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	<title>Iglesia en Marcha &#187; Alvaro Pandiani</title>
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		<title>SERVICIO NAVIDEÑO</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Dec 2011 14:01:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<description><![CDATA[- Álvaro Pandiani - Como la fecha de celebración de la Natividad de Cristo fue artificialmente impuesta a pocos días del fin del año, generalmente usamos esta época para hacer un alto y reflexionar. Los creyentes reflexionamos por partida doble, o deberíamos hacerlo. No solo tenemos para pensar en lo bueno y lo malo que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>- Álvaro Pandiani -<br />
Como la fecha de celebración de la Natividad de Cristo fue artificialmente impuesta a pocos días del fin del año, generalmente usamos esta época para hacer un alto y reflexionar. Los creyentes reflexionamos por partida doble, o deberíamos hacerlo. No solo tenemos para pensar en lo bueno y lo malo que nos dejó el año que se va, así como en proyectos para el que viene, sino también meditar en el misterio de la Encarnación de Cristo, en la maravilla del nacimiento del Eterno Hijo de Dios como un bebé indefenso, parido por su madre en un “humilde pesebre”; o sea, en un galpón de animales, seguramente sucio y maloliente. También debemos pensar en una manera más cristiana de celebrar la Navidad, tema en el que hemos insistido varias veces desde esta columna. Por ejemplo, que la celebración esté signada más por la espiritualidad que por los excesos gastronómicos; que los buenos deseos que tradicionalmente le prodigamos a todo el mundo sean más sinceros y menos vacíos, por no decir hipócritas. También, que la época en que se recuerda el nacimiento de Cristo sea más gozosa y menos deprimente (o depresiva); o que sea más solidaria y fraterna, y no tan egoísta y mercantilizada.<br />
Todos los cristianos del mundo occidental recordamos esto e insistimos en estas cosas, sin que por supuesto a la sociedad posmoderna, secularizada a ultranza, se le mueva una pestaña, y cambie en algo el modo de celebrar estas fiestas “tradicionales” de fin de año. Y por supuesto que sin recordar ese evento magno, el nacimiento de Jesús, o solo tomándolo como un detalle más de nuestra cultura, elemento de una herencia que nos legaron nuestros ancestros, de cuando se vivía una vida más religiosa, y no tan vertiginosa.<br />
A tal punto que uno se pregunta si quienes insisten en no celebrar la Navidad, recordándonos amablemente que esa fecha fue impuesta en el siglo IV por el papa romano, y que en realidad el 25 de diciembre se celebraba un festival pagano (todo lo cual es cierto), no tendrán razón.<br />
Pero nuestra cultura nos brinda una fecha para rememorar la Natividad, en una época del año que invita a la reflexión y la introspección, así como a una meditación colectiva acerca de nuestras comunidades de fe, y su apertura y relación con la sociedad en que vivimos. En este contexto merece recordarse una escena “navideña” singular, que vi hace años en un programa de entretenimientos de la televisión uruguaya. En el mismo se representaba la cena de Nochebuena de un matrimonio adinerado y elegante, quienes estaban sentados a la mesa mientras en la calle, cerca de su mansión, dos pordioseros pasaban el tiempo sentados en la vereda, sin nada que comer. La distinguida señora se quejaba de no poder disfrutar su comida de vísperas de Navidad. ¿Qué la molestaba? Pues la presencia de los dos indigentes, sucios y andrajosos, casi a las puertas de su residencia. Al rato manifestó sentir mucho cansancio, y su esposo la estimuló para que se fuera a la cama, lo que ella hizo. Después de esto, el hombre preparó unos cuantos chorizos al pan, y se los llevó a los mendigos. Lo interesante fue que no les dio simplemente la comida; se sentó en el suelo a comer con ellos.<br />
Es fácil espiritualizar esta breve historia, pues tiene una significación espiritual muy bella: así como aquel adinerado señor no frunció la nariz por compartir una sencilla comida con los pordioseros, Dios no se limitó a arrojarnos una limosna desde el cielo, sino que vino en persona y anduvo entre nosotros, compartiendo cosas de la vida cotidiana con los hombres y mujeres de su tiempo; y del mismo modo, vive hoy en el corazón de quienes le reciben por fe, para compartir con ellos sus vidas. Pero esta pequeña representación, que más que risa inducía la reflexión, esa reflexión de la que tanto hablamos en estas fechas, contiene una enseñanza de más largo alcance que la vinculada con la vida espiritual personal y la relación del alma de cada uno con el Redentor. Verdaderamente, cuanto más lo pienso, más me pregunto quién habrá sido el libretista, y qué había en su mente (y en su corazón) cuando escribió el sketch. Las carcajadas en off indicando al televidente que había llegado el desenlace cómico y que debía reírse, no logran borrar la impresión de que el relato apuntaba más a despertar una conciencia solidaria, fraterna y generosa para con el menos afortunado; una conciencia altruista y fraternal que supere, ignore u olvide los prejuicios de clase y la discriminación hacia los diferentes, los que tienen menos, los que huelen mal, o aquellos con los que no está bien visto que nos vean. Y nos preguntamos: semejante conciencia, ¿no está impregnada del auténtico espíritu navideño? (me refiero al espíritu de Belén, no al del norte de Europa, con nieve, árboles navideños y papás noeles). Y contestamos: sí; efectivamente, así es. Porque hay muchas maneras de expresar el misterio de la Navidad, con palabras contenidas en el Nuevo Testamento de la Biblia; pero en el contexto que venimos manejando, también pueden quedar bien éstas: “nuestro Señor Jesucristo… por amor a ustedes se hizo pobre siendo rico, para que ustedes con su pobreza fueran enriquecidos” (2 Corintios 8:9). Y cabe aclarar aquí que, si bien sabemos que Pablo habla de riqueza y pobreza en términos espirituales, también esto tiene una connotación material, pues tales palabras están contenidas en un capítulo que trata sobre las ofrendas monetarias dadas por los creyentes pudientes a la iglesia, y el correcto uso que la iglesia debe hacer de estas ofrendas: no el enriquecimiento de unos pocos oportunistas, sino la ayuda debida a los menesterosos.     Esto que nos muestra por un lado la pureza del sistema de ofrendas que Dios ha implantado en su Iglesia, cuando el dinero es administrado de acuerdo a principios bíblicos, por otro lado muestra una pata de la estructura de servicio de la iglesia a la comunidad, la cual a menudo es olvidada.<br />
Un diciembre, hace muchos años, un buen amigo quería predicar un sermón que vinculara la Navidad con el servicio, y me preguntó cuál pasaje bíblico podía ser adecuado. Le recomendé Marcos 10:45; fue el primero que me vino a la mente, pues en éste Jesús explica el propósito de su primera venida: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos”. Porque indiscutiblemente, la “venida” de Jesús cristalizó en su Natividad, cuando se hizo real la presencia del Hijo de Dios como un niño humano nacido de mujer. A mi amigo le pareció bien, pero me expresó que deseaba algo que enlazara la Navidad con nuestro servicio al prójimo; le sugerí que relacionara lo anterior con Juan 20:21: “Como me envió el Padre, así también yo les envío”. La conclusión parece clara: el Padre envió a su Hijo al mundo para servir, y Jesús nos envía al mundo a servir. Considerar esa dimensión de servicio, y servicio por amor, como la más noble y excelsa vocación, agradable ante los ojos del Altísimo pues su propio Hijo dejó un formidable ejemplo de servicio hasta la muerte, fue una novedad introducida por el cristianismo en una civilización que exaltaba la sabiduría y el poder, y despreciaba el trabajo, sobre todo el trabajo manual, considerándolo tarea de pobres y esclavos. Esa novedad, no impuesta por el cristianismo como una revolución social llevada adelante por medios violentos, sino infiltrada mediante una predicación que permeó la sociedad grecorromana de entonces con tales ideas, fue la que dignificó el trabajo, incluso el trabajo más humilde, bien que costó muchos siglos alcanzar tal modo de pensar, que hoy día nos parece normal, y hasta natural. Esa dimensión de servicio está indudablemente presente en nuestras ideas y principios de vida como cristianos, y se encuentra permanentemente en el discurso evangélico, sobre todo de líderes y predicadores. Los pastores, evangelistas y otros ministros son llamados “siervos” de Dios; y si su nombre se ha hecho muy notorio, y su esfera de influencia ha logrado extenderse mucho (quizás fuera de fronteras), son llamados “grandes siervos” de Dios. Y son ellos mismos, o por lo menos algunos de ellos, quienes dicen a los demás, a todos los cristianos, que todos pueden servir a Dios; o también, que todos los creyentes deberían servir a Dios.<br />
El punto aquí es que tendríamos que rescatar el adecuado concepto de servicio, pues como evangélicos hemos caído en la trampa de considerar que solo servimos a Dios cuando predicamos, cantamos o hacemos música dentro de la iglesia; o cuando ofrendamos. El servicio del culto cristiano parece ser todo el servicio, cuando hay áreas más extensas de servicio fuera de la iglesia local, que dentro de ella. El servicio cristiano desinteresado, hecho por amor, puede y debe alcanzar a todos, creyentes y no creyentes, independientemente de que sea visto (y admirado) por quienes toman asiento para mirar a los que lucen ejecutando sus dones desde la plataforma, altar o púlpito. Jesús habló de dar de comer al hambriento y de beber al sediento, vestir al desnudo, hospedar al forastero, y visitar a los enfermos y los presos (Mateo 25:35,26). Cuando Pablo, Bernabé y Tito se reunieron en Jerusalén con Pedro, Jacobo y Juan para discutir acerca del evangelio que aquellos predicaban entre los no judíos, de aquel encuentro de grandes líderes de la iglesia primitiva, reunidos por cuestiones doctrinales, surgió una recomendación interesante: “Solamente nos pidieron que nos acordáramos de los pobres; lo cual también me apresuré a cumplir con diligencia” (Gálatas 2:10). La dimensión del servicio por amor al prójimo es más amplia que los muros de la iglesia local, o el templo donde ésta se reúne.<br />
Pero hay muchas trampas en la vida cristiana evangélica moderna; aunque esto parezca paradójico, no lo es. Encontrar la fe en Jesucristo es una gran bendición, un beneficio, una maravilla, un milagro. Ser amado por Dios como Padre, disfrutar de su presencia en nuestra alma, ampararse en su protección, esperar que las cosas anden razonablemente bien en la vida, en la salud, incluso en el trabajo y la economía hogareña (pese a transitorias pruebas y dificultades que puedan venir), son bendiciones subsidiarias. Tener algo en que creer, alguien en quien confiar, una fe que da sentido a la vida y una esperanza que trasciende la misma muerte, saberse perdonado y amado, todo eso, no cabe duda, son grandes bendiciones; es decir, son cosas maravillosamente buenas para nuestra vida. Pero son esas cosas, justamente, las que deben impulsarnos a servir, a dar, a entregarnos por los demás; de la misma forma que sirvió hasta el fin Aquel que fue autor de nuestra salvación y de la vida nueva y abundante que disfruta el cristiano renacido.<br />
Quizás sea hora que los cristianos evangélicos dejemos de pasar la vida soñando con “grandes conquistas” y “grandes victorias”, siempre aspirando a objetivos monumentales y logros de dimensiones hollywoodenses en nuestras congregaciones, templos, convenciones, confraternidades y campañas. Tal vez sea pertinente que consideremos vivir una vida sencilla, sólidamente cimentada en la Palabra de Dios, y coherente con el testimonio de servicio con el que Jesús nació, vivió y entregó su vida por todos. Una vida cristiana proyectada a la comunidad, a la que se llama al arrepentimiento y se anuncia las buenas noticias de salvación por la fe en Jesucristo, sí, pero a la que se sirve con nuestro tiempo, talentos y virtudes, así como también con nuestros bienes. Porque, como dijo Jesús de Nazaret, “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35), y de eso Él fue ejemplo máximo.<br />
Quiera Dios que la próxima Navidad aquella conciencia solidaria, generosa y fraterna de la que antes hablamos despierte (si es que está dormida), y decidamos vivir vidas cristianas sencillas, sin tantas “unciones” novedosas y otras modas con las que los evangélicos hacemos a menudo tanto aspaviento. Y que miremos más allá de nosotros mismos, de nuestros propios problemas, esperanzas y pretensiones, para permitir que el Señor desarrolle en nosotros una auténtica vocación de servicio.<br />
De servicio desinteresado, ejercido por amor, para así hacer más creíble nuestra Navidad, más creíble nuestra fe, y más creíble nuestro testimonio de que Cristo está en nosotros.</p>
<p><strong><span style="color: #0000ff;">Iglesia En Marcha.Net</span></strong></p>
<h6><span style="color: #0000ff;"><span style="color: #000000;">Gif tomado de Internet</span></span><strong><span style="color: #0000ff;"><br />
</span></strong></h6>
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		<title>RELIGIÓN Y TOLERANCIA  ¿CORTOCIRCUITO?</title>
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		<pubDate>Wed, 05 Oct 2011 12:07:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>- Dr. Álvaro Pandiani-</strong></p>
<p>Vivimos tiempos complicados. Todos aquellas ideas o ideologías a las que las personas adhieren y con las que se comprometen, en algunos casos configurando un intenso y emotivo compromiso, ideologías que pueden dar lugar a diferencias de opinión, desacuerdos y posiciones enfrentadas que inducen a pretender imponer la postura propia, anteponerla a la del otro, o adoptar actitudes despectivas hacia quién piensa distinto, todo eso, se ha vuelto tema sensible. Los sentimientos de pertenencia a un colectivo o comunidad, cuando surgen de la profunda convicción acerca de la bondad y nobleza de tal colectivo, de la pertinencia de que exista, o de su carácter de expresar una verdad no negociable e irrenunciable de la existencia humana, generan en forma natural el impulso de defender tal colectivo en sus propósitos, en sus actividades, en su doctrina, en su misma razón de ser. La defensa más elemental, la más primitiva, es análoga a la de la manada que ve amenazado su territorio, y por lo tanto su existencia; la agresividad, el gruñido de advertencia, la amenaza y la pelea. En su forma más “civilizada” esta defensa deriva en la prédica de la tolerancia y la lucha pacífica por la no discriminación. Todos incurrimos en estas conductas, en algún momento; por lo tanto, inevitablemente, todos debemos tener presente lo positivo de una actitud de tolerancia, y de no propiciar ni acompañar segregaciones de ningún tipo. Pero no solo porque hoy en día la tolerancia y la no discriminación sean políticamente correctas, sino porque deberían ser expresiones de una actitud de amor al prójimo que eleva el espíritu del hombre por encima de cualquier forma de ataque, violencia, juicio de valor, o establecimiento de distinciones entre las personas.</p>
<p>No es fácil, pues por un lado la intolerancia y la discriminación parecen vicios inherentes a la cultura humana, cuando no a la naturaleza humana, y la historia está atestada de hechos de segregación contra colectivos enteros; y por el otro, cada vez más grupos de personas con una característica común se quejan de haber sido, en algún momento, objeto de discriminación, y claman por sus derechos. A los colectivos tradicionalmente segregados, los <strong>i</strong>ndios, las <strong>m</strong>ujeres, los <strong>n</strong>egros, los <strong>p</strong>obres (van en orden alfabético), se añaden por ejemplo los gordos, los petisos, los homosexuales (estos últimos siempre discriminados y estigmatizados, pero sin la notoriedad que han adquirido en las últimas décadas, sobre todo en los medios masivos de comunicación, en su lucha por la tolerancia hacia su opción sexual). La política también muestra esa veta intolerante y discriminatoria. Sin necesidad de tomar ejemplos de países cuyos pueblos son políticamente inmaduros, y ven al opositor no como un rival sino como un enemigo (caso de Haití, donde me tocó estar y ver esto personalmente), en nuestro país nadie que no viva en un altillo sin nunca salir puede ignorar cómo los actores políticos vituperan y demonizan a sus opositores, induciendo a sus seguidores a una actitud de intolerancia que estigmatiza a quién piensa diferente. Y no se puede negar que, en Uruguay, los políticos de izquierda se transformaron en maestros en el arte de satanizar a sus rivales de derecha, mientras fueron oposición; y ahora, como gobierno, recogen la mala semilla sembrada. No es casualidad que nuestros actuales gobernantes sean los grandes abanderados de la tolerancia.</p>
<p>Pero indiscutiblemente, la religión se lleva las palmas en este asunto de la intolerancia. Lamentablemente, debemos reconocerlo, la Iglesia se ha caracterizado al correr de los siglos por ser la Institución Intolerante por antonomasia. Nadie que conozca la historia de la Iglesia desde Constantino y la oficialización del cristianismo como religión del Imperio Romano por Teodosio en el siglo IV, hasta bien entrada la modernidad (prácticamente pisando el siglo 20), puede negarlo. O en otras palabras, quién niega que la Iglesia ha sido intolerante, es porque desconoce su historia. Una historia turbulenta, jalonada por guerras y cruzadas, persecuciones, humillaciones públicas, confiscación de bienes, exilios forzados, encarcelamientos, torturas y muertes en la hoguera. La historia de lo que la  Iglesia ha hecho con quienes no pensaban – o creían – lo que la ella dictaba es atroz, sangrienta y macabra. Hace un tiempo escuché en un programa radial a un locutor que hacía relatos de hechos sucedidos en la remota antigüedad; en esa oportunidad, hechos protagonizados por cristianos, a finales del Imperio Romano, contra sus compatriotas paganos, cada vez en mayor desventaja después de Constantino. Y el locutor reflexionaba desapasionadamente acerca de cómo los cristianos, perseguidos a muerte por el Imperio Romano durante trescientos años, una vez en el “poder” adoptaron ellos también esa postura de intolerancia, persiguiendo a quién discrepaba con su postura filosófica y religiosa. Esto es lo que puede verse en la superproducción cinematográfica española de 2010 <strong>Ágora</strong>, ambientada en la Alejandría de fines del siglo IV y principios del V. En dicha película, centrada en la figura de Hipatia, una filósofa, astrónoma y matemática, personaje histórico real interpretado por Rachel Weisz, puede verse a poco del principio una acción violenta de un grupo de paganos contra los cristianos dominantes que se burlaban de los dioses griegos; se llega a una trifulca pública hasta que la masa de cristianos, una vasta mayoría, reacciona contra ellos y los encierra en el recinto del Museo de Alejandría. El emperador apoya la causa cristiana, y el Museo debe ser desalojado por los paganos, siendo entregado a los cristianos, quienes son mostrados en un frenesí fanático, destruyendo los libros que contienen la sabiduría del mundo antiguo. Las provocaciones y actos de intolerancia de parte de los cristianos prosiguen a lo largo del film, y al final Hipatia, desprovista del apoyo de las autoridades, es asesinada por un grupo de cristianos supuestamente instigados por el obispo Cirilo de Alejandría. Esta película, con varias licencias históricas entre las cuales una de las más importantes es que no existen datos que vinculen al obispo Cirilo con el asesinato de Hipatia, fue denunciada en la propia España por “promover el odio contra los cristianos”; también tuvo problemas de distribución en Estados Unidos por su contenido anticristiano, y fue censurada en Egipto por “insultar la religión”. Como ha pasado otras veces, cuando los realizadores cinematográficos han incursionado en temas religiosos sin seguir los lineamientos oficiales de la religión, la película suscitó reacciones y protestas de parte de personas y organizaciones de creyentes, quienes consideran que trata la historia de una forma parcializada e incompleta, y la juzgan una herramienta para manipular las opiniones y emociones del público, o directamente como algo agraviante.</p>
<p>El problema es que, aunque no nos guste a los cristianos de hoy, y si bien es probable que en <strong>Ágora</strong> la conducta intolerante y despótica de los cristianos fue exagerada (quizás, arteramente exagerada), a la luz de la historia posterior, durante la edad media y la era moderna, mientras la Iglesia tuvo el poder otorgado por el brazo secular (brazo armado) para imponer sus dogmas y decretos, los impuso a sangre y fuego. Por supuesto, esta intolerancia que cristaliza en actitudes violentas contra los opositores y disidentes no es patrimonio del cristianismo; baste ver lo que ocurre en el mundo islámico, donde incluso en el presente la disidencia puede costar muy caro (puede costar la vida). ¿Y en otras religiones? Bueno, sería interesante mencionar el caso del budismo, esa religión – filosofía que tan idealizada está y tan buena prensa tiene en occidente, entre determinado tipo de personas; al punto que hay quienes consideran al budismo como la religión que puede traer la verdadera paz interior (no el cristianismo). Cabría preguntarse por qué, si los budistas tienen la verdadera paz interior, sus monjes instigan a sus seguidores a ejecutar violencia contra los cristianos, como me tocó ver cuando estuve en Sri Lanka hace seis años, trabajando con los damnificados por el Tsunami. Los múltiples testimonios que atemorizados cristianos nos contaban acerca de los actos de violencia perpetrados contra ellos por los seguidores de esos monjes calvos de hábito color naranja, contradicen lo que la prensa, la cinematografía y otros vehículos de “cultura” nos han querido hacer creer sobre el budismo. Realmente conmovía ver a aquellos cristianos elevar sus oraciones a Dios pidiendo, no protección contra sus acosadores, sino valentía para proseguir con su misión espiritual de predicar el evangelio.</p>
<p>Por supuesto, queda abierta la interrogante acerca de qué harían los cristianos de Sri Lanka, caso de algún día ser mayoría y tener a su disposición el poder secular (el poder civil, incluyendo el uso de la fuerza), con sus antiguos perseguidores budistas. Aquí debemos, necesariamente, hacer la misma distinción de siempre; la distinción entre, por un lado, la Iglesia como institución oficial, que alguna vez ejerció el poder civil e hizo uso de la fuerza contra quienes discrepaban, y aún ahora tiene en muchos países gran influencia política para presionar a los disidentes, y por otro lado la Iglesia como comunidad orgánica de creyentes, que procuran predicar el evangelio con amor y vivir con sencillez la vida de fe en Jesucristo. Esta distinción es a menudo pasada por alto, cuando no malintencionadamente ignorada por los ateos radicales y otros enemigos del cristianismo, pero es una distinción no menor; a decir verdad, es una diferencia fundamental.</p>
<p>Sí, todas las religiones, cuando han tenido la posibilidad de imponer sus ideas y doctrinas mediante el uso de la fuerza, lo han hecho, dando tristes ejemplos de intolerancia. Pero acá hablamos, y volvemos una vez más, a los hechos de intolerancia de los cristianos, y entre los cristianos. No son hechos del pasado, ni son hechos lejanos. Ejemplo de esto nos trae una noticia publicada en la prensa escrita de Montevideo hace pocos días, titulada: <strong>Brasileños marchan por “intolerancia religiosa”</strong> (www.elpais.com.uy/&#8230;/brasilenos-marchan-por-intolerancia-religiosa-&#8230; -). En esta nota, cuyo subtítulo es: <strong>“Protesta. Católicos denuncian persecución de evangelistas”</strong>, se informa que el pasado domingo 18 de setiembre miles de personas pertenecientes fundamentalmente a cultos afrobrasileños marcharon en la playa de Copacabana para denunciar la persecución propiciada por los evangélicos. En dicha marcha, siempre según el artículo de prensa, habría estado presentes también católicos, judíos, musulmanes, espiritistas, baha`i, hare krishna y hasta “protestantes”. Según las declaraciones de un antropólogo de la Universidad Federal de Río de Janeiro, citadas en la nota, <em>“las iglesias evangélicas proliferan entre los más pobres y demonizan los cultos de origen africano con el objetivo de ganar adeptos”</em>. Un poco más adelante se lee: <em>“Los organizadores afirman que con el crecimiento de estas iglesias, la intolerancia ha aumentado contra las religiones de origen africano”</em>. Y claro, a uno no le gusta leer tal cosa. Uno es cristiano evangélico, y ha leído algo de historia eclesiástica; sabe que si hay una confesión dentro del cristianismo que ha perseguido, y perseguido a muerte, es la Iglesia Católica Romana, Inquisición y cosas por el estilo mediante. Y que aún hoy, en diversos países de Latinoamérica, creyentes evangélicos continúan quejándose de la persecución llevada adelante por el catolicismo romano; una persecución ya no oficial y haciendo uso del poder civil, una persecución más solapada, no tan truculenta y brutal como en siglos anteriores, pero persecución al fin. Recordando los sufrimientos que debieron apurar nuestros hermanos protestantes en los primeros siglos de la  Reforma a manos de los católicos, uno puede tender a creer, ingenuamente, que los evangélicos somos todos redimidos, nacidos de nuevo, llenos de amor y paciencia, que damos pacíficamente la mejilla a nuestros enemigos, como mandó Jesús. Por eso noticias como estas perturban; y avergüenzan. Y preocupan, cuando leemos cosas como las siguientes: <em>“En los últimos años, varios lugares de culto afrobrasileño fueron saqueados y sus dirigentes atacados, así como en 1995 un video sorprendió al país con más católicos en el mundo en el que aparecía un pastor que gritaba y le daba patadas a una estatua de la  Virgen.”. </em></p>
<p>Sin embargo los libros de historia, incluso los escritos por historiadores evangélicos honestos, nos dicen que los protestantes, cuando tuvieron el poder civil, también fueron intolerantes y procedieron contra los disidentes. Es imposible, en este contexto, no recordar que uno de los grandes adalides de la Reforma Protestante del siglo 16, Juan Calvino, condenó a muerte en la hoguera al médico español Miguel Serveto por negar la  Trinidad. Y aunque leamos a continuación que <em>“la principal congregación evangélica es la de la Iglesia Universal del Reino de Dios, que posee radios, televisoras y un influyente partido político”</em>, eso no implica que sacudamos la cabeza, sintiéndonos exculpados y diciendo: “ah, son los pare de sufrir; pero esos no son evangélicos, no tienen nada que ver con nosotros, este periodista no sabe de lo que escribe, mete todo en la misma bolsa”. Porque si bien es verdad que el periodista mete todo en la misma bolsa, y nos emparenta con la Iglesia Universal del Reino de Dios, respecto a la cual los principales líderes evangélicos uruguayos hace varios años que emitieron un comunicado a la población deslindando todo vínculo, y responsabilidad por sus actividades, el artículo dice <em>la principal congregación evangélica es&#8230; </em>Tal parece que otras congregaciones, iglesias o ministerios evangélicos también están en el asunto. A decir verdad, lo de que los evangélicos “demonizan” los cultos africanos no nos debe sonar tan exótico a los evangélicos uruguayos, pues acá sucede lo mismo. Tal vez alguno dirá que los cultos africanos se demonizan solos, por sus prácticas de magia, incluyendo magia negra, su politeísmo e idolatría al adorar dioses traídos del África no cristiana, y su invocación, contacto e incorporación de espíritus; y quizás otro agregará que varios de estos puntos son perfectamente aplicables a los otros cultos mencionados en el artículo que comentamos. Pero la cuestión aquí es que estamos en una época en la cual no está bien visto ni es políticamente correcto pararnos en nuestro cristianismo tradicional, y tildar despectivamente de “paganos” a quienes no creen en Dios, en Jesucristo y en la Biblia como Palabra de Dios, según y cómo nosotros creemos. Hoy por hoy, eso es intolerancia y discriminación.</p>
<p>¿Entonces? ¿Qué debemos hacer? ¿Afirmarnos en nuestra fe exclusiva y exclusivista en Jesucristo, y satanizar al resto de los cultos como paganos y diabólicos, y por lo tanto camino de perdición para los hombres? ¿O diluir nuestra profesión de fe y nuestro compromiso con Cristo, en aras de la coexistencia pacífica y la democracia mencionadas en el artículo, aunque eso implique traicionar principios bíblicos irrenunciables?</p>
<p>En primer lugar, necesariamente debemos definir tales principios irrenunciables de nuestra fe y doctrina cristiana. No hacerlo implicaría dejar de ser quienes somos; en este contexto, no solo dejar de ser evangélicos, sino aún dejar de ser cristianos. No podemos diluir nuestra profesión de fe en Jesucristo, como tampoco los seguidores de los otros cultos mencionados la diluyen, por más que “tolerancia”, “coexistencia pacífica” y “diálogo” formen parte del discurso más aceptable para los democráticos y pluralistas oídos posmodernos. Es verdad que mucho de esos cultos son sincréticos, y no tienen problema en incluir a Jesús de Nazaret como otro gran maestro de la humanidad, etc.; incluso los musulmanes consideran a Jesús como un gran profeta. Pero ese sincretismo o mezcla de doctrinas tomadas de diversos cultos y religiones <strong><em>es</em></strong> la forma de su fe, y muchos no parecen dispuestos a renunciar al mismo. He ahí un punto de difícil contacto; los cristianos no podemos ni nunca podremos aceptar que Jesús de Nazaret sea entreverado con otros supuestos maestros, profetas y salvadores, ni así sea como líder de tal grupo. No, si hemos de ser fieles a la Santa Biblia como Palabra de Dios, la que ha demostrado sobradamente ser el Mensaje de Dios para la humanidad, mal que le pese a unos pocos ateos radicales y creyentes de otras religiones, por su vigencia a través de las edades, por la profecía cumplida, por su capacidad de transformar, aún hoy, vidas perdidas, etc. Nuestra fe está puesta exclusivamente en Jesucristo de Nazaret, en el Jesús de los evangelios del Nuevo Testamento, en Aquel del cual la Biblia nos dice que es el único Camino a Dios (Juan 14:6), el único Nombre en el que los seres humanos pueden ser salvos (Hechos 4:12), y el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5). La reiteración del carácter único de Jesucristo como puente entre Dios y la humanidad, como Aquel al cual todos los seres humanos deben dirigir los ojos para ser salvos con salvación eterna (Hebreos 12:1-2), excluye definitivamente cualquier negociación sobre este punto. Y no valen en relación a este aspecto las críticas y ataques gratuitos y desprovistos de evidencia histórica o arqueológica, como por ejemplo los ya conocidos argumentos codigodavinchescos acerca de que el apóstol Pablo, o los obispos reunidos en el Concilio de Nicea, dieron forma a una religión exclusivista, con el propósito de dominar y subyugar a las masas, etc., etc., etc. Tales argumentos, gratuitamente agresivos y malintencionados, son la peor receta para un diálogo.</p>
<p>Entonces, si por declarar públicamente que Jesús es el único Camino que nos lleva al Dios verdadero, Creador de todo lo que existe, nos consideran intolerantes y somos condenados al ostracismo, pues que así sea. Pero seguiremos proclamando a Jesucristo como el único y suficiente Salvador, en beneficio de aquellos que se atreverán a creer en Él, y hallarán así la eterna salvación de sus almas.</p>
<p>La otra pata de esta sota está dada por nuestra actitud, nuestra conducta y la forma en que reaccionamos y respondemos ante quién discrepa. Por supuesto que la discrepancia en relación a la fe es incómoda; y aunque no sea agresiva en la forma o modo de ser expresada por quién disiente, en sí misma lo es, pues pone en duda la legitimidad de un principio que consideramos sagrado, una verdad absoluta que da sentido a nuestra existencia. De ahí que la reacción visceral sea, la mayoría de las veces, agresiva. Además, si estamos decididamente persuadidos de poseer tal verdad absoluta, así como de lo bueno que esta verdad resultará para todos nuestros semejantes, esto redundará no solo en el evangelismo, es decir, en el esfuerzo por compartir tal verdad fundamental con la mayor cantidad de gente posible (lo que el mundo llamará despectivamente “proselitismo”), sino también en el rechazo hacia quién pone en duda la veracidad de nuestro mensaje, por considerar que el tal pone en riesgo el bienestar de otros, al socavar las bases de lo que podría llegar a ser su fe. En tercer lugar, y esto es lo peor de todo, si el principio absoluto que sustentamos nos otorga un cierto poder o ascendencia sobre otros, del cual además obtenemos prestigio y ganancia económica, cualquier disidencia que amenace nuestra hegemonía probablemente obtenga una reacción violenta. Eso ha sucedido innumerables veces a lo largo de los siglos. Esa es la que podríamos considerar la reacción “natural”. El punto es que reaccionar “naturalmente” no es suficiente para un verdadero cristiano (y aquí recordamos la distinción que hicimos antes, entre iglesia institucional y comunidad de creyentes auténticamente nacidos de nuevo). El verdadero seguidor de Jesús ha de reaccionar de otra manera.</p>
<p>En primer lugar, en cuanto a la violencia y el uso de la fuerza, cabe recordar lo dicho por el Señor en el momento de su arresto, en el jardín de Getsemaní. Cuando Pedro salió en defensa del Maestro y arremetió espada en mano contra los soldados (un verdadero loco, atacar él solo a tantos hombres entrenados para luchar y matar), Jesús le dijo: <strong><em>“¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que Él no me daría más de doce legiones de ángeles?”</em> </strong>(Mateo 26:53). Seguramente los discípulos entendieron a qué se refería, pues formaban parte de una nación sometida por Roma. En el ejército romano, una legión estaba integrada por seis mil tropas; doce legiones de seres sobrenaturales más poderosos que el hombre representaba una capacidad abrumadora, impensable, no solo de resistir la agresión, sino también de imponer el reino de Dios ahí mismo. Parafraseando libremente a Jesús, Él afirmó tener a su disposición fuerzas capaces de aplastar en un instante a esos seres inferiores (los humanos). Pero enseguida agregó: <strong><em>“¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?”</em></strong> (v. 54). Es decir, que el plan de Dios era otro; ese plan pasaba por la paciencia, la sumisión y el sacrificio, todo por amor.</p>
<p>Segundo, y hablando del amor, también merece tenerse en cuenta algo peculiar expresado por el apóstol Pablo en una carta personal dirigida a un amigo suyo, pastor de la iglesia de Colosas, llamado Filemón. Esa carta ha sido conservada en el Nuevo Testamento como parte de la Palabra de Dios; porque la Iglesia la incluyó en el Canon, porque, como escribieran los apóstoles luego del Concilio de Jerusalén “pareció bien al Espíritu Santo” que esta carta llegara a todas las generaciones de creyentes en Cristo. En relación a la situación de Onésimo, un esclavo fugado y ladrón que luego se convirtió a Cristo, Pablo sabía que podía imponer su decisión; él dice: <strong><em>“tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que conviene”</em></strong> (v. 8). Pablo sabía que, si él le daba una orden, Filemón obedecería. Y no lo haría por obligación, ni por coerción; tampoco por temor a represalias. Filemón obedecería porque veía en Pablo un modelo, un referente, alguien cuya experiencia y saber debían ser respetados y obedecidos. Pero Pablo no le da una orden, sino que dice: <strong><em>“prefiero rogártelo apelando a tu amor”</em></strong> (v. 9). Es interesante que, a diferencia de cómo está expresado en la  Revisión de 1995 de la Versión de Reina Valera de la Biblia, la Revisión de 1960 dice: <strong><em>“más bien te ruego por amor”</em></strong>. Ese <em>“más bien”</em> (tan usado en nuestro lenguaje actual), ¿no podemos parafrasearlo como <em>“el mayor bien”</em>? Porque eso significaría que el mayor bien vendrá al actuar libremente por amor.</p>
<p>Quede esto como una opinión. A diferencia de la triste y turbulenta historia que ha desprestigiado a la Iglesia en cuanto institución religiosa oficial, a lo largo de los siglos y en todas partes del mundo, el verdadero discípulo de Jesús predicará el evangelio de salvación solo por la fe en Cristo, a los que acepten y a los que no, a los que reciban la fe y a los que discrepen con ella, sin violencia, sin agresión, sin gruñidos de amenaza, sin imposición, con paciencia, con sacrificio, con amor, procurando el mayor bien para todos.</p>
<p>Que Dios y el mundo nos vean siendo tales cristianos.</p>
<h6><span style="color: #3366ff;"><strong>Iglesia En Marcha.Net</strong></span></h6>
<h5>Imagen tomada de la web</h5>
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		<title>MODELOS DE CARNE Y HUESO</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Sep 2011 14:39:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>- Álvaro Pandiani -</p>
<p>Cuando miramos los conflictos que caracterizan la existencia humana, tanto en la historia como en el presente, en lo individual y también en comunidad, observando la incertidumbre generada por los desafíos cotidianos y las problemáticas sociales que ensombrecen los pronósticos y perspectivas de futuro, si conocemos la Biblia seguramente muchos párrafos de las Escrituras vengan a nuestra mente. En momentos como estos, al detenernos a contemplar las dificultades que jalonan la vida, es que los cristianos pensamos en cuánta razón hay en ese libro de tapas negras, cuyo interior ilumina (hace comprender) la realidad presente, y permite incluso interpretarla. Un párrafo en particular puede describir una característica bien actual de las personas y las comunidades; y es muy antiguo, tanto que procede del Antiguo Testamento. En 1 Reyes 22:17 dice: “He visto a todo Israel esparcido por los montes, como ovejas que no tiene pastor”. Indudablemente, lo que en esa oportunidad se dijo del pueblo israelita, es perfectamente aplicable en la actualidad a personas y grupos humanos. La figura de las ovejas sin pastor representa la desorientación, la confusión y el extravío que resulta de la falta de dirección; de una dirección sabia, benevolente pero firme, preferentemente basada en el amor y el genuino interés por el bienestar de los dirigidos. No muchas personas se atreven a asumir el liderazgo a sus semejantes, y entre quienes se postulan, unos no están capacitados para llevar la carga y la presión de conducir personas, y otros tampoco están capacitados, simplemente porque no les interesa el bienestar de las personas que pretenden liderar, sino solo acrecentar su propio prestigio, poder y/o patrimonio. Pero todos en alguna manera necesitan liderazgo, conducción, ejemplo, modelos a seguir, y casi todos lo reconocen y lo buscan; salvo algunos pocos que se resienten de cualquier liderazgo que tenga el más mínimo olor a imposición de autoridad, como perpetuos adolescentes que nunca llegan a comprender el objetivo bienintencionado de los progenitores que les guían, el cual es su madurez, realización y felicidad. Salvo esos (y quizás, ellos también), todos procuramos hallar ese modelo que nos ayude a encontrarle sentido y rumbo a nuestra vida.</p>
<p>Somos cristianos y escribimos desde nuestra fe y cosmovisión cristiana. Evidente e inevitablemente nuestro modelo a seguir, quién da orientación y contenido a nuestra vida, es Jesucristo. A través de su amor incomprensible, de su sacrificio único e inesperado, del perdón completo que quita el pecado y la culpa, y de la obra de su Espíritu trayendo la vida eterna a nuestro corazón ahora, Jesucristo se transforma en el Salvador y Señor de aquellos que hemos creído en Él, y le seguimos cada día como sus discípulos. Desde los albores del cristianismo esto ha sido así; Jesús decía a las personas: “síganme”, “vengan en pos de mí” (Mateo 9:9; Marcos 1:17; Juan 1:43), y el mensaje apostólico posterior ponía una y otra vez el énfasis en que el “Camino”, como se llamaba primitivamente al cristianismo, no era tanto una nueva religión, o una nueva forma de observar el judaísmo, como un andar en pos de Jesucristo. Así, el escritor de la Epístola a los Hebreos hace la conocida exhortación: “corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…” (12:1b,2a); y Pedro dice: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigan sus pisadas” (1 Pedro 2:21); Juan agrega: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:6); y por supuesto, Pablo afirma: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20). Y podríamos citar multitud de párrafos bíblicos en que se expresa en forma similar este magno concepto: somos cristiani, es decir, seguidores y discípulos de Jesucristo, y Él es nuestro guía, nuestro conductor, nuestro líder y nuestro modelo.</p>
<p>Con el paso del tiempo, a medida que los días apostólicos fueron quedando en el pasado, y partieron de esta vida quienes habían conocido a Jesús de Nazaret y andado con Él, y también murieron quienes fueran discípulos de los apóstoles, la firmeza de esta idea: Jesús, único camino, único guía, único ejemplo de vida y conducta, parece haberse diluido. La figura de Cristo permaneció para los cristianos de siglos posteriores como el Señor, pero un Señor lejano, entronizado, ascendido a los cielos, sentado a la diestra del Padre, casi inaccesible para los humanos débiles y mortales. Al correr de los siglos siempre hubo cristianos que hallaron el camino hacia esa relación íntima y personal con el Salvador Cristo Jesús (y eso representó una experiencia revolucionaria para ellos; lo cual, en una sociedad oficialmente cristiana, resulta una contradicción). Pese a eso, la gran mayoría de la cristiandad no accedió a tal relación íntima y personal; una relación ilustrada en forma sublime por el propio Jesús resucitado en su mensaje a la Iglesia de Laodicea, al decir: “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3:20), significando la cena en conjunto en la intimidad del hogar una experiencia de comunión espiritual entre Cristo y el creyente, en lo profundo del corazón de éste. Seguramente debamos buscar la causa principal de esa ausencia de experiencia espiritual cristiana personal en la gran masa de los cristianos nominales de los siglos posteriores a la  Iglesia Primitiva, en la cristianización por decreto; es decir, en la imposición de la religión cristiana a los súbditos, primero del Imperio Romano, y luego de los reinos que surgieron de los fragmentos de éste, y otros que fueron evangelizados más tarde. La alternativa a la forma original de evangelización (anunciar las buenas noticias del amor de Dios en Jesucristo a todo el pueblo, invitándoles a la fe en Cristo) parece haber sido en algunos casos presentar la fe cristiana al rey de una nación, para una vez lograda la adhesión de éste, llevar adelante la “conversión” compulsiva del pueblo. El “ejemplo” de Constantino, y la imposición del cristianismo como religión oficial del Imperio Romano decretada más tarde por Teodosio, se reprodujo en Clodoveo, rey de los francos, en el siglo V, en Boris, monarca de Bulgaria, en el siglo IX, y en otros.</p>
<p>Tales cristianos se vieron forzados, sin estar convertidos, a adorar un Dios que cientos de años atrás se había ido hacia los cielos; como dijimos, un Dios lejano y casi inaccesible, y por lo tanto ajeno a la experiencia humana cotidiana desde ese punto de vista. Aleccionados en principios rudimentarios de esa fe (el Padre Nuestro, los Diez Mandamientos), incapaces de acceder a la lectura de la Biblia, por la ignorancia y analfabetismo general, y porque las Sagradas Escrituras fueron haciéndose cada vez más inaccesibles, reservadas como patrimonio propio por una clase clerical celosa de su posición y poder, los cristianos de sucesivas generaciones, necesitados como los seres humanos de todos los tiempos de una guía, un ejemplo, un modelo a seguir, los buscaron en sus semejantes, en sus contemporáneos, en aquellos que sí habían encontrado ese vínculo íntimo y personal con el Salvador, o al menos aparentaban ser paradigmas de vida devota, piadosa y consagrada a Dios. En esto ayudó también otra alternativa a la forma original de evangelización, desarrollada por la Iglesia de tiempos posteriores; a diferencia de aquella forma original, en la que se llamaba a un cambio drástico y un corte radical con las creencias y supersticiones paganas (“os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo”; Hechos 14:15), la Iglesia llevó adelante entre los pueblos paganos un proceso progresivo de “cristianización”, en el cual los dioses y héroes del paganismo, con sus mitos y festividades, fueron sustituidos por personajes “cristianos”, con sus historias personales, míticas o no, sus virtudes, y sus propias fechas festivas, todo lo que hizo más llevadera la transición del paganismo al cristianismo. Dice el medievalista Philippe Walter: “Aquí no se trata de plantear la cuestión de si el cristianismo mismo es o no una mitología, sino, antes bien, de definir los marcos mitológicos precristianos, totalmente ajenos a la Biblia, en los cuales el cristianismo se insertó para luego emplear en su propio beneficio” (Introducción, Mitología Cristiana; Editorial Paidós, Buenos Aires, 2004; pág. 13). Esta forma de expansión de la religión cristiana sustituyó dioses y diosas por santos y santas; hombres y mujeres a quienes la gente había conocido, que llevaron una vida piadosamente dedicada a Dios, según los patrones de vida religiosa, virtuosa y santa, vigentes en cada momento de la historia. Estos fueron presentados a la masa del pueblo como ejemplos de vida cristiana a seguir, como modelos a imitar. En otras palabras, a lo largo del tiempo se les ofreció a los cristianos modelos alternativos a aquel modelo primordial de vida consagrada a Dios, que había sido Jesucristo. Estos paradigmas de vida santa surgían periódicamente entre la gente; siempre había un sitio geográfico y una comunidad que los sentía suyos, y hasta se enorgullecía de ellos, aunque no estuvieran tan dispuestos a imitar su ejemplo de santidad. Alguien los había conocido, o era posible tener acceso a alguien que conociera a quienes había conocido al santo (o santa). Pero la principal ventaja consistía en que los tales habían sido seres humanos; por ende, eran capaces de comprender los sufrimientos, las limitaciones, las debilidades, las tentaciones y los pecados de los demás seres humanos. Por tal motivo podían, desde su privilegiada posición cerca de Dios, interceder por los mortales delante del lejano y altísimo Señor Jesús, quién un día regresaría para juzgar a vivos y muertos, y arrojar a los pecadores empedernidos en las llamas eternas de la perdición. Pero más allá de su carácter de intercesores y mediadores, merece volver a destacarse el uso que se hacía de estos personajes, de sus vidas y virtudes, para inspirar la devoción y piedad en las gentes, mediante la imitación del ejemplo de sus vidas. A tal punto, que el relato de la vida de muchos de estos santos y santas está plagado de hechos milagrosos y sobrenaturales, algunos incluso absurdos, mediante los cuales los hagiógrafos (quienes narraban sus historias), procuraban “edificar… demostrar su santidad o incitar a la devoción” (Donald Spoto, Francisco de Asís; Ediciones B, SA, Barcelona, 2004; pág. 19).</p>
<p>Tal vez también merezca anotarse que esta adopción de personas, hombres y mujeres, como ejemplos, referentes o modelos de carne y hueso cuya vida y conducta admirar, y en alguna medida tratar de imitar, tiene su correlato secular en la actual, extendida y muchas veces desatinada búsqueda, veneración, y en algunos casos enfermizo fanatismo enfocado en ídolos deportivos, estrellas musicales o cinematográficas, y en menor medida en personas pertenecientes a determinados gremios o profesiones, consideradas entre sus colegas como maestros por su saber, su entrega y dedicación a la profesión de que se trate. En todos estos casos, sean religiosos y espirituales, o seculares y mundanos, se expresa esa humana necesidad de liderazgo, conducción, ejemplos y modelos a seguir, que todos tenemos por lo menos en algún momento de nuestras vidas.</p>
<p>Modelos de carne y hueso. La diversificación de la devoción popular en figuras religiosas, tanto en el pasado como en el presente (recordar la Madre Teresa de Calcuta, y la reciente beatificación del difunto Juan Pablo II), así como también de figuras seculares, tanto en el presente como en el pasado (recordar la admiración y pleitesía que se rendía a emperadores, gladiadores, generales y guerreros), expresa no solo esa necesidad de guía y ejemplo válidos de la que hablamos recién, sino también la total pérdida de rumbo, la incertidumbre acerca de cómo orientar nuestra vidas. Y no debe parecer que dentro del cristianismo, esa búsqueda de modelos de carne y hueso que desemboca en la veneración de santas y santos del pasado, y de los que están en preparación en el presente, es un fenómeno exclusivo del catolicismo. La constelación de pastores, evangelistas y predicadores que brillan (o pretenden brillar) como estrellas religiosas, puede considerarse la contrapartida del mismo fenómeno dentro del cristianismo evangélico.</p>
<p>Es aquí que debemos recordar, una vez más, como personas que sí hallamos el camino hacia una relación íntima y personal con Jesús nuestro Señor y Salvador, que Él es nuestro supremo modelo de carne y hueso. Solo la ignorancia o la abierta y culpable negligencia pudo haber olvidado al Jesús de las Sagradas Escrituras, a Jesús el hombre, el judío nacido en Belén, criado en Nazaret, que caminó durante tres años por los senderos polvorientos de Palestina, que tuvo hambre y tuvo sed, que se cansó y necesitó dormir, que sintió angustia, temor e incertidumbre, que sufrió dolor y culminó su carrera con una muerte terrible e ignominiosa, la cual truncó su vida cuando aún era joven, bien que no pudo ser retenido en el reino de los muertos; cómo olvidarlo, cuando hablando de Jesús las Escrituras nos dicen que “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15); y abundando más sobre esta condición del hombre Jesús, el mismo escritor sagrado nos sigue diciendo: “Cristo, en los días de su vida terrena, ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, y fue oído a causa de su temor reverente. Y, aunque era Hijo, a través del sufrimiento aprendió lo que es la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos lo que lo obedecen” (5:7-9). Jesús el hombre y Cristo el Señor son la misma persona, alguien sentado a la diestra del Padre Celestial, que llama a la puerta del corazón de cada uno, para habitar en aquel que le recibe en arrepentimiento y fe.</p>
<p>Que Jesús sea nuestro único y auténtico modelo de carne y hueso, resucitado, glorificado y omnipotente, lleno de amor, de perdón y de esperanza que darnos, el único que puede brindarle sentido y contenido, rumbo y guía a nuestra vida. Y también paz.</p>
<h6><span style="color: #0000ff;">Iglesia En Marha.Net</span></h6>
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		<title>HISTORIA DE FANTASMAS</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Jun 2011 02:04:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
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		<description><![CDATA[- Por Dr. Álvaro Pandiani - &#160; ¿Hay vida más allá de la muerte? ¿Es la muerte el final de todo? ¿O luego de ésta hay alguna forma de existencia que nos brinde el consuelo de una futura reunión con nuestros seres queridos ya partidos, o la esperanza de que nuestra vida pueda perpetuarse, aún [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>- Por Dr. Álvaro Pandiani -</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Hay vida más allá de la muerte? ¿Es la muerte el final de todo? ¿O luego de ésta hay alguna forma de existencia que nos brinde el consuelo de una futura reunión con nuestros seres queridos ya partidos, o la esperanza de que nuestra vida pueda perpetuarse, aún después de “dejar de existir” en este mundo? Este es un tema que acompañó, acompaña y acompañará a la gente. Pese a que la gran mayoría de las religiones ofrecen esperanza para el más allá, y la mayoría de las personas adhieren a alguna religión, aún así y precisamente por ser la vida en el más allá una creencia que integra el credo de una religión dada, y por lo tanto una cuestión de fe, resulta insuficiente para quienes han perdido la fe religiosa, abandonando la espiritualidad o entregándose a alguna forma vaga y ligera de espiritualidad posmoderna. Muchas personas buscan la certeza de una confirmación, más allá de toda duda, acerca de la vida perdurable a través de la muerte; así, son presa de psíquicos, médiums, parapsicólogos y otros charlatanes que pretenden presentar evidencias confirmatorias de un más allá, feliz o no. Otros procuran vivir su vida sin preocuparse por la muerte, y solo piensan en ella cuando su indeseable visita ronda cerca, en un familiar, amigo o vecino; y aún entonces solamente un poco, lo mínimo necesario para estar a tono con el dolor de los otros, y no parecer insensible. Es recién cuando viene a instalarse en nosotros el dolor lacerante de una pérdida muy querida y muy cercana a nuestros afectos, que pensamos seriamente en algo para lo cual, según un dicho popular, “no hay solución”.</p>
<p>No deja de ser interesante que este refrán popular hable de la posibilidad de poder solucionar cualquier situación, menos la muerte; es interesante porque el refrán es lo suficientemente antiguo como para atribuirlo a una época en que la fe religiosa tenía una mayor presencia en nuestra sociedad. Indudablemente, la sabiduría popular expresada en tal aforismo contiene algo más que la sencilla y directa aseveración de que cualquier problema a enfrentar en la vida puede ser solventado; también parece decirnos que, por lo menos entre quienes cristalizó el dicho, entre quienes lo repiten y también entre los que lo aceptan, la muerte vista desde este lado es un hecho absoluta y terriblemente definitivo, y no alcanzan las afirmaciones de las doctrinas religiosas para superar la fuerte impresión de que es el final de la existencia del ser humano. O tal vez, lo que no alcanza es la fe personal; una fe diluida en una religión que con el paso del tiempo se volvió un convencionalismo social; una fe religiosa abandonada para vivir a pleno la vida presente, sin preocuparse de una eventual vida futura de la que no hay ni una prueba; una fe por supuesto que no fundada en la Biblia como Palabra de Dios, a la que se ve como una más entre las múltiples ofertas religiosas que coexisten en las sociedades modernas; una fe que se reduce apenas a una creencia natural, la apertura a prácticamente cualquier cosa que ofrezca una esperanza de bien, de beneficio, de consuelo, o de fuerza para seguir adelante.</p>
<p>Esa es una característica particular e interesante de la espiritualidad posmoderna, la capacidad de aceptar cualquier cosa que parezca “hacernos bien”, o hacer que nos “sintamos bien”. En relación al tema de la muerte y lo que eventualmente viene después, o no, un ejemplo de espiritualidad posmoderna muy ligera (muy “light”), puede verse en las siguientes recomendaciones: <em>“Ore pidiendo orientación. <strong>No es necesario que crea en Dios para orar</strong>.  Le basta con creer en un poder superior que está dentro de usted, una fuente de sabiduría e integridad que puede orientarlo/a hacia su verdad intuitiva”</em>, y más adelante: <em>“Píenselo un poco y <strong>constrúyase una vida después de la muerte en la que pueda creer</strong>”</em> (<a href="http://www.actosdeamor.com/laespiritualidad.htm">www.actosdeamor.com/laespiritualidad.htm</a>) (los énfasis son míos).  Esta oferta de fe y espiritualidad, por supuesto que no cristiana, pero además absurda y parada en el vacío, responde a una demanda por respuestas; pero ya no tanto por respuestas que contengan la verdad última de los enigmas de la existencia, sino más bien por mensajes agradables al oído y suaves para la sensibilidad y los afectos. Sensibilidad y afectos que son heridos de continuo en el diario enfrentamiento con un mundo estresante, insensible, vertiginoso y desalentador, en el que hay momentos en que a nadie parece importarle nada de su prójimo, sino solo de sí mismo, y donde a veces el futuro parece sumido en la más helada incertidumbre.</p>
<p>En semejante lucha cotidiana, la aparición de una realidad tan absoluta como la muerte, sobre todo cuando toca de cerca, constituye una verdadera crisis; crisis para enfrentar la cual no hay una fe sólida, firme, bien fundamentada en principios absolutos e inamovibles, que es lo que los cristianos encontramos en Jesucristo (<strong><em>“Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia”</em></strong>; 2 Pedro 1:3). Lo que hay es una fe natural abierta a las ideas y proposiciones del más diverso pelo, en boga en nuestros días en la calle, en los medios de comunicación, y hasta en institutos y organizaciones que ofrecen sus respuestas y soluciones a precio módico, y sin demandas de tipo moral. Cuando un ser amado parte de esta vida, el deudo podrá optar por resignarse y soportar el dolor de la pérdida, o procurar el consuelo de la religiosidad pagana posmoderna, “construyéndose” una vida después de la muerte, o recurriendo a quienes dicen haber estado más allá y haber vuelto, a quienes afirman poder contactar a los que han partido, o incluso a los que cuentan historias de fantasmas; cualquier cosa en busca de esa certeza que la vieja religión ofrecía, pero que ya no se puede tener, pues la fe religiosa se ha abandonado por considerarla “superada”.</p>
<p>En relación a esta temática, una película reciente merece un comentario: <em>Hereafter</em>, presentada en español como <em>Más allá de la vida</em>, de Clint Eastwood.  En este film, tres historias paralelas concurren hacia un final común. Una periodista francesa de vacaciones en el sureste de Asia, sorprendida por el tsunami de diciembre de 2004 (impresionantemente recreado en la película), tiene una experiencia cercana a la muerte y un vislumbre del más allá, y al regresar se empecina en escribir un libro sobre la vida después de la muerte; un niño británico que ha perdido a su hermano gemelo en un accidente de tránsito no encuentra consuelo, y busca a través de psíquicos y médiums un contacto con él; un verdadero médium de origen estadounidense, capaz de hacer contacto con el mundo de los muertos sin ningún tipo de ritos, trances ni otros aspavientos, que prueba la verdad de su don mediante información de una exactitud asombrosa, esto confirmado por quién consulta, que le suministran las almas de los difuntos; y el hermano del médium, insistente y porfiado en organizar el negocio para que su hermano se enriquezca con su don, y enriquecerse él también. Como siempre, no entraremos aquí a una crítica de la película, el argumento, la labor del director o el desempeño de los actores, porque ni somos críticos cinematográficos, ni nos interesa hacerlo. Sí comentar algunos aspectos del filme desde un punto de vista espiritual cristiano. No puede dejar de llamar la atención, desde este punto de vista, que en un tema universal como la muerte, y sobrenatural como la vida después de la muerte, no haya ninguna referencia a la religión en general, ni participación de predicadores o líderes religiosos. Y no hablamos solo de pastores o sacerdotes cristianos, sino de una total ausencia de ministros de cualquier religión; en la película no aparece ni un humilde chamán. Sin embargo, se nos muestra por ejemplo la insistencia de la periodista sobreviviente del tsunami en “revelar” lo sucedido (su libro es resistido por sus editores, hasta que uno de ellos le recomienda otra editorial); esto hace que uno se pregunte: ¿la negativa de los editores responde solo a que el libro no es del género trabajado por la editorial? (como se sugiere en la película) ¿O se insinúa que la realidad de la existencia de vida después de la muerte se oculta a las personas? (como si de una teoría de conspiración se tratase). Pero, ¿a quién podría interesarle que los seres humanos ignoren que tras la muerte a todos nos espera un mundo imperecedero y feliz? ¿A algún gobierno, a alguna organización? Muy veladamente emerge en esta parte de la historia lo que podría ser algo así como un mensaje subliminal: ¿quién ha dominado durante siglos a los seres humanos, autoproclamándose como la única puerta de la salvación eterna, y amenazando con el infierno a quién no se somete a sus dictados? La respuesta es dolorosamente previsible: la Iglesia. Resulta asombroso cómo las paranoicas ideas de conspiración trascienden el tiempo y el mundo presente, proyectándose hacia la eternidad. Es asombroso, pero no original; la Iglesia ha sido acusada otras veces de tener en marcha un complot cósmico para dominar las conciencias de los seres humanos. Y si bien cuando hablamos de tales maquinaciones pensamos siempre (todos lo hacemos), en la Iglesia Católica Romana, los cristianos evangélicos no debemos sentirnos exculpados; para algunos, sobre todo para los opositores al cristianismo, nosotros también estamos en el chanchullo.</p>
<p>Pero tal vez los paranoicos somos nosotros, y <em>Más allá de la vida</em> no contiene un mensaje subliminal que acusa a la Iglesia de conspiraciones varias, y arroja descrédito sobre la misma; el libro de la periodista es resistido por una editorial que se dedica a temas políticos, y de la Iglesia no se dice una palabra. Sin embargo, otra vez merece destacarse la ausencia de la religión en un tema como este. Otro elemento a destacar, en esta misma línea, es el de las características de la vida más allá de la muerte. Según los mensajes llegados a través del médium (personificado por Matt Damon), las almas de los difuntos están en un lugar apacible, arrepentidos de sus errores, llenos de amor, y según el hermano muerto del niño, se trata de un lugar y/o una experiencia maravillosa y fantástica.</p>
<p>El mensaje de esta moderna historia de fantasmas, pues, es el de un universalismo en lo que respecta a la vida de ultratumba. No hay infierno, ni juicio, ni pago por el pecado. Al igual que en muchas producciones cinematográficas y televisivas que incursionan en el tema, vehiculizando creencias, opiniones y matices culturales sobre la espiritualidad actual, quienes pasan hacia el más allá solo deben preocuparse por “avanzar hacia la luz”, etcétera. Así, promueve una fe ligera, liviana y superficial. Construye una “vida después de la muerte en la que se puede creer”. Inocula en las conciencias una ideología mística que no inspira responsabilidad por los hechos cometidos y las decisiones tomadas, sino solo la tranquilidad emocional ante la expectativa de un futuro luminoso y feliz, independientemente de errores, culpas y pecados. Preconiza un alejamiento del racionalismo materialista y ateo de la modernidad, y un regreso a la espiritualidad, pero a una espiritualidad pagana, secular, carente de compromiso y ávida por sentimientos de bienestar; auténticamente posmoderna, tramposamente anticristiana.</p>
<p>Nuestra respuesta a este misticismo diluido, digno de estos tiempos de tolerancia (pues la tolerancia se extiende al más allá, donde no hay que rendir cuentas a nadie de la forma en que uno ha vivido su vida), nuestra respuesta ha de ser y es la proclamación de un evangelio firme y sólidamente basado en la Palabra de Dios contenida en la Biblia, y solo en la Biblia. No podemos torcer lo que ha sido escrito en las Sagradas Escrituras. No podemos, justamente porque tenemos el privilegio de conocer los resultados de torcer esas Escrituras, tanto hacia el extremo de una religiosidad legalista e intolerante, que llegó a quitar la vida a quienes discrepaban, como hacia el otro extremo, el de un universalismo que todo lo permite y todo lo perdona, pues anuncia que todos serán finalmente salvos, y así niega la justicia de Dios y hace innecesario el sacrificio único de Jesucristo por cada uno de nosotros.</p>
<p><strong><em>“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”</em></strong>, escribe el apóstol Juan en su evangelio (3:16). Palabras magnas que todos los cristianos conocemos prácticamente desde los comienzos de nuestro andar en la fe. En realidad, lo que Juan hace aquí es transcribir palabras dichas por el mismísimo Jesús de Nazaret. Es una expresión inmortal por su contenido teológico, pero también por su hermosura. Nos habla de un Dios que tiene un amor tan grande por nosotros, que estuvo dispuesto a sacrificar a su propio Hijo por nuestra salvación. Pero si nos dormimos en la consideración de ese amor tan grande, expresado por Jesús, corremos el riesgo de perder de vista el resto, que es lo que les ocurre a los universalistas. Dios debió enviar un Salvador, porque nosotros necesitamos ser salvados. Solo un poco después de su gran afirmación contenida en el versículo 16, Jesús afirmó de sí mismo (y Juan escribió): <strong><em>“El que en él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”</em></strong> (v. 18). Si hablamos de la vida después de la muerte y la eternidad más allá de este mundo, la Biblia asevera que nuestro patrimonio es la condenación, y lo que nos espera la perdición. Solo hay un camino de salvación; solo existe una manera de, llegado el momento de cruzar la última frontera de esta vida, pasar a una eternidad de paz y felicidad tal, que está más allá de cualquier cosa que podamos imaginar en este mundo. Jesús afirmó: <strong><em>“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida”</em></strong> (Juan 5:24).</p>
<p>Sea sensato; no crea cualquier historia de fantasmas. Mejor, crea en Jesucristo.</p>
<h6><span style="color: #0000ff;"> Iglesia En Marcha.Net</span></h6>
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		<title>LA TENAZ TEOFOBIA</title>
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		<pubDate>Mon, 02 May 2011 03:00:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Noticias Nacionales]]></category>
		<category><![CDATA[Alvaro Pandiani]]></category>
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		<description><![CDATA[La resurrección de un viejo monstruo. La historia del cristianismo registra la vida y obra de muchos personajes cuyo recuerdo y ejemplo son edificantes e inspiradores. El propio Nuevo Testamento nos muestra fragmentos más o menos extensos de la vida de hombres y mujeres que consagraron sus vidas a Cristo, y sus hechos y palabras [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: small;"><em>La resurrección de un viejo  monstruo.</em></span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">La historia del cristianismo registra la vida y obra de muchos  personajes cuyo recuerdo y ejemplo son edificantes e inspiradores. El propio  Nuevo Testamento nos muestra fragmentos más o menos extensos de la vida de  hombres y mujeres que consagraron sus vidas a Cristo, y sus hechos y palabras  fueron y son, aún hoy, paradigma de fe, amor y santidad, amén de constituir  parte de la Palabra de Dios. Después de los tiempos apostólicos, cuando ya los  escritos sagrados del Nuevo Testamento habían sido redactados, la tradición  histórica de aquellos primeros siglos de la fe guarda la memoria de personas que  también entregaron todo por Jesucristo, y vivieron vidas radiantes que siguen  mereciendo mención en la actualidad. </span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;"> </span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">A principios del siglo IV d.C. un hombre llamado Eusebio de  Cesarea, obispo desde el año 314 de la ciudad por cuyo nombre se lo recuerda, a  partir de los libros del Nuevo Testamento y de muchos otros documentos que tenía  a su disposición, algunos de los cuales aún se conservan y otros se han perdido,  compiló y publicó una Historia Eclesiástica, obra en la que se registran los  hechos y personajes que jalonaron los primeros trescientos años de historia de  la Iglesia Cristiana. Por medio de Eusebio y su Historia Eclesiástica sabemos de  muchos cristianos que brillaron por su entrega y sacrificio en nombre de Cristo,  y también de muchos enemigos de la Iglesia, que de distintas maneras intentaron  erradicar del mundo la “nueva secta”, fracasando sistemáticamente. Lo  interesante es que Eusebio nos habla de un tiempo en el cual la Iglesia  Cristiana no era una Iglesia Imperial, ni una Institución poderosa y dominante.  Eusebio nos habla precisamente de los siglos de la Iglesia perseguida y  subterránea, cuyos miembros se escondían en catacumbas y bosques, sin dejar de  anunciar valientemente el evangelio a sus semejantes, y los cuales, cuando les  era requerido el máximo sacrificio, el de la propia vida, la mayoría lo ofrecía  con gusto, antes de renegar del Cristo en el que habían creído. Lo interesante  también es que Eusebio de Cesarea nos habla de la Iglesia de antes del Concilio  de Nicea, esa reunión eclesiástica en la que, según les gusta insistir a los  ateos, se dio forma al cristianismo que conocemos ahora, y/o se seleccionó qué  libros debían formar el Nuevo Testamento porque convenían a los intereses de la  Iglesia, y/o se silenciaron e hicieron desaparecer otras fuentes que podrían  “descubrir la gran conspiración” que el cristianismo tramaba para adueñarse de  la humanidad (cualquier parecido con el Código Da Vinci y otras paranoicas  teorías de conspiración eclesiástica en boga en nuestros días, es intencional,  invento de ateos radicales empecinados en su incredulidad, o de hábiles  mercaderes que especulan con las ganancias que les reportará un producto  literario o cinematográfico que ataque a la Iglesia Católica Romana, o al  cristianismo en general). Eusebio, un obispo pre-niceno, nos habla de una  Iglesia pre-nicena, y proyecta su obra a los siglos por venir.</span></p>
<p><span style="font-size: x-small;"><span style="font-family: Arial;"> <span style="font-family: Arial; font-size: x-small;"> </span></span></span></p>
<p><span style="font-size: x-small;"><span style="font-family: Arial;"><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">Sin embargo, bien que vale lo anotado en cuanto a la época en  que escribe y de la cual escribe Eusebio, la idea es mirar un personaje  mencionado en el Libro 2 de su Historia Eclesiástica, no cristiano sino judío.  Para los cristianos, muchos personajes de Israel son también significativos y  paradigmáticos por la experiencia de Dios que tuvieron, y la consagración de sus  vidas al Señor; son personajes del Antiguo Testamento, que para los cristianos,  al igual que para los judíos, es Palabra de Dios. Pero de quién habla Eusebio es  de un judío que vivió y murió en el judaísmo, contemporáneo de Jesús y los  apóstoles, que fue famoso maestro, versado en la Ley de Moisés y en la filosofía  griega: Filón de Alejandría. Si bien la mayor parte de lo que Eusebio habla de  Filón se vincula con el relato que éste hace acerca de un grupo de hombres y  mujeres que llevaba una vida de ascetismo en el desierto de Egipto, a quienes  llama los terapeutas, en el capítulo 5 menciona la embajada judía que el mismo  Filón encabezó ante el emperador romano, para interceder por sus compatriotas de  Alejandría. Según Eusebio, el mismo Filón </span></span><span style="font-size: x-small;"><span style="font-family: Arial;">“cuenta  cómo se personó ante Cayo para defender las leyes patrias, pero únicamente  obtuvo burlas y sarcasmos y poco le faltó para perder la vida en esta  empresa”  (Historia Eclesiástica; Editorial Clie, España; 1988; pág. 85). El emperador  Cayo que menciona es nada menos que Cayo Calígula, personaje de triste historia  a causa de sus excesos y su locura, y del sufrimiento y terror en que sumió a  sus súbditos, hasta que fue asesinado. En el capítulo 18 del mismo Libro 2,  Eusebio dice que Filón “llegó  a Roma en tiempos de Cayo, y se cuenta que su obra La  tenaz teofobia  de Cayo, a la que por su habitual ironía tituló Sobre  las virtudes,  la leyó a todo el Senado romano, en tiempo de Claudio”  (pág. 108). </span></span></span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;"> </span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;"><span style="text-decoration: underline;">La tenaz teofobia.</span> </span></p>
<p><span style="font-size: x-small;"><span style="font-family: Arial;"> </span></span></p>
<p><span style="font-size: x-small;"><span style="font-family: Arial;">Es  un título muy sugestivo, capaz de describir la actitud que en la actualidad  adoptan muchas personas ante la fe cristiana, ante el anuncio del evangelio, y  ante el discurso cristiano que opina sobre temas de interés e importancia, a  veces de urticante importancia, para el individuo y la sociedad. Sin ser la  primera vez que leo la Historia Eclesiástica de Eusebio de Cesarea (es quizás la  tercera o cuarta lectura que hago de la misma), esta vez me causó una profunda  impresión la forma en que Filón describió la actitud de Calígula ante su  planteamiento (que en definitiva consistió en defender la necesidad y el derecho  de los judíos de vivir según la Ley de Dios): burla, desprecio, e incluso la  amenaza de una reacción violenta que habría puesto en peligro la vida del  embajador. Una respuesta que evoca de inmediato algo dicho por Jesús en Mateo  7:6: “No  deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no  sea que las pisoteen y se vuelvan y os despedacen”.  Más allá de que en el tiempo en que Calígula reinaba, el evangelio cristiano ya  estaba siendo predicado en el mundo, las leyes judías presentadas por Filón (una  presentación seguramente fundamentada en la Palabra de Dios del Antiguo  Testamento), eran perlas para semejante cerdo, y el emperador actuó como tal,  demostrando lo acertado del dicho de Jesús.</span></span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;"> </span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">¿Cómo reaccionan las personas ante el mensaje cristiano, ante  la Palabra de Dios? Brevemente se pueden esbozar las posibles  respuestas:</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">1) Aceptación y entrega total (“creo en ti, Señor, y en tus  manos entrego mi vida”).</span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">2) Frío asentimiento (“sí, yo creo en Dios… a mi  manera”).</span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">3) Indiferencia absoluta (………………….).</span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">4) Rechazo displicente (“yo no necesito de Dios; tal vez otros  sí, tal vez más adelante sí”).</span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">5) Rechazo violento (“la iglesia que ilumina es la que arde,  etc.…”).</span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;"> </span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">La psicología define la teofobia como un miedo irracional y  patológico a Dios (o a los dioses) y la religión. Sin embargo no parece ser ese  el significado que quiso darle Filón de Alejandría a la teofobia de Calígula;  esta teofobia parece que tenía, en la mente del insigne filósofo judío, un  significado más bien religioso. La teofobia de Calígula consistía en  incredulidad, burla, desprecio, y reacción agresiva contra el representante de  la fe que se le había apersonado para defender la misma. La teofobia de Calígula  no era miedo, era odio, aborrecimiento y rechazo, rechazo violento; además era  “tenaz”, es decir, era obstinada, terca, intransigente, rebelde, incorregible,  impenitente…</span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">La tenaz teofobia describe muy bien una obstinada,  intransigente y terca actitud de incredulidad, burla, desprecio, rechazo de la  idea de Dios, fe y religión o espiritualidad. Rechazo que llega a la agresión  verbal, al menosprecio y al insulto dirigido a los creyentes y a quienes  predican su fe; y que llegaría a la agresión física si tal cosa fuera posible, a  juzgar por la vehemencia y el odio contenido en las expresiones de personas que  parecen aborrecer a Dios, y querer vengarse de Él.</span></p>
<p><span style="font-size: x-small;"><span style="font-family: Arial;"><span style="font-family: Arial;"><span style="font-size: x-small;"><span style="font-family: Arial;">Hay  dos buenos ejemplos en este mismo sitio web, que merecen comentario; los dos  referidos a un grupo de los Estados Unidos de América, llamado Ateos Americanos.  La pasada época navideña esta gente colocó en un lugar visible de la ciudad de  Nueva York un gran cartel desprestigiando la navidad cristiana, rebajándola al  nivel de mito, e invitando a la gente a celebrar la “razón”. Tal vez a nosotros  nos parezca raro, pero en diferentes lugares hay no solo individuos sino también  grupos organizados de ateos radicales que militan activamente contra la fe  religiosa; a tal efecto, llevan adelante una propaganda anticristiana y atea,  que niega la existencia de Dios, rechaza la historicidad de la persona de Jesús  de Nazaret, ridiculiza la fe y procura desprestigiar a la Iglesia cristiana.  Hace algunos años en este mismo sitio web, en la serie Alexamenos  venera a su dios  trajimos algunos ejemplos de esto, y discutimos sus argumentos. En ese momento  vimos que algunos tenían una apariencia de seriedad, incluso una fachada  académica, mientras que otros se expresaban en términos sumamente ordinarios,  hasta groseros, injuriando la persona de Jesucristo, y por supuesto agraviando  al creyente sencillo y sincero, cuya fe era objeto de burla. Remitimos al lector  a esa serie de artículos para ver las citas textuales de tales individuos y  grupos, las fuentes bibliográficas, así como la refutación que en ese momento  presentamos a los pocos argumentos que merecían ser considerados. Un nuevo  ejemplo, éste bien reciente y también publicado en esta página, nos pondrá al  día acerca de esta activa actitud teofóbica actual. Representantes del mismo  grupo, Ateos Americanos, luego del terremoto y posterior tsunami del 11 de marzo  pasado en Japón, se dirigieron públicamente a “las personas” (siempre un público  que constituyen un tercero neutral en este enfrentamiento virtual entre fe y  ateísmo), instándolas a que “donen  a organizaciones benéficas seculares en lugar de bufones  religiosos”</span></span><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">.</span> Los “bufones religiosos” a los que se referían eran  concretamente, y el presidente de Ateos Americanos dijo, el Ejército de  Salvación (organización evangélica), y grupos católicos. ¿Por qué no donar  dinero para las víctimas de la <span style="font-size: x-small;">catástrofe en Japón a través de  estos grupos religiosos? Según los modernos calígulas, porque parte de ese  dinero se destinaría </span><span style="font-size: x-small;">“para la difusión de Biblias”</span></span><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">. Aquí indudablemente hay una confrontación de principios y  puntos de vista. Los cristianos entendemos de inestimable valor tanto la  difusión de la Palabra de Dios, contenida en la Biblia, como la ayuda material,  sea alimentos, ropas o atención médica, para los menesterosos y las víctimas de  un desastre. Pero según estos calígulas, la difusión de Biblias es una actividad  de propaganda religiosa que ellos repudian visceralmente, y al denunciar que se  destina parte del dinero a dicha difusión, casi sugieren una malversación de los  fondos donados para los damnificados. Según el artículo, voceros del Ejército de  Salvación respondieron que sus obreros trabajaron ofreciendo comida caliente y  refugio a las víctimas; sin embargo, el presidente de los Ateos Americanos  insistió en que los grupos cristianos lo que hacían era “impulsar la religión”,  en vez de darle a los afectados la ayuda material necesaria. De una manera  indirecta, el ateo acusaba de mentirosos a los cristianos.</span> </span></span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;"> </span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">Así, reproducen la actitud de teofobia obstinada, focalizada  en los cristianos; cristianos que ya estaban trabajando en el lugar de desastre,  mientras estos señores, desde la seguridad de los Estados Unidos, opinaban y  desacreditaban el trabajo hecho por los creyentes.  Una postura básica de  incredulidad, de negación de la existencia de Dios y del valor de la creencia  religiosa en general (y la cristiana en particular); la burla que desdeña al  creyente (“bufones” religiosos; es decir, payasos); el desprecio sobre las  personas y su obra, arrojando dudas sobre el manejo de fondos, o aún sobre la  veracidad de sus dichos. La reacción violenta, la irreverencia, la ofensa, el  insulto, están a un paso. </span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;"> </span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">La tenaz teofobia; el rechazo violento, el empecinamiento en  negar, burlarse y desprestigiar la fe, y denigrar a los creyentes. Los  diferentes artículos publicados en páginas cristianas como ésta, que abordan  temas diversos relacionados con la espiritualidad, pero también con la salud, la  cultura y otros tópicos de interés, reciben a menudo la visita de esta clase de  modernos calígulas; sea que llegan a través de una búsqueda en la red, o que por  un particular morbo visitan un sitio cristiano. Estas personas, quizás  conscientes de estar ingresando a un territorio que no es el suyo, entran al  parecer a la defensiva; y siguiendo la vieja máxima que dice que la mejor  defensa es un buen ataque, han ensayado refutaciones vehementes a los principios  y valores de la fe cristiana, salpicadas de afirmaciones de tipo científico (o  seudocientífico), sin respaldo bibliográfico alguno, y sazonadas por epítetos  injuriosos de diverso tipo (entre los que destaca el término “ignorantes”). En  sus invectivas, además de presentar argumentos fácilmente rebatibles, el respeto  brilla por su ausencia, y la ignorancia que nos adjudican a los cristianos a  menudo saluda desde su lado, en lo mediocre de sus planteamientos, en la pobreza  de sus expresiones, y hasta en los errores de sintaxis y faltas de ortografía. </span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;"> </span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">Quizás si con respeto y urbanidad probaran a confrontar  opiniones y creencias, como otros hacen, la pobreza y la chatura moral que  exhiben pasarían desapercibidas, o incluso serían solventadas. Sí, en efecto, un  cambio de actitud resolvería mucho. Porque acá de lo que hablamos no es de una  cuestión de postura filosófica ante la existencia de Dios (fe versus ateísmo),  para tildar de burros, mediocres o ignorantes a los ateos; de ningún modo.  Hablamos de una cuestión de actitud, de maneras adecuadas de enfocar el tema, de  conducirse y reaccionar correctamente ante la postura del otro, de respetar al  que piensa o cree distinto. Y hablamos, concretamente, de tener que soportar  periódicamente a estos nuevos calígulas, y a su terca, obstinada, porfiada  teofobia. </span></p>
<p><span style="font-size: x-small;"><span style="font-family: Arial;"> </span></span></p>
<p><span style="font-size: x-small;"><span style="font-family: Arial;"><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">El apóstol Pedro escribe en su Primera Epístola:</span> “…  estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia  ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en  vosotros”  <span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">(3:15). Es bueno tener presentes estas palabras, porque  en una confrontación de ideas, opiniones y creencias en la que estamos poniendo  tanto acento en la actitud, debemos pensar, y tal vez revisar, nuestra propia  actitud, nuestras reacciones, y lo que visceralmente nos sale cuando nos  encontramos con un Calígula de estos. Más aún, si recordamos la negra historia  que la Iglesia en su conjunto tiene detrás, en lo que respecta a intolerancia,  persecución y atrocidades cometidas durante siglos por motivos religiosos, y en  el nombre de Cristo. Saltando el largo y turbulento medio de la historia  cristiana, debemos volver a los principios, a lo que está escrito en la Biblia,  y constituye Palabra de Dios. Y en cuanto a la actitud, cómo responder a los que  “demandan razón” de nuestra fe y esperanza puestas en Jesucristo, traer a la  memoria justamente esas palabras: mansedumbre (apacibilidad, suavidad, dulzura)  y reverencia (cortesía, respeto, deferencia). Que a diferencia de las  barbaridades cometidas en otros tiempos por quienes dijeron ser cristianos, y de  nuestras propias reacciones que pugnan por explotar con violencia desde nuestro  interior, cuando somos agredidos en lo más sagrado (porque seguimos siendo seres  humanos), actuemos en forma apacible y respetuosa, con suavidad y cortesía, y  demostrando por encima de todo el amor que Cristo nos  mostró.</span></span></span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;"> </span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">En suma, que actuemos como cristianos.</span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">Dr. Álvaro Pandiani</span></p>
<p><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;">Ilustración: Tomada de Internet<br />
</span></p>
<p><span style="color: #0000ff; font-family: Arial; font-size: xx-small;"><strong>Iglesia En  Marcha.Net</strong></span></p>
</div>
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		<title>ENTRE EL TERROR Y LA FE : EL RITO</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Apr 2011 04:38:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Noticias Internacionales]]></category>
		<category><![CDATA[Alvaro Pandiani]]></category>
		<category><![CDATA[el rito]]></category>
		<category><![CDATA[EXORCISMO]]></category>
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		<description><![CDATA[- Por Álvaro Pandiani - Siempre me llamó la atención que un país con trasfondo religioso históricamente fundamentado en el cristianismo protestante o evangélico, como es Estados Unidos, país en el que se mueve la industria cinematográfica más poderosa y popular de occidente (y quizás del mundo), la mayoría de las veces que esa industria [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>- Por Álvaro Pandiani</strong> -</p>
<p>Siempre me llamó la atención que un país con trasfondo religioso históricamente fundamentado en el cristianismo protestante o evangélico, como es Estados Unidos, país en el que se mueve la industria cinematográfica más poderosa y popular de occidente (y quizás del mundo), la mayoría de las veces que esa industria recurre a temas religiosos con base cristiana, lo haga ambientando sus historias (de ficción o supuestamente basadas en hechos reales) en el marco de la Iglesia  Católica Romana. Por supuesto que esto tiene algunas excepciones, y resulta interesante ver cómo cuando los personajes de las historias son pastores protestantes (con familia), las traducciones al español, hechas en países donde el catolicismo romano sí es fuerte, y alguna vez fue oficial, ponen “sacerdote” en vez de “pastor”; y así escuchamos, o leemos, acerca de sacerdotes con esposa e hijos, lo que rechina y suena incongruente. Por supuesto que esa preponderancia de la presencia en la pantalla, cuando la temática lo requiere, de la  Iglesia Católica Romana, puede ser por el lugar que dicha forma de cristianismo se ha ganado en la sociedad norteamericana; también porque procuren activamente influenciar en la industria del cine para que su Iglesia figure, o porque la estructura eclesiástica y algunas características de sus representantes sirvan más a los intereses de quienes cuentan historias en la pantalla, para entretenimiento de la gente. En todo caso, ésta es una observación inicial, a modo de introducción para un comentario sobre el tema de una película recientemente estrenada (aún está en cartel en Montevideo al momento de comenzar a escribir estas líneas), proveniente de los Estados Unidos, que cuenta con la presencia de un gran actor como es Anthony Hopkins, y que tomando como marco la  Iglesia Católica Romana y lo que mencionábamos de la misma, su infraestructura, las características particulares de sus representantes, pero también y sobre todo sus doctrinas, sus creencias y prácticas, incursiona en esa a la vez fascinante y macabra temática de la posesión demoníaca, y los esfuerzos realizados por los ministros de Dios para liberar a las víctimas del diablo. Me refiero a <strong>El Rito</strong>.</p>
<p>El tema sobrenatural es sumamente recurrido por la industria del entretenimiento, y el cine no es la excepción. Generalmente, la presencia de lo sobrenatural en las historias de ficción encuadra dichas historias en los géneros de suspenso y terror; vampiros, hombres lobo, fantasmas, espíritus, demonios, y otro tipo de entidades sobrenaturales aparecen en la pantalla sobre todo para molestar, asustar, aterrorizar, herir o matar a los personajes que tienen la desdicha de encontrarse con ellos. Son comparativamente pocas las historias de ficción en las cuales el eje del relato es la aparición de ángeles, de Cristo o del mismo Dios (o de seres sobrenaturales de otras religiones), con el fin de traer un bien o un beneficio concreto a los seres humanos. En todo caso, las fuerzas sobrenaturales del bien aparecen esporádicamente, o al final, para ayudar en el eterno combate contra el mal. Como casi siempre (no siempre) las fuerzas del bien triunfan sobre las del mal, podríamos pensar que tales historias (cuentos, novelas, películas) nos dejan un mensaje positivo. No obstante, la preponderancia y carácter multiforme de las manifestaciones del mal en las historias de ficción deja la impresión de que los autores y realizadores procuran explotar no solo la fascinación innata por lo sobrenatural que hay en muchas personas, sino también excitar su morbosidad; la misma que excitan los realizadores de historias en las cuales, no seres sobrenaturales, sino asesinos y psicópatas secuestran y torturan personas inocentes.</p>
<p>En el caso concreto de los demonios, su presencia ha dejado un reguero de gritos, locura y  sangre en múltiples producciones de todo tipo y distinta calidad. Pero en algunas ocasiones el tema de la existencia de las fuerzas del mal, su carácter personal, su inteligencia superior a la humana, su casi incomprensible maldad, sus interacciones con los seres humanos, y particularmente el daño mental, espiritual y físico que sufren aquellos que son poseídos por estos seres, ha recibido un tratamiento por autores y realizadores cinematográficos, que se ha aproximado a los lineamientos que la Biblia y la historia y doctrina cristiana nos muestran sobre el mundo sobrenatural maligno.</p>
<p>La cosmología bíblica nos habla de un gran opositor y enemigo de Dios llamado Satanás, personificación de toda la maldad que pueda concebirse exista en el universo, y quién cuenta con innumerable espíritus malignos a su servicio para llevar adelante su odio contra Dios, descargando su malignidad sobre los seres humanos, amados por Dios pese a sus pecados, y a quienes se les ofrece la salvación en Jesucristo. Como muchas otras doctrinas, gestadas en el Antiguo Testamento, cuya revelación se completa en el Nuevo Testamento, la demonología apenas tiene forma antes de los tiempos de Cristo. En el Antiguo Testamento se menciona a Satanás como adversario de Israel, en cuanto pueblo de Dios, a los demonios como seres que moran en los desiertos inhabitados, y poca cosa más (un caso de exorcismo en el libro de Tobías, apócrifo del Antiguo Testamento que los cristianos evangélicos no consideramos Palabra inspirada de Dios). La posesión demoníaca como tal aparece, casi podríamos decir, eclosiona en el Nuevo Testamento, y fundamentalmente en los evangelios. Esto recibe interpretación teológica como la manifestación de una gran oposición satánica a la obra de Jesús de Nazaret, a quién el diablo conocía como el Hijo de Dios venido en carne humana. Después de los evangelios, el libro de los Hechos de los Apóstoles, registro histórico de los primeros treinta años de vida de la Iglesia Cristiana, menciona algunos casos de posesión demoníaca, solventados rápidamente por los seguidores de Jesús: Felipe en Samaria (<strong><em>“de muchos que tenían espíritus impuros, salían estos lanzando gritos”</em></strong>;  Hechos 8:7); y fundamentalmente Pablo, a quién vemos liberando de un espíritu a una joven esclava de Filipos en el nombre de Jesucristo (Hechos 16:18), y de quién se nos dice que cuando los pañuelos o delantales que habían tocado su cuerpo eran llevados a los sufrientes, además de ser sanados los enfermos, <strong><em>“los espíritus malos salían”</em></strong> (Hechos 19:12). En ese mismo capítulo 19 de Hechos encontramos el curioso caso de unos “exorcistas ambulantes”, es decir, probablemente personas que se ganaban la vida yendo de un lado a otro para expulsar demonios y espíritus de quienes parecían estar poseídos. Estos exorcistas ambulantes no eran cristianos, sino judíos, judíos no convertidos al cristianismo. El relato de Lucas prosigue diciendo que estos exorcistas ambulantes comenzaron a invocar el nombre de Jesús sobre los poseídos por espíritus; siete de ellos, hijos de un sacerdote judío llamado Esceva, encontraron la horma de su zapato al pretender practicar el conjuro sobre un hombre que estaba endemoniado en serio. Luego de decir: <strong><em>“A Jesús conozco y sé quién es Pablo, pero vosotros, ¿quiénes sois?”</em></strong> (19:15), el individuo demostró fuerza sobrehumana, atacándolos y poniéndolos en fuga, lastimados y con la ropa destrozada.     La existencia de estos exorcistas ambulantes judíos es evidencia que el exorcismo no es una práctica de invención cristiana, sino que se hacía ya desde antes, y no solo por los judíos, sino también por magos y adivinos paganos. En línea con la anterioridad de esta práctica del exorcismo por los judíos está la afirmación de Jesús dirigida a los fariseos, registrada en Mateo 12:27: <strong><em>“si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos?”</em></strong>. Más importante aún, este caso es un ejemplo clásico de la trascendencia que tiene la autenticidad de la fe y lo genuino de la consagración a Dios, desde lo profundo del corazón, por sobre el cumplimiento de un ritual, con la mención de tal palabra o tal nombre, por más estricto que dicho cumplimiento sea. Estos pretendidos exorcistas, más que tener fe en Jesús, incorporaron el nombre de Él a los conjuros mágicos que practicaban, creyendo que así como para Pablo era efectivo, lo sería para ellos. El resultado fue desastroso.</p>
<p>De hecho, si nosotros miramos el Nuevo Testamento, no hay en ningún lugar la descripción de un ritual fijo a seguir para expulsar demonios de las personas; la única salvedad podría ser lo dicho por Jesús en Marcos 9:29, luego de expulsar un demonio de un joven, que sus discípulos no habían podido expulsar: <strong><em>“Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno”</em></strong> (si a eso le agregamos que en varios manuscritos antiguos del evangelio según Marcos no aparece “ayuno”, nos quedaríamos solo con la oración; pero también, una oración sin una forma fija preestablecida). Con su sencillez habitual, Jesús dijo: <strong><em>“en mi nombre echarán fuera demonios”</em></strong> (Marcos 16:17), y eso se cumplió cabalmente así, como comentamos en el caso de Pablo y la esclava en Filipos.</p>
<p>En la Iglesia Primitiva (no la del Nuevo Testamento, sino la del período posterior a los apóstoles), existía el oficio de exorcista como una orden menor, antes de acceder al pastorado, así como hoy en día en la Iglesia Católica Romana <em>“la orden es conservada como peldaño para llegar al sacerdocio”</em> (Toon Peter. Exorcismo. En Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe; Nashville, TN; 1989. Pág. 431).     Los cristianos evangélicos no utilizamos los términos “exorcismo” y “exorcista”, que siguen utilizando los católicos, y preferimos llamar “ministerio de liberación” a la práctica de expulsar demonios de las personas poseídas. Pero en esencia es lo mismo, si bien puede variar la forma de hacerlo; es decir, lo diferente es cómo se practica “el rito”. Esto merece destacarse, porque esta película sobre la posesión demoníaca y los medios utilizados para la liberación de los poseídos, estelarizada por el gran Anthony Hopkins y enmarcada en los usos, rituales y dogmas de la Iglesia  Católica Romana, se llama justamente “El Rito”. Si buscamos sinónimos de la palabra “rito” en el programa de OfficeWord, aparecen términos como ceremonia, culto, liturgia y protocolo, y también práctica, uso, costumbre y hábito; pero también aparecen otros tales como automatismo, inercia, rutina y hasta vicio. Merece destacarse, porque aunque cuando nos hablan de “rito” religioso, los evangélicos pensamos en la Iglesia Católica Romana, también nosotros tenemos rituales para algunas cosas, bien que mucho menos elaborados; y en el tema que nos ocupa, asimismo ha habido quienes pretendieron marcar una forma prefijada de llevar adelante el “ministerio de liberación”, alejándose de aquella sencillez original que nos dejara Jesús en el Nuevo Testamento.</p>
<p>Hasta ahora nos hemos concentrado en repasar someramente aspectos de ese oficio que la Iglesia Cristiana ha tenido desde sus inicios, el exorcismo; oficio cuyo objetivo es la expulsión de los demonios que poseen a algunos seres humanos, sometiéndolos a sufrimiento constante e imposibilitándoles gozar de los beneficios de la obra de Cristo, en cuanto a perdón de pecados, salvación eterna y vida plena en el tiempo presente. Ese oficio del exorcismo o liberación ha pasado por períodos de quietismo, en el tiempo y en diferentes lugares, aún en congregaciones o iglesias locales. Quietismo motivado por no parecer necesario, dada la ausencia de manifestaciones sospechosas de posesión demoníaca, o por el intelectualismo imperante en algunas sectores de la  Iglesia, que ha conducido en los tiempos modernos a interpretar los antiguos síntomas de posesión demoníaca como evidencias de trastornos psiquiátricos, llevando a que tales personas terminen recluidas en instituciones de salud mental. Probablemente, el enfrentamiento de opiniones acerca de si los aparentes trastornos sugestivos de posesión demoníaca son provocados por una entidad espiritual maligna, o por una perturbación mental (que también aparece en la película), nunca pase de una discusión bizantina. ¿Por qué? Porque enfrenta por un lado a la ciencia médica, concretamente a las ciencias de la salud mental, que se basan sobre todo en postulados y teorías fruto de la observación, difíciles de probar objetivamente, y por el otro a la fe, la teología y la interpretación de la Biblia, que se basan en doctrina espiritual también muy difícil de probar “científicamente”, y en hechos supuestamente sobrenaturales, pero que se prestan a diversas interpretaciones. No nos interesa entrar ahora en tal discusión bizantina.</p>
<p>No deja de resultar interesante que algunos autores refieran los casos en que fue necesario practicar un exorcismo a la actividad de misioneros trabajando en países no tradicionalmente cristianos: <em>“existen muchos testimonios de misioneros acerca de la posesión demoníaca, atribuible a cultos paganos”</em> (Vila, S; Santamaría D. Exorcismo. Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia. Editorial Clie; Barcelona, 1979; Pág. 322). En realidad, hoy por hoy, uno no debe irse a un país no tradicionalmente cristiano para encontrar personas con síntomas atribuibles a posesión demoníaca; esto es fruto quizás de la posmoderna combinación de abandono de la fe y espiritualidad cristiana, y apertura a otras formas de espiritualidad, no cristianas. En los países de nuestra región el auge de las religiones afrobrasileñas, así como las prácticas de adivinación y brujería, en las últimas décadas han alimentado un caudal de personas que al entrar en las iglesias cristianas manifiestan síntomas compatibles con posesión demoníaca. Quizás cabe anotar que así como el oficio de exorcismo o liberación ha tenido sus períodos de quietismo, lo recién  expuesto ha favorecido un auge que reiteradamente derivó en abuso, en pretender expulsar demonios que no estaban donde se los buscaba, y también en pretender jugar con fuerzas sobrenaturales malignas cuya dimensión de maldad y poder es poco comprendido, con consecuencias insospechadas; esto ha sucedido, por supuesto, entre cristianos evangélicos.     Ahora bien, ese auge de manifestaciones de posesión demoníaca mencionado en los países de nuestra región, no es simplemente un fenómeno “tercermundista”. El Dr. Kurt Koch, teólogo y evangelista alemán, en su libro <strong>Ocultismo y cura de almas</strong>, publicado en la década del sesenta del siglo 20, nos habla de múltiples casos de influencia espiritual y posesión demoníaca en personas que habían estado en contacto con magia, adivinación y brujería, vistos en sus campañas evangelísticas realizadas en Alemania y Suiza. Si los “hechos reales” en los que se basa la película <strong>El Rito</strong> son efectivamente reales, lo que tenemos es a un seminarista, no ordenado aún sacerdote, que es enviado desde los Estados Unidos al Vaticano para realizar el curso de exorcismo; y según lo que nos cuentan los realizadores al finalizar la película, ese seminarista ya ordenado sacerdote, continúa ejerciendo su ministerio espiritual en una parroquia de Chicago, y su maestro en el asunto de expulsar demonios, el padre Lucas (personificado por Anthony Hopkins), lo sigue haciendo aún en Florencia, Italia. Para muestra, un par de botones. El fenómeno de la posesión demoníaca, bien que predominante allí donde los seres humanos están sumidos en la oscuridad espiritual de los cultos paganos, como decían hace algunas décadas los autores españoles citados, es tan ubicuo como la presencia del mismo Satanás, quién según la Biblia no es omnipresente como Dios, pero sí es capaz de <strong><em>“rodear la tierra y andar por ella”</em></strong> (Job 1:7).</p>
<p>La película comienza citando palabras del difunto papa Juan Pablo II acerca de la realidad actual de la actividad de Satanás como agente personal del mal. Y con esto los realizadores nos envían un mensaje ambiguo; el texto del papa Juan Pablo II, ¿tiene como finalidad comunicarnos cuál es la posición, opinión o creencia de quienes hicieron la película, respecto a lo que nos van a mostrar? ¿O está allí simplemente para ubicarnos en el contexto de la película, su temática y el marco en el que se desarrolla, la Iglesia Católica? A priori, parece más probable esto último, dada la pérdida generalizada de fe en la religión cristiana que caracteriza a occidente. El propio Anthony Hopkins dice en una entrevista que la película no tiene intención de generar un debate sobre la existencia de Dios o el diablo. Sin embargo, una historia de ficción no deja de trasmitir un mensaje, quiéralo o no su realizador; pese a lo que diga el actor, seguramente el debate se instalará en muchos lugares de diferentes maneras. Pero el mensaje que trasmite la película es claro: existe Dios, también existe el diablo, y el bien triunfa sobre el mal.</p>
<p>Esta dualidad, el bien y el mal, se manifiesta también en otros aspectos en <strong>El Rito</strong>: fe y escepticismo, religión y ciencia. El joven Kovak ingresa al seminario para escapar de la única otra opción de futuro que su familia admitía: ser sepulturero. Brillante estudiante pero sin vocación, cuando está por ser ordenado sacerdote sufre una crisis de fe y pretende abandonarlo todo. Entonces su párroco y profesor le propone ir a Roma a tomar el curso de exorcismo. Una vez en Roma, su escepticismo acerca de la real existencia del diablo y los demonios, de los que le hablan con naturalidad en el curso, y sus argumentos a favor de explicaciones racionales para los casos que la Iglesia interpreta como posesión demoníaca, hacen que su profesor lo derive al padre Lucas, un anciano sacerdote y exorcista inveterado. Junto al padre Lucas, el escéptico seminarista presenciará el ritual de exorcismo practicado con una adolescente de dieciséis años embarazada, aparentemente de su propio padre (si no entendí mal). El padre Lucas, con métodos poco ortodoxos, también ayuda a un niño con tendencias suicidas y obsesión con la muerte. El escepticismo del seminarista se manifiesta en la forma pertinaz como explica los diferentes síntomas que presentan los supuestamente endemoniados, insistiendo en que lo que necesitan no es un exorcista sino un psiquiatra. El viejo sacerdote no pierde tiempo en argumentaciones, y basa la realidad de aquello con lo que trata en hechos, hechos sobrenaturales inexplicables que van minando progresivamente la seguridad del seminarista (desde el conocimiento sobrenatural de hechos y personas por parte de los poseídos, hasta una escalofriante conversación telefónica del protagonista con su propio padre, horas después de la muerte de éste). El final es previsible: el hermano Kovak se convence de la realidad de la existencia del diablo como ser personal, y eso le conduce a creer en Dios; con su fe recién nacida, derrota al mal en la peor de las batallas, el exorcismo del propio padre Lucas, poseído por un feroz demonio, cuando éste está a punto de destruirlo física y espiritualmente.</p>
<p>Hay que agradecer a los realizadores que no hayan castigado a los espectadores con una de esas vueltas de tuerca de último momento, muy al estilo Hollywood, enviando un coletazo final en el sentido que en realidad el mal sigue ahí, y por lo tanto el bien no ha triunfado nada. Porque si bien en la cosmología bíblica el mal sigue presente, y el triunfo de Dios sobre Satanás se dará al final de los tiempos, esto es una película, nos muestra una historia en particular, y el final de esta historia particular es positivo: el bien triunfa. Tal vez para ceñirse a los “hechos reales” en los que se basa; aunque no es raro que los realizadores cinematográficos “interpreten” o “adapten” hechos reales para llevarlos a la pantalla, en este caso y pese a alguna muerte que hay, promediando la acción, el final es “feliz”.</p>
<p>Desde nuestro punto de vista cristiano, algunas cosas merecen comentarse. Una de ellas es la actitud del padre Lucas, en varias de sus charlas con el seminarista escéptico. Cuestionado reiteradamente acerca de si nunca vacila o piensa si lo que hace no es correcto, el personaje de Hopkins confiesa abiertamente sus dudas, e incluso relata sus fracasos; particularmente uno, acabado en la muerte del poseído, cuyo recuerdo le atormenta. Esta actitud de humilde incertidumbre, que podría ser apresuradamente catalogada como falta de fe, contrasta con el gesto arrogante de megalomanía espiritual, con pretensión de plenitud de fe o llenura del Espíritu Santo, con que en la vida real se nos presentan algunos predicadores y ministros de Dios. Cabría reflexionar sobre eso.</p>
<p>Otro aspecto a destacar, ya viniendo a lo que se nos muestra específicamente como parte del rito de exorcismo, es demandar el nombre de la entidad espiritual que está poseyendo al individuo. Según la doctrina manejada en el filme, conocer el verdadero nombre del demonio otorgaría al exorcista poder sobre el mismo. De hecho, el momento en que el feroz demonio que posee al padre Lucas es forzado a decir su verdadero nombre es uno de los más impresionantes y escalofriantes de la película. Más allá de eso, si nosotros miramos el Nuevo Testamento no hay un claro apoyo bíblico para esto. El único pasaje que podría invocarse como respaldo de esta parte del ritual es el del endemoniado gadareno, en el cual Jesús demanda saber el nombre del demonio (Lucas 8:30); sin embargo, la respuesta que surge del hombre: “Legión”, más que un nombre propio es una alusión a la cantidad de entidades espirituales que lo habían poseído. Según Everett Harrison, <em>“en la antigüedad se consideraba que el nombre de una persona o de una deidad poseía un poder especial que podía dar el dominio sobre esa persona si el nombre se usaba de modo adecuado”</em> (Comentario Bíblico Moody. Editorial Portavoz; 1995. Pág. 223). A la luz de esto último, entonces, esta parte podría interpretarse como la infiltración de una creencia pagana antigua, en un ritual cristiano. Esto no pasaría de ser una curiosidad para nosotros, sino fuera porque en los diferentes movimientos evangelísticos en los que se practica el “ministerio de liberación”, así como en algunos se instruye a los obreros cristianos que ejercerán esta tarea a no entrar en diálogos con las entidades espirituales que enfrentarán, en otros se les enseña a demandar el nombre del espíritu (visto y oído personalmente). Huelgan comentarios.</p>
<p>Una consideración final para lo que constituye la vuelta de tuerca inesperada, casi al final de la película, y que ya mencionamos. El padre Lucas, el experimentado exorcista, es poseído por un demonio; el que liberaba a otros, finalmente necesita ser liberado. Esto es lo que nos hace dudar de que todo esto esté basado en hechos reales. No lo sobrenatural, en lo que creemos y sabemos cierto, pues somos cristianos y conocemos la verdad de Cristo y el mundo espiritual que nos revela la  Biblia; pero sí la forma que esto es tratado. ¿Puede suceder esto así? A ver, los evangélicos, olvidemos por un momento que el personaje de la película es un sacerdote católico, y pensemos en términos generales desde la fe: el exorcista, ¿es un verdadero siervo de Dios, lleno de la presencia de Cristo? Si lo es, ¿puede un demonio entrar en él y dominarlo? Si no lo es, ¿cómo podía expulsar otros demonios? Cuando Jesús fue acusado de echar fuera demonios por el poder de Beelzebú, respondió que si Satanás echa fuera a Satanás, su reino está dividido y no puede permanecer (Mateo 12:26); con esto lo que dijo fue que solo por el poder de Dios podían ser expulsados los demonios. ¿Puede alguien lleno del poder de Dios, a tal punto que en el nombre de Cristo ejerce autoridad sobre seres espirituales más poderosos que el hombre, ser poseído por uno de esos seres espirituales malignos? Esta pregunta puede expresarse en otra manera más resumida: ¿es el diablo más fuerte que Dios?</p>
<p>Estas preguntas son las interrogantes cruciales que esta película contiene para los creyentes. A nosotros no nos interesan ni la calidad de las actuaciones, ni la pericia del director, ni el vestuario, el maquillaje o la música; tampoco nos interesa si ganará en los Globos de Oro, o en la entrega de los premios Oscar. El triunfo final del bien, representado por el regreso a la normalidad del padre Lucas, no nos exonera de observar la contradicción que hay en la posesión demoníaca de un servidor de Dios. Un verdadero siervo de Dios, un auténtico hijo de Dios, redimido por la preciosa sangre de Cristo, lleno del Espíritu Santo, que anda en fe y obediencia a la Palabra de Dios, ¿puede ser poseído por el demonio?</p>
<p>La respuesta la buscamos en la propia Biblia. Y en 1 Juan 5:18 encontramos que el apóstol escribió: <strong><em>“Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios no practica el pecado, pues aquel que fue engendrado por Dios lo guarda, y el maligno no lo toca”</em></strong>. La respuesta es un enorme y resonante <strong>no</strong>. Los cristianos no podemos ser tocados por el maligno, Satanás o alguno de sus esbirros, pues Cristo es quién nos guarda. <strong>El Rito</strong> nos muestra una cosa, pero la realidad para aquellos que viven su fe en Jesús cada día, procurando ser fieles a su Palabra, es otra muy diferente.</p>
<p>¿Quiere usted no temer al diablo, los demonios, los espíritus malignos, y toda fuerza de las tinieblas que se nombra en este mundo? Haga como nosotros; refúgiese, por la fe, junto a Jesucristo.</p>
<h6><span style="color: #3366ff;"> Iglesia En Marcha.Net</span></h6>
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		<title>MORAL POSMODERNA Y ÉTICA CRISTIANA</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Nov 2010 01:53:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Desarrollo basado en la ponencia presentada en el panel “Profesionales del siglo XXI &#8211; implicaciones éticas del ejercicio profesional”. Actividad organizada por la Comunidad Bíblica Universitaria del Uruguay – Noviembre de 2010. Es común que en la charla cotidiana utilicemos indistintamente los términos ética y moral, como referencia a lo que “está bien”, a lo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Desarrollo basado en la ponencia presentada en el panel “Profesionales del siglo XXI &#8211; implicaciones éticas del ejercicio profesional”.</strong></p>
<p><strong>Actividad organizada por la Comunidad Bíblica Universitaria del Uruguay – Noviembre de 2010.</strong></p>
<p>Es común que en la charla cotidiana utilicemos indistintamente los términos ética y moral, como referencia a lo que “está bien”, a lo que “es correcto”, a una entelequia abstracta que determina lo que debe o no debe hacerse, para que sea bien considerado por “alguien”. Moral y ética son conceptos tan relacionados, que llegan a utilizarse como sinónimos. A nosotros en esta instancia nos interesa la ética, qué implicancias éticas tiene desarrollar las profesiones que hemos elegido para formar el futuro de nuestra vida. Pero de esa interrelación tan íntima que mencionamos recién, surge que no puede haber ética sin moral. Si entendemos la moral como un conjunto de normas y principios que han de regir nuestra conducta, la ética radicará en el cumplimiento cabal de aquellas normas y principios; si la ética pregunta: ¿qué debo hacer?, ¿cómo actuar ante esta situación?, la moral responderá: observando íntegramente este decálogo de normas.</p>
<p>Eso nos lleva a plantearnos dos cuestiones. Primero, sobre qué se sustentará nuestro desempeño en la vida, y en nuestro tema concreto, nuestra práctica profesional; qué normas, cuáles principios guiarán nuestra conducta y orientarán nuestras decisiones. Segundo, si nuestra práctica profesional tendrá implicancias éticas, es decir, surgirán situaciones conflictivas entre nuestros principios morales y las decisiones a tomar en el ejercicio de la tarea que se nos requiere ejecutar, ¿cuál será nuestra respuesta? Porque ante esta interrogante se abre un abanico de opciones:</p>
<p>a) ¿Nos mantendremos firmes en nuestros principios morales, sin importar las consecuencias para otros y para nosotros mismos?</p>
<p>b) ¿Nos mantendremos firmes en nuestros principios morales, pero asumiendo la entera responsabilidad de nuestra decisión, de modo de minimizar o evitar las consecuencias para otros?</p>
<p>c) ¿Dejaremos de lado nuestros principios morales, debido a la presión de las circunstancias y/o del entorno, sean personas o instituciones?</p>
<p>d) ¿Dejaremos de lado nuestros principios morales, debido a otras consideraciones, entre las cuales cabe mencionar conveniencias personales basadas en intereses materiales y monetarios?</p>
<p>Ejercer una profesión universitaria constituye una responsabilidad y un auténtico desafío. Hasta el día de hoy recuerdo lo dicho por un profesor de medicina interna de la Facultad de Medicina de la UdelaR, ya jubilado, en mi primera clase de semiología médica en el Hospital de Clínicas de Montevideo. Él habló del “poder” que la sociedad otorga al médico, y se explayó en consideraciones acerca del correcto uso de ese “poder” conferido por la comunidad. Recuerdo que el concepto de que el médico tiene un cierto “poder” sobre otros integrantes de la sociedad me resultó llamativo, me provocó un cierto rechazo y hasta me resultó absurdo. No pasó mucho tiempo hasta que, aún como estudiante, vestido con una túnica en la emergencia de un hospital pude ver, no a los médicos ejerciendo poder sobre las personas, sino a las personas corriendo detrás del “doctor”, procurando del mismo la solución a sus múltiples problemas, atribuyéndole al médico, a veces exagerada y desatinadamente, ese poder del que con acierto hablara mi antiguo profesor. Quizás no sea disparatado extender ese concepto de un cierto “poder”, otorgado por la sociedad, a todos los profesionales universitarios. Hacer un buen uso de ese “poder”, un uso que respete las normas jurídicas, pero que también respete los derechos individuales y la dignidad humana de nuestros conciudadanos a quienes servimos desde nuestras profesiones, es un reto aún más grande.</p>
<p>Es bastante difícil en el momento actual hablar de ética profesional, o como se ha calificado a este panel, de implicancias éticas del ejercicio profesional, es decir de situaciones en que el profesional se ve expuesto a actuar de modo incompatible con la ética. Es difícil porque la consideración en que eran tenidas por la sociedad en general algunas profesiones universitarias, o tal vez sea más correcto decir algunos gremios universitarios, se ha deteriorado en los últimos tiempos. Se ha deteriorado primero que nada por desafortunados hechos, involuntarios algunos, dolosos otros, trascendidos a la opinión pública; se ha deteriorado por el bombardeo de la prensa, que muchas veces ha puesto a todo un gremio bajo una lupa de mala calidad, que agranda las cosas pero no permite apreciarlas con el adecuado detalle; y se ha deteriorado por la coyuntura política, cuando el enfrentamiento con algunas agrupaciones de profesionales ha sido utilizado por gobiernos de turno como recurso populista. El gremio médico, al que pertenezco, es un buen ejemplo de este deterioro en la consideración de la opinión pública del que hablamos. Hechos puntuales de mala praxis médica, confirmada o solo sospechada, acusaciones de voracidad salarial y corporativismo, convenientemente amplificadas por la prensa, han conducido a un declive en el respeto y la confianza de algunas personas en el cuerpo médico. Hasta hace algunas décadas, el médico era el “doctor de cabecera”, alguien de confianza, casi como un miembro de la familia. Hoy en día, aunque el sistema de salud intenta rescatar aquel viejo sistema, mediante el título de postgrado en Medicina de Familia y el sistema de médicos de referencia, es dudoso que una loable iniciativa académica, o una política de salud del estado, recuperen por sí solas la confianza de la gente. La confianza de la gente la debemos recuperar los profesionales universitarios, adoptando una conducta correcta y tomando las decisiones correctas; porque  eso es la ética, tomar las decisiones correctas.</p>
<p>Que sea difícil hablar de ética, es lo que hace que sea tan necesario.</p>
<p>A modo de planteo personal, considero que una conducta correcta implicará, entre otras cosas, honradez, compromiso con la profesión y con el bienestar de las personas, amén de un trato humano y digno de las mismas, pero también una clara definición de roles. En esa definición de roles, el profesional debería ocupar el lugar del consultor que asesora y aconseja, desde sus conocimientos y experiencia, las líneas de acción más convenientes, favorables y legítimas para quién consulta; el profesional no debería ser ni un agente servil de los deseos, caprichos o intereses privados de sus clientes, ni un rapaz que depreda a los usuarios particulares, a las instituciones o al sistema público, en aras de satisfacer sus propias ambiciones y engordar sus arcas personales.</p>
<p>Una correcta toma de decisiones debería estar guiada por un adecuado decálogo de normas y principios morales. Una forma de evaluar las decisiones a tomar, que darán lugar a cursos de acción, los que a su vez tendrán consecuencias sobre otros, eventualmente sobre el conjunto de la comunidad, y sobre nosotros mismos, sobre nuestro trabajo y reputación, es someter la decisión considerada a una triple prueba:</p>
<p>a)      Prueba de la legalidad: ¿es legal el curso de acción elegido?</p>
<p>b)      Prueba de la publicidad: ¿estaríamos dispuestos a defender públicamente el curso de acción elegido?</p>
<p>c)      Prueba del tiempo: ¿tomaríamos la misma decisión, si pudiéramos retrasarla unas horas, o unos días?</p>
<p>(Tomado de <strong>Procedimiento de toma de decisiones en la ética clínica</strong>; Ética Médica. Medicina Interna; Farreras – Rozman; Elsevier, España, 2009; página 58).</p>
<p>Aunque esta triple prueba forme parte de un procedimiento de uso en medicina, creo que es perfectamente extrapolable al resto de la actividad profesional: lo que haremos, ¿es legal? (difícilmente sea ético, si no es legal); ¿es posible hacerlo públicamente? (o debe hacerse en oculto, para no exponerse a la vergüenza y reprobación de la opinión pública); ¿es la mejor opción, aunque cambien las circunstancias? (si no existiera la urgencia por tomar la decisión, ¿se optaría por otra?). Son consideraciones a tener en cuenta, en el ejercicio diario de la profesión.</p>
<p>Ahora bien, más allá de la prueba representada por las consecuencias o eventuales consecuencias de nuestras decisiones, la pregunta capital es: ¿cuál es el decálogo o conjunto de normas que guiarán nuestra conducta? En otras palabras, ¿cuál es la moral que dirige nuestro camino? Siendo la moral un conjunto de normas y principios que, en definitiva, pretende indicarnos lo que está “bien” y lo que está “mal”, y recordando lo dicho casi al inicio, acerca de que las posiciones, opiniones, actos y conductas del individuo serán considerados “buenos” o “malos” por otros individuos, por instituciones o por el conjunto de la sociedad, se infiere que la moral dependerá de una serie de tópicos. Dependerá de las normas imperantes en la sociedad, a veces pero no siempre signadas por la herencia filosófica y religiosa; de las pautas culturales e ideologías dominantes; del lobby representado por agrupaciones claramente identificadas, que preconizan una moral alternativa; y de la presión selectiva ejercida por los medios masivos de comunicación, cuya vehiculización de información e ideas puede ser influenciada, no necesariamente en forma voluntaria, por la moral particular de sus responsables. El resultado es una moral no uniforme ni universalmente aplicable; un conjunto de normas, por supuesto que no imponible a todos los integrantes de la sociedad. Será en realidad un grupo de decálogos diferentes, que cada cual adoptará según sus ideas, criterios, aún sentimientos, y también según las circunstancias y el contexto. Esta relatividad moral, muy propia de la posmodernidad, en la que no hay ni se aceptan absolutos, derivará en una forma de ética de situación, en la aprobación como bueno de aquello que resuelve lo más rápidamente el problema, o sirve a los propios intereses e inclinaciones.</p>
<p>Entonces, preguntamos: ¿podemos recurrir a un decálogo moral firme, absoluto, independiente de las ideas, opiniones y ánimos cambiantes de una sociedad en evolución? Y respondemos: sí, podemos. Nosotros recurrimos a la moral cristiana, la cual es algo más que un grupo de reglas y principios, pues tiene como paradigma de palabra y conducta al hombre histórico Jesús de Nazaret, su llamado a una nueva vida por la fe en Él, y sus mandamientos resumidos en la más importante y menos obedecida de todas la leyes: la ley del amor (<strong><em>“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”</em></strong>, Marcos 12:31; <strong><em>“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros”</em></strong>, Juan 13:34; <strong><em>“El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la Ley es el amor”</em></strong>, Romanos 13:10). La moral cristiana aplica cuando Jesucristo es para nosotros algo más que un nombre, un personaje de la antigüedad o una figura emblemática de una religión. Cuando Jesús vive en nuestro corazón, nuestra moral deberá ser la de la Biblia en cuanto Palabra de Dios, y nuestra ética, no solo en nuestra profesión sino en cada aspecto de nuestra vida, una ética cristiana; un patrón de conducta guiado por el amor sin fronteras, la entrega y el sacrificio por los demás, la rectitud y la honestidad, y por una aspiración de santidad. Siempre con los ojos puestos en Jesús como modelo supremo de vida.</p>
<p>Los desafíos éticos de nuestras profesiones en el Uruguay de hoy, casi iniciando la segunda década del siglo 21, forman una lista rebosante y heterogénea. Los problemas hacen fila para ingresar. En el campo de las ciencias de la salud, que me concierne, los retos son múltiples, y abordar algunos resulta un verdadero quebradero de cabeza. Baste nombrar temas espinosos y extensamente discutidos como el aborto, la terapia con células pluripotenciales o células madre, la manipulación genética de embriones, la eutanasia y el suicidio asistido, u otros aspectos de la atención del enfermo al final de la vida. También hay otros temas menos mediáticos y más cotidianos; por ejemplo, el acceso universal a las medidas diagnósticas y terapéuticas existentes en la actualidad, según lo indicado en cada situación individual, y no solo de quienes tienen un determinado poder adquisitivo; o también, los problemas éticos vinculados a la participación de seres humanos en estudios de investigación biomédica.</p>
<p>Los desafíos, pues, están allí; por lo tanto, también está allí la oportunidad. Oportunidad de proceder con rectitud, de tomar las decisiones correctas, de ser fieles a la ley moral que hayamos adoptado como norma de nuestras vidas, y también de nuestras profesiones. Y también oportunidad de tomar como guía de nuestros hechos, palabra y conducta, tanto profesional como personal, la ley de Cristo y la moral cristiana, surgida de la  Palabra de Dios, y así ser en cada uno de nuestros actos y decisiones, un fiel reflejo de Aquel que dejó una huella indeleble en la historia de la humanidad: Jesús de Nazaret.</p>
<p>Dr. Alvaro Pandiani</p>
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		<title>TAMBORES DE GUERRA SANTA</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Oct 2010 00:52:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Dr. Álvaro Pandiani</strong></p>
<p>No es necesario ser un asiduo concurrente a la iglesia, a cualquier iglesia, o un asiduo lector de la  Biblia, para que a uno le resulte chocante ver, o saber de alguien que se autoproclama o es reconocido por otros como un hombre de iglesia, un ministro de Dios, esgrimiendo un arma, en actitud de agresivo desafío hacia quienes considera oponentes, o enemigos, en razón de sus principios o creencias. Resulta chocante, no solo en este siglo 21, signado por la “tolerancia” y el “respeto a la diversidad”, lemas de gobiernos y otros grupos, muy mediáticos pero poco puestos en práctica. Pero ya desde tiempos anteriores a la posmodernidad, puede decirse que rechinaba el que ministros de Dios empuñaran las armas y efectuaran acciones violentas contra personas a las que deberían más bien predicarles el amor y el perdón de Dios, pues tal es su misión en razón de su ministerio, de su llamado y vocación.</p>
<p>¿Por qué es chocante? ¿Por qué rechina? Justamente por eso; porque la misión de un ministro de Dios es <strong><em>“predicar el evangelio a toda criatura”</em></strong> (Marcos 16:15). Aunque esto en realidad no es misión solo de un ministro de Dios, sino de todo cristiano; cuánto más entonces de aquel que ha dedicado su vida al servicio de Dios, y del prójimo. Al decir <strong><em>toda criatura</em></strong>, Jesús no excluye a nadie, sino que indica que a todos los seres humanos se les debe presentar claramente el evangelio, para que tengan la oportunidad de recibir el perdón de sus pecados, y la vida eterna. Eso significa que para un ministro de Dios, ningún ser humano debería ser visto como un enemigo al que atacar, reducir, dominar o destruir, sino como un pecador necesitado del amor de Dios en Cristo Jesús, que perdona, redime, restaura y salva.</p>
<p>Es curioso que nos produzca esa sensación, que nos choque y nos rechine, ver por ejemplo a un pastor evangélico con un arma en la cintura, cuando la historia eclesiástica abunda hasta lo abrumador en ejemplos de personajes con investidura sagrada, que ejercieron violencia extrema contra otras personas. Basta recordar a los personeros de la “Santa” Inquisición, que durante siglos torturaron y asesinaron miles de personas, al cumplir su función de policía religiosa, tanto en Europa como en la América colonial; o también, el más resonante ejemplo de violencia ejercida en nombre de Cristo de toda la historia cristiana, las Cruzadas, varias de ellas dirigidas o codirigidas por obispos y aún cardenales. Es como si, casi instintivamente, por lo menos quienes nacimos y crecimos en una cultura con herencia religiosa cristiana, presintiéramos que entre Dios y la violencia despiadada y cruel no puede haber punto de contacto. Nos parece, se nos ocurre, que Dios no puede tener nada que ver con el odio y la intolerancia que lleva a resolver los conflictos por el expediente de la mutua destrucción, por los medios que sea. Si nosotros vamos al Nuevo Testamento de la Biblia, vemos confirmado nuestro parecer, cuando leemos por ejemplo que <strong><em>“Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”</em></strong> (Juan 3:17); y también que el evangelio es <strong><em>“poder de Dios para salvación de todo aquel que cree”</em></strong> (Romanos 1:16); y además que Jesús <strong><em>“es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación”</em></strong> (Efesios 2:14). En las Sagradas Escrituras también vemos que los seguidores de Cristo (los cristianos) tienen mandatos y consejos tan significativos como: <strong><em>“Sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación”</em></strong> (Romanos 14:19), y <strong><em>“el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz”</em></strong> (Santiago 3:18); y que también entre los primeros cristianos se cantaba: <strong><em>“Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz”</em></strong> (Romanos 10:15). La primera conclusión que destella al ver tales afirmaciones y declaraciones bíblicas, y compararlas con los hechos más oscuros de la historia cristiana, es que la mayor parte del tiempo, la mayor parte de los cristianos no hemos cumplido con lo que predicamos.</p>
<p>O por lo menos, con lo que enseña la doctrina de nuestra fe.</p>
<p>Llegado a este punto de la revisión acerca de cuál era el auténtico espíritu de los cristianos primitivos, cuál la enseñanza del Nuevo Testamento de la Biblia acerca de la violencia y la paz, del amor y el odio, fácilmente se nos puede responder: ¿y qué del Antiguo Testamento? ¿Qué, por ejemplo, de la conquista de Canaán, cuando por “mandato de Dios” hombres, mujeres y aún niños fueron pasados por la espada? ¿Qué de las guerras de Israel contra las naciones vecinas suyas, vistas como enemigos crónicos, y a veces consideradas “guerras de Dios”? ¿Qué de las condenas a muerte por lapidación, por delitos que hoy en día son considerados pecados, faltas morales, o incluso son aceptados como opciones legítimas de vida? Indudablemente, si se discuten semejantes antecedentes de violencia ejercida y guerras hechas en el nombre de Dios, deberían tenerse en cuenta las muy diferentes condiciones sociales y culturales de una época tan distante en el tiempo respecto a nuestra realidad; sin embargo, ese no es el punto principal. Esto requiere también una explicación teológica, pues al afirmar que Dios es un Dios de paz (1 Corintios 14:33), para quienes conocen la Biblia, aún someramente, surge de inmediato la consideración de los hechos mencionados recién, y las interrogantes que siguen pueden ser: el Dios de la Biblia, ¿qué clase de Dios es? ¿Un Dios iracundo y violento? ¿Un Dios vengativo y sanguinario? ¿O tal vez un Dios de perfecta justicia que <strong><em>“no tendrá por inocente al culpable”</em></strong> (Nahum 1:3)? Un Dios que es amor, lo que también se especifica en el Antiguo Testamento en pasajes tales como <strong><em>“en toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, los trajo y los levantó todos los días de la antigüedad”</em></strong> (Isaías 63:9), o también <strong><em>“con amor eterno te he amado; por eso, te prolongué mi misericordia”</em></strong> (Jeremías 31:3b), pero que también es <strong><em>“fuego consumidor”</em></strong> (Hebreos 12:29), y del que se dice: <strong><em>“horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo”</em></strong> (Hebreos 10:31); estos dos últimos, pasajes del Nuevo Testamento.</p>
<p>Un Dios con iguales características (amor, justicia y misericordia), se nos presenta en ambos testamentos de la Biblia, pero actuando u ordenando actuar de forma muy diferente. Esta diferencia podría quizás explicarse porque <em>“la revelación del Antiguo Testamento fue preparatoria y parcial, mientras que la revelación del Nuevo Testamento fue culminante y completa”</em> <sup>(1)</sup>; también debemos tener en cuenta que <em>“el Pentecostés marca una nueva dispensación de gracia, la del Espíritu Santo”</em> <sup>(2)</sup>. En otras palabras, a partir de la obra redentora de Cristo, consumada por amor a los seres humanos, y con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, día de inicio de la historia de la Iglesia  Cristiana como comunidad de los seguidores de Jesús, cuya misión era predicar a todos ese amor demostrado en la obra de redención, <em>“la ley externa cesa de ser ley del pecado y de la muerte… y la ley interna de la vida por el Espíritu proporciona el motivo y la fuerza de la obediencia”</em> <sup>(3)</sup>. Así está expresado en el Nuevo Testamento: <strong><em>“la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”</em></strong> (Romanos 8:2). ¿Hacia dónde apunta lo que se pretende decir? A que la obra de Jesucristo introdujo un punto de corte en la historia del trato de Dios con los seres humanos, y el propio Jesús de Nazaret, obviamente consciente de eso, tuvo el valor y la osadía de presentar sus enseñanzas bajo la forma de una rectificación de los principios del Antiguo Testamento. El ejemplo más claro de esto está dado en el Sermón del Monte, donde entre muchas otras cosas, Jesús dice: <strong><em>“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás, y cualquiera que mate será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio; y cualquiera que diga necio a su hermano, será culpable ante el Concilio; y cualquiera que le diga fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego”</em></strong> (Mateo 5:21,22); también, hablando sobre la venganza, Jesús enseñó: <strong><em>“Oísteis que fue dicho: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”</em></strong> (Mateo 5:38,39). También del Sermón del Monte surge una enseñanza insólita, que sigue hoy día resultando inaudita, que  probablemente sea unos de los mandamientos de Jesús más desobedecidos por los cristianos a lo largo de los siglos, y que se relaciona con el tema en discusión: <strong><em>“Oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos”</em></strong> (5:43-45).</p>
<p>Después de leer palabras como estas, repito, a uno le choca y le rechina ver a un hombre de iglesia, un ministro de Dios, esgrimiendo un arma, en actitud de agresivo desafío hacia quienes considera oponentes, o enemigos, en razón de sus principios o creencias.</p>
<p>Fue unos pocos días antes del once de setiembre que apareció en la prensa la noticia de una proyectada incineración del Corán, libro sagrado del Islam, propuesta por Terry Jones, pastor evangélico de una iglesia de Gainesville, en la Florida,  Estados Unidos de América. Quizás la noticia haya salido antes en la prensa uruguaya; indudablemente, la intención de quemar el Corán el once de setiembre, aniversario del atentado contra las torres gemelas de Nueva York, trascendió mucho antes, pues las notas de prensa recogían expresiones de desaprobación y condena de parte de la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, de la OTAN, del Secretario General de la ONU, Ban Ki-Moon, del Vaticano, y hasta del general David Petraeus, comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses en Afganistán. <sup>(4)</sup> Por supuesto, las reacciones en el mundo islámico fueron enérgicas y amenazantes, y variaron desde expresiones moderadas como la de un portavoz de Teherán que manifestó: <em>“Aconsejamos a países occidentales que impidan utilizar la libertad de expresión para insultar los libros sagrados, de lo contrario los sentimientos que esto provocaría en naciones musulmanas no podrían controlarse”</em> <sup>(4)</sup>, hasta agresivas manifestaciones, vistas por lo menos en mi caso en pantallas de la BBC, en las que pudo apreciarse una multitud de musulmanes quemando una bandera de los Estados Unidos y exhibiendo grandes pancartas escritas en inglés, con advertencias sobre las consecuencias que aparejaría la quema del Corán. Eso por el lado musulmán. Por el lado cristiano, además del pronunciamiento del Vaticano, varias organizaciones y personas condenaron la propuesta de Terry Jones, incluyendo a otro pastor evangélico de la misma ciudad de Gainesville. <sup>(5)</sup></p>
<p>Más allá de todo esto, deja una fuerte impresión leer acerca de una matrimonio de “pastores adjuntos” de Jones, haciendo sus declaraciones a la prensa, tanto él como ella, con armas a la cintura <sup>(5)</sup>; y también, ver al referido Terry Jones proclamando que en el Islam está “el mal”, mostrado por la televisión en su despacho, escribiendo en su computadora, con una pistola de grueso calibre sobre el escritorio, al alcance de la mano. Pasando delante de este hecho puntual de la quema del Corán, que al final no se concretó, lo que aquí está presente es el fundamentalismo, entendido como “conservadurismo teológico”, con una imagen de “mentalidad cerrada, beligerante y separatista” <sup>(6)</sup>; o también, y en forma más detallada y actualizada, como: <em>“una forma moderna de religión politizada a través de la cual los &#8220;verdaderos creyentes&#8221; resisten la marginación de la religión en sus respectivas sociedades. Todas las variantes compartirían su resistencia, cuando no declarada hostilidad, a la secularización, y buscan reestructurar las relaciones e instituciones sociales y culturales según los preceptos y normas tradicionales. Algunos buscan combatir el secularismo a través de escuelas, prensa, academias; otros ingresan a la arena política y otros abandonan la política convencional y el marco jurídico, y practican la violencia y la guerra religiosa para intimidar o derrocar gobiernos.”</em> <sup>(7)</sup></p>
<p>Por el lado del Islam, el fundamentalismo de tal modo entendido se reconoce claramente por ejemplo en el extremismo religioso del Talibán, o en la acciones violentas del terrorismo practicado por Al Qaeda, cuya prédica ve a occidente, y sobre todo a Estados Unidos de América, como “el diablo”. Por el lado del cristianismo, uno podría llegar a pensar que en la posmodernidad, que es al mismo tiempo una era poscristiana, un extremismo religioso como el que por ejemplo dio origen (o pretexto) a una policía religiosa del tipo de la “Santa” Inquisición, o a empresas bélicas de gran magnitud para su época como las cruzadas, un auténtico fundamentalismo cristiano combativo y violento, es ya cosa del pasado; de un pasado remoto. Con tal pensamiento presente, no puede menos que sorprender saber que en Estados Unidos hay una extrema derecha religiosa (cristiana), que por ejemplo cuando Israel invadió el Líbano en 2006, en respuesta a los ataques con cohetes de la milicia islámica Hezbollah, apoyaba enteramente las acciones israelíes, pese a la masacre de civiles libaneses que se estaba perpetrando, hecho que debería sensibilizar una auténtica conciencia cristiana. Como comentamos en ese momento: <em>“</em><em>Cual es el límite de esta escalada de violencia, no lo sabemos. Como cristianos debemos hacernos algunas preguntas: ¿es correcto tomar partido por uno de los bandos? En otras palabras, ¿debemos “legitimar” lo que hace Israel disparando cañones y misiles sobre territorio libanés, y preparándose para una nueva invasión?”</em> <sup>(8)</sup>. También preocupa escuchar en un programa radial evangélico la versión traducida de un estudio bíblico dado por un pastor de California, en el que éste hacía apología del armamentismo norteamericano, <em>“para defendernos de los malos”</em> (para defenderse ellos). De hecho, un evangelista norteamericano internacionalmente reconocido, que incluso predicó en nuestro país el pasado año 2009, es cuestionado también internacionalmente por su apoyo a la guerra de Irak. Según más de un artículo este predicador, oficiando como capellán del ahora ex presidente George W. Bush, ofreció a éste “justificativos religiosos” para la guerra. Es inevitable que cosas como éstas nos perturben; nos perturban como cristianos, pues el mensaje del evangelio es un mensaje de paz, de amor aún al enemigo, en el que no debe hallar cabida una belicosa defensa del militarismo. Además de esto último, en relación a la guerra de Irak lo significativo es que si al argumento esgrimido por Estados Unidos para justificar la invasión de ese país en 2003, la existencia de armas de destrucción masiva (que nunca aparecieron), argumento que podríamos clasificar dentro de seguridad de las naciones occidentales (Estados Unidos en primer lugar, obviamente), y a la acusación, nunca reconocida por los norteamericanos, de que la invasión fue motivada por la ambición de controlar los pozos petrolíferos iraquíes, argumento que se podría calificar de económico (apropiación y explotación de recursos naturales), si a esos argumentos le agregamos el religioso (el Islam como enemigo al que dominar o destruir), entonces el mundo habría presenciado estos últimos siete años en Irak ni más ni menos que una cruzada. Es verdad que esta interpretación nos puede parecer absurda, y es indudable que la mayoría de los soldados norteamericanos que combatieron en Irak no vieron la guerra como una cruzada religiosa; pero tampoco debemos caer en la ingenuidad de creer que todos quienes fueron a las cruzadas en la Edad Media lo hicieron exaltados por el fervor religioso. Hubo también muchos aventureros que fueron a “combatir al infiel” en Tierra Santa en procura de riquezas, delincuentes que escapaban de la justicia, y pobres que buscaban una manera de no perecer de hambre en su tierra.</p>
<p>Quizás deberíamos ver qué opinan al respecto aquellos que han sido agredidos por las invasiones cristianas. Según el historiador Geoffrey Hindley: <em>“Actualmente, en círculos liberales tanto cristianos como musulmanes está de moda valorar las cruzadas como un episodio injustificado de agresión occidental”</em>; también nos dice: <em>“En la actualidad, muchos musulmanes defenderían que, en realidad, las cruzadas nunca terminaron, sino que continúan en el siglo XXI en la confrontación entre Occidente y el Islam”</em> <sup>(9)</sup>. Es curioso, y esto también lo relata Hindley, que el responsable de uno de los más resonantes intentos de magnicidio de la historia reciente, el turco Alí Agca, quién disparó contra el papa Juan Pablo II en 1981, adujo que lo hizo para <em>“matar al comandante supremo de las cruzadas”</em> <sup>(9)</sup>. En relación al papa Juan Pablo II, cabe recordar que en el año 2000 el mismo pidió perdón por varios hechos cuestionables de la historia de la Iglesia, entre ellos las cruzadas. Sin embargo, el historiador Geoffrey Hindley nos informa que <em>“Muchos siguen esperando a que el mundo árabe pida perdón por la agresión que supusieron las guerras de la yihad de los siglos VII y VIII, con las que conquistaron tierras cristianas situadas entre Siria y Egipto, así como la franja costera norteafricana, desde el Imperio Romano cristiano hasta los reinos cristianos de España; o por la conquista del Imperio Ortodoxo, bizantino y griego”</em> <sup>(9)</sup>. Interesante postura, que nos recuerda que la agresión occidental y cristiana de las cruzadas fue contra un pueblo y una religión que siglos antes invadieron y conquistaron tierras originalmente cristianas; pero que también implica que el Islam tendría una cuenta pendiente con el cristianismo que aún no ha sido saldada, y que sigue doliendo y mortificando el corazón de algunos cristianos. ¡Un formidable rencor que lleva ya más de mil años!</p>
<p>Seguramente y pese a todo lo dicho habrá personas que, aún manteniendo en su corazón creencias cristianas sinceras, considerarán pertinente y necesario estar preparados para responder en caso de una agresión, y para responder proporcionalmente; armándose con un revólver o pistola en caso de esperar el ataque de un ladrón, o con una escopeta o fusil si lo que se avecina es el ataque de un terrorista. Lo que hacen individuos, también lo hacen naciones, y eso resulta en un armamentismo creciente; una vez que se cuenta con el poderío de un armamento superior, pero careciendo de datos concretos acerca del momento, el lugar y la naturaleza del ataque que se teme, surge entonces la doctrina del ataque preventivo: pegar antes que nos peguen. Si pensamos en la supuesta existencia de armas de destrucción masiva en el Irak de Saddam Hussein, vemos la doctrina que justificó, por lo menos oficialmente, la invasión de 2003 por Estados Unidos; y si a esa invasión le agregamos el agravante del “justificativo religioso”, tenemos entonces una cruzada, y estamos otra vez en lo dicho anteriormente. La guerra contra una nación islámica por un motivo de “seguridad”, con otro motivo oculto, el “económico”, que por tratarse de un pueblo y un líder musulmán es validada por un argumento religioso. Sería casi bizantino entrar en la discusión acerca de cuán justificado está defenderse de la agresión, de una agresión en curso, en una forma proporcional y necesaria para salvaguardar la vida y la integridad de las personas, o la seguridad pública, las instituciones y la forma de vida de una nación. No vamos a entrar en eso. El punto aquí es si como cristianos vamos a estar de acuerdo en la provocación al estilo Terry Jones, en ponernos el arma a la cintura para desafiar al otro, gratuitamente o en venganza por agresiones pasadas (<em>¡venganza, venganza, cristianos!</em>, como clamó el padre Valverde a los españoles que se encontraron con el  inca Atahualpa en el Perú <sup>(10)</sup>; bonito ejemplo de cristianismo), o también, si vamos a agregar el justificativo religioso para ejercer violencia extrema, a través de un “ataque preventivo”, o de un conflicto bélico, convenciéndonos a nosotros mismos de que se trata de una auténtica cruzada “en el nombre del Señor”.</p>
<p>Yo imagino a un predicador del evangelio diciendo al primer mandatario de su país: “Señor Presidente, es una nación islámica; siempre han sido enemigos de los cristianos. Mande tanques y aviones, señor; dispare los misiles. Son musulmanes y terroristas. ¿Qué puede importar? Envíe las tropas, liquídelos a todos”. No sé si habrá sido así exactamente, pero solo imaginarlo me hace temblar.</p>
<p>El punto, seguimos, es si por el contrario como cristianos vamos a ser fieles al espíritu del evangelio de Jesús, el de una predicación pacífica, humilde y llena de amor por las almas. Ese espíritu que siempre estuvo presente a lo largo de la historia, y también en la era de las cruzadas, aunque siempre entre los menos; por ejemplo, en un Raimundo Lulio, predicando con valor a los musulmanes del norte de África <sup>(11)</sup>, y en Francisco de Asís, quién acompañó la quinta cruzada para predicar el evangelio a los árabes, llegando a evangelizar en persona al mismísimo sultán de Egipto, Al Malik Al Kamil, sobrino de Saladino <sup>(12)</sup>.</p>
<p>¿Suenan tambores de guerra entre Occidente y el Islam, en el siglo XXI? ¿De una guerra santa, originada o impulsada por motivos religiosos? Los musulmanes parecen convencidos de que así es. ¿Qué actitud seguiremos los cristianos ante esto? ¿Seguiremos el espíritu del evangelio? ¿O el espíritu que alentó históricamente una Iglesia institucionalizada, secularmente poderosa, pero generalmente apartada de la senda de Jesús, un espíritu de odio, guerra y violencia extrema?</p>
<p>Quizás, los cristianos debamos recordar y tener bien presentes lo que al respecto nos dice la Palabra de Dios. Textos como los que siguen deberían hacernos meditar en ese auténtico espíritu del evangelio de Jesús, y actuar en consecuencia:</p>
<p><strong><em>La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo</em></strong> (Juan 14:27).</p>
<p><strong><em>Dios envió mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo</em></strong> (Hechos 10:36).</p>
<p><strong><em>Sed de un mismo sentir y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros </em></strong>(2 Corintios 13.11).</p>
<p><strong><em>Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en su solo cuerpo. Y sed agradecidos</em></strong> (Colosenses 3:15).</p>
<p>Y tantos otros…</p>
<p>(1) Ryrie, CC. Algunas presuposiciones. En Teología Básica. Editorial Unilit, Miami, 1993. Pág. 17.</p>
<p>(2) Wiley, HO. La persona y obra del Espíritu Santo. Introducción a la Teología Cristiana. Beacon Hill Press, Kansas City, 1976. Pág. 279.</p>
<p>(3) Op. cit. Pág. 383.</p>
<p>(4) <a href="http://www.elpais.com.uy/.../el-mundo-contra-pastor-que-insiste-en-quemar-el-coran">www.elpais.com.uy/&#8230;/el-mundo-contra-pastor-que-insiste-en-quemar-el-coran</a></p>
<p>(5) www.larepublica.com.uy/&#8230;/423130-quema-del-coran-dios-nos-llama-a-hacerlo-afirman-evangelistas</p>
<p>(6) Shelley BL. Fundamentalismo. En Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe, Nashville, TN, 1989. Pág. 462-463.</p>
<p>(7) <a href="http://www.iesmurgi.org/filosofia/.../Fundamentalismo%20Conceptos.htm">www.iesmurgi.org/filosofia/&#8230;/Fundamentalismo%20Conceptos.htm</a></p>
<p>(8) <a href="../../../../../2006/07/y-el-libano.html">www.iglesiaenmarcha.net/2006/07/y-el-libano.html</a></p>
<p>(9) Hindley G. Las consecuencias. En Las Cruzadas, Peregrinaje Armado y Guerra Santa. Ediciones B, S.A., Barcelona, 2005. Pág. 385-393.</p>
<p>(10) González JL, Los hijos del sol. En Historia del Cristianismo, Tomo 2. Editorial Unilit, Colombia, 1994. Pág. 203-218.</p>
<p>(11) Clouse, RG. Raimundio Lulio. En Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe, Nashville, TN, 1989. Pág. 674.</p>
<p>(12) Spoto, D. Francisco de Asís. Javier Vergara Editor, Barcelona, 2004. Pág. 210-213.</p>
<p><span><span><strong><span style="color: #0000ff; font-size: xx-small;">Iglesia En Marcha.Net</span></strong></span></span></p>
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		<title>¿QUÉ TE IMPORTA? &#8211; Dr. Álvaro Pandiani</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Jul 2010 02:24:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Intereses egoístas y amor genuino.</p>
<p>Hasta el día de hoy uno de los más grandes reyes del antiguo Israel, Salomón, es recordado por las personas de nuestra sociedad, sean lectores o no de la Biblia. Quizás en forma involuntaria, y seguramente en la más bella ignorancia del episodio que origina la expresión, es habitual que cuando una discusión o un litigio son zanjados mediante la división del objeto o asunto en disputa por partes iguales, oigamos a las personas hablar de una “decisión salomónica”. La “decisión salomónica” forma parte de nuestra cultura y nuestro lenguaje, y prácticamente todos sabemos a qué se refiere; aunque, como dijimos, no muchos sepan o tengan claro de dónde surge, o por qué al hecho de resolver un enfrentamiento o dilema dividiendo en partes iguales la sustancia del dilema se le llame de esa manera.</p>
<p>El episodio que da origen a la expresión está, como saben todos los buenos lectores de la Biblia, en el Antiguo Testamento, y puede leerse en 1 Reyes 3:16-28. Allí se cuenta que dos mujeres prostitutas vivían juntas en una misma casa, y cada una de ellas tenía un hijo, seguramente fruto de una relación sexual ocasional, habida en el marco de su “profesión”; ambos eran recién nacidos, y dormían junto a sus madres. Una madrugada, una de ellas despertó para amamantar a su hijo, descubriendo que estaba muerto; el relato avanza rápidamente y nada dice acerca de la angustia que la muerte de su pequeño debe haber provocado en la mujer, y cuán negras han de haber sido para ella las horas que transcurrieron hasta el alba. Porque esta mujer amaba a su bebé; eso surge del sentido común, y también de lo que luego puede leerse en el texto. Cuando amaneció la mujer notó que el niño muerto que había encontrado a su lado no era el suyo; acto seguido miró a su compañera, viendo allí a su hijo. Entonces comprendió: su compañera había ahogado a su niño con su propio cuerpo, y luego de despertar y comprobar lo sucedido, había hecho el cambio. Podemos imaginar, aunque el relato tampoco lo incluye, el escándalo mayúsculo que ha de haberse suscitado entre las dos mujeres, con un niño muerto y otro vivo de por medio. El punto es que el asunto terminó ante el mismísimo rey. No resulta tan llamativo que hallan ido al rey, pues en la persona del monarca se reunían los poderes legislativo, ejecutivo, y también judicial; lo sorprendente es que hallan podido acceder a la presencia real, salvo que hubiera transcurrido un período prolongado de tiempo, durante el cual la madre a la que su compañera había hurtado el niño pugnó por llevar su caso ante el rey.</p>
<p>Salomón venía de tener su experiencia mística en Gabaón, en la cual Dios le había prometido mayor sabiduría que la de ningún otro mortal, y el caso que se le presentaba para poner a prueba tal sabiduría era sin duda delicado y complejo: dos mujeres enfrentadas reclamando cada una ser la madre del único niño sobreviviente, la palabra de una contra la otra, aparentemente ningún rasgo físico distintivo que permitiera orientarse hacia la verdadera madre, y por supuesto nada de ADN ni ningún tipo de prueba de las que ahora disponemos para dirimir un asunto tan espinoso. La decisión que el rey Salomón debía tomar era difícil; un error podía afectar negativamente para el resto de la vida a la verdadera madre, y también al niño, y además podía perjudicar su imagen como rey, gobernante y juez de su pueblo. Y entonces, tomó la decisión que el mundo hasta hoy en día, tres mil años después, conoce como “decisión salomónica”: mandó traer una espada, y cuando la trajeron, ordenó cortar al niño en dos partes, y entregar una mitad a cada mujer.</p>
<p>Pero la gente, como siempre, se equivoca. Es necesario que leamos atentamente hasta el final del relato, para ver cuál fue la verdadera decisión salomónica. Inmediatamente de dada la orden que, huelga decirlo, acabaría en la muerte del niño, la verdadera madre (aquella que se sabía la auténtica madre del bebé), conmovida hasta lo más profundo por la vida de su hijo, rogó al rey que el niño no fuera asesinado, sino que se le entregase a la otra mujer. Esta otra, por el contrario, ante la orden del rey, no solo que ya no quiso al bebé, sino que incluso prefirió su muerte. La auténtica decisión salomónica vino cuando el rey reconoció en la mujer que rogó por la vida del niño algo que evidentemente faltaba en la otra: el amor de madre. A la verdadera madre del niño le importaba la vida y el bienestar de su hijo, mientras que a la otra no le importaba un comino, pues ni amaba al niño ni quería a su compañera, sino que en su dolor y en su amargura procuraba para ésta la misma desgracia que había caído sobre ella. Podríamos decir que, tres mil años antes de nuestra era, este rey sabio hizo un pequeño experimento psicológico con estas dos mujeres; y así, entregó el niño a quién probó ser su verdadera madre, pues demostró amarlo tanto como para estar dispuesta incluso a renunciar a él, con tal de asegurar su bienestar.</p>
<p>Demostró que el niño le importaba, no para simplemente poseerlo, sino porque deseaba su bien.</p>
<p>Amor y renuncia se conjugan en este relato con bienestar y felicidad, teniendo como vínculo el interés genuino de quién ama por el ser amado. No deja de ser llamativo que, más allá de que éste es un relato bíblico, esta lección de amor provenga de una prostituta; es decir que una mujer cuyo modo de vida siempre ha sido enérgicamente condenado por las estructuras religiosas de todos los tiempos, nos muestra un aspecto esencial del auténtico amor: <em>se demuestra</em>; se demuestra porque a la persona que ama le importa lo que ama, o aquel a quién ama. Qué lección de amor nos da esta prostituta desde el fondo de la historia; qué lección de justicia nos da el rey Salomón, quién pese a estar frente al litigio de dos prostitutas se preocupó por hacer lo correcto, por decidir lo justo; y qué lección de tolerancia nos da el Espíritu Santo al incluir en el registro del escritor sagrado el recuerdo de esta mujer, de la que no sabemos el nombre, pero sí el amor que tuvo por su hijo, y el sacrificio que estuvo dispuesta a hacer, porque le importaba la vida del niño. Que lección de verdadera tolerancia; no de la tolerancia actualmente de moda, que permite el pecado aceptándolo como válido, como legítima forma de expresión y realización personal, sino de aquella tolerancia como la que tuvo Jesús, quién se acercó a las prostitutas, a los delincuentes, a todos los pecadores, y hasta comió con ellos, procurando guiarlos al arrepentimiento, para que entraran al reino de Dios.</p>
<p>Sería interesante imaginar qué hubiera pasado si esta prostituta que fue ante Salomón hubiera tenido la oportunidad de conocer a Jesús, pero eso sería pura especulación. Lo importante es recoger la lección: ¿Amamos? Decimos amar, pero ¿nos importa lo que amamos? ¿Nos importa quién amamos? ¿Actuamos según cuanto nos importa la felicidad de quién amamos? El amor que decimos tener, ¿es posesivo, resultando nada más que en la expresión de nuestros propios intereses, la búsqueda de aquello que nos satisface? ¿O realmente somos capaces de conjugar interés con desprendimiento? ¿Estamos dispuestos a renunciar a aquello que nos importa?</p>
<p>Por los corredores del tiempo y desde las páginas de la Biblia nos llegan palabras con afirmaciones insólitas acerca del auténtico amor: <strong><em>“el amor… no hace nada indebido, no busca lo suyo… todo lo espera, todo lo soporta”</em></strong>. <strong><em>“El amor no hace mal al prójimo”</em></strong> (1 Corintios 13: 5,7; Romanos 13:10)</p>
<p>¿Qué nos importa? ¿Nuestra familia, nuestra iglesia? ¿Nuestro país? ¿Nos importa por amor, porque amamos a nuestra familia, a nuestra iglesia, a nuestro país? ¿O porque tenemos un interés egoísta, porque esperamos un beneficio personal de aquello o de aquel que nos importa?</p>
<p>¿Qué te importa, y por qué?</p>
<h6><span style="color: #3366ff;">Iglesia En Marcha.Net</span></h6>
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		<title>MISERIA INDESCRIPTIBLE &#8211; Parte 2</title>
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		<pubDate>Sat, 01 May 2010 22:45:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Informe final de la Misión Humanitaria Médica Haití de Operación Movilización (OM) Marzo 2010. Dr. Álvaro Pandiani. El jueves 11 de marzo todo el equipo uruguayo, más la canadiense mencionada (Sally), una colaboradora norteamericana, los traductores haitianos y el coordinador de campo (Claude), salimos a bordo de un pequeño y bastante incómodo microbús hacia un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><br />
</strong></p>
<p>Informe final de la Misión Humanitaria Médica Haití de Operación Movilización (OM)</p>
<p>Marzo 2010.</p>
<p>Dr. Álvaro Pandiani.</p>
<p>El jueves 11 de marzo todo el equipo uruguayo, más la canadiense mencionada (Sally), una colaboradora norteamericana, los traductores haitianos y el coordinador de campo (Claude), salimos a bordo de un pequeño y bastante incómodo microbús hacia un destino más allá de las montañas que rodean Puerto Príncipe: la región de Mirebalais. El Dr. Eddy Delaleu también fue, en un vehículo aparte junto con algunos colaboradores personales.</p>
<p>El viaje duró aproximadamente dos y media a tres horas, por una carretera bastante bien conservada que discurre por las montañas, lo que nos permitió contemplar algunos de los más hermosos paisajes de montes y valles de Haití. En la zona montañosa vimos cuarteles de cascos azules nepaleses. Cruzadas las montañas, llegamos a un pequeño poblado, dependiente de la ciudad de Mirebalais, en el que había un gran mercado rural, tipo feria. Allí nos detuvimos y ocupamos un predio al aire libre, adyacente al mercado, donde iniciamos la asistencia médica, bajo los árboles. El trabajo se extendió desde las diez de la mañana hasta las 4 de la tarde, atendiéndose alrededor de doscientos pacientes. Dos de estos debieron ser trasladados por presentar afecciones graves: una niña de cuatro años con una neumonía, y un recién nacido gravemente deshidratado. Al final del trabajo subimos al microbús a los niños con sus respectivas madres y los llevamos hasta la ciudad de Mirebalais; ésta nos impresionó más ordenada y limpia que Puerto Príncipe. Para llegar al hospital debimos cruzar un arroyo en el que vimos gran cantidad de gente bañándose y lavando ropa; el cruce debió hacerse por un puente accesorio, casi al nivel del agua, pues el puente principal había colapsado. Según pudimos saber, el Hospital de Mirebalais había sido un centro asistencial administrado por los haitianos, hasta que cubanos y venezolanos en conjunto, aproximadamente once años atrás, se hicieron cargo del mismo, modernizándolo y transformándolo casi en un centro de tercer nivel de atención. Allí nuestros pacientes fueron recibidos por la directora (cubana) del centro, luego de lo cual nos retiramos.</p>
<p>El viaje continuó atravesando otra vez Mirebalais, en sentido contrario. Salimos por otra carretera, y luego de aproximadamente una a una y media hora, tomamos un camino de tierra que discurría por lo que los haitianos llaman “forrest” (bosque), y para nosotros era francamente selva; luego de una viaje de otra hora y pico, que incluyó el cruce del lecho de un río casi seco, para lo cual no había puente, por lo que el microbús debió introducirse en el agua, llegamos a una comunidad parroquial cristiana, enclavada en medio del “forrest”, o como ellos decían “en el medio de la nada”. Allí nos alojamos hasta el día siguiente; nos fueron asignadas habitaciones, contamos con grandes latones con agua de tanque para bañarnos en duchas a medio construir (prácticamente a la intemperie; afortunadamente ya había caído la noche), y luego comimos y tuvimos nuestra reunión a la luz de las velas. Todo fue hermoso, maravillosamente exótico.</p>
<p>Ese día tuvo, sin embargo, una nota tremendamente negativa. Durante la asistencia en el mercado notamos que la gente que había concurrido por asistencia se mostraba muy demandante, generándose a cada rato altercados con los colaboradores locales, que trataban de organizar la fila. Llamó la atención ver a algunas personas con dinero en la mano. Con profunda consternación supimos que <strong>se le estaba cobrando</strong> a la gente por la asistencia médica, que nosotros brindábamos en forma gratuita. Junto con eso tuvimos la confirmación de algo que habíamos sabido el día anterior por medio de Ray Cooper: las aspiraciones políticas del Dr. Eddy Delaleu llegaban a su postulación como Presidente de Haití para el año 2011.</p>
<p>Allí donde nosotros estábamos brindando asistencia médica humanitaria gratuita a una comunidad pobre, sin acceso a servicios básicos y sin recursos, una comunidad golpeada por el infortunio y la miseria, otros estaban cobrando dinero. Peor aún, lo que nosotros hacíamos como una obra de misericordia, inspirada en el Espíritu de Jesús e impregnada de amor cristiano, otros lo estaban usando para anunciar a un político como candidato. La consternación que sentimos todos los integrantes del equipo uruguayo dio paso al rechazo al sentirnos utilizados de esa manera; la primera reacción fue detener allí mismo la tarea. Pero se optó por poner paños fríos, y aguardar a que llegara la noche para hablar con Claude Fillingham, el coordinador del campamento y representante del fundador de ACTS. Algunos llegamos a pensar que ACTS, una organización estadounidense con fachada de entidad religiosa y humanitaria, podía estar apoyando las ambiciones políticas del Dr. Delaleu, como una vía de canalizar los intereses del gobierno de su país de origen (Estados Unidos) en Haití. Pero a pesar de todo se siguió haciendo el trabajo; se siguió ofreciendo la asistencia médica. Se hizo así, porque la gente estaba allí; la consideración fue que habíamos recorrido miles de quilómetros para llegar hasta ese lugar a ayudar a esas personas, y lo que decidimos fue hacer lo que habíamos ido a hacer. Y gracias a Dios se hizo. Luego de eso, tuvimos los dos pacientes graves mencionados, a los que, estamos convencidos, la intervención de nuestro equipo salvó la vida.</p>
<p>Esa noche hablamos con Claude sobre el tema. El norteamericano no solo negó saber nada de lo que había pasado, sino que su disgusto y angustia al enterarse de la manera en que había sido usada la obra de misericordia realizada fue tal, que llegamos a preocuparnos por su salud. Claude prometió que la situación se iba a aclarar a cómo diera lugar. Por nuestra parte, le aclaramos la posición del equipo uruguayo, y nos dimos por satisfechos con sus palabras.</p>
<p>Al Dr. Delaleu hacía horas que no lo veíamos.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p>El viernes 12 de marzo amaneció muy temprano, y pudimos ver que estábamos casi al pie de unas montañas boscosas; el alba creciendo detrás de esas montañas fue un espectáculo hermoso que nos regaló aquella mañana en Haití.</p>
<p>Atendimos allí, en ese lugar “en el medio de la nada”, no obstante lo cual desde las seis de la mañana empezó a aparecer gente, que siguió afluyendo sin que supiéramos de dónde. Atendimos en total trescientos doce pacientes, debiendo suspender la tarea por la hora, dado que los coordinadores no querían que nos cayera la noche fuera de Puerto Príncipe, y debimos ir nuevamente a Mirebalais para llevar desde allí otros dos pacientes: un niño de alrededor de diez años con un cuadro compatible con meningitis, que lucía muy grave (otra imagen de lo peor de África, en Haití), y un anciano con una neumonía también grave. Ambos fueron llevados al Hospital de Mirebalais, donde fueron recibidos gentilmente por la doctora cubana en funciones de directora, quién con amable sonrisa nos pidió que en el futuro volviéramos solo como visitantes.</p>
<p>Llegamos al campamento entre las seis y las siete de la tarde. Nos encontramos con la llegada de otro equipo proveniente de los Estados Unidos. En la reunión de la noche, uno de los coordinadores locales dijo que el equipo uruguayo podía ser reconocido porque siempre estaba haciendo una de tres cosas: tomando mate, cantando o riendo. Así nos veían, según este coordinador. En días sucesivos sabríamos que ellos estaban observando también otros aspectos de nuestra conducta y accionar, y que un poderoso testimonio estaba siendo dejado por el equipo, en medio de aquel campamento.</p>
<p>Esa noche el equipo norteamericano llegado el martes anterior, que debía abandonar Haití al día siguiente (sábado 13), se encontró con que la aerolínea que trabajaba en convenio con ACTS, por la cual los equipos provenientes de Estados Unidos habían obtenido sus pasajes, había roto dicho convenio; por lo tanto, todos los hombres y mujeres que debían volver a Estados Unidos al día siguiente se encontraron varados en Haití. La desesperación de aquellas personas era verdaderamente conmovedora, y a varios de ellos les manifestamos nuestra solidaridad y apoyo en oración.</p>
<p>Ante esta situación, y sabiendo que nuestra vía de salida de Haití y regreso a Uruguay era por completo independiente de ACTS, personalmente me sentí como protegido en un capullo, en el hueco de la mano del Señor. Extrañamente sereno en medio de la universal desesperación, traté de expresar a quienes estaban en semejante trance que oraríamos por ellos, y que el Señor les daría la solución. Todos los uruguayos lo hicieron así, y en nuestra reunión nocturna de trabajo oramos por ellos.</p>
<p>Aquella noche, el generador siguió funcionando hasta mucho después de medianoche.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p>El sábado 13 de marzo se realizó, como todos los sábados, asistencia en la Clínica solo durante la mañana, atendiéndose alrededor de un centenar de pacientes. Ese día hicimos contacto (por segunda vez en realidad) con el coronel Carlos Ramírez, comandante de la Base de la Fuerza Aérea Uruguaya en Haití, quién nos invitó a visitar la base y cenar en la misma. La tarde de ese sábado fuimos trasladados en una camioneta de OM – Haití por el hermano Wilson Joseph hasta la  Base referida, a la que llegamos a las 7 de la tarde. Allí conocimos oficiales de la  Fuerza Aérea y también de la Policía Uruguaya allí destacados como parte de la  MINUSTAH (dos oficiales de Policía que estaban alojados en la Base de la Fuerza Aérea debido a que habían perdido sus alojamientos por causa del terremoto). También conocimos allí a un uruguayo que trabaja como piloto de helicóptero para el WFP (World Food Programme – Programa Mundial de Alimentación) de la ONU. Cenamos en el Casino de Oficiales de la Base, regresando al campamento de ACTS próximo a las once y media de la noche. Volvimos en dos camionetas de la ONU, acompañados por los dos oficiales de Policía, y por el Coronel Ramírez en persona, junto a su chofer. Es de destacar el operativo que montaron para el regreso (sobre todo los policías, que salieron con equipo y armamento), y que el viaje se hizo en medio de una atmósfera de tensión ya que, como se mencionó, supuestamente había toque de queda, pero sobre todo porque, según nos contaron, los haitianos rechazan cada vez más la presencia del personal de Naciones Unidas, llegando a apedrear y atacar sus vehículos. Gracias a Dios, llegamos al campamento sin sufrir incidentes.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p>El domingo 14 de marzo en la mañana fuimos llevados por el hermano Wilson Joseph al culto en su Iglesia (Eglise Methodiste de Thor). El servicio se desarrolló en francés, proporcionándonos los hermanos algunos traductores al español.</p>
<p>Me es imposible no destacar el hecho de que, frente mismo a la Iglesia, a escasos metros de la entrada, una casa de grandes proporciones había caído hasta quedar reducida a escombros, mientras que el templo de la Iglesia se había mantenido en pie. En la misma entrada del templo había carpas de gentes sin hogar, allí refugiadas.</p>
<p>También es de destacar lo que experimentamos durante el canto desarrollado por los haitianos; aunque cantaban en su idioma, que apenas comprendíamos, el Espíritu del Señor se movió de una manera maravillosa, sacudiendo y quebrantando el corazón de todos.</p>
<p>Esa tarde fuimos invitados a almorzar en la  Iglesia, y compartimos un rato muy ameno y fraternal con los hermanos de esa congregación, que nos recibieron y trataron con mucho amor y consideración. Posteriormente, el hermano Wilson Joseph nos llevó a un lugar donde pudimos comprar artesanías y recuerdos para nuestras familias. Regresamos al campamento al anochecer.</p>
<p>La tarde de ese domingo estuvo jalonada por otro hecho peculiar. Reunidos circunstancialmente algunos de nosotros, junto con colaboradores norteamericanos del área de administración de la Clínica, el Dr. Eddy Delaleu hizo referencia a lo sucedido el jueves anterior en el mercado rural, y enfáticamente deslindó toda responsabilidad con quienes habían estado cobrando a las personas por la atención médica, agregando que se encargaría de que algo así no volviera a ocurrir.</p>
<p>No hicimos comentarios.</p>
<p>El día libre y la compra de recuerdos nos hicieron sentir la proximidad del fin de la misión; sin embargo, aún quedaban varios días de trabajo.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p>El lunes 15 de marzo atendimos en la  Clínica. Dado que ese día un equipo formado fundamentalmente por integrantes del grupo llegado desde los Estados Unidos el viernes anterior había partido hacia un punto fuera de Puerto Príncipe (cuyo nombre no nos fue comunicado, o no retuve si lo fue), no contamos con todos los traductores, y por lo tanto el trabajo se vio limitado. Aún así, atendimos casi cuatrocientos pacientes.</p>
<p>La noche de ese día llegó otro nutrido y variopinto grupo proveniente de los Estados Unidos. A cargo del mismo venía el Dr. Martin Thornton, quién desde ese día asumió (para mi tranquilidad) el cargo de Director Médico de la Clínica. El Dr. Thornton hablaba algo de español, y se reveló como un hombre muy sencillo y humilde, con el cual pudimos entablar un agradable vínculo. Este colega ponderó mucho el trabajo realizado por el equipo uruguayo, apenas al día siguiente de haber llegado; dicho tan rápido parecía una formalidad, pero según nos manifestó, su ponderación surgía de lo que le habían contado los coordinadores de la Clínica, fundamentalmente Claude. Thornton también nos compartió, al tercer día de su llegada, las impresiones que estaban dejando en todo el personal de la Clínica nuestros devocionales matinales; agregó que le gustaría lograr algo similar con su equipo, algo que le resultaba difícil por lo grande y heterogéneo de su grupo, cuyos integrantes procedían de diferentes puntos de los Estados Unidos. Esto también nos dio la pauta del testimonio cristiano que estábamos dejando, en forma espontánea y no planificada, entre los integrantes del staff de ACTS y Operación Hope, los cuales, como ya se dijo, no eran todos cristianos.</p>
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<p>El martes 16 de marzo partimos nuevamente en el microbús hacia la pequeña ciudad de Leogane,  a la que arribamos tras aproximadamente dos horas de viaje. Junto al equipo uruguayo fueron dos o tres enfermeras estadounidenses, que atendían por su lado y ocasionalmente consultaban con alguno de los médicos uruguayos, y también la canadiense Sally, la cual, como se dijo antes, siempre estaba junto a nuestro equipo. La asistencia allí se hizo, nuevamente, al aire libre; vimos algunos casos clínicos interesantes, que fueron comentados en la reunión de trabajo de la noche, pero no fue necesario trasladar a ningún paciente a un centro hospitalario. Atendimos, en total, cuatrocientos sesenta y cinco pacientes. Regresamos al campamento en Puerto Príncipe con la caída del sol.</p>
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<p>El miércoles 17 de abril fue nuestro último día de trabajo en Haití; iniciamos la tarea en el horario habitual, contando con aún menos traductores, pues algunos se habían ido con la segunda Clínica Móvil. Desarrollábamos nuestra tarea con normalidad cuando, sobre las once de la mañana, supimos que el equipo de la Clínica Móvil regresaba pues, según nos contaron, no encontraron en el lugar al que habían ido las adecuadas “condiciones de seguridad” para trabajar. Dado que este equipo, formado íntegramente por miembros del grupo recién llegado de Estados Unidos, volvió a la Clínica, nos propusieron ser relevados en el trabajo ese día; ante esto, decidimos continuar hasta el mediodía, para luego suspender nuestra tarea médica definitivamente.</p>
<p>En la tarde nos reunimos con Wilson Joseph y Marc-hancy Saintcharles, yendo con ellos al <em>Auberge du Québec</em>, en cuyo restaurante compartimos una muy buena velada,  en la que compartimos nuestros testimonios, e impresiones sobre el trabajo evangelístico y espiritual en Haití. Volvimos al campamento de ACTS antes de la caída del sol.</p>
<p>En la noche regresó el grupo que había partido la mañana del lunes anterior hacia un campo de trabajo fuera de Puerto Príncipe. Entonces nos enteramos que habían atravesado por situaciones difíciles, pues pasaron carencias diversas, y además les había tocado recibir personas gravemente enfermas y el equipo <strong>no había llevado médicos</strong>; no supimos las causas de la mala planificación del trabajo de este grupo, no nos fueron comentadas, y tampoco las preguntamos.</p>
<p>Esa noche, en la reunión de trabajo del campamento, se anunció nuestra partida para el día siguiente. El hermano Pablo Vázquez compartió espontáneamente unas palabras, y cantó por última vez entre aquellas personas.</p>
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<p>El jueves 18 de marzo nos levantamos muy temprano, pues no estábamos seguros si el transporte llegaría a las siete, o a las diez de la mañana. Luego de nuestro tiempo devocional, desayunamos y nos dispusimos a aguardar. Mientras, se multiplicaban las despedidas, que ya habían comenzado la noche anterior, y de las cuales las más emotivas fueron con los traductores haitianos que habían trabajado tan estrechamente con nosotros, y con Claude, que tan difícil situación tenía aún que enfrentar como representante de ACTS en el lugar. Llegaron las ocho de la mañana, y el lugar de espera de la  Clínica ya estaba lleno de gente, de pacientes haitianos que venían a consultar, a buscar la ayuda médica que allí se les pudiera dar, sin que les cobraran por la misma. Dentro de la Clínica seguía el trabajo, la intensa rutina de trabajo, de asistencia de pacientes que llegaban en un goteo continuo y al parecer interminable. En tanto, nosotros aguardábamos, con nuestros equipajes prontos, y las carpas ya limpias y entregadas.</p>
<p>Finalmente, a las diez de la mañana llegó la camioneta de Servitur, con Peter al volante. El dominicano metió el vehículo casi hasta el fondo del terreno, y Claude vino tras él diciéndole un montón de cosas en inglés, tal que al verme Peter me dijo: “no sé qué quiere este norteamericano, me está volviendo loco”. Sin embargo, todo anduvo bien; cargamos maletas y bolsos, y luego de más despedidas emotivas, a las diez y veinte de la mañana (once y veinte, hora dominicana), los ocho uruguayos más Sally Kupp, la enfermera canadiense, abandonamos la Clínica.</p>
<p>El viaje a Santo Domingo nos llevó varias horas, incluida una que perdimos en la frontera haitiano – dominicana, tal que llegamos a la capital siendo casi las ocho de la noche. Entonces fuimos a cenar a un restaurante al que nos llevó Peter (a quién invitamos a comer con nosotros): el  <em>Adrián Tropical</em>, a orillas del mar.</p>
<p>Del <em>Adrián Tropical</em> fuimos a la casa de los pastores que nos habían alojado a nuestra llegada, llegando a las once y media de la noche. Allí pernoctamos.</p>
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<p>El viernes 19 de marzo a las tres de la madrugada estábamos en pie. En ese momento, reunidos los nueve, oramos por Sally, quién recibió a Jesús en su corazón. A las tres y media Peter llegó con la camioneta para trasladarnos al aeropuerto. Entonces nos separamos definitivamente de Sandra y de Sally, quienes permanecieron en República Dominicana unos días más.</p>
<p>En el aeropuerto de Santo Domingo tuvimos nuestro penúltimo devocional, y tras un vuelo de unas dos horas en un avión de COPA Airlines, estuvimos otras tres horas en tránsito en el aeropuerto de Panamá, donde tuvimos nuestro último devocional como equipo. Luego abordamos otro vuelo de COPA hacia Montevideo.</p>
<p>Llegamos al aeropuerto de Carrasco a las 21:15, según estaba previsto. Luego de la despedida, el equipo se separó para reunirse con sus familias.</p>
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<p><strong>Reflexiones finales.</strong></p>
<p>Es imposible participar de una tarea de este tipo, y no quedar profundamente sensibilizado por la realidad con la que se toma contacto al llegar al lugar mismo de la calamidad, y atender directamente a los que sufrieron y sufren las consecuencias del desastre. Como ya fue expresado, los días son intensos, bien que el trabajo es agotador. Pero también se viven intensamente, no solo en el aspecto del trabajo médico, sino también en el humano, en el relacionamiento con los enfermos, y sobre todo en este caso, con los colaboradores y coordinadores locales. Nosotros creíamos que debíamos evangelizar a cada paciente a la manera tradicional, mediante una presentación hablada, extensa y pormenorizada del evangelio de Cristo, y cuando las dificultades derivadas de la barrera idiomática, las limitaciones impuestas por la organización bajo cuya égida trabajamos, y la propia intensidad del trabajo asistencial, entorpecieron ese ideal de cómo debía ser la “evangelización”, eso repercutió en el ánimo de todos. Sin embargo, como ya fue expresado también, por la gracia de Dios el grupo estaba dejando un testimonio de amor cristiano que permeó los corazones de muchas personas, y las reacciones y devoluciones a ese testimonio vinieron de direcciones inesperadas: los traductores, y el personal extranjero de ACTS en Haití; en algunos casos también, por supuesto, de los propios pacientes.</p>
<p>Estoy seguro que serán inolvidables para todos los miembros del grupo uruguayo las palabras de agradecimiento de los traductores haitianos; ninguno de ellos dejó de mencionar la inmensa gratitud que sentían hacia nosotros por haber dejado nuestro país y recorrido miles de quilómetros con el fin de ayudar al pueblo haitiano. Recuerdo a uno de ellos diciendo “gracias, gracias, gracias”; a otros preguntando si alguna vez volveríamos a Haití; a otros más solicitando que los recordáramos en nuestras oraciones, y también pidiendo que no les olvidáramos.</p>
<p>Uno de los testimonios más removedores y conmovedores llegó vía e-mail, cuando ya estábamos de regreso en Uruguay. Ray Cooper nos contaba que uno de aquellos traductores haitianos dijo a los líderes de ACTS: <em>“No creo que yo sea cristiano. Crecí en un hogar, cristiano, leí la Biblia, fui a la Iglesia, pero no tengo a Cristo en mi corazón como el equipo uruguayo. Yo quiero tener lo que ellos tienen en su corazón”</em>. El mismo Claude Fillingham, nuestro “Base Camp Commander”, quién cuando terminábamos de cargar las maletas en la camioneta de Servitur y ya partíamos se acercó y me dijo: <em>“los voy a extrañar, muchachos”</em>, escribió en la certificación del trabajo que realizamos (entre otras cosas): <em>“Fue con gran compasión y dedicación que el equipo trabajó para hacer cambios significativos en la salud física, mental y espiritual del pueblo haitiano”</em>.</p>
<p>Y nosotros le damos gracias a Dios por haber podido dejar ese testimonio; a Él sea la gloria.</p>
<p>Antes de finalizar, merece destacarse otro aspecto del trabajo del equipo uruguayo de OM en Haití: el funcionamiento fue tan armónico, la unidad de propósito y de espíritu tan evidente, que varios de los extranjeros con los que allí trabajamos nos preguntaron si es que veníamos trabajando juntos desde tiempo atrás. Y no era ese el caso; no fue ese el caso. La unidad nació, creo, de la unanimidad en el sentir que nos reunió para viajar juntos y trabajar juntos allá en Haití. La <em>compasión y dedicación</em>, a la que se refirió Claude Fillingham, nacieron del anhelo, la intención y las ganas de hacer con amor, en el nombre del Cristo en el que creemos, una obra de misericordia a favor de personas necesitadas de ayuda.</p>
<p>Otra vez, a Dios sea la gloria.</p>
<p>Para finalizar, quiero citar algunos conceptos vertidos en el informe final de la Misión a Sri Lanka, en el año 2005, informe en el cual a su vez cité algunas ideas que escribí por primera vez cuando regresé de El Salvador, hace nueve años. Tienen que ver con las perspectivas de futuro para misiones humanitarias de este tipo, realizadas desde Uruguay; entonces escribí que estas misiones podrían constituir incluso: un ministerio; una forma particular de servicio a Dios, a través de este servicio de atención médica al prójimo, en situaciones tan particulares como las que surgen después de un desastre natural, o provocado por el hombre. Tras un terremoto, un maremoto, o una guerra. Algunos ya lo ven como tal. El inicio de un ministerio; algo nuevo, por lo menos para nosotros los uruguayos. No un trabajo misionero tradicional; un ministerio de predicación, evangelismo, plantación de iglesias o apoyo a la iglesia local. Más bien, un servicio de amor puesto en marcha ante la emergencia. Ante la emergencia del sufrimiento, la enfermedad, el desastre y la tragedia. Un ministerio que consista en poder salir a cualquier punto del planeta para tender la mano a quién ha sido golpeado por una realidad devastadora y cruel, sin importar su cultura, nacionalidad, religión, ni siquiera su idioma, porque siempre hay una manera de comunicarse. El amor de Dios en acción, llegando a cualquier lugar del mundo desde este pequeño país. Se pudo en El Salvador…se pudo en Sri Lanka (y ahora también en Haití), porque esta idea loca está, creo yo, en el corazón de Dios. Por eso sé que lo hecho no fue en vano, que fue útil, que dará frutos. Pero… también en Uruguay debe dar frutos…El fruto más importante será la continuidad de este ministerio médico humanitario, allá donde la necesidad surja y podamos ir, como parte del Cuerpo de Cristo, tendiendo una mano que alivie el sufrimiento y enjugue las lágrimas, donde sea. Por ahora, una utopía. En manos de Dios, ¿quién sabe?</p>
<p>Hoy, luego de haber estado en Haití, después de haber visto lo que vi y hecho lo que hice, sigo pensando de la misma manera.</p>
<p><strong><strong><span style="font-family: Tahoma; color: blue; font-size: xx-small;">Iglesia En  Marcha.Net</span></strong></strong><span style="font-family: Arial; font-size: x-small;"> </span></p>
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