RADICAL CON MEDIAS TINTAS

 – Dr. Álvaro Pandiani –

Quienes al momento actual profesamos y vivimos la fe cristiana, adherimos a lo escrito en la Palabra de Dios, la Biblia, como única regla de fe y conducta. Y cuando logramos un entendimiento cabal de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, podemos mirar los dos mil años de historia cristiana que nos preceden para evaluar hechos, situaciones y personas. Podemos, y yo creo que deberíamos observar esa historia, pues de la misma surgen enseñanzas jugosas, cuando la miramos a contraluz de lo escrito en la Biblia.

Un hecho interesante que merece considerarse sucedió a principios de la Edad Media. En el año 496 después de Cristo el rey Clodoveo, de la tribu de los sicambros, perteneciente a la nación de los francos, se convirtió al cristianismo. Clodoveo estaba casado con Clotilde, una princesa cristiana. Ante una invasión alemana, el rey rogó al Dios de su esposa por la victoria, prometiendo creer en Él y bautizarse si la respuesta era positiva. Habiendo vencido al enemigo, cumplió su promesa presentándose en la ciudad de Reims, donde le esperaba el obispo Remigio para bautizarlo. Según la Enciclopedia de Historia de la Iglesia (Vila – Santamaría; Editorial Clie, España, 1979. Pág. 276), Remigio le dijo al rey: “quema lo que has adorado, y adora lo que has quemado”, expresión que da una pauta de la radicalidad del cambio al cual el obispo llamaba al rey, al iniciar su vida cristiana. A la luz de la Biblia, un llamado semejante a una transformación radical es congruente con el anuncio de vida nueva en Cristo que el Nuevo Testamento nos presenta por boca de Jesús y los apóstoles; es un llamado coherente con la idea del nuevo nacimiento, tan recurrente en los evangelios y epístolas. “El que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios”, le dijo Jesús a Nicodemo (Juan 3:3), y la predicación posterior de los apóstoles fue acorde a dicha afirmación. Como por ejemplo cuando Pablo y Bernabé dijeron a los habitantes de la ciudad de Listra, que les querían ofrecer sacrificio como si ellos fueran dioses del panteón romano: “Nosotros también somos hombres semejantes a ustedes, que les anunciamos que de estas vanidades se conviertan al Dios vivo” (Hechos 14:15); estas palabras convocaron a aquellas personas a un cambio dramático de creencias religiosas y práctica de fe, y recuerdan – o más bien, son evocadas – por la expresión de Remigio de Reims al rey Clodoveo.

En vista de lo que sabemos – por la historia – que sucedió con la fe cristiana una vez que el cristianismo se hizo religión oficial del Imperio Romano, y luego durante la Edad Media, llama verdaderamente la atención lo drástico del cambio propuesto por el obispo Remigio. Esa fue una época en que la fe radiante de hombres y mujeres, que habían recibido gozosos el perdón de sus pecados y la nueva vida en Cristo, como vemos en el Nuevo Testamento, esa fe radiante se había diluido derivando en una religión formalista y dogmática; estamos hablando de fines del siglo V d.C., principios de la Edad Media. Y para usar una expresión cinematográfica, esta situación empeoraría antes de mejorar, pues la experiencia sorprendente y renovadora del nuevo nacimiento por la fe en Cristo prácticamente dejó de existir, y salvo excepciones escasas aunque dignas de mención, no fue rescatada hasta después de haberse iniciado la Reforma Protestante. “Quema lo que has adorado, y adora lo que has quemado”; desde la comprensión que tenemos los cristianos evangélicos de la actualidad acerca de la fe cristiana, y cómo tanto la doctrina como la práctica cotidiana de nuestra fe debe basarse exclusivamente en lo escrito en la Biblia, uno querría imaginar al rey Clodoveo experimentando una transformación espiritual portentosa, y emergiendo de la misma como un cristiano nacido de nuevo, lleno del Espíritu Santo. Pero esa es nuestra visión actual de la obra de Dios en la vida del pecador arrepentido, aunque entendemos que tal visión está fundamentada en la Biblia. No sabemos si en realidad eso fue lo que sucedió con este monarca medieval, si experimentó una conversión como la de Saulo de Tarso, o la de Agustín de Hipona. No queda claro si Clodoveo pasó por tal conversión; lo que sí está claro es que su nombre no pasó a la historia como el de un hombre de Dios, santo y consagrado, al igual que aquellos, y que quienes lo rodeaban no vivieron una experiencia similar, ni mucho menos.

Porque con el rey Clodoveo bajaron a las aguas bautismales tres mil de sus guerreros; esto caracterizaría la extensión del cristianismo durante toda la Edad Media: convertido un rey al cristianismo, todo su ejército – y todo su pueblo – debía abrazar la misma religión. Incluso sabemos que durante la cristianización de América por los conquistadores europeos la Iglesia utilizó este expediente: lograda la conversión de un cacique, todo su pueblo debía pasar por el bautismo, con lo cual se conceptuaban cristianos. Esta conversión compulsiva explica gran parte del enrarecimiento de la fe cristiana, y su infiltración por ideas y doctrinas paganas; generaciones de cristianos, convertidos a la fuerza, carecieron de esa convicción de pecado que lleva al arrepentimiento, y al gozoso descubrimiento del amor y el perdón de Dios en Jesucristo del cual hablamos, todo lo que fue rescatado por el regreso a la Biblia impulsado por la Reforma Protestante. Pero volviendo al bautismo de Clodoveo y sus soldados, aquel lejano día del año 496 después de Cristo, se cuenta que aquellos tres mil guerreros, al ser sumergidos en la aguas del bautisterio, dejaron un puño fuera del agua. Luego de la ceremonia, cuando se les preguntó el por qué de esa conducta, respondieron que ese puño no bautizado lo utilizarían para vengarse de sus enemigos.

Algunas cosas podrían aducirse para explicar – tal vez hasta para justificar – esa conducta. Eso que a los cristianos del siglo XXI nos suena inadmisible en personas que profesaron fe cristiana, reservar uno de sus miembros para tomar venganza de sus enemigos, y la violencia contenida en el ánimo y la resolución de continuar haciendo la guerra, resulta extraño e intolerante, y por lo tanto condenable en nuestra época (como si nuestra civilización hubiera sido capaz de erradicar la violencia). Por supuesto, podría aducirse que tal acto debería evaluarse en el contexto de una cultura medieval bárbara y primitiva, para cuyos miembros la guerra era su modo de vida. Sin embargo, el evangelio que llama a la paz y al amor a los enemigos no procede del siglo XXI, sino que fue predicado por Jesús de Nazaret hace dos mil años, y antecedió en casi quinientos años a este hecho histórico que estamos comentando. La buena prensa que la tolerancia, la paz y el repudio a la violencia tienen hoy día en occidente – pese a que occidente no practica enteramente lo que predica – es fruto indiscutible de la herencia cristiana más remota, la que proviene de los mismos orígenes de nuestra fe, y está escrita en las páginas del Nuevo Testamento de la Biblia. Lamentablemente, la propia civilización que más tarde – y por casi mil quinientos años – se llamó cristiana, deformó en grado sumo ese espíritu de amor, de perdón y reconciliación contenido en el evangelio de Jesús; este hecho histórico que estamos comentando es una muestra de cómo, a menos de quinientos años de iniciada la era cristiana, la Iglesia había perdido el poder de implantar un nuevo espíritu en las personas, moldeando así las naciones y la civilización. Es verdad que durante mil quinientos años la Iglesia moldeó la civilización occidental, tanto que se dio en llamar occidental y “cristiana”; pero jamás conquistó efectivamente los corazones de todos sus miembros, ni logró ajustar la vida y costumbres de las comunidades a los parámetros originales del evangelio, tal como aparecen en el Nuevo Testamento. Si nosotros miramos lo escrito en el evangelio, por ejemplo la parábola del sembrador, en la cual vemos que sólo una cuarta parte de la semilla dio verdadero fruto, tampoco debería sorprendernos.

Por otro lado, el puño no bautizado es síntoma de la pésima instrucción brindada a esos tres mil catecúmenos que entraron en las aguas bautismales. Evidentemente, ellos creyeron que el bautismo era una suerte de rito mágico que, al volverlos cristianos, los incapacitaría para empuñar la espada y luchar; por eso reservaron el brazo necesario para pelear. Con todo, no deja de ser llamativo que estos tres mil soldados entendieron de lo que se les dijo que, al hacerse cristianos y bautizarse, ya no podrían practicar la violencia como antes. Parece que una semilla de paz aún pervivía en la instrucción cristiana que se les brindó. Y es ese factor, la instrucción cristiana, otro de los aspectos que merece reflexión. Porque aunque lo que a primera vista se desprende de este relato es la ignorancia y superstición de aquellos que pasaron a llamarse cristianos, sentando las bases de la vida religiosa y espiritual deplorable que – como dijimos – salvo excepciones caracterizó los siguientes mil años (toda la Edad Media), el elemento a destacar como responsable de este fenómeno es la ineptitud de los maestros y pastores del momento – clérigos, sacerdotes, monjes, era lo que había – quienes brindaron una deficiente enseñanza cristiana, resultando en un cristianismo nominal, externo, adornado por señales obvias de un persistente paganismo de corazón. Con esta consideración presente, este hecho resulta un ejemplo puntual de un algo que hoy en día es ampliamente conocido y aceptado: la capital importancia de una adecuada enseñanza brindada a aquellos que inician un camino, sea instrucción formal, una profesión o educación para la vida. La sabiduría del Antiguo Testamento contenida en el libro de los Proverbios nos dice: “Instruye al niño en su camino, y ni aún de viejo se apartará de él” (22:6). Este es un pasaje muy citado entre evangélicos, a la hora de resaltar la importancia de evangelizar y brindar enseñanza bíblica a niños y niñas, de modo de incorporar en la estructura de sus mentes en formación los principios y preceptos de la Palabra de Dios. Pero también aplica para las personas recién convertidas a Cristo, los “niños espirituales” como se les llama habitualmente en las iglesias evangélicas, a los que se les debe brindar – esa es una responsabilidad de los ministros de la Palabra – una adecuada enseñanza bíblica, pensando esto: que así como las virtudes de una sana instrucción bíblica al inicio del andar cristiano edificarán una vida espiritual saludable, los vicios emanados de malas interpretaciones de las Escrituras, de distorsiones de la doctrina bíblica, o de creencias y prácticas que no tienen un claro y sólido fundamento en la Palabra de Dios, derivarán en una espiritualidad contaminada por una comprensión parcial de la Biblia y una apertura a formas de devoción con aspecto de piedad, pero sin base bíblica.

Pastores, ministros, maestros, evangelistas, predicadores, ¿cómo estamos enseñando el evangelio hoy en día? ¿Qué les estamos enseñando a los cristianos, y a aquellos que quieren, anhelan y necesitan tener un encuentro con Dios, y vivir su vida en comunión con Cristo? Los ejemplos de la historia cristiana, como el que recordamos hoy, y también muchos de la actualidad que cada uno evocará a partir de esta reflexión, ilustran la importancia de dedicar una meditación detenida y seria a estas interrogantes.

 

(Artículo basado en la columna radial El puño no bautizado, emitida por Radio Transmundial).

 

Imagen: Dreamstime

22 May '16

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