NAVIDAD LEJOS DE CASA

– Por Dr. Álvaro Pandiani –
Una historia curiosa y triste, del tipo de “Navidad lejos de casa” sucedió durante la guerra de Corea. Según la miniserie documental La guerra inacabada, el 24 de diciembre de 1951 soldados estadounidenses, canadienses y australianos – todos provenientes de culturas “cristianas” – estaban estacionados en el frente; al otro lado de la tierra de nadie estaban las tropas norcoreanas y chinas, que además de ser comunistas provenían de una cultura en la cual el cristianismo nunca había tenido una incidencia protagónica. Al caer la noche, los aliados occidentales recibieron la orden de aguardar hasta las once, y entonces abrir fuego de artillería sobre las posiciones comunistas, el cual debería prolongarse por una hora. Cuando el bombardeo aliado cesó, a las doce de la noche, había llegado la Navidad. En ese momento, los soldados escucharon que desde el lado enemigo, por potentes altoparlantes llegaban los acordes de Noche de paz, noche de amor. La música de este villancico tan conocido, que se extendió por mucho rato, quebró emocionalmente a los hombres provenientes de países que en esa época se conceptuaban cristianos, al evocarles las navidades en el hogar, tan lejano en ese momento. Lo artero de la táctica utilizada por los comunistas del norte y sus aliados chinos no quita lo magistral del golpe, que amenazó con desmoralizar las tropas aliadas al obligarles a recordar las navidades en su tierra – y en sus hogares – en medio de ese presente fatídico de guerra, incertidumbre y miedo.
Tal vez la mayoría de las personas que este año se aprestan a celebrar, una vez más, la Navidad, no tengan en cuenta como prioritario que Navidad es celebración de la Natividad – es decir, nacimiento – de Jesucristo; pero lo que sí está presente es el carácter mágico, fascinante y embriagador de esta fiesta. Pocas personas escapan a esta cualidad de la Navidad de ser una época del año cautivante; incluso pocos de aquellos que alegan no prestarle atención ni concederle importancia, escapan de la magia de la Navidad en alguna de sus formas. Por supuesto que el comercio se encarga de recordárnoslo a través del diluvio de ofertas, propuestas publicitarias y mensajes navideños y findeañeros en que se habla sobre todo de paz, amor y felicidad, con el broche final dado por el nombre de la empresa – o marca registrada – que promociona el mensaje. Por radio y televisión, por internet, mensajes de texto y WhatsApp, por catálogos, folletos y volantes publicitarios, los saludos navideños propagandísticos de mercaderías de diverso tipo nos recuerdan lo especial de estas fiestas, y las bondades del producto que ponen a nuestra disposición, pagaderos en (in)cómodas cuotas que pueden extenderse hasta el próximo diciembre; todo una espiral de consumismo capaz de ponerle los pelos de punta a cualquier buen izquierdista proletario convencido.
Llamativamente la familia, esa familia tradicional que – a Dios gracias – sigue siendo preponderante en nuestra cultura – papá, mamá, los niños, tal vez los abuelos, y algún tío, o tía, solitario/a que nunca falta – es imagen preferencial en la mercantilización navideña nuestra de cada diciembre. Las imágenes de alegría, las sonrisas alrededor de una mesa bien servida, con grandes botellas de un conocido refresco – que hace más de cien años trata de convencernos que es la llave de la felicidad – el embeleso de un niño que descubre, en la quietud de la noche, a Papá Noel poniendo los regalos – y lo descubre porque fue a escondidas a comer helado de una marca popular– la belleza multicolor de un árbol navideño bien nutrido de chirimbolos y luces parpadeantes, alrededor del cual se reúne la familia para compartir una bebida o abrir los regalos – costumbre gringa que ya nos han impuesto, pero qué le vamos a hacer – todo eso conecta Navidad y Familia, con la fuerza de la imagen – una imagen seductora – y el pregón publicitario, un anuncio saturado de la urgencia por vender del comerciante, que se procura convertir en urgencia del cliente por comprar. Pese a las transformaciones sociales y culturales traídas por el cambio de época, la imagen de la familia, de una familia tradicional, sigue allí, cautivadora y atrayente, encantadora, mágica, casi mística, llamándonos a volver a casa para Navidad; convocándonos a regresar a la mesa familiar donde se comparte una comida – opípara o frugal, qué importa – para besar otra vez a papá y mamá, al abuelo y a la tía; invitándonos a embelesarnos nuevamente frente al árbol de Navidad; llamándonos a volver a ser, otra vez, aquellos niños que fuimos, llenos de alegría, de ilusiones y de sueños, si es que fuimos bendecidos con tal infancia.
Recuerdo cómo desde mi adolescencia estar en casa para Nochebuena era lo más importante. Cuando comencé mi vida laboral – y siempre fue en ocupaciones que no se detienen por las fiestas, primero en seguridad, más tarde en la salud – siempre experimenté esa premura por estar en el hogar con mi familia en esa fecha. Tenía que llegar a casa antes de medianoche. ¿Por qué? No sé, pero siempre había sido así; estar en casa a la hora de darnos un beso y un abrazo, y desearnos “feliz Navidad”. En mi niñez y adolescencia no sabía nada del odio a las fiestas por su carga emocional particular e intensa, debida tal vez a ese significado que tienen como fiestas de amor, paz y buenos deseos; no sabía nada de la depresión, de los intentos de suicidio, de la violencia en los hogares, de la torpeza de quemarse – a veces gravemente – por los fuegos artificiales, ni tampoco sabía de la estupidez de matar o morir, por conducir un vehículo estando borracho. De todo eso supe mucho después, atendiendo sus consecuencias en las víctimas, primero como policía, más tarde como médico. Pero siempre me quedó la impronta, la huella imborrable de la reunión familiar, como algo a lo que regresar: volver a casa para estar con mis seres queridos, y recibir juntos la Navidad.
El evangelio de Lucas es uno de los libros del Nuevo Testamento que relatan el Nacimiento de Jesucristo. Según allí se refiere, Tiberio César ordenó un censo general de los habitantes del Imperio Romano. Para este censo, cada hombre debía dirigirse a la ciudad de la que era oriunda su familia. José, el marido de María la madre de Jesús, se vio obligado a trasladarse desde Nazaret, donde vivía con su familia, hasta Belén, estando su mujer embarazada (Lucas 2:1 – 5). La distancia a recorrer era de unos ciento quince quilómetros; nada despreciable en esa época, para hacerla a pie y con una mujer encinta a lomo de burro, como es probable que haya sido. En Belén María tuvo su parto, allí nació Jesús en un pesebre, es decir, una pocilga o corral para animales, porque no había lugar para ellos en la posada, como la tradición nos ha contado infinidad de veces (Lucas 2:6, 7). En ese pesebre de Belén tuvo lugar la primera Natividad, y quienes participaron directamente de la misma – José y María – estaban lejos de su hogar, de su tierra, de sus familias y amigos. Por supuesto, para ellos en ese momento ese Nacimiento tuvo la trascendencia de ser el nacimiento del primer hijo de María, que sería hijo adoptivo para José; pero no tuvo ni remotamente la significación que tiene para nosotros la Navidad, sobre todo la importancia que para los cristianos posee la Navidad cristiana. ¿Por qué decimos esto? Porque cuando el Señor llega a la edad adulta, José ya ha desaparecido de la historia – probablemente por fallecimiento – y María sólo poco a poco, y al correr de los años de la infancia de Jesús, entendió la enorme magnitud de la persona que había traído al mundo, y la magnitud de su misión (Lucas 2:19, 51). Hoy en día y a casi dos mil años de aquella noche de la primera Natividad, bien podemos imaginar lo que representó para ese hombre y – sobre todo – para esa mujer estar tan lejos de los suyos en un momento tan significativo para la existencia de cualquier individuo. Si para ellos esa hubiera sido una fecha muy especial y particular, una fiesta sagrada que convocara al recogimiento para la contemplación de un misterio maravilloso, y con un fuerte acento en la celebración familiar – como de hecho eran la mayoría de las fiestas religiosas judías, sobre todo la Pascua – mal les habría caído tener que pasar esa fecha lejos de los suyos, entre extraños y desconocidos, cobijados para un momento tan crítico como es el parto del primer hijo, en un establo sucio.
Sin embargo, el hecho sublime que centró ese momento, que cautivó toda la atención de los dos, que los suspendió arrobados en la contemplación de un milagro, fue precisamente el Nacimiento de Jesús; el primer hijo de María, y el que sería hijo adoptivo para José. Esa primera Navidad, que no fue un 25 de diciembre, que no sabemos qué fecha fue, pero que desde hace más de mil seiscientos años occidente celebra el 25 de diciembre, esa Navidad, sus dos participantes directos – José y María – estaban lejos de casa; lejos de su casa, de su hogar, del amparo y la compañía de su familia. Pero fue una noche sublime y cautivante, porque Jesús había llegado y estaba con ellos. En otras palabras, no importó en ese momento cuán lejos de casa estuvieran; lo importante era que Jesús estaba allí. Sólo eso fue necesario para que esa fuera la Navidad excelsa y gloriosa que desde aquella noche, una vez al año, todos los cristianos recordamos y celebramos, deteniéndonos a meditar en el misterio maravilloso de la Encarnación del Hijo de Dios, en su nacimiento como un niño indefenso en este mundo, por amor a todos los seres humanos.
Recuerdo cómo un antiguo compañero de trabajo – en uno de esos trabajos que no tienen días y horarios, sino que se debe estar a la orden las veinticuatro horas del día – contaba cómo le disgustaba no llegar a tiempo a su casa para recibir la Navidad o el Año Nuevo. Lo recuerdo claramente por lo antes dicho; porque, por alguna razón, me pasa lo mismo: siempre experimenté la necesidad de estar en casa, con mi familia, para recibir juntos la Navidad. Tal vez porque la magia del milagro de Navidad resultó y sigue resultando más importante que comilonas y borracheras, o fuegos artificiales; por lo menos para algunos. Muchas veces me tocó estar lejos de casa la medianoche del 24 de diciembre, y también la medianoche del 31; en el área de Emergencia de un Hospital, o corriendo de un lado al otro en una ambulancia. Gracias a Dios, cuando llegó la primera Navidad lejos de casa, Jesús estaba ya en mi corazón; al estar Jesús conmigo, cada una de esas navidades fue una verdadera y sublime Navidad.
Jesús nació en un galpón de animales sucio y oloroso, porque no había lugar en la posada. Un himno navideño clásico, no tan conocido como Noche de paz, noche de amor pero también muy hermoso, dice en su primera estrofa:
Tú dejaste tu trono y corona por mí
Al venir a Belén a nacer;
Mas a ti no fue dado el entrar al mesón,
Y en pesebre te hicieron nacer.
Y el estribillo dice:
Ven a mi corazón, ¡oh, Cristo!,
Pues en él hay lugar para ti;
Ven a mi corazón, ¡oh, Cristo!, ven,
Pues en él hay lugar para ti.
También nosotros, en esta Navidad, démosle un lugar en nuestro corazón a Cristo. Así, aunque estemos lejos de casa, la verdadera Navidad estará allí donde estemos, y será excelsa y gloriosa, como aquella noche en Belén.
Feliz Navidad.

 

Imágen: mayantravel.net
13 Dic '15

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