LOS OJOS QUE VIGILAN DESDE EL CIELO

 – Dr. Álvaro Pandiani –

El testimonio de la historia cristiana da fe de cómo el ser humano, bien que creyente y en busca de honrar a Dios, ha torcido y retorcido una y otra vez la sana espiritualidad y relación con el Padre Celestial, tal como Cristo la predicó y mostró en su propia vida, y de acuerdo a lo enseñado por los apóstoles, desarrollando formas de piedad y devoción que numerosas veces rayaron en el fanatismo extremo y delirante, amén de carente del más mínimo apoyo o sustento bíblico, y reprobable tanto desde el punto de vista divino como humano.

Inevitablemente, a lo largo del tiempo la fe y devoción de los cristianos se corrompió una y otra vez con ideas provenientes del paganismo; un paganismo multiforme, manifestado en religiones diversas que en definitiva han expresado – y expresan – el intento del ser humano de acercarse a la Divinidad para conocerla, lograr su concurso en las cosas humanas, obtener su favor o aplacar su ira motivada por los pecados del hombre. Siempre los hombres y mujeres que han desarrollado sistemas religiosos han considerado que el Supremo Creador de todo lo que existe, tanto más grande y sublime cuanto mayor su visión del universo, se interesaba lo suficiente en este pequeño mundo y sus habitantes como para, por lo menos, enfurecerse cuando los mismos no obedecían sus preceptos y mandamientos.

Cabe consignar que el concepto de Dios que expresa la Biblia es sorprendentemente vasto, hasta la infinitud; en palabras de Salomón, el gran rey de Israel: “los cielos, y los cielos de los cielos, no te pueden contener” (1 Reyes 8:27). Imbuidos de esa idea de la grandeza infinita del Dios en el que creían, aquellos antiguos israelitas consideraron que, para ese Dios, el prestar atención a los asuntos humanos constituía casi rebajarse, o disminuirse; pero sin embargo lo hacía: “¿Quién como Jehová, nuestro Dios, que se sienta en las alturas, que se humilla a mirar en el cielo y en la tierra? Él levanta del polvo al pobre y al menesteroso alza de su miseria” (Salmo 113:5 – 7). Llamativamente, en la mayoría de las religiones el amor de la Divinidad por sus criaturas ha ocupado un lugar secundario, en relación al interés casi policial por el cumplimiento de las reglas, y la ira por su incumplimiento por parte de los mortales. Fue por eso que el mensaje inicial del evangelio cristiano, un mensaje de amor de la Divinidad por el ser humano perdido – un amor que llegó al sacrificio del Hijo de Dios por la salvación de todos – resultó tan novedoso y atractivo, de modo que en pocas décadas el cristianismo se había extendido por todo el Imperio Romano. No se está diciendo aquí que las religiones paganas no incluyeran en su idea de la relación entre la Divinidad y el ser humano el amor de aquella por éste; sí que no era el motivo primordial de los dioses para hacer algo por los hombres, ni era la motivación fundamental de éstos para adorar a sus dioses. El sacrificio sí era – y es – parte central de la devoción religiosa en la mayoría de los sistemas religiosos, incluido el judaísmo, y también el cristianismo; por abrumadora mayoría, el sacrificio hecho por el adorador para obtener el favor, o aplacar la ira, de la Divinidad. Otra vez, el cristianismo exhibe la originalidad, presente en muy pocos mitos previos, de la Divinidad haciendo el supremo sacrificio a favor de sus criaturas. La originalidad de este concepto y la historicidad de la persona de Jesucristo constituyen la piedra fundamental de la singularidad del cristianismo.

Con todo, con el paso del tiempo la idea del sacrificio ofrecido a la Divinidad para aplacar su ira por los pecados humanos – y apartar el castigo merecido por tales pecados – infiltró la doctrina cristiana, y se incluyó en los dogmas a ser creídos por los fieles. La cristianización sin auténtica conversión y cambio interior tuvo mucho que ver en eso. Los cristianos empezaron a recibir como enseñanza que, presentando ofrendas en los altares de las iglesias cristianas, e incluyendo en sus devociones personales actos de sacrificio, podían agradar a Dios, sosegar la cólera divina, y ser mirados con favor por los ojos que vigilan desde el cielo. En situaciones extremas, como hambrunas, epidemias, reveses militares o debacles económicas, las masas convulsionadas, asustadas y delirantes, llegaron a concebir que era requerido el sacrificio – la ejecución por motivos religiosos – de colectivos enteros, en general minorías de las que se desconfiaba, o a las que se despreciaba. Los cristianos repetidamente olvidaron que sus antepasados espirituales habían sido sindicados por los emperadores y el pueblo de Roma como responsables por plagas y derrotas militares, debido a su negativa a adorar los antiguos dioses romanos, siendo perseguidos y asesinados; olvidaron eso, y buscaron culpables para ofrecer como víctimas en el altar de su ignorancia del verdadero evangelio de Jesús. Los extranjeros, y sobre todo los judíos, pagaron periódicamente por esa ignorancia pagana y supersticiosa. Pero a lo largo de varios siglos, el ganar el favor de la Divinidad mediante actos personales de sacrificio formó parte del sistema de creencias implantado en la cristiandad; ofrendas – estimuladas por un clero ávido de dinero – peregrinaciones, y otras prácticas de devoción individual, condujeron a generaciones de cristianos nominales a sostener la ilusión de haberse ganado la buena voluntad de Dios. Y en ocasiones, esos actos personales de sacrificio llegaron a extremos atroces y cruentos.

Corría el año 1259 de la era cristiana cuando la hambruna y las guerras en que estaba sumergida la Europa medieval impulsaron a las masas a creer que había llegado el fin del mundo, profetizado algunas décadas antes por un monje llamado Joaquín de Fiore. Entonces, muchos se lanzaron a recorrer las calles armados con un azote (flagella), con el cual cada devoto se castigaba a sí mismo, convencido de la eficacia sacramental de tal conducta, de que la flagelación purificaría sus almas de todo pecado, para así evitar la ira de Dios y unirse con Cristo. Casi un siglo después, cuando la epidemia de peste negra arrasaba Europa, los flagelantes aparecieron nuevamente, regando las calles con la sangre de las heridas que ellos mismos se infligían. La barbarie llegó a tal extremo, que la propia Iglesia condenó y reprimió estos movimientos espontáneos de piedad popular, los cuales finalmente desaparecieron.

La sana curiosidad que impulsa a muchas personas a tratar de entender, a saber, a conocer el por qué de las cosas, se vuelve urgencia por comprender cuando las circunstancias son adversas y todo va mal, cuando la desgracia o el infortunio golpean sin compasión. Las adversidades son una realidad de la vida, y los cristianos nos vemos enfrentados a las mismas, como toda persona. Y también buscamos un por qué. Bien que nos gusta que nos digan que Dios nos librará, y lo hará “ya”, de todo padecimiento y prueba, también nos preguntamos el por qué de dicha prueba, sobre todo cuando el sufrimiento se prolonga en el tiempo. Además, nuestro concepto de Dios como Todopoderoso implica creer que Él está al control de todo, que nada se le escapa. Por lo tanto, si algo va mal en nuestra vida, salud, familia, iglesia, consideramos que debe haber un por qué.

El problema, muy común entre los cristianos evangélicos, es cuando ese por qué de las adversidades que Dios permitió en nuestra vida – lo que sucede, sucede porque Dios lo permitió, pues Él está al control de todo, y nada se le escapa – se busca exclusivamente en culpas y pecados que uno ha de haber cometido, y no confesó, ni se arrepintió ni se apartó; en otras palabras, podemos incurrir en el error de autoflagelarnos por pecados imaginarios que explican las situaciones difíciles por las que atravesamos. Está muy bien examinarnos a nosotros mismos, como recomienda el apóstol Pablo: “Si…nos examináramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Corintios 11:31), y tratar de librarnos de los errores ocultos, como rogó el salmista a Dios: “¿Quién puede discernir sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos” (Salmo 19:12); también es correcto, en determinados momentos de nuestra existencia, hacer una completa revisión de vida como Job demostró haber hecho (capítulo 31). Lo que no está nada bien es que, como nuevos flagelantes, incurramos en el error de los amigos de Job, quienes no fueron capaces de imaginar otra explicación – otro por qué – para las desgracias del patriarca, que el pecado que éste ocultaba y se negaba a confesar. Incapaces de comprender que Dios puede tener otros propósitos para permitir que el infortunio caiga sobre sus hijos, interpretaron que nada sino el castigo por el pecado podía dar razón de los padecimientos de Job, y azotaron a su amigo con sus duras acusaciones. Así, indirectamente atribuyeron a Dios un carácter miope y mezquino. Y al final, debieron oír un veredicto paralizante, cuando Dios se dirigió a Elifaz – quizás el más anciano de los tres – y le dijo: “Mi ira se ha encendido contra ti y tus dos compañeros, porque no habéis hablado de mí lo recto, como mi siervo Job” (Job 42:7). Pese a la claridad del desenlace del drama de Job, al alcance de todo creyente y de toda persona que lea atentamente y con mente abierta este libro del Antiguo Testamento, persiste esta idea entre cristianos, quienes a su vez la comunican a los no creyentes en sus conversaciones informales, en su testimonio pretendidamente evangelístico, o en sus lamentos por las situaciones difíciles, los reveses y las circunstancias dolorosas que deben atravesar: si sucedió algo malo, si algo salió mal, o se experimentó un fracaso, debe ser un castigo por un pecado oculto y no confesado. Así, al dolor del momento se añade el azote de una interpretación en apariencia piadosa, pero errónea, que empequeñece la grandeza de Dios, transformándolo en un simple guardián del recto proceder, o en un policía de la moral, y ese es el Dios que mostramos al resto de las personas, en vez de darles testimonio de un Dios que es amor, y entregó a su Hijo en sacrificio máximo por nuestros pecados, por amor.

Quizás estos nuevos flagelantes, que buscan culpas y pecados propios y ajenos a la hora de explicar las adversidades que a los cristianos también nos toca enfrentar, harían bien en leer los capítulos 38 al 41 del libro de Job, en los cuales Dios finalmente habla con el patriarca. ¡Y qué sorpresa se llevarían al ver que Dios no le da ninguna explicación a Job por haber permitido tales padecimientos! Solamente le hace ver la grandeza de Su obra y la majestad de la Persona Divina, al punto de significar para Job una experiencia de descubrimiento espiritual y revelación personal que sobrepujó cualquier conocimiento previo de Dios.

Buena cosa es, entonces, aflojarle al látigo y ejercitarse en la compasión. Es una vergüenza cuando en los momentos difíciles los mundanos e inconversos son más comprensivos y misericordiosos que los propios hermanos en la fe. Cuántas veces he oído de personas creyentes cómo los de afuera actúan con más compasión que los de adentro de la iglesia, más preocupados estos por “la espiritualidad y el buen testimonio”, que por sanar las heridas y aliviar los dolores del alma. Vivamos, por tanto, el amor fraternal, recordando que Jesús dijo: “Misericordia quiero, y no sacrificio” (Mateo 9:13).

 

(Artículo basado en la columna radial El azote de la piedad, emitida por Radio Transmundial).

 

 

20 Abr '16

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