas, toma la forma de una reunión al aire libre que convoca a un número variable de personas, en la que hay canto religioso, con melodías dulces y ritmos pegadizos, arengas de contenido eminentemente cristocéntrico que apuntan a atraer a los vecinos y personas que circunstancialmente pasan, para que se detengan a escuchar “el mensaje”, la predicación del evangelio seguida de la invitación a aceptar, o recibir, a Jesucristo como Salvador y Señor. Otras veces, la campaña toma la forma de una gran cruzada (inoportuna reminiscencia militar medieval, dudosamente justificada dado que la actividad adquiere el sentido espiritual de una “invasión” al territorio del Infiel); cuando se unen muchas, a veces decenas de congregaciones evangélicas, la campaña se vuelve un evento multitudinario de grandes proporciones que convoca miles de personas, llenando estadios u otro tipo de lugares públicos. En Montevideo han dejado su huella grandes cruzadas evangelísticas realizadas en el Palacio Peñarol, Cilindro Municipal, Estadio Charrúa, Velódromo Municipal, y varios otros lugares.</p>
<p>La campaña es una aventura, pues los creyentes evangélicos salen de los recintos de los templos en que se reúnen, no como individuos que regresan a sus hogares luego del servicio del culto, sino como congregación, como iglesia, con el objetivo de predicar su fe en Jesús a los inconversos en el barrio, en las casas y en los espacios públicos. Esta salida de los templos tiene un significado espiritual más o menos profundo, pues en la retórica eclesiástica evangélica el mundo en general, bien que pertenece a Dios en cuanto Creador y Soberano universal, es territorio cedido a Satanás, de acuerdo a la afirmación del apóstol Juan: <strong><em>“el mundo entero está bajo el maligno”</em></strong> (1 Juan 5:19). Por eso para los evangélicos en general, y mucho más para aquellos impregnados de los conceptos de la “guerra espiritual”, salir a predicar el evangelio significa un avance hacia territorio enemigo, donde campan por sus respetos la maldad y el pecado, la incredulidad, la idolatría y el paganismo, el ocultismo y el satanismo; y donde están como rehenes de Satanás las almas de los seres humanos, esclavos de sus pecados y condenados a eterna perdición. A los tales se procura arrebatar de semejantes garras mediante la predicación de la Palabra de Dios que trae perdón, salvación y libertad por la fe en Jesús y en el poder de su sangre. Esta es una visión sumamente espiritualizada de la tarea evangelística, que no obstante está en consonancia con lo expresado en el Nuevo Testamento en cuanto a propósito, contenido y efectos de la predicación evangelística de los apóstoles, para ilustración de lo cual podemos tomar el siguiente pasaje bíblico: <strong><em>“…para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo y de los gentiles, a quienes ahora te envío para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados”</em></strong> (Hechos 26:16-18).</p>
<p>La campaña es también una fiesta, un encuentro social con valor de confraternización para personas de distinta extracción social, cultural, racial, e incluso económica; personas  vinculadas por el hecho, ajeno a todos los aspectos mencionados, de compartir una misma fe que orienta sus vidas, conducta y experiencias cotidianas, y alienta sus esperanzas más profundas y queridas. En esas fiestas, sobre todo en las más multitudinarias, notoriamente cuando miles de personas concurren a un gran estadio, en general a escuchar a un predicador de renombre internacional, se crea una atmósfera especial y electrizante; la propia concentración de gente potencia ese ambiente, con su particular entorno emocional, azuzado por la música, canciones emotivas, relatos conmovedores de situaciones difíciles atravesadas por algunos individuos, en las que Dios “intervino directa y milagrosamente”, y finalmente la predicación del evangelio, más o menos enfervorizada. Una predicación que finaliza con el “llamado” a recibir a Jesús. No cabe duda que para quienes alentamos la fe cristiana evangélica en nuestros corazones, es emocionante ver a tantos y tantos pasar con su mano en alto, acercándose a la plataforma desde la cual llama el predicador, para recibir la oración que éste promete hacer por ellos. Es emocionante porque imaginamos que quienes se acercan a esa plataforma, muchos de ellos con lágrimas en los ojos, lo hacen con una comprensión cabal del evangelio que les fue predicado. Imaginamos que reconocen sus pecados, y que desde lo profundo de sus almas se arrepienten ante Dios, y suplican a Cristo por la salvación de sus almas; imaginamos que entienden que el evangelio cristiano es una invitación a un cambio tan radical y drástico que Jesús lo describió como un <strong><em>“nacer de nuevo”</em></strong> (Juan 3:7), y que están dispuestos a ese cambio; imaginamos que comprenden que el paso que están dando en ese mismo momento es de una importancia tal, que debería marcar un nuevo rumbo para el resto de sus vidas, de la misma manera que les sucedió a aquellos primeros discípulos que <strong><em>“dejándolo todo, lo siguieron”</em></strong> (Lucas 5:11). Imaginamos todo eso, y ver a esas personas con sus ojos cerrados mientras el evangelista hace oración, nos mueve a recordar cuando nosotros estuvimos en una situación similar. Luego que la multitud ha “aceptado” a Jesús como Señor y Salvador, los enfermos, los oprimidos, los atribulados y los angustiados reciben, de parte del predicador, una oración especial por salud, liberación y paz, tras la cual regresan a sus lugares con sonrisas de felicidad, o por lo menos de alivio. Y podemos llegar a pensar: “¡cómo se movió el Espíritu Santo! Hubo salvación, sanidad divina, liberación. ¡Una muchedumbre de personas se convirtió a Cristo!”</p>
<p>Y creemos estar presenciando un auténtico avivamiento.</p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;"> </span></strong></p>
<p><strong><span style="text-decoration: underline;">2) Sombras de un movimiento ideal.</span></strong></p>
<p>La perspectiva que da el tiempo nos permite evaluar en forma más desapasionada los auténticos resultados de las campañas; aquellos “resultados” que se pretenden “conservar”, aunque no siempre se puede. Hablamos de una evaluación objetiva surgida de la experiencia que da el trabajo en numerosas campañas evangelísticas; tanto en las grandes cruzadas de tipo multitudinario, desarrolladas en estadios y prácticamente siempre con un evangelista extranjero, como en las más modestas, las de entre casa, realizadas en la puerta del templo o en un espacio público, plaza o terreno baldío, y predicando desde arriba de una tarima de madera.</p>
<p>En tal evaluación, lo primero a destacar es la casi total ausencia de estudios estadísticos con seguimientos a mediano y largo plazo de los mencionados “resultados” de las campañas. En general, acerca de estos eventos se ofrece el informe del número de conversiones (algunos realmente abultados), pero no un rastreo que proporcione datos más fidedignos sobre lo genuino de esas “conversiones”, evidenciado por lo menos mediante la integración a la membresía de una iglesia local, la permanencia y la participación en la obra del Señor en su congregación. En el terreno de lo conceptual, en primer lugar lo que se pone en entredicho es si a tales campañas, sobre todos los grandes cruzadas masivas en los estadios, donde la concurrencia de miles de personas potencia el ambiente peculiar y electrizante del evento, podemos llamarles con propiedad avivamiento. Hace muchos años, estando en la ciudad de Córdoba, Argentina, para una actividad de charlas sobre temas de actualidad con enfoque bíblico,  un grupo de jóvenes de la iglesia anfitriona se reunió conmigo para preguntarme con mucha seriedad: “¿Por qué no hay avivamiento en Uruguay?” No recuerdo literalmente el tenor de la conversación, pero sí que entre las primeras cosas que les solicité fue que definiéramos qué es un avivamiento. He leído excelentes y sesudos análisis y definiciones de lo que es un avivamiento, qué lo compone, qué actitud de la Iglesia es necesaria y/o suficiente para que haya un avivamiento, y que frutos produce; he leído también los pasajes de la Biblia a los que tales estudios refieren como antecedente bíblico del fenómeno del avivamiento, como las conversiones en masa del pueblo de Israel cuando un rey piadoso conducía la nación de vuelta a la adoración del único Dios (Ezequías, 2 Crónicas 29 al 31; Josías, 2 Crónicas 34 y 35; como ejemplo entre otros), o las conversiones en masa en respuesta a la predicación del evangelio por los apóstoles (Hechos, capítulos 2, 4, 5, 14, etc.). Pero donde mejor se lee acerca de avivamientos es en los libros de historia cristiana de origen protestante, en los que se nos refiere justamente a los grandes despertamientos de vida religiosa de los siglos 18, 19 y principios del 20, historia en la que resuenan nombres como los que mencionamos en la Introducción. Lo interesante es que los “resultados” de tales avivamientos eran cambios importantes en la geografía religiosa de la sociedad en la que se daban, y esos cambios tenían carácter permanente. Así, leemos en el artículo <strong>Avivamiento </strong>la siguiente definición: <em>“Espontáneo despertamiento espiritual producido por el Espíritu Santo entre cristianos profesos en las iglesias, cuyo fruto es más profunda experiencia religiosa, vida santa, evangelismo y misiones, la fundación de instituciones educativas y filantrópicas, y reforma social”</em> (Dayton, DW, Diccionario de Historia de la Iglesia; Editorial Caribe; 1989; Pág. 109). Desafortunadamente, si nos atenemos a tal definición de <em>avivamiento</em>, tan buena como cualquier otra, debemos reconocer que la gran mayoría de las campañas evangelísticas de las últimas décadas, por lo menos aquí en Uruguay (y acaso también en otros países latinoamericanos), no califican para ser denominadas como tales, como ya se dijo en la Introducción. Por supuesto que siempre que se predica el evangelio hay conversiones, hay miembros de iglesias evangélicas que se sienten llamados a una mayor consagración a Jesucristo, y esta mayor consagración puede incluir más trabajo de evangelismo y misiones. Pero a fuerza de ser sinceros, el profundo cambio de vida espiritual dentro de las iglesias, acompañado con el paso masivo de inconversos por la experiencia de fe transformadora en Jesucristo, y el consiguiente crecimiento de la membresía de la Iglesia, así como el impacto sobre la comunidad en su estilo de vida y costumbres, moralidad pública y privada, cultura, hábitos y recreación, leyes y normas de convivencia, todo lo que comúnmente se asocia con el <em>avivamiento</em>, pues así sucedió en los avivamientos históricos, <strong>no se ha dado</strong> en ninguno de los movimientos evangelísticos masivos de los últimos veinticinco años, ampulosamente llamados <em>“avivamientos”</em>.  El historiador cubano Justo L. González, al bosquejar la historia religiosa de los Estados Unidos durante los siglos 18 y 19, dice que el avivamiento caracterizó el protestantismo de ese país; este autor, hablando de los grandes despertamientos del siglo 18, comenta: <em>“A consecuencia de aquel Gran Avivamiento, buena parte del protestantismo norteamericano ha retenido el ideal del avivamiento”</em>; y más adelante refiere que <em>“El avivamiento se volvió uno de los fenómenos característicos de las ciudades norteamericanas”</em> (Historia del Cristianismo, Tomo II; Editorial Unilit; 1994; Págs. 368 y 392); y al decir esto, parece sugerir que el <em>avivamiento</em> fue una expresión propia del cristianismo evangélico de los Estados Unidos en los siglos 18 y 19. Es decir, una expresión de la cultura religiosa de esa sociedad, que a lo largo del siglo 20 habría sido exportada por los misioneros norteamericanos a los territorios de misión en América Latina, persistiendo hasta hoy el recuerdo de los grandes despertamientos religiosos que el mundo anglosajón conoció en esas épocas, y el intento de reproducirlos en las ciudades latinoamericanas mediante las grandes cruzadas evangelísticas masivas; cruzadas masivas que se parecerían a aquellos maravillosos eventos en la forma, pero no tanto en los resultados. Si esta línea de pensamiento es válida, quizás sea hora que los evangélicos latinoamericanos discutamos seriamente sobre la posibilidad de implementar estrategias de evangelismo alternativas a la campaña, más adecuadas para impactar nuestras comunidades en este siglo 21.</p>
<p>Aunque por supuesto, en esto deberemos siempre estar, por encima de toda especulación, abiertos a la guía de Dios para nuestras vidas, trabajo y desarrollo de su obra.</p>
<p><strong>(Continúa)</strong></p>
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		<title>ESTAMOS DE CAMPAÑA VIENDO LA GLORIA DE DIOS – Dr. Alvaro Pandiani</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Oct 2009 22:34:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Parte 1 Luces y sombras de una tradición evangélica. Dr. Álvaro Pandiani. 1) Introducción. Todos hemos leído de los grandes avivamientos de los siglos 18, 19, y primera parte del 20; y si no todos, por lo menos aquellos que hemos querido documentarnos sobre la historia del cristianismo protestante, y cómo hemos llegado a ser [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Parte 1</strong></p>
<p><strong>Luces y sombras de una tradición evangélica.</strong></p>
<p>Dr. Álvaro Pandiani.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>1) Introducción.</strong></p>
<p>Todos hemos leído de los grandes avivamientos de los siglos 18, 19, y primera parte del 20; y si no todos, por lo menos aquellos que hemos querido documentarnos sobre la historia del cristianismo protestante, y cómo hemos llegado a ser lo que somos hoy, los cristianos evangélicos. Hubo una época en que me subyugaba leer los relatos de las grandes reuniones campestres de aquellos tiempos, cuando John Wesley, George Whitefield, Jonathan Edwards, y más tarde Dwight Moody, Charles Finney, Evan Roberts, y otros predicaban el evangelio, y literalmente miles de personas pasaban por una dramática experiencia de conversión, de auténtica conversión; me cautivaba leer esos relatos, e imaginar que hoy en día se dieran nuevamente esos movimientos de masas hacia la fe en Jesucristo. Aún hoy me subyuga leer acerca de las cosas portentosas de aquellos tiempos; me inspira, me hace soñar, me hace anhelar ver a ésta, nuestra sociedad decadente, secularizada y perdida en aquello que la Palabra de Dios llama pecado, encendida e incendiada por un derramamiento del Espíritu Santo como aquellos de los que tanto hemos leído, pero es dudoso que hayamos tenido real oportunidad de ver.</p>
<p>Un tipo de actividad evangelística que es heredera directa de aquellas reuniones multitudinarias realizadas en los campos junto a los poblados, en las colonias británicas de Norteamérica, o luego en los Estados Unidos de América, o en Gran Bretaña (nunca en los siglos 18 y 19 en América Latina; detalle que no había notado yo en mis épocas de entusiasmo juvenil por estas actividades), una actividad heredera de aquellas predicaciones hechas en la “campaña”, es justamente la campaña evangelística. La campaña evangelística como movimiento masivo de predicación del evangelio es usada aún hoy en día por innumerables predicadores, iglesias y ministerios evangélicos, en todas partes del mundo. También aquí en Uruguay.</p>
<p>Desde hace más de veinte años me involucré en campañas evangelísticas, aquí en Montevideo, mi ciudad. Por supuesto, en diferentes niveles de responsabilidad y decisión. Y siempre noté la diferencia entre lo que podía leer acerca de aquellos grandes avivamientos históricos, y las campañas de evangelismo masivo a las que pude asistir, y en las que pude trabajar y colaborar. Diferencias que más de una vez me llevaron a plantearme si los relatos de aquellos avivamientos eran exagerados, llegando al engaño, o si estas campañas que yo pude ver en mi país, a las que se llamaba (y se llama) ampulosamente “avivamientos”, y en las que se reportan a veces miles de “conversiones”, no son tales avivamientos.</p>
<p>¿Por qué? Porque reiteradamente he visto, en las campañas evangelísticas de nuestros días, que de esas miles de personas que pasan al frente con la mano en alto para “aceptar a Cristo”, un gran porcentaje ya son miembros de iglesias evangélicas, que pasan al frente porque ni siquiera están seguros de su salvación y profesión de fe cristiana; y del resto, de los que no son cristianos, un porcentaje no mensurado, pero que se antoja no pequeño, una vez pasado el momento emotivo de la campaña, no quiere saber nada de ir a la iglesia.</p>
<p>¿Cuales son las expectativas que se generan en torno a una campaña evangelística? El objetivo principal explícito de una actividad de este tipo siempre es “ganar almas”, entendiendo por esto lograr que personas que no conocen el evangelio cristiano se vuelvan seguidores de Jesucristo; esta breve definición de “ganar almas” nos proporciona dos nociones generales: a quienes está orientada la campaña evangelística, y qué clase de respuesta se espera de las personas a quienes está di rigida.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>2) A quienes está orientada.</strong></p>
<p>La actividad se di rige eminentemente a las personas que, como recién se dijo, “no conocen” el evangelio de Jesús; sin embargo, en un país de larga tradición religiosa cristiana, concretamente católica romana, herencia de las potencias que colonizaron estas tierras hace cinco siglos, cabe preguntarse qué alcance tiene ese “no conocer” el evangelio. En otras palabras, cabe preguntarse cuántas personas no saben nada o carecen de una idea general acerca de Dios, Cristo o la Iglesia, en un país cristianizado por los conquistadores europeos, y con una preeminencia de la Iglesia Católica Romana en la vida nacional que, en el caso de Uruguay, solo hace poco más de cien años comenzó a declinar, pero no ha desaparecido. En el informe <strong>Condiciones de vida en Montevideo – 2do semestre 2008</strong>, del Instituto Nacional de Estadística, puede leerse: <em>“De acuerdo a los datos del cuadro anterior un 44,7% de los montevideanos se declararon cristianos católicos, un 7,7% cristianos no católicos y un 24,9% sólo creyentes en Dios. En suma, un 77,3% manifestaron creer en Dios. Otras opciones religiosas sólo mostraron poco más de un 2% de adherentes, integrando el resto un 16,1% de ateos y un 4,3% de agnósticos”</em> (página 35). Incluso, podemos especular que ese 16,1% de ateos y 4,3% de agnósticos que hay en Montevideo, son personas que lograron adquirir esa idea general acerca de Dios que mencionábamos, pero decidieron no creer (ateos), o no saben si creer o no (agnósticos). Sin emitir juicios de valor sobre estas posturas, la observación aquí es que ambos constituyen un 20,4%, es decir, un poquito más de la quinta parte de la población de Montevideo, capital de nuestro país. Los esfuerzos evangelísticos a realizar en Montevideo, entonces, estarían orientados a ese poco más de 22,4% de ateos, agnósticos y adherentes a “otras opciones religiosas”, suponemos que no cristianas, aunque el informe no lo aclara. Pero dado que los evangélicos no entendemos la profesión de fe individual divorciada de la experiencia comunitaria de fe a través de la vida de la iglesia, seguramente el esfuerzo evangelístico apunte a ese 24,9% que “solo cree en Dios”, por lo que la población objetivo del evangelismo ascendería al 47,3%. Ahora, como los cristianos evangélicos también tenemos reparos con la profesión de fe católica, como ellos los tienen con la nuestra, y preferimos a los creyentes depositando su fe solo en Jesucristo y leyendo la Biblia, entonces ese 44,7% de católicos también se vuelven destinatarios del trabajo evangelístico tradicional; por lo tanto, la población a evangelizar, por ejemplo, en Montevideo, sube ahora al 92%. Llegados a este punto vemos que, inevitablemente, hay otro pero: el informe dice que un 7,7% es cristiano no católico, sin entrar en más detalles; la falta de datos más específicos sugiere que ese 7,7% es como una bolsa dentro de la que se echaron en forma poco elaborada los distintos grupos cristianos y seudocristianos, aquellos que los cristianos evangélicos que nos consideramos fundamentados en la Biblia (que también rodamos dentro de ese 7,7%), juzgamos desviados de las enseñanzas bíblicas, por lo que no tenemos confraternización con ellos. Y por lo que constituyen, también, población objetivo de los métodos de evangelismo implementados por los evangélicos; incluida, por supuesto, la “campaña”.</p>
<p>Por lo tanto, en caso de proponernos efectuar actividades evangelísticas en Montevideo, en principio nuestros esfuerzos apuntarían a los que no creen, a los que no saben si creer o no, a los adherentes de otras religiones, a los que solo creen en Dios sin vincularse con una congregación religiosa, a los que adhieren a la forma católica romana de nuestra fe, o a otras formas no católicas de cristianismo, que juntos constituyen más del 92% de la población de la ciudad a la que pretendemos predicar el evangelio de Jesucristo.</p>
<p><strong>3) Qué clase de respuesta se espera.</strong></p>
<p>A estas personas se procura conducir a que crean en Dios; argumentar para convencerles de creer en Dios; atraerles concretamente a la fe en Jesucristo; conquistarles mediante el anuncio del amor de Dios en Cristo hacia los seres humanos; lograr que en su vidas haya un cambio genuino, representado por la figura – en la que tanto insiste el Nuevo Testamento – del arrepentimiento, y que reciban el perdón de los pecados, una transformación, un nuevo nacimiento – otra figura neotestamentaria – una nueva orientación en la vida; y finalmente, hacerles comprender que esa nueva vida, necesariamente, incluye la integración al cuerpo de Cristo, la Iglesia; es decir, volverse un asiduo concurrente a la Iglesia, entendiendo como tal la congregación local, el grupo de creyentes que comparten fe, esperanza y amor fraternal.</p>
<p>En otras palabras, se espera como respuesta a ese esfuerzo evangelístico que los “resultados”, es decir, aquellas personas que respondieron afirmativamente al llamado del evangelista que predicó el evangelio de Jesús, puedan ser “conservados”; de hecho, muchos equipos que funcionan como organizaciones itinerantes de evangelismo ofrecen a las iglesias locales cursos y entrenamientos para la “conservación de resultados”, una vez finalizada la campaña. Para los cristianos evangélicos, entonces, la conservación de resultados significa el establecimiento de un vínculo permanente entre las personas que hicieron profesión de fe en Jesús durante la campaña evangelística, y la Iglesia Evangélica más cercana a su domicilio, entre aquellas que apoyaron la campaña. Los evangélicos somos bien especiales en esto, y tenemos nuestras reglas, un modelo que hemos heredado de nuestros mayores, y que bien podría venir desde los reformadores más radicales de la antigüedad. Efectivamente, Lutero, Calvino, Melanchton, Zwinglio y otros entendían la Reforma como un regreso al cristianismo y la Iglesia tal como aparece en el Nuevo Testamento, sin los agregados, múltiples y de diversas estirpes, que se habían ido sumando a la doctrina de la Iglesia Oficial. Pero a la par que estaba en marcha la obra de estos reformadores, otros reformadores llamados radicales entendían que no se era cristiano por el hecho de haber nacido en una sociedad cristiana, sino que <em>“… para ser parte de la iglesia hay que hacer una decisión personal. La iglesia es una comunidad voluntaria…”</em> (Justo L. González; El movimiento anabaptista; Historia del Cristianismo; Editorial Unilit, Miami, 1994, tomo 2, pág. 65). Estos reformadores radicales iniciaron un movimiento que se caracterizó, entre otras cosas, por que los adultos se re-bautizaban (anabaptistas) por propia decisión, al considerar que el bautismo era un rito que había que cumplir luego de profesar fe en Jesucristo, y se unían en iglesias (congregaciones) en forma voluntaria, llamándose entre sí “hermanos”. Perseguidos como subversivos en el siglo 16, sus ideas acerca de la Iglesia arraigaron en el protestantismo posterior, y no es ocioso comparar las características que mencionamos con la forma en que entendemos la membresía de la iglesia, hoy en día. En efecto, y volviendo a la cuestión de la “conservación de resultados”, las congregaciones evangélicas entienden tal conservación en dos sentidos. En el administrativo, aquel que ha profesado fe en Jesucristo es invitado a pasar por el bautismo en las aguas, en el entendido que el bautismo administrado en la infancia (en caso de haber cumplido con el convencionalismo social de una comunidad otrora católica), no es válido por no haber sido un paso voluntario, dado con pleno conocimiento; luego del bautismo, el nuevo creyente es anotado en el registro de miembros de la congregación, con lo que se incrementa la membresía de esa iglesia. En el sentido espiritual, la conservación implica que el nuevo creyente, ahora un “hermano” en Cristo, o hermano en la fe, sea <em>discipulado</em> por los pastores y hermanos de la congregación a la que se ha unido; es decir, que se vuelva un seguidor y discípulo de Jesús, a través de la enseñanza y ejemplo de vida de quienes llegaron a la fe antes que él. Y que esa enseñanza y ejemplo de vida vayan moldeando su vida, tal que refleje en sus hechos, actitudes y conducta cotidiana la presencia del Espíritu de Jesucristo en su corazón, y se transforme en un servidor del Señor, activo y útil en la obra de extender el evangelio cristiano entre las gentes.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>(Continúa)</strong></p>
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