EL SÉPTIMO CÍRCULO DEL INFIERNO – Una teología del suicidio –

Por Dr. Álvaro Pandiani –

Una vieja canción del grupo británico Queen, Don’t try suicide, dice en su estribillo: “No intentes suicidarte, a nadie le vale. No intentes suicidarte, a nadie le importa. No intentes suicidarte, sólo vas a aborrecerlo. No intentes suicidarte, a nadie le importa un bledo”. La urgencia e insistencia con que este tema musical insta a una persona no nombrada (aparentemente una mujer) a no intentar el suicidio, si se interpreta literalmente la letra, sugiere que el compositor escribió la canción quizás motivado por la situación real de una persona, tal vez un conocido, alguien cercano a él, que pensaba seriamente en quitarse la vida. Más allá del tono superficial y reiterativo, y con alguna expresión grosera deslizada con naturalidad – después de todo, es la letra de una canción, no un tratado sobre el tema – más allá de eso, destaca el interés puesto por el autor en que el/la potencial suicida no concrete su intento; y ese interés contrasta con la afirmación reiterada en el estribillo: “a nadie le importa”. En la época actual, en la que podemos inscribir esta canción pues fue popularizada hace casi treinta y cinco años, suena cruel e impensable decir que la desesperación de un potencial suicida – que le empuja a considerar seriamente terminar con su vida – no le importe a nadie. El carácter impensable de tal actitud se verifica en que las personas, al menos la mayoría de personas decentes, ante un potencial suicida, reacciona intentando ayudar al mismo, tratando de disuadirlo, y/o procurando que reciba asistencia institucional especializada.
La noción de lo decente y adecuado de brindar ayuda a quien está en situación tan extrema surge de un convencionalismo social casi obligatorio y políticamente correcto; su origen puede buscarse en una amplia gama de motivaciones que van desde sentimientos individuales de compasión y sincero interés por el bienestar del prójimo, a compromisos institucionales públicos y privados sustentados en las ideas de solidaridad y defensa del derecho a la vida y la salud de todos. Por supuesto, como en otros temas, cuando al sentir individual se contrapone el deber institucional, cabe preguntarse cuanta solidaridad y compasión alberga el corazón – mente, afectos, voluntad, lo que cada uno prefiera – de los actores del esfuerzo por llevar ayuda al suicida. En cuanto a aquel que voluntariamente se interesa en hacer algo a favor de su prójimo, la pregunta parece superflua; si no le importaran la vida y el bienestar del otro, no haría lo que hace. Con respecto a quienes participan del esfuerzo institucional por llevar ayuda a las personas en esta situación, sí cabe la interrogante acerca de si, en lo profundo de su ser, realmente se compadece de – e interesa por – aquellos a quienes está dirigido su trabajo. Claro, alguno dirá, si el potencial suicida es ayudado, qué importa lo que el funcionario realmente siente. Que se nos disculpe por poner énfasis en esto, pero como cristianos estamos acostumbrados a poner el acento en la motivación última y real de una obra u acción. Y también podríamos decir que aquello que se hace cuando uno está convencido de lo bueno y beneficioso de hacerlo – podríamos decir también, aquello que se hace con amor – sale mejor.
Sin embargo, pese a lo delicado del tema, y lo complejo del abordaje actual del mismo, sobre todo en lo mencionado respecto a las políticas de ayuda y asistencia dirigidas a personas con este problema, me interesa en esta ocasión orientar la reflexión en otra dirección. Me interesa hacerlo mirando hacia la institución que nos representa a los cristianos, en forma administrativa y como comunidad de creyentes: la Iglesia. Pero así como no es el objetivo de este comentario repasar los condiciones a las que, hoy en día, se atribuye el origen de la idea suicida, o su concreción – sea enfermedad psiquiátrica, convicción de fracaso personal, sentimientos de soledad, rechazo o culpa, debacle económica irreversible, u otras – tampoco es la meta pasar revista a aquellos esfuerzos que desde las instituciones cristianas se hacen para auxiliar a las personas que juegan con la idea de quitarse la vida, han llegado a pensar en un método concreto para suicidarse, o incluso lo han intentado (tanto se desprenda de la gravedad del método utilizado que el acto sólo es un llamado de atención y pedido de ayuda, como que la intención auténtica del individuo es realmente acabar con su vida). El enfoque en esta oportunidad es el de qué ha dicho la Iglesia históricamente sobre el suicida y el suicidio, cómo ha sido tradicionalmente el proceso de respuesta institucional e individual ante el suicida, cuál la perspectiva doctrinal producida por el pensamiento cristiano, y fundamentalmente qué punto de vista se ha mantenido respecto a un aspecto del tema que la modernidad racionalista marginó, por impopular, perimido y políticamente riesgoso, pero que ronda los pensamientos del creyente y del no creyente, cuando un suicida es catapultado por su propio acto contra sí mismo hacia el otro mundo, si es que hay otro mundo. El aspecto que trata sobre cuál es la suerte eterna de la persona que acabó con su vida. En otras palabras, vamos a intentar, bien que brevemente, una teología del suicidio; es decir, definir qué creemos, quienes creemos en Dios y en lo escrito en la Biblia, acerca del destino final del hombre o la mujer que, por distintos motivos que juzgaron sin solución ni salida, se quitaron la vida. En síntesis, qué creemos sobre el destino eterno del suicida, y cuáles son las bases de tal creencia.
Así que, para empezar, pregunté a una veintena de personas, familiares, amigos y conocidos, algunos pastores y otros no, de diferentes iglesias evangélicas, acerca de qué creían y qué se les había enseñado sobre el destino eterno de alguien que se hubiera suicidado. Quienes contestaron – no fueron todos – dieron respuestas variadas; no faltó una respuesta atípica, como la de quién dijo que si el suicida estaba “en Cristo”, es decir era creyente en Jesucristo, y como Juan 3:18 dice que quién cree no es condenado, aún el suicida sería salvo. Pero la contestación que predominó fue que el suicida va al infierno; aunque en este concepto no faltaron matices, como que Dios es misericordioso, que se deben tener en cuenta las circunstancias – como desesperación o enfermedad mental – para evaluar un acto así, o directamente que no podemos juzgar. Debo decir que mi creencia personal sobre este tema, desde mi infancia en colegio católico y luego por casi treinta años como evangélico, siempre fue que el suicida comete un pecado del cual ya no puede arrepentirse ante Dios, y por lo tanto está condenado. Hasta que experimenté la necesidad de revisar ese concepto. Y es importante que tengamos claro qué pensamos del suicidio, no sólo en lo psicopatológico y social – tema de especialistas – sino como eventuales consejeros desde nuestra fe cristiana, si somos llamados para ayudar tanto a quién juega con la idea de autoeliminarse, como a quienes lloran a un ser querido que acabó con su vida. La respuesta predominante en la breve compulsa hecha desde mi celular, evidencia la enseñanza tradicional sobre el tema en la Iglesia Protestante; una enseñanza heredada de la Iglesia Católica. Y como toda enseñanza a ser creída por la Iglesia, los evangélicos debemos buscar su base en las Sagradas Escrituras.
Ese fue un quebradero de cabeza para mí durante muchos años, cada vez que pensaba en este tema: dónde dice en la Biblia que quien se suicida comete un pecado imperdonable, y por lo tanto se va al infierno. Para los agnósticos y ateos esto puede ser intrascendente, pero los creyentes evangélicos que aman la Palabra de Dios pueden comprender cuán perturbador puede llegar a ser creer algo que te ha sido enseñado en la iglesia, pero no saber cuáles son las bases bíblicas de tal doctrina. Siendo así, hay que empezar diciendo que no existe en la Biblia un mandamiento que diga explícitamente: “no te suicidarás”, o un pasaje del Antiguo o Nuevo Testamento que declare categóricamente que quien se quita la vida comete un pecado de muerte para el cual no hay perdón, y por lo tanto va a la eterna condenación. El suicidio no aparece en el listado de “obras de la carne” que da el apóstol Pablo en Gálatas 5:19-22; obras que – la Escritura dice – quienes las practican “no heredarán el reino de Dios”. Tampoco aparece en la lista de cosas que hacen aquellos que fueron entregados a una mente depravada por no querer tener en cuenta a Dios, según se lee en Romanos 1:28-32; cosas que – la Escritura dice – el juicio de Dios sobre quienes las practican es que son dignos de muerte. El suicidio no aparece allí, aunque sí el homicidio, y éste fue un elemento importante para el desarrollo de la doctrina en la Iglesia Antigua y Medieval. Porque sí hay un mandamiento – el sexto – que dice: “No matarás” (Éxodo 20:13), y el suicidio, en cuanto homicidio de sí mismo, fue considerado históricamente por la Iglesia – y otras religiones – como un crimen. También, al considerarse que Dios es el autor y dueño de la vida del hombre, el disponer el ser humano de su propia vida suicidándose, se contempló tan grave y pecaminoso como el tomar la vida de otro. Pero aquí estamos hablando ya de interpretaciones, no de afirmaciones claras y explícitas de la Biblia sobre lo criminal del suicidio ante Dios. Entonces, ¿habla la Biblia del suicidio?
En realidad, la Biblia contiene en varios de sus libros, que constituyen registros históricos de las experiencias de individuos y comunidades, el relato de cómo algunas personas se quitaron la vida, la mayoría en el Antiguo Testamento. Los más destacados: Sansón, quién vencido y hecho prisionero por los filisteos, sus enemigos de toda la vida, en el momento de mayor humillación clamó a Dios por que le fuera restaurada aquella fuerza sobrehumana que le había dado tantas veces la victoria, y derribando el templo del dios Dagón, se mató a sí mismo y a sus enemigos (Jueces 16:30). Saúl, el primer rey de Israel, derrotado y perseguido por los filisteos, se arrojó sobre su espada, y su escudero lo imitó, quitándose ambos la vida (1 Samuel 31:4,5). Ahitofel, consejero del rey David, luego afiliado a la sublevación de Absalón, quién se ahorcó cuando comprendió que la rebelión a la que se había unido estaba condenada al fracaso (2 Samuel 17:23). Zimri, un comandante militar de Israel que conspiró contra su rey, al cual asesinó, quitándose luego la vida cuando el ejército eligió otro rey y fue por él (1 Reyes 16:18). De estos casos, destaca el de Ahitofel, por ser un suicidio cometido no en el fragor del combate y la derrota militar, para evitar la captura y humillación de ser reducido a la condición de prisionero, o algo peor; Ahitofel tuvo tiempo para irse desde la capital hasta su pueblo, poner en orden su casa – así lo dice el texto sagrado – y luego ahorcarse. En el Nuevo Testamento aparece el único caso de Judas Iscariote, de quién se dice que “arrojando las piezas de plata en el Templo, salió, y fue y se ahorcó” (Mateo 27:5); es probable que este caso se asemeje al de Ahitofel, en cuanto se trata de individuos defraudados y desesperados, que disponen de tiempo para pensar en su situación altamente comprometida y sin salida, tal que sólo ven como escape la opción del suicidio, el que ejecutan previa planificación.
Lo interesante es que en cada uno de estos casos, ninguno de los escritores sagrados que los refieren ofrecen una valoración moral del hecho, ni una indicación de cómo Dios habría visto o juzgado el suicidio, orientada a sentar doctrina al respecto. Esto no deja de ser llamativo, si se tiene en cuenta la enseñanza que predicó la Iglesia durante su tiempo histórico; enseñanza que aún hoy se mantiene, aunque con muchos matices fruto de la consideración de aspectos médicos y sociales, además de los estrictamente teológicos. Ese silencio de la Biblia sobre el valor moral del suicidio – sobre cómo Dios lo ve y juzga – debe también interpretarse, aunque ese sea un terreno riesgoso (si interpretar lo que la Biblia dice da lugar a debates, a veces encendidos debates, cuánto más interpretar lo que la Biblia no dice). Sin embargo, ese silencio bíblico acerca de un juicio divino sobre el suicidio y quién lo comete, no es auspicioso; por lo menos, a mí no me lo parece. Basta ver cuál era la condición moral y espiritual de aquellos que se quitaron la vida: Sansón, un hombre nacido para ser héroe, consagrado a Dios desde su nacimiento, que perdió el favor del cielo a causa de su sensualidad y sus vicios carnales. Saúl, otro elegido de Dios, abandonado por su obstinación y desobediencia, que cayó tan bajo como para practicar un rito espiritista prohibido al final de su vida. Ahitofel, hombre de confianza de David, el rey elegido por Dios, culpable de alta traición contra su soberano. Zimri, un asesino, también culpable de alta traición. Y Judas Iscariote, convicto de la peor traición que la historia pueda nunca registrar. Parece prudente, pues, recomendar que también los cristianos ayudemos en la prevención del suicidio, actuando con misericordia, paciencia y compasión a favor de las personas que están en tal situación límite, no sólo por el elevado valor intrínseco de la vida humana, sino porque creemos en la continuación de la existencia consciente tras la muerte física, tal como claramente enseña la Biblia, y como vimos, el silencio de la Palabra de Dios acerca del destino eterno de los suicidas no es auspicioso.
En el artículo sobre suicidio del Diccionario de Historia de la Iglesia dice lo siguiente: “En el siglo XX se ha prestado cada vez más atención a la psicopatología y a la sociología del suicidio, y esto ha producido ciertas modificaciones del concepto cristiano” (1). Sin embargo, no especifica cuáles son esas modificaciones del concepto cristiano histórico, es decir, la enseñanza sobre el suicidio que la Iglesia mantuvo por siglos, y que condiciona lo que hoy creemos aunque no escudriñemos – o sea, investiguemos – sobre las bases de tal creencia, la cual aceptamos tácitamente. En ese mismo artículo se aclaran las bases de la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el suicidio. Para llegar a esas bases debemos retroceder hasta el período de la Iglesia Antigua, a finales del Imperio Romano; ahí nos encontramos con que “Agustín reprobó el suicidio por ser autoasesinato; porque excluía toda oportunidad para arrepentirse; y por ser una acción cobarde” (1). En fecha tan temprana como el año 452 d.C., el Concilio de Arlés condenó el suicidio; y el Concilio de Toledo (año 693 d.C.) decretó que los suicidas fueran excomulgados, y prohibió que se oficiaran ritos fúnebres en su nombre (2). Estas ideas marcaron el pensamiento cristiano a lo largo de la Edad Media. A modo de ejemplo notable de esto, en La Divina Comedia, escrita a principios del siglo 14, Dante Alighieri relata cómo recorre el infierno junto al poeta Virgilio, y al llegar al séptimo círculo, el de los violentos, el alma de Virgilio dice: “Un hombre puede haber dirigido su mano violenta contra sí mismo o contra sus bienes; justo es, pues, que purgue su culpa en el segundo recinto” (3); allí, Dante encuentra a los suicidas convertidos en árboles resecos.
Durante la Edad Media las leyes eclesiásticas y civiles eran especialmente duras: los bienes del suicida se confiscaban, lo que dejaba su familia desprotegida; el cadáver, que no se podía sepultar en terreno consagrado, podía ser vejado. Tomás de Aquino, un fraile dominico y prominente teólogo del siglo 13, pensó al igual que Agustín, que el suicidio era pecaminoso pues el hombre “no puede disponer libremente de sí mismo, puesto que no pertenece a él, sino a Dios” (2). La severidad de las leyes contra el suicidio disminuyó a fines de la Edad Media y en el Renacimiento, aunque hasta el siglo 17 persistió una dura legislación en las Iglesias Protestantes, sobre todo en Inglaterra. Es en el siglo 17 que aparece la primera e incipiente aproximación al suicidio desde un punto de vista médico – psiquiátrico, en el libro Anatomía de la Melancolía, de Robert Burton. Recién para el siglo 18 cambia la visión del suicidio. El filósofo David Hume “criticó la concepción escolástica del suicidio. Para Hume, es la prudencia o el coraje lo que anima a los hombres a acabar con su existencia” (4). Por otro lado, Kant opinaba que el suicidio “no podía justificarse desde el punto de vista moral” (4). En el siglo 19, Federico Nietzsche, desde su conocida posición anticristiana a ultranza (5) consideraba que el suicidio es “una forma de realizar la voluntad y morir a tiempo, evitando la vejez, la decrepitud o una vida vergonzosa” (4). El filósofo existencialista Albert Camus, ya en el siglo 20, lo considera “una de las formas en que el hombre se revela ante la falta de significado de la vida, su desespero y su cualidad absurda” (4). Una visión interesante surge de teólogos contemporáneos; Bonhoeffer lo consideraba “la última tentativa del hombre de dar un sentido humano a una vida que ha resultado sin sentido, siendo censurable sólo ante Dios, creador y dueño de su vida, y no ante la moral de los hombres” (4). Y el brasileño Enoch de Oliveira encuentra el origen del suicidio en “la angustia ante la vida desesperanzada”; continúa con una interesante comparación, al decir que así como el oxígeno para los pulmones es la esperanza para dar sentido a la vida humana, y aquí introduce un elemento fundamental – desde el punto de vista de la fe – cuando expresa: “el hombre de fe tiene la ventaja sobre los demás hombres de que sufre las aflicciones de la vida, pero las enfrenta con las esperanza de encontrar al final de la jornada al Padre Celestial que lo recibirá en su hogar” (4).
No puedo negar que este muy breve repaso histórico del pensamiento teológico y filosófico sobre el suicidio ha sido selectivo, y no para apoyar una posición personal pues la evolución mostrada varía de postura, desde la condena a la justificación e incluso la defensa del derecho a disponer de la propia vida. Justamente de eso se trató, de mostrar brevemente esa evolución. Una evolución que acompaña la preponderancia de la Iglesia en la vida y el pensamiento de las naciones de la Europa cristiana durante toda la Edad Media, cuya herencia cultural y religiosa acompañaría las migraciones colonizadoras a partir del siglo 16, tal que las sociedades occidentales conservan aún muchos rasgos cuyo origen debe buscarse en un remoto pasado medieval; o incluso anterior, como el tema que nos ocupa. Pero una evolución que también muestra la disminución de la hegemonía ejercida por la Iglesia a partir de movimientos como el humanismo y la Reforma Protestante del siglo 16, y posteriormente la incapacidad de la religión establecida para suprimir o controlar las nuevas ideas teológicas y fundamentalmente filosóficas que emergen con el racionalismo y la Ilustración, y que se evidencian – en la evolución sobre este tema – en la preeminencia de concepciones totalmente contrarias a las tradicionales acerca del suicidio. Contra el concepto de pecado mortal, delito grave e imperdonable punible con el infierno eterno, se levanta la noción de prudencia (virtud), libertad e independencia – incluso de Dios – para decidir sobre la propia vida, inclusive para decidir acabar con la misma. La cobardía de la que habla Agustín de Hipona se transforma en coraje para Hume; la imposibilidad de disponer libremente de sí mismo, de la que habla Tomás de Aquino, se vuelve en Nietzsche en la vía de hacer la propia voluntad – no la de Dios – terminando la propia vida cuando uno considera que el tiempo ha llegado. Frente a esta evolución, despegada y en franco alejamiento del criterio cristiano tradicional, el teólogo contemporáneo llama a dejar el juicio en manos de Dios, e introduce la esperanza cristiana frente a la muerte, aún la del suicida.
De la mano de esa mutación en el pensamiento prevaleciente sobre el suicidio en la civilización cristiana occidental – civilización cuyo carácter cristiano se tambaleaba por el empuje y los golpes del racionalismo y otras nuevas ideas – vino un cambio en la consideración del suicidio como vía de escape de situaciones personales insostenibles. Este cambio de pensamiento había pasado de la abierta condena y el juicio de que el suicida merece el castigo eterno en el infierno, a la justificación, el elogio del valor contenido en el acto de resolver sobre la propia vida, e incluso, según Nietzsche, a juzgar que constituye “ejercer el difícil arte de retirarse con oportunidad” (4). Y quizás no sea aventurado plantear que dicho cambio en el pensamiento haya influido en la conciencia de miles de almas atormentadas por distintos motivos, que alentados por tales ideas, vieron en el suicidio no la cobardía final que los sumiría en la desgracia eterna de los réprobos ante Dios, sino el postrer acto de valentía, de defensa del honor, la última declaración de principios, o la expresión culminante de un pensamiento fracturado, de emociones rotas, de una voluntad derrotada. Al respecto de esto, resulta muy llamativo cómo el suicidio por un amor imposible aparece y destaca en la literatura, como por ejemplo la inmortal obra Romeo y Julieta de William Shakespeare, a finales del siglo 16, en la cual el suicidio de los dos amantes se reviste de un carácter positivo, pues logra la reconciliación de las dos familias enemistadas, y Las cuitas del joven Werther de Wolfgang von Goethe, obra que se dice provocó una verdadera ola de suicidios “por amor” en la Alemania de fines del siglo 18 (2).
Volviendo a la consideración cristiana del suicidio, la concepción cristiana actual, modificada por la psicopatología y la sociología, como dice la cita del Diccionario de Historia de la Iglesia que mencionamos antes en esta reflexión, vamos a comentar la opinión primero desde el lado de la Iglesia Católica, para ver cómo ellos ven ahora el suicidio. En el artículo ¿Todos los suicidas se van al infierno? (6) leemos: “La tradición cristiana, la doctrina del Magisterio y la reflexión teológica no han tenido ninguna duda sobre la inadmisibilidad moral del suicidio. Si ha habido alguna evolución ha sido sólo en torno a la valoración de la culpabilidad y responsabilidad subjetiva del que se suicida o intenta hacerlo”. Una primera cosa a destacar es que este artículo menciona tres fuentes para considerar lo inadmisible del suicidio (tradición, magisterio, reflexión teológica), pero no enseñanza directa alguna proveniente de la Biblia. En cuanto a la “evolución” mencionada – la culpabilidad del suicida – además de referirse a las doctrinas ya mencionadas de Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, entre otros, para afirmar lo ilícito del suicidio, habla a continuación de otros “criterios de valoración”; menciona la mentalidad suicida imperante en la sociedad, un elevado número de personas mentalmente perturbadas, y la pérdida de valores para hacer frente a la “mentalidad anti-vida”, para decir a continuación que “podría admitirse que, en los casos en que faltan elementos para juzgar que un suicidio es plenamente voluntario, puede presumirse que la persona que se ha quitado la vida no ha gozado de suficiente responsabilidad moral, o incluso, en algunos casos, ha sido totalmente irresponsable”. Finaliza ofreciendo pautas para discernir si el suicida es plenamente responsable de su acto, o su responsabilidad es incompleta. En síntesis, según el artículo, si bien el suicidio siempre es malo, quién lo comete puede ser considerado no responsable; y por lo tanto, suponemos, no punible. Ese es el punto que queda sin definir: ¿cómo ve Dios al suicida? ¿Le perdona el acto pecaminoso final de su vida, por el cual no puede ya arrepentirse para recibir perdón, según la enseñanza bíblica (Hechos 2:38)? No cabe duda de que el autor del artículo se muestra muy prudente al no profundizar en este particular, salvo aclarar que, en última instancia, el juicio debe dejarse a Dios. Es que eso es todo lo que puede hacerse; todo lo demás es especulación.
Tal vez la propia Iglesia Católica incurre en esperanzadora especulación al decir en su catecismo, citado en el artículo Suicidio y Misericordia Divina: “No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que Él sólo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida” (7). Indudablemente, esta es una redacción de catecismo adecuada al pensamiento moderno – o posmoderno – cuya espiritualidad positiva, aún en un particular tan doloroso y absoluto, ofrece una esperanza que sólo la fe cristiana puede ofrecer: la esperanza de la vida eterna. Una redacción – una enseñanza, pues eso es, en definitiva, un catecismo – apropiada para una época en que ya no son de recibo por la gente, tal vez, ni siquiera por la mayoría de los feligreses, las admoniciones y amenazas de castigos eternos que mantienen a los fieles bajo control por miedo al infierno. También en este artículo se insiste sobre lo grave del suicidio en sí, pero se contemporiza compasivamente con quién se quita la vida, afirmando: “el que se suicida en general no rechaza a Dios, sino que busca erróneamente la muerte como un medio para liberarse de un mal que le aqueja y en medio de su angustia y confusión toma una decisión con una libertad limitada que no le permite ver con claridad la verdadera dimensión de ese acto”. En otras palabras, aunque el acto es grave, la persona que lo comete no está en posición de justipreciar la gravedad de lo que hace, lo que disminuye su responsabilidad o culpabilidad; por lo que, si bien grave el acto, su culpa no es grave. Tal cosa se afirma, y además también que: “Desde el punto de vista antropológico, no hay fatalidad en el suicidio que signifique condenación eterna porque no hay acto libre totalmente sino que este acto se ve atenuado por cuestiones psicológicas graves, el suicidio no es una decisión plenamente libre, racional”. Esta última es una afirmación que está a tono con la noción moderna, que lejos de condenar tiene el mérito de procurar llevar esperanza a quienes sufren una pérdida tan dolorosa e incomprensible como el suicidio de un ser amado, y que además, cuando son creyentes, tiemblan ante la concepción tradicional del suicidio en la Iglesia (condenación eterna). Pero así como esa concepción tradicional, según vimos, no tiene un fundamento directo en la Biblia, tampoco lo tiene la afirmación – la arriesgada afirmación – acerca de que “no hay fatalidad en el suicidio que signifique condenación eterna”. Esto hace que tal afirmación sea un postulado doctrinal surgido de una reflexión teológica positiva, pero que al incursionar en realidades que están más allá del mundo sensible, resultan especulación pura. Sin embargo, a contramano de la opinión prevaleciente, tal especulación también se da entre los cristianos evangélicos.
Quedan cosas por decir; pensamientos, enseñanzas, citas de artículos ya comentados y de algún otro, que traer a colación nuevamente, para hacer nuestras observaciones, y sobre todo, para buscar una base bíblica a lo que se dice y escribe desde este enfoque del suicidio. Un enfoque orientado a intentar una teología del suicidio; es decir, procurar establecer una base sobre qué creer acerca del destino eterno del suicida, para tener al menos una noción sobre cómo conducirnos, en cuanto cristianos y eventuales consejeros espirituales, frente a un eventual suicida, o a familiares de alguien que se ha quitado la vida. Qué decir al potencial suicida; amenazarlo con la condenación en el infierno, o por lo menos advertirle que sus sufrimientos no terminarán con la muerte, sino que ésta los hará eternos; o hablarle de Cristo como a una persona que no estuviera atravesando una situación límite en su vida, sin procurarle la ayuda profesional e institucional que necesita, además de la espiritual. Y qué decir a los familiares de quién se ha quitado la vida; alentarlos con la esperanza de un reencuentro más allá de este mundo – sean o no creyentes – basado en la autoridad de teólogos y pensadores cristianos, pero no de la Biblia; o destruir sus esperanzas, asegurándoles lapidariamente que su ser querido se fue para siempre al infierno – crean en el mismo o no – y sin que la Biblia enseñe tajantemente tal cosa.
Los antiguos lograron tener las cosas más claras; aunque su claridad fuera un juicio condenatorio para el suicida y sus familiares, que no dejaba abierta ninguna puerta a la esperanza. El pensamiento cristiano actual, como vimos y vamos a seguir viendo, participa de la ambigüedad general de nuestra época, en la que todo es relativo. Y la evolución ya vista – desde la dureza de la sentencia definitiva y eterna, a la consideración e incluso el elogio del coraje de quién se quita la vida como solución final de su existencia – condujo a que dicho pensamiento cristiano, influido y hasta presionado por los avances en ciencias psicosociales además, revisara su posición tradicional, drásticamente negativa. El resultado es una mixtura vaga que incluye la gravedad del hecho (en aparente atención a una tradición a la que se debe lealtad), y también la exculpación de quién comete el hecho (en aparente atención al pensamiento prevaleciente en la actualidad, que rechaza el dogma y busca nuevas esperanzas allí donde las pueda encontrar). Este resultado es muy apropiado para el hombre y la mujer posmodernos: una enseñanza sin rigideces, que no reclama el carácter de verdad absoluta, y deja abierta la posibilidad de elegir lo que uno prefiera creer, en función de qué tanto se adecúa a las expectativas y necesidades. De esta manera, cuando leemos por ejemplo: “El suicida, por tanto, comete un acto grave, pero al no ejercer su plena libertad los elementos que constituirían una culpa grave se ven disminuidos, por tanto, no tiene una culpa grave” (8), afirmación que parece fungir como conclusión de la reflexión, también vista antes, que habla de la responsabilidad moral del suicida, debemos preguntarnos: desde el punto de vista de una teología del suicidio, ¿cómo juzgará Dios el acto y al actor? Si el suicida no tiene culpa grave, pero sí tiene algo de culpa, pues el suicidio es un acto moralmente reprobable, ¿entonces qué sucede con él? ¿Considera Dios los atenuantes? ¿Sentencia al suicida a una pena temporal, tipo purgatorio, aunque ahora hasta los católicos han renegado de tal doctrina? ¿Le da libre entrada al reino de los cielos, aún con la mancha de haber cometido un acto contra Dios, la vida y la naturaleza humana? La Biblia no dice nada al respecto. Es ese silencio del que hablamos previamente, el cual se intenta llenar con reflexión especulativa. Una variante de esta tendencia posmoderna de la propia Iglesia a exculpar al suicida, o al menos proporcionarle una vía para escapar del infierno, es la de afirmar que alguien que se quita la vida, luego de ejecutar el acto y antes de expirar puede ser que se arrepienta, y de esa manera no vaya a condenación. Esto sí es especulación pura, que se aferra desesperadamente a la esperanza y por eso es loable, aunque ignora la eficacia y rapidez de algunos métodos utilizados por las personas para quitarse la vida. En definitiva, este tipo de reflexión, que incluso parece dictar lo que sucederá al otro lado de la muerte, impresiona más bien apuntar a brindar consuelo y esperanza a quienes quedan de este lado, y quedan presa del dolor por la pérdida de un ser amado en circunstancias tan trágicas. Es meritoria, pero carece de una base real de autoridad, como la que los evangélicos buscamos exclusivamente en la Palabra de Dios.
Mención aparte merece una definición de suicidio que resulta llamativa, el suicidio indirecto. ¿De qué se trata?: “El suicidio… indirecto… implica la participación, generalmente de modo repetido, en actividades peligrosas (sin que, en apariencia, exista una intención consciente de acortar la vida). Esto incluye el abuso del alcohol, de las drogas, el tabaco, las comidas, el descuido de la salud, la automutilación, el conducir un vehículo de modo temerario y el comportamiento” (10). Sin embargo, en el pensamiento católico aparece este concepto en una presentación sorprendente: “En cuanto al así llamado suicidio indirecto (es decir, quien pierde la vida a causa de otra acción, como el médico o la religiosa que se contagia gravemente atendiendo enfermos y muere por esta razón) es también ilícito, a no ser con causa gravemente proporcionada” (9). Me pareció que no podía dejarse de hablar de este punto de vista, pues si bien es coherente con la idea de que el ser humano no es dueño de la vida, ni siquiera de la suya, pues la vida pertenece a Dios y es un don de Dios, y por lo tanto debe hacer lo necesario para preservarla, considerar “ilícito” – inicuo, malo, inmoral, pecaminoso – el sacrificio de aquel que por ayudar a otros se expone al peligro y sucumbe, parece no sólo absurdo, sino hasta malintencionado. Sin embargo, el artículo católico que estamos citando abunda en estas consideraciones, al decir: “Aunque la acción que indirectamente produzca la muerte pueda no ser mala o incluso buena (como en el ejemplo dado: el acto de caridad de cuidar un enfermo gravemente contagioso), se requiere causa justa y proporcionada para permitir la propia muerte”. Y al leer esto uno se pregunta, ¿quién requiere causa justa y proporcionada? ¿Quién puede justipreciarlo? ¿Cómo una persona que cuida a un enfermo contagioso puede permitir o no su propia muerte? Y lo más importante de todo, ¿quién le va a decir a Dios cómo debe juzgar un caso de estos? ¿Qué decir de aquellos que, en diversas situaciones – incendios, derrumbes, desastres naturales, guerras – se inmolan para que otros se salven? ¿Y qué decir de los mártires cristianos, de aquellos que sufrieron la muerte por su fe, por negarse a abjurar de su fe en Cristo? ¿Y del propio Cristo, quién teniendo a su disposición doce legiones de ángeles para defenderse (Mateo 26:53) se entregó voluntariamente a la muerte? La inclusión aquí del concepto de suicidio indirecto – suicidio por omisión, acortarse la vida por el expediente de adoptar conductas autodestructivas – parece caprichosa, amén del hecho de que catalogar un acto sublime como es el sacrificio por otra persona como “ilícito”, y pretender reglamentar lo que se requiere en cuanto a causas justas o no para “permitir” la muerte, impresiona como un vestigio de la vieja actitud de la Iglesia de otros tiempos, reguladora de cada aspecto de la vida y la muerte de sus feligreses. Dios es el Juez de toda la tierra, y la Biblia dice: “El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Génesis 18:25). Independientemente de las leyes y dogmas de los seres humanos, Dios obrará con libertad e independencia de nuestro criterio. Esa es y siempre debe ser nuestra confianza.
Al principio mencioné una breve compulsa realizada mediante mensaje de texto a un grupo de hermanos y amigos creyentes evangélicos, acerca del destino eterno de los suicidas, y destaqué una respuesta que me pareció atípica: la que decía que si el suicida era un creyente y estaba “en Cristo”, entonces sería salvo. La misma aseveración sale en el artículo El Suicidio en la Iglesia (11), de origen evangélico, en el cual se afirma: “un cristiano nacido de nuevo podría cometer suicidio, y si así lo hiciera, iría al cielo”. Como en el caso de los artículos católicos, este artículo no cita pasajes bíblicos que apoyen una afirmación tan categórica; en vez de eso se trata, también aquí, de reflexión especulativa. El autor dice: “honestamente le puedo decir a los familiares de una persona que se suicidó, que si ésta conoció a Cristo, entonces irá al cielo”. Aunque esta reflexión especulativa tiene un tono más propio del cristianismo evangélico: se habla de arrepentimiento, de perdón de pecados por la sangre de Cristo, y de cristianos nacidos de nuevo. En cuanto a los dos primeros puntos, se afirma: “la salvación no depende de nuestro arrepentimiento, depende de los méritos de Jesucristo al morir en la cruz por nosotros”. Esta es una aseveración con la que en principio estamos de acuerdo, pues el arrepentimiento no nos salva, nos salva Cristo; pero la insistencia con que la Biblia llama al arrepentimiento sugiere la gran importancia de este acto consciente y voluntario del pecador: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17); “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15); “que se predicara en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Lucas 24:47); “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hechos 2:38). La relación entre el arrepentimiento y el perdón de los pecados está claramente establecida en los dos últimos pasajes bíblicos citados. Como la Biblia dice en Hebreos 9:27: “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”, se infiere que el tiempo de oportunidad de salvación para todo ser humano está de este lado de la muerte. La oportunidad viene dada por oír el evangelio, arrepentirse de los pecados y creer en Jesucristo. Como dijo el propio Jesús de Nazaret, arrepentirse y creer en el evangelio (Marcos 1:15). En cuanto al nuevo nacimiento del verdadero cristiano, se dice: “Eso trae a colación que un nacido de nuevo no podría suicidarse. Pero es como argumentar que un verdadero nacido de nuevo no puede caer en pecado”. Y luego afirma: “Un verdadero creyente puede caer en adulterio o robar, mentir, transar o codiciar o ser abusivo o tener malos deseos”. Todo eso es cierto, pero con matices. Un creyente genuino puede caer en pecados condicionados por defectos de carácter (ira, gritería, palabrotas), e incluso puede tener malos deseos. Pero adulterar, mentir, robar, ser abusivo, ya implican actos deliberados y planificados, que llevan la gravedad del hecho a otro nivel. El apóstol Juan escribió: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios lo guarda y el maligno no lo toca” (1 Juan 5:18); es muy difícil conciliar este pasaje bíblico con la idea de que un cristiano verdaderamente nacido de nuevo acabe suicidándose. Además, en caso que el verdadero creyente incurra en tales conductas, será necesario el arrepentimiento; la Biblia dice en Hebreos 12:14: “Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”.
¿Por qué el autor del artículo El Suicidio en la Iglesia incurre en afirmaciones tan arriesgadas, sin sustento bíblico? Indirectamente, él lo aclara en el propio artículo; al final, cuenta que un hijo suyo, creyente evangélico y miembro de su iglesia, siendo estudiante universitario se había suicidado. Lo que tenemos aquí es un padre que no sólo perdió a su hijo, sino que además, como cristiano evangélico, cree en una vida más allá de la muerte, y consciente de la enseñanza tradicional de la Iglesia acerca del suicidio, busca desesperadamente una alternativa a la horrible perspectiva de nunca más ver a su hijo por toda la eternidad.
Personalmente, y para consuelo y esperanza de todas las personas que están en una situación tan amarga, desearía que fuera así; que Dios en su misericordia haya provisto una oportunidad de arrepentimiento y salvación a quién se ha quitado la vida. Pero así como no hay en la Biblia, nuestra única regla de fe y conducta, una sentencia categórica acerca de la perdición eterna del suicida – salvo el mandamiento reiteradamente invocado no matarás – tampoco hay en la Palabra de Dios una revelación que ofrezca otra perspectiva para quién atentó contra su propia vida.
Quizás debamos interpretar este silencio de la Biblia de una manera más simple. Tal vez su objetivo sea que aprendamos a confiar en Dios y nada más; confiar en la justicia, el amor y la misericordia de Dios, sin desesperación ni desesperanza, pensando que el Dios que la Biblia nos presenta no es un Juez ávido de castigar y condenar, sino un Padre que anhela perdonar y recibir en su casa. El Señor sabe qué hacer y cómo tratar con aquellos que en el colmo de la desesperación, la tristeza o la perturbación mental, se quitaron la vida. Y al final, sus juicios y misericordias siempre nos dejarán conformes por su rectitud, pero también por el amor con que fueron ejecutados.

1) Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe, 1989; Nashville, USA; Pág. 984.
2) www.ugr.es/~pwlac/G27_33JoseManuel_Corpas_Nogales.html‎
3) www.ladeliteratura.com.uy/biblioteca/divinacomedia.pdf
4) www.bvs.sld.cu/revistas/gme/pub/vol.1.(1)_07/p7.htm
5) Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia. Editorial Clie, 19879; Barcelona, España; Pág. 470
6) es.catholic.net/temacontrovertido/330/1748/articulo.php?id=8977‎
7) encuentra.com/sin-categoria/suicidio_y_misericordia_divina13351/
8) encuentra.com/sin-categoria/suicidio_y_misericordia_divina13351/
9) es.catholic.net/temacontrovertido/330/1748/articulo.php?id=8977‎
10) www.saber.ula.ve/bitstream/123456789/14892/1/capitulo5.pdf
11) www.horizonteinternacional.com/es/r_past_suicidio.asp

4 Nov '15

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