LA FE Y EL RELATO EVANGÉLICO

– Dr. Álvaro Pandiani –
El siguiente es un relato verídico que muestra una característica peculiar de los creyentes en relación a la fe, y a sobre qué nuestra fe se fundamenta. En una iglesia evangélica de Montevideo cuyo templo tenía un amplio fondo, se había edificado una pieza con baño. En ese lugar se le había dado para vivir a uno de los jóvenes de la congregación. El muchacho no era muy despierto, según quién me contó esto, hace muchos años. Pero era un chico entusiasta y fiel, y se le había cedido esa pieza pues al ser del interior del país y estar lejos de su familia, no tenía otro lugar donde vivir. Una noche de verano, uno de los jóvenes de esa iglesia, que vivía a una o dos casas por medio del templo, se desveló, y mientras pasaba las horas de la madrugada sin poder dormirse, se le ocurrió divertirse un poco a costa del chico que vivía en el fondo de la iglesia. Entonces salió, trepó al techo, y saltando los techos de las casas linderas, llegó a la pared medianera junto a la cual se levantaba la pieza. Entonces empezó a golpear el techo de chapa y a llamar al otro chico, con una voz pretendidamente de ultratumba, diciendo: “Fulano… Fulano”. Repitió tres o cuatro veces el nombre del muchacho que vivía ahí abajo, hasta que de pronto escuchó que el otro gritaba: “Heme aquí, Señor”. Entonces el chistoso se dio cuenta que la broma se le había ido de las manos, pues el otro había interpretado algo muy diferente a lo que él pretendía. Y lo único que se le ocurrió para salir del paso fue decirle: “esfuérzate y sé valiente”, y después se mandó mudar. Al día siguiente, el pobre chico que vivía a los fondos de la iglesia estaba meta contarle a todo el mundo que Dios lo había visitado por la noche, para decirle que debía esforzarse y ser valiente, y el chistoso no tuvo corazón para confesarle la verdad de cómo habían sido las cosas.
Más allá de las sonrisas que una anécdota de este tipo puede provocar, o no, merecen comentarse algunas características de este suceso. En primer lugar tenemos al chistoso, quién estando aburrido y molesto por una noche de insomnio, no tuvo mejor idea que ir a molestar a un amigo, haciéndole una broma pesada; esto podríamos atribuírselo a la irresponsabilidad propia de la juventud. El que haya ido solo en medio de la noche a gastar la broma que había ideado sugiere algunas cosas sobre su personalidad. Pero lo que nos interesa en esta consideración es el objetivo de la broma: asustar al otro llamándolo por su nombre, en medio de la madrugada, con un tono de voz cinematográficamente ultraterreno. Ostensiblemente, el fin era provocar en el otro una interpretación sobrenatural, que el muchacho lo tomara como la aparición nocturna de un fantasma o espíritu que llegaba para reclamar algo. Aunque es más que probable que el chistoso supiera que, en caso de darse, la interpretación sobrenatural duraría lo que durara el susto inicial, y que luego la víctima saldría en busca del bromista.
El problema es que la interpretación sobrenatural efectivamente se dio, pero en otra dirección. Porque – en segundo lugar – tenemos a la víctima de la broma, un chico que, como ya se dijo, no era muy avispado, pero que indudablemente era sincero en su fe, y estaba imbuido de las enseñanzas impartidas en la iglesia. Esto último se nota ya en la formas del idioma español que salen en el muy breve diálogo con la “voz” que le hablaba desde el techo, que él creyó era el mismísimo Dios. Porque en nuestro hablar cotidiano nosotros no decimos “heme aquí”, para anunciar que estamos en un lugar; nuestra forma de hablar es, para este caso, “aquí estoy”. El “heme aquí” nos recuerda la expresión del profeta Isaías, cuando tuvo la visión de Dios en el templo, preguntándose a quién enviaría para predicar a Israel (Isaías 6:8). Pero nos recuerda la expresión según como se lee en el idioma español de la Biblia traducida por Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, es decir la Versión Reina Valera, muy extensamente usada por los evangélicos de habla española de toda Hispanoamérica; un idioma español que condiciona y da una identidad propia al lenguaje eclesiástico de los creyentes evangélicos hispanoparlantes. En la Versión Popular, la misma expresión de Isaías se traduce: “aquí estoy yo”. De igual modo, el “esfuérzate y sé valiente” evoca las palabras de Dios a Josué según la Reina Valera (Josué 1:9); nosotros en el habla cotidiana no lo expresaríamos así, sino que diríamos: “fuerza, adelante, a no echar para atrás”. De hecho, en la Versión Popular dice “Yo soy quién te manda que tengas valor y firmeza”.
Hacer mención al peculiar español de la Biblia de Reina Valera, y a las formas de lenguaje que condiciona cuando hablamos entre nosotros los evangélicos, es importante desde el momento que describimos una característica cultural del pueblo cristiano evangélico; pueblo que tiene otras características, que surgen de su adhesión a la doctrina cristiana, y de las cuales hoy nos interesa las que tienen que ver con cómo se procesan las experiencias de fe, cuando estas experiencias comienzan a circular entre los creyentes como relatos de sucesos y vivencias personales del cristiano con Dios. Concretamente, y tomando como ejemplo al muchacho víctima de la broma de su amigo, creer que unos golpes en el techo y una inesperada voz pronunciando su nombre en medio de la madrugada, eran una manifestación de Dios viniendo en persona a entregarle un mensaje, implican una apertura demasiado fácil y rápida a la interpretación sobrenatural de los sucesos. ¿Se debía eso a que el joven en cuestión no era muy despierto? En parte, podría ser. Pero no debemos olvidar que el hombre, por naturaleza y a lo largo de la historia, ha tendido a tomar como sobrenatural todo aquello que desconoce o no puede explicar, y tanto más cuanto más maravilloso o sorprendente parece. Quizás alguien más despabilado no se habría creído que los golpes nocturnos en el techo eran una especie de “llamado de Dios”; pero otros fenómenos, más sutiles y refinados, pero igualmente inesperados, sorprendentes o desconcertantes, sí pueden ser tomados como sobrenaturales por personas predispuestas a ello. Muchas personas hoy en día pueden estar predispuestas a una interpretación sobrenatural de sucesos en primera instancia inexplicables; y mucho más en esta posmodernidad que procura dejar atrás el árido racionalismo y volcarse hacia el misticismo. Pero entre quienes están predispuestos a la interpretación sobrenatural de los sucesos se cuentan, también, los cristianos evangélicos; enseñados a vivir una vida de fe en la Divinidad, en contacto cotidiano con lo invisible, otorgando trascendencia a cada detalle, considerando real la intervención diaria de Dios en cada aspecto de la vida, puede llegarse a considerar natural y hasta normal que lo extraordinario y milagroso sea parte de todos los días. Los sucesos sobrenaturales y milagrosos pasan a ser la evidencia de que Dios está con nosotros, y en ese proceso estas evidencias se vuelven la base de nuestra fe, en sustitución de la Palabra de Dios. Así, podemos llegar a depositar nuestra fe en el Dios que propicia que nuestra vida esté rodeada de fenómenos extraños – supuestamente maravillosos – o en tales fenómenos extraños, más que en el Cristo de las Sagradas Escrituras de la Biblia. Entonces, tenemos problemas.
Otro relato, nada jocoso y sí muy intrigante, hecho por un joven cristiano, dice así: “en esa época trabajaba de noche, y llegaba a mi casa a eso de las seis y media de la mañana. Era soltero, vivía con mis padres y tenía novia. Una mañana llegué, y luego del desayuno me fui a la cama; durante la noche no había pasado nada en particular, ni el día anterior. Estaba cansado y rápidamente entré en una duermevela. De repente me di cuenta que no estaba solo; al lado mío vi el cuerpo de una mujer. No sabía quién era, no la reconocí. Miré a mi alrededor y vi mi dormitorio, apenas iluminado por la luz del día que entraba por una rendija, ya que había dejado la persiana casi cerrada del todo; pero había suficiente luz para poder ver ese cuerpo femenino. La mujer estaba a mi izquierda, y aunque no habló en ningún momento, me di cuenta que estaba incitándome a tener relaciones sexuales con ella; creo que, de alguna manera, trataba de convencerme de que era mi novia, pero yo estaba seguro que no era ella. Comprendí que algo estaba mal, que eso no podía ser real, pero tampoco era un sueño. Veía mi dormitorio tal como era, y me acordaba bien de haberme acostado solo; tampoco nadie había entrado por la puerta. Creí que estaba siendo objeto de algún tipo de ataque demoníaco, y quise reaccionar. Entonces me encontré con que no podía moverme, ni siquiera abrir la boca. Comencé a gritar en mi mente, llamando a Jesús para que me ayudara y me librara de aquello. Y ahí pasó lo más escalofriante. Como dije, la mujer estaba acostada a mi izquierda, pero cuando mentalmente estaba clamando a Jesucristo, oí una voz en mi oído derecho que me hablaba, y fue bien audible; la voz me dijo que Jesús no iba a prestarme atención, que no me iba a ayudar. Creí que me moría. Seguí clamando a Jesús, hasta que todo aquello desapareció. Entonces fue como si despertara, y todo estaba tranquilo en mi dormitorio. Hice una oración, y luego dormí plácidamente”.
Si estuviéramos en la Edad Media, no dudaríamos en calificar este relato como el ataque de un súcubo; es decir, de un demonio en forma femenina que procura seducir a los hombres en sus sueños, para consumirlos y llevarlos a la perdición. Si fuéramos discípulos de Freud, no vacilaríamos en atribuir todo esto a la energía sexual reprimida de este muchacho; energía sexual que intentó escapar en una ensoñación erótica intensa y extraña, la cual no llegó a una polución por los escrúpulos morales y las creencias cristianas del joven. No debemos ignorar que aún en pleno siglo 21 hay quienes creen en la existencia de los demonios sexuales como íncubos y súcubos, e incluso los invocan; tampoco que, entre creyentes evangélicos, la mayoría no tendría duda de que este relato corresponde a un ataque demoníaco sobre un joven cristiano. El propio joven consideró durante mucho tiempo que esta experiencia, que nunca pudo olvidar, fue un fenómeno sobrenatural.
Sin embargo, la ciencia tiene una explicación perfectamente natural para este fenómeno, el cuál incluso tiene nombre. Según los expertos en la fisiología del sueño, este joven habría sufrido una alucinación hipnagógica. Es curioso y revelador ver que la descripción de una alucinación hipnagógica coincide con casi todos los detalles del relato de esta experiencia. Lo de hipnagógico, o hipnogógico, se refiere al período de transición entre la vigilia y el sueño, a esa “duermevela” en que no estamos ni despiertos ni dormidos. En ese período intermedio los músculos del cuerpo están paralizados, a excepción del corazón, los músculos de la respiración y los músculos de los movimientos de los ojos. El cerebro aún funciona, y uno puede creer que está despierto, cuando en realidad no está en un completo estado de vigilia. En ese estado intermedio, la persona cree ver o escuchar cosas a su alrededor, incluso voces y personas, que en realidad no son reales; si intenta moverse, no puede; si intenta gritar, no logra abrir la boca. Según los expertos, hay personas más propensas que otras a sufrir este tipo de experiencias, y es bastante común que algunas las consideren fenómenos paranormales. Pero aunque suenan muy perturbadores, estos fenómenos son normales, nos dicen, y no tienen trascendencia patológica.
El racionalismo subyacente en esta explicación sugiere que tampoco tienen trascendencia en el sentido espiritualista o sobrenatural. Ahora bien, asimismo resulta curioso que la descripción del ataque de un súcubo, estructurada a partir de leyendas antiguas, también coincide con varios detalles de este relato. No se pretende ahora pontificar en un sentido o en otro: si el fenómeno que perturbó al joven del que hablamos fue una alucinación hipnagógica, o el ataque de un súcubo; interesa conducir la reflexión en otra dirección. El mismo protagonista de este relato – con cuya autorización contamos para reproducirlo, omitiendo por supuesto su nombre – cuando años después supo qué eran las alucinaciones hipnagógicas, comprendió que quizás lo que siempre había considerado una experiencia sobrenatural, tal vez no lo había sido. Pero como su fe estaba depositada desde su juventud en la Palabra de Dios, y no en las experiencias sobrenaturales que pudiera o no haber tenido, esa fe no vaciló.
Llegado a este punto es pertinente que nos preguntemos, ¿qué puede ocurrir al comprobar que aquello que uno siempre consideró un fenómeno sobrenatural, un contacto con el mundo espiritual que nos rodea que parece hacerlo más real para nosotros, resulta que tiene una explicación natural? Y respondemos: depende, según dónde uno puso su fe. Si nuestra fe está apoyada en fenómenos paranormales que consideramos evidencia de ese mundo espiritual habitado por Dios, los ángeles y los demonios, cuando el racionalismo en algún momento logre destruir el carácter paranormal de tales fenómenos, y nos quedemos sin evidencia ninguna de tal mundo espiritual, entonces nuestra fe quedará flotando en el vacío; e inevitablemente, se derrumbará. En cambio, si nuestra fe está sustentada solo en Jesucristo, en el Cristo que nos muestran las Sagradas Escrituras, entonces, en tales situaciones, no vacilará.
La Biblia dice en Hebreos 13:9: “buena cosa es afirmar el corazón con la gracia, no con viandas”. Y aunque en este pasaje en particular la referencia sea la contraposición entre la gracia de Jesucristo y las reglamentaciones sobre alimentos a observar por los judíos según la Ley de Moisés, parece apropiada su aplicación también en esta antítesis entre la gracia de Dios revelada en su Palabra, y las “viandas” de los fenómenos extraños y maravillosos, que pueden resultar simples rarezas que no sirven para alimentar la vida de fe. En conclusión, es mejor depositar nuestra fe en las Santas Escrituras.

(Artículo basado en la columna radial La fe flotando, emitida por Radio Transmundial).

30 Mar '16

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