EL EVANGELIO DE LAS CRUZADAS – Por Dr. Álvaro Pandiani –

 

Uno de los hechos menos conocidos, pero no obstante más significativos de la historia cristiana medieval es el encuentro de Francisco de Asís con el sultán Al Kamil, soberano de Egipto, Palestina y Siria. Mientras a las puertas de la ciudad portuaria de Damieta, un enclave estratégico en la desembocadura del Nilo, el ejército cristiano asediaba el poder musulmán, en el conflicto que la historia recuerda como la Quinta Cruzada, y las bajas de ambos bandos se contaban por miles – muertos y heridos en batalla, y también enfermos de males exóticos – Francisco cruzó las líneas enemigas y se entrevistó con el mismísimo sultán, en procura de lograr la paz.

Las cruzadas fueron campañas militares emprendidas por los pueblos de la Europa  medieval en Tierra Santa, con el propósito manifiesto de recuperar para la cristiandad los santos lugares de la religión cristiana – Jerusalén y el Santo Sepulcro, Belén, Nazaret, etc. – que estaban en poder del Islam. Es una historia rica y accidentada, que se prolongó por casi doscientos años, en la cual el propósito manifiesto de la guerra santa fue la versión oficial y piadosa bajo la cual subyacían intereses diversos y bizarros, que llevaron a la lucha a reyes, nobles y plebeyos, muchos de los cuales jamás regresaron a su tierra. La peregrinación armada a Tierra Santa fue para muchos príncipes y señores un asunto de conveniencia política, un expediente para obtener tierras y dominios, o un medio para enriquecerse; para la gente común fue también un medio de ganar riquezas, un modo de obtener el perdón por sus delitos en el caso de los criminales, para muchos hombres incultos y salvajes fue una manera de dar rienda suelta a su carácter pendenciero y violento, y para los pobres, constituyó muchas veces el último recurso para no morir de hambre. La religión se conjugó casi permanentemente con la violencia durante las cruzadas, tanto entre cristianos como entre musulmanes. Los cristianos fueron espada en mano a combatir a los musulmanes, y los seguidores de Mahoma respondieron de forma proporcional a la agresión perpetrada por los grandes ejércitos cristianos que invadieron Palestina, Siria y, en la quinta cruzada, incluso Egipto. Para ambos bandos, el enemigo era un “infiel”, es decir, alguien que no pertenecía a la fe del Altísimo, y por lo tanto debía ser convertido, o destruido; o llanamente, debía ser destruido. Pocas figuras entre la cristiandad medieval abogaron por una evangelización pacífica de los musulmanes, algo además tan peligroso en aquel entonces como ahora. En ese contexto, destaca la iniciativa de Francisco de Asís – y no fue el único – quién evidentemente no fue a Egipto con el ejército para combatir espada en mano, sino a servir con humildad, lo que hizo primero entre los cruzados (las crónicas dicen que se dedicó a predicar y atender a los enfermos). Y cuando las hostilidades llegaron a niveles de atrocidad insospechados – los relatos hablan de mutilaciones y empalamientos de prisioneros, practicados tanto por unos como por otros – al no lograr que los jefes del ejército cruzado atendieran sus ruegos a favor de la paz, Francisco intentó con el sultán. Las crónicas más tempranas sobre este encuentro nos dicen que Francisco apeló al evangelio de Jesús, procurando convertir al sultán al cristianismo, sin importarle si tal osadía le costaba la vida.

Hace unos meses atrás, buscando información sobre este hecho singular, encontré algunos artículos de opinión que, llamativamente, niegan que Francisco haya predicado el evangelio al sultán y a quienes lo rodeaban, aduciendo que se habría limitado a negociar la paz. En San Francisco y el Sultán (www.elpais.com.uy/opinion/san-francisco-y-el-sultan.html) puede leerse: Las biografías más antiguas otorgan particular importancia al supuesto intento de conversión que emprende Francisco, consternado ante el hecho de que un hombre sabio y refinado como el sultán considerara el dogma de la Santísima Trinidad como una herejía”. Hasta aquí vamos bien; parece que las fuentes más antiguas – es decir, más cercanas al hecho original – deberían ser las más confiables. Pero el columnista continúa diciendo: “Los historiadores contemporáneos creen que el santo no intentó convertir al Sultán, al contrario, respetó su fe pues sólo le interesaba en ese momento conseguir la paz”. No llama la atención que los historiadores contemporáneos pretendan analizar hechos históricos, extrayendo interpretaciones y conclusiones que ayuden a entender mejor tales hechos, y las enseñanzas que nos dejan, pues tal es su trabajo. Lo que sí llama la atención es cuando reinterpretan un hecho, afirmando que el tal no sucedió así en realidad. Francisco era hijo de su tiempo, y aunque su carácter espiritual y consagración a Dios lo hizo destacar en medio de una civilización violenta y sensual, que entendía el diálogo con el Islam sólo a través de la espada – como dijimos, tal era la cristiandad medieval – no es creíble que, convencido de la verdad del evangelio que vivía con cada fibra de su ser, no haya predicado e intentado convertir al sultán. Dice Donald Spoto en su biografía de Francisco: “Después de que Francisco hablase por mediación de un intérprete, Al Kamil decidió convocar a sus principales consejeros religiosos. Tras escuchar el breve relato que hizo Francisco de la Biblia y de la fe en Cristo, así como sus ruegos de paz en el nombre de Dios y su Hijo, Jesús, los consejeros resolvieron que los visitantes debían ser decapitados en el acto, por tratar de convertirlos” (Spoto, D, Francisco de Asís; Javier Vergara Editor; Barcelona; 2004. Pág. 211). Evidentemente, para las autoridades religiosas islámicas que aconsejaban al soberano, el discurso de Francisco abogando por la paz en el nombre de Jesús fue interpretado de inmediato como predicación cuyo objetivo era la conversión de Al Kamil; por lo tanto, el modo de negociar la paz de Francisco fue evangelizar al sultán.

No cabe duda que la historia de las relaciones entre el cristianismo y el Islam ha sido sumamente accidentada y violenta, constituyendo casi una crónica de intolerancia, fanatismo irracional y choques armados. Ninguno de los dos bandos puede arrojar la primera piedra en este sentido, y merece recordarse el pedido de perdón hecho en el año 2000 por el entonces papa romano Juan Pablo II por hechos oscuros de la historia de la Iglesia, entre ellos las cruzadas. También cabe anotarse la consideración, en el mundo musulmán, de que las cruzadas, como agresión armada de occidente, no han terminado. Basta comprobar a través de las noticias las manifestaciones del odio profundo que los musulmanes más radicales tienen hacia occidente, focalizado sobre todo en los Estados Unidos de América, pero también en naciones europeas, como por ejemplo el Reino Unido o Francia. En el cristianismo, con la llegada de la era moderna de las misiones llevadas adelante por el cristianismo protestante, tal odio e intolerancia se trocaron en un interés evangelístico, pese a los peligros inherentes a predicar a Cristo entre musulmanes. El Islam también entró – más tardíamente – en una era de expansión pacífica mediante la migración y la siembra de mezquitas en Europa y América. Ha hecho esto beneficiándose de la tolerancia religiosa que caracteriza las sociedades occidentales posmodernas y poscristianas, tolerancia que ellos no dan en los países islámicos, lo que ha provocado la protesta de cristianos fundamentalistas, que también los hay.

Pero donde ese odio irracional y fanático ha llegado en la actualidad a extremos de una truculencia inusitada es en los yihadistas del Estado Islámico, no habiendo casi un día en que los medios de noticias no informen de hechos de violencia incomprensible perpetrados por estos milicianos que, empecinados en la instalación de un califato, han asesinado en masa tanto a cristianos como musulmanes no suníes – rama del Islam a la que pertenecen – provocado grandes desplazamientos de refugiados que huyen de sus barbaries, y que también se ceban en trabajadores humanitarios occidentales, cuyas crueles ejecuciones transformaron en espectáculos mediáticos.

En semejante escenario, el recuerdo del encuentro entre un cristiano y un musulmán que se sentaron a dialogar en medio de la guerra, cobra una significación especial. Significación que surge del hecho de haber participado en tal encuentro un emisario, Francisco, llegado del lado invasor – el ejército cruzado – no espada en mano sino en el nombre de Jesús, para rogar por la paz en ese Nombre; y del otro lado el sultán Al Kamil, un hombre que también odiaba la guerra y deseaba la paz, y que se negó a matar a Francisco, aunque sus consejeros religiosos se lo quisieron imponer como deber de buen musulmán.

Y significación, además, que no admite la deformación contemporánea que diluye el contenido del mensaje de paz que Francisco presentó a Al Kamil. Muchos han comentado este encuentro, destacando la profunda impresión que tuvo en el santo de Asís conocer al sultán, y reconocer en él a un hombre de profunda fe y devoción; también Spoto lo hace. Lo que resulta sorprendente es cómo se procura, en función de esa real comprensión de Francisco acerca de la naturaleza profundamente religiosa del pueblo musulmán, transformar a éste en un abanderado y adelantado de la tolerancia religiosa, aduciendo que se sintió amigo y hermano de Al Kamil, más allá de las diferencias religiosas que sustentaban. Esto suena plausible y políticamente correcto en los tiempos que corren, pero resulta extraño a lo que sabemos de la cristiandad medieval, aún en alguien tan esclarecido como Francisco, quién buscó la paz, pero la paz que trae la fe en Cristo. El santo de Asís no buscó simplemente una paz sin otro asidero que una tolerancia mal entendida, como la que se pregona en la actualidad, que simplemente significa pasar por alto lo que no nos gusta del otro y concentrarse cada uno en lo suyo; tolerancia que se codea con el egoísmo y en la cual brilla por su ausencia el amor. La tolerancia cristiana tiene un alma, y es el amor; el amor que procura el mayor bien para el amado, siguiendo así el ejemplo divino. Porque la tolerancia divina consiste en demorar el juicio, dando tiempo a que los pecadores se arrepientan: “Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30); “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

Por tanto, como pasó con Francisco de Asís, la verdadera tolerancia cristiana sí evangeliza, anunciando al mundo el amor de Dios en su Hijo Jesús, y llamando a una nueva vida en Cristo.

(Artículo basado en la columna radial Tolerancia, religión y violencia, emitida por Radio Transmundial).

28 Sep '16

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