LA FE PERJUDICIAL PARA LA SALUD – Por Dr. Álvaro Pandiani

Hace un tiempo atrás se me propuso la pregunta: ¿por qué razones un creyente puede enfermarse?, no puedo negar que me sorprendió. Ante una interrogante como ésta, la primera reacción lógica parecía encogerse de hombros y decir: por las mismas razones que cualquiera se enferma: problemas cardíacos, infecciones, cáncer, enfermedades degenerativas, somatización de situaciones de estrés, y también trastornos emocionales, disturbios psicológicos y, aunque a muchos evangélicos proclives a un espiritualismo a ultranza les rechine, enfermedades psiquiátricas, que no tienen nada que ver con espíritus malignos ni demonios. Pero lo que para unos puede estar claro, pues lo vemos cada día en el ejercicio de la profesión, para otros no lo está tanto; y para otros resulta inaceptable. Sin embargo, la experiencia es terminante e irrefutable: los creyentes enferman.

Sí, enferman igual que los no creyentes; o casi igual, pues el verdadero creyente en Cristo, el que ha entregado al Señor todo su ser, con sus debilidades y defectos, generalmente es libre en forma definitiva de los vicios que tanto daño pueden hacer en varias áreas de la salud humana, pero que tienen un indiscutible efecto nocivo sobre el organismo. Fuera de eso, la experiencia de quebrantamiento de la salud, a veces por enfermedades agudas con buena evolución y curación, a veces por enfermedades crónicas, que requieren tratamiento permanente para tener una calidad de vida cercana a la normal, y otras veces por enfermedades sin esperanza de curación – para la ciencia médica – es la misma. Los cristianos no estamos en ninguna torre de cristal respecto a la enfermedad; nunca lo estuvimos. Por supuesto que Él guarda el alma de sus santos (Salmo 97:10), y que Jesús está con nosotros hasta el fin del mundo (Mateo 28:20); pero eso implica que ante las luchas, pruebas y adversidades de la vida, Él estará a nuestro lado. La enfermedad es, qué duda cabe, una adversidad, pues rompe con el desarrollo de una vida normal, genera dolor, sufrimiento y limitaciones, produce incertidumbre respecto al porvenir, y además puede interferir con la capacidad de trabajo y desempeño personal, provocando repercusiones en la economía individual y hogareña; asimismo distorsiona la vida familiar, y en algunas oportunidades obliga a abandonar proyectos y expectativas de futuro. En estas y otras situaciones, la Biblia dice que el Señor estará con nosotros, y nos dará fortaleza, consuelo y esperanza; y a veces, pero no siempre, nos dará la salida que nos permita regresar a una vida normal. Pero jamás dice que no enfermaremos.

El apóstol Pablo es en muchos aspectos paradigma del discípulo de Jesucristo que sigue a su Maestro hasta las últimas consecuencias, con fe, dedicación y consagración. El relato que Lucas hace del impacto de Pablo en la ciudad de Éfeso es electrizante (Hechos capítulo 19); entre otras cosas, nos informa que por mano de Pablo, Dios hizo allí milagros extraordinarios: los enfermos sanaban, y los espíritus malignos salían de sus víctimas. No obstante, en Gálatas 4:13,14 nos encontramos a ese mismo Pablo que sanó a otros, o que para ser más exactos, fue usado por Dios para sanar milagrosamente a muchos, escribiendo lo siguiente: ustedes saben que a causa de una enfermedad del cuerpo les anuncié el evangelio al principio; y no me despreciaron ni rechazaron por la prueba que tenía en mi cuerpo. En otras palabras, ni el gran apóstol, usado por Dios en Éfeso como canal de su poder, fue ajeno a la experiencia de enfermedad. Ni tampoco sus colaboradores; a Timoteo le recomienda: ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y tus frecuentes enfermedades (1 Timoteo 5:23); y de otro de ellos dice: a Trófimo dejé en Mileto, enfermo (2 Timoteo 4:20).

Entonces, impresiona que una actitud más equilibrada y madura es aceptar la enfermedad, incluso cuando afecta a un creyente, como parte integrante del proceso de la vida; un proceso que se desarrolla como Dios lo ha estipulado, del mismo modo para todos los seres humanos, en el que Dios a veces interviene, si Él quiere y cuando quiere, pero otras veces no. Y eso debe llevarnos a confiar en Dios también en esta área, lo cual indudablemente tendrá un efecto muy positivo en nuestra salud física, psicológica y espiritual, pero no caer en una fe sobredimensionada, sin sustento bíblico, que nos haga indolentes en el cuidado de nuestra salud. Tal fe sobredimensionada puede hacernos caer en una severa contradicción; una contradicción consistente en que esa fe, descentrada y fuera del adecuado marco bíblico, ponga en riesgo nuestra salud, por no recurrir en el momento oportuno a buscar ayuda, cuando experimentamos síntomas que podrían corresponder a una enfermedad seria, y por supuesto por no ir a practicarnos los controles rutinarios que, hoy por hoy, las autoridades sanitarias recomiendan a todas las personas, incluso cuando se sienten bien y están aparentemente sanas. Entonces preguntamos: ¿tener fe, esa clase de fe, puede ser perjudicial para nuestra salud? Y respondemos: sí, ese tipo de fe, que no es la fe salvadora que Jesús nos invitó a tener, puede no beneficiarnos, sino dañarnos. Por lo tanto, es importante que respondamos claramente la siguiente pregunta: ¿De qué hablamos cuando decimos fe sobredimensionada, descentrada, sin sustento ni marco bíblico?

He conocido extremismos de opinión en relación a este tema, algunos de los cuales esbocé y comenté en otras oportunidades en que también me acerqué al mismo. Siempre voy a agradecer que un hermano en la fe me preguntara, cuando aún era estudiante universitario (hace muchos años): “¿estudiás medicina?; ¿y cómo vas a predicar que Cristo sana si estudiás medicina?” Eso me impulsó a pensar y analizar mucho sobre el tema. Recuerdo cristianos que me consultaban acerca de sus enfermedades, siendo yo estudiante de medicina. No consultaban médico, para no ser criticados por quienes consideran que los enfermos sólo deben orar. Recuerdo a un evangelista muy popular en el Río de la Plata contar durante una multitudinaria campaña cómo se empecinó en no llevar un hijo suyo al médico, y sólo hizo oración durante seis días, mientras una infección terrible se extendía por la pierna del niño. Según él, al final Dios lo sanó. Y es que, aún cuando nosotros actuemos imprudentemente, Dios puede ser misericordioso. Pero eso sí, no estamos autorizados a “tentarlo”; es decir, ponerlo a prueba. Y además, ¿para qué someter al niño a esos seis días de sufrimiento?

La fe sobredimensionada y descentrada, por no decir descerebrada, no es la fe bíblica, pero sí es la fe enseñada por evangelistas y predicadores que usan y abusan del ministerio de sanidad para convocar gente a sus campañas y reuniones multitudinarias, a celebrarse al aire libre o en estadios. Es la fe del que enseña que la enfermedad es obra del diablo, y olvida que Pablo habló de su “aguijón en la carne” como un mensajero de Satanás que cumplía un propósito de Dios (2 Corintios 12:7); es la fe del que enseña que siempre que se ora con “fe” Dios sana, y olvida que Pablo pidió a Dios ser librado de ese “aguijón en la carne”, y Dios le respondió que no (2 Corintios 12:8,9); es la fe del que enseña que siempre debe buscarse la sanidad del Señor, y olvida que, por ejemplo, Pablo hace recomendaciones terapéuticas a su discípulo Timoteo (1 Timoteo 5:23). Es la fe del que recomienda, justamente, esa clase de actitudes desequilibradas: no ir a consultar al médico, no tomar medicamentos, no hacerse chequeos. Esa clase de actitudes, propias de esa “fe” desequilibrada, muy común entre los evangélicos pero sin sustento bíblico, evoca una comprensión incompleta de la fe salvadora en Jesús que nos muestra el Nuevo Testamento.

Llamativamente, nadie parece recordar o tener en cuenta un pasaje de la Biblia tan vinculado con el cuidado de la salud, como el de Efesios 5:29, donde el apóstol Pablo asegura que “nadie odió jamás a su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, como también Cristo a la iglesia”. Imagino que a Pablo le herviría la sangre, si supiera que la fe en Cristo que él tanto predicó, se convertiría en excusa para que los cristianos no sustenten ni cuiden su propio cuerpo, sino que lo descuiden; que no vayan al médico, no se hagan chequeos, no cuiden su dieta, no controlen su presión arterial, no hagan ejercicio, y ni siquiera vayan al dentista, salvo cuando una muela duele mucho.             ¿Cómo no entendemos que, según Efesios 5.29, la forma en que el cristiano cuida su salud es figura de cómo Cristo cuida a la Iglesia? ¿Qué ejemplo damos acerca del cuidado de Cristo por su Iglesia, si no cuidamos nuestra salud?

Recuerdo un pastor que conocí siendo estudiante de medicina. Este hombre, radiante en su fe, lleno de amor y de fervor, era muy, pero muy obeso. Un día debió ser operado de urgencia por su vesícula, y como sucede con las cirugías de urgencia en personas muy obesas, sufrió complicaciones que lo llevaron a la muerte. No tenía aún cuarenta años de edad. Los cristianos nos consolamos ante una muerte prematura, repitiendo que fue voluntad de Dios, pero, ¿y si se hubiera cuidado?, ¿y si hubiera hecho dieta y ejercicio? Como indican los médicos.

Recordemos que cuando el diablo invitó a Jesús a saltar del pináculo del Templo, el Señor optó por no saltar. Ese episodio del evangelio siempre me resultó revelador, y su aplicabilidad a este tema de fe y salud tan obvia, que huelgan explicaciones. Sin embargo, merece comentarse que cuando Satanás incitó a Jesús a saltar, lo hizo recurriendo a un pasaje de las Escrituras, aunque fuera de contexto (fuera del marco bíblico); como si le hubiera dicho: saltá al vacío nomás, que está escrito en la Biblia que Dios te va a salvar, a lo que Jesús contestó que no debía tentar (poner a prueba) a Dios (Mateo 4:5 – 7). Si hacemos un ejercicio de imaginación, ¿no es muy parecido a que un predicador que enseña una fe sobredimensionada, fuera de contexto y de marco bíblico, diga a un enfermo: no vayas al médico, no tomes tus medicamentos, que la Biblia dice (por ejemplo), Jehová es tu sanador (Éxodo 15:26; palabras dichas a Moisés hace tres mil quinientos años, en un tiempo, lugar y situación muy diferentes).

Entonces, no saltemos al vacío. Por supuesto que debemos orar, clamar y rogar a Dios con fe; pero con una fe puesta en un Dios que sabe lo mejor para nosotros, y cuya voluntad se cumplirá para nuestro bien, por lo cual buscar esa voluntad divina debe guiar nuestras oraciones y súplicas, por encima de todo. No, no debemos saltar al vacío, sino recordar que Dios nos dio inteligencia para saber qué debemos y qué no debemos hacer. No pongamos arrogantemente a prueba a Dios.

Cuidemos nuestra salud.

 

(Artículo basado en la columna radial Fe y salud un tema permanente, emitida por Radio Transmundial).

 

24 jul '16

Deja un comentario

*