LA BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO – 3 – Por Dr. Álvaro Pandiani

El aspecto más espinoso, en relación al pecado imperdonable.
Es, como se dijo al final de la segunda parte, si los cristianos pueden – podemos – incurrir en el pecado imperdonable: blasfemar al Espíritu Santo. En el contexto de esta reflexión se entenderá como cristianos, a cristianos evangélicos. No vamos a hablar sobre la experiencia de fe de creyentes de otras confesiones cristianas, quienes viven y cultivan su espiritualidad de una manera distinta; no nos corresponde. Nos referiremos a aquellos que hayan – o crean haber – pasado por la experiencia de encuentro personal con Jesucristo, arrepentimiento de pecados y fe en Jesús como Señor y Salvador personal, y habiendo pasado por el bautismo en las aguas, se integraron a la membresía de una iglesia evangélica. Así – detalle más, detalle menos – entendemos el ser cristiano los cristianos evangélicos. Podría añadirse el haber sido bautizado en el Espíritu Santo, o haber recibido la llenura del Espíritu, ingrediente de la experiencia cristiana que las diferentes denominaciones evangélicas interpretan en forma diversa; pero factor fundamental al fin, pues de eso se trata esta reflexión: el cristiano que ha recibido a Jesucristo como su Salvador, y ha sido lleno del Espíritu, ¿puede llegar a blasfemar contra el Espíritu Santo?
Como se dijo en la primera reflexión, el cristiano evangélico generalmente conjuga el desconocimiento acerca del pecado imperdonable, con la preocupación por no cometerlo o, en algunos casos, la desesperación por la noción de haberlo cometido, y por lo tanto ya no tener esperanza. La primera cosa que debemos tener claro es que el pecado imperdonable no es un acto – o un hecho – que alguien pueda cometer inadvertidamente, o en forma accidental. No existe eso de: “¡Uy!, me enojé, me puse furioso, empecé a decir barbaridades y palabrotas, y sin querer blasfemé contra el Espíritu Santo”. No es posible tal cosa, y eso es evidente si recordamos, como se mencionó en las dos partes anteriores, que cada vez que en las Sagradas Escrituras se menciona el blasfemar o resistir al Espíritu Santo, se vincula con una postura personal caracterizada por la negativa a aceptar y el rechazo activo de Jesús como Mesías y Salvador, y con incredulidad y rebeldía contra la obra de convicción del Espíritu Santo. La blasfemia al Espíritu Santo se configura a partir de una decisión de rehusarse a recibir el testimonio de Dios, dado al espíritu humano por el Espíritu Santo, de que Jesús es el Hijo de Dios y Salvador del mundo. ¿Entonces? ¿Puede ocurrir que un cristiano llegue a cometer el pecado imperdonable? Y si es así, ¿cómo puede ocurrir?
La respuesta a la primera pregunta es afirmativa: un cristiano puede llegar a incurrir en blasfemia contra el Espíritu Santo, y quedar así en la expectación del juicio eterno. Cómo puede llegar a suceder esto es complejo, y se vincula con todo lo dicho anteriormente, pero también con una actitud interna del creyente, influenciada o determinada por circunstancias externas o no, que resulta en renegar definitivamente de aquello que alguna vez creyó y abrazó con toda su alma como la fe que marcaría el curso de su vida. Para entender esto hay que volver a las Sagradas Escrituras, y a un libro del Nuevo Testamento en particular: la epístola a los Hebreos. Hay algunos párrafos de esta epístola que son muy raros de escuchar desde los púlpitos; no se predican frecuentemente. Son pasajes de una dureza extrema y rigurosidad escalofriante, que no son para nada populares en una época en que la predicación evangélica se caracteriza por promesas de bendición, prosperidad y abundancia, y se habla poco de pecado, y muy poco de arrepentimiento, obediencia y fidelidad a Dios. El primero de esos pasajes es el de Hebreos 2:3: “¿Cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande?”. Interrogante con una clara respuesta negativa – no hay manera de escapar si uno descuida su salvación – y que se sitúa en el contexto de un llamado a la diligencia y una advertencia para no “deslizarse” del camino del Señor (v. 1), y una amonestación respecto a la retribución merecida por la transgresión y la desobediencia (v. 2); por lo tanto, diligencia, atención y cuidado permanente para mantenerse en el camino recto del Señor son las ideas contenidas en esta solemne admonición dirigida a los creyentes. La negligencia, el descuido y la distracción en la fidelidad a Dios y la obediencia a los preceptos de la fe, puede conducir al cristiano a una situación sumamente comprometida respecto a su salvación eterna.
Mal que le pese a muchos, bienintencionados tal vez pero equivocados, este pasaje efectúa una demolición completa de la idea, popular en algunos círculos evangélicos, del “salvo, siempre salvo”, y convoca a cada creyente a atender cotidianamente su vida de comunión con Cristo y su crecimiento en fe y santificación. De esta manera, está en consonancia con otro pasaje de las Escrituras en el cual se nos exhorta a ocuparnos de nuestra salvación “con temor y temblor” (Filipenses 2:12); es decir, y aunque suene severo, intolerante, y hasta melodramático, con seriedad, solicitud y dedicación, sabiendo que el llamado del Señor y la vida cristiana no son juego ni cosa de risa, aunque algunos se lo tomen para la broma y otros para sacar ventajas personales. Entender bien el evangelio significa entender que este camino que hemos decidido transitar, en respuesta al llamado de Jesús, requiere de nuestra responsable solicitud y aplicación, cada día.
¿Pero a qué puede llevarnos el descuido? ¿Qué es lo que podría suceder si nos deslizamos por descuidarnos? La respuesta la podemos encontrar en otro pasaje de la epístola a los Hebreos: “Es imposible que los que una vez fueron iluminados, gustaron del don celestial, fueron hechos partícipes del Espíritu Santo y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndolo a la burla” (6:4 – 6). Este pasaje describe claramente a personas a quienes les fue predicado el evangelio con claridad, tal que comprendieron y fueron convencidos de su situación pecaminosa ante Dios (“fueron iluminados”), como resultado de dicha convicción se arrepintieron de sus pecados, recibiendo perdón, salvación y vida eterna (“gustaron del don celestial”), incluso fueron bautizados en el Espíritu Santo e integrados así al cuerpo de Cristo (“fueron hechos partícipes del Espíritu Santo”), avanzaron en el conocimiento de la Palabra revelada de Dios (“gustaron de la buena palabra de Dios”), y hasta recibieron en sí mismos, o fueron conducto del poder sobrenatural de Dios (“los poderes del mundo venidero”). ¿Qué es lo que les pasó a estas personas? El nudo de este pasaje bíblico tan contundente está en la palabra “recayeron”; la recaída se refiere a la decisión de volver atrás, alejándose de Dios y del camino al que Cristo les había llamado. Como hicieron muchos discípulos de Jesús, tal vez integrantes del grupo de setenta que había sido enviado por el Maestro a predicar el evangelio, que fueron testigos hasta de cómo los demonios se les sujetaban en el nombre de Jesús (Lucas 10:17), pero que cuando las exigencias del compromiso con el Señor les resultaron excesivas, dejaron de seguirle (Juan 6:66). Tal vez del mismo modo que Demas, un cristiano del primer siglo que aparece en varias epístolas de Pablo como colaborador del apóstol, y seguramente fue testigo de conversiones, milagros y nacimiento de iglesias, pero del cual lo último que sabemos es una referencia que hace Pablo en su postrera epístola, escrita poco antes de morir: “Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica” (2 Timoteo 4:10). De lo que habla este pasaje es de apostasía; apostasía que significa renegar y abandonar la fe una vez profesada, conscientemente y sabiendas de lo que se hacía; que asimismo significa traicionar los principios e ideales del evangelio de Cristo; y que también significa ser desleal a Dios, a quien se había prometido fidelidad. El pasaje es categórico al decir que para los tales es imposible una renovación interior que los conduzca otra vez al arrepentimiento, pues para los tales Jesucristo debería morir por segunda vez, como si aquel sacrificio en la cruz que los atrajo la primera vez al evangelio no les fuera suficiente.
Una idea similar surge en el tercer pasaje de la epístola a los Hebreos a considerar en cuanto a este tema: “Si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la Ley de Moisés, por el testimonio de dos o tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisotee al Hijo de Dios, y tenga por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, y ofenda al Espíritu de gracia?” (10:26 – 29). Este es otro pasaje bíblico demoledor, que parece destinado a quitar el sueño a quien se toma displicentemente el llamado de Dios a la santidad, tal como lo expresó Jesús por ejemplo en Mateo 5:48: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”, y el propio autor de Hebreos lo dice con su estilo categórico: “Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (12:14). El lenguaje del párrafo de Hebreos que citamos antes (10:26 – 29) constituye un clímax; es decir, está escrito retóricamente para llevarnos de escalón en escalón hacia una cúspide, o acmé de intensa severidad. El puntapié inicial lo da el pecado voluntario, o sea, el pecado cometido conscientemente, un acto que fue previamente pensado, deliberado y libremente decidido; y todo eso pese a “conocer”, es decir, estar bien interiorizado de la verdad de Cristo. Como aquellos hombres mencionados por Pablo en la epístola a los Romanos, quienes “aunque conocen el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (1:32). Luego comienza el ascenso – o descenso – por esta escalera temible: ya no hay medio de acceder al perdón por el pecado (“no queda más sacrificio por los pecados”); sólo queda aguardar el juicio y la condenación eterna (“horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”); la violación de la ley del Antiguo Testamento se penaba con la muerte (“El que viola la Ley de Moisés… muere irremisiblemente”); el castigo por pecar contra la verdad es peor que la muerte (“Cuánto mayor castigo… merecerá”); quien peca contra la verdad está pisoteando a Jesucristo (“pisotee al Hijo de Dios”), repudia como algo inmundo – es decir, impuro – la sangre de Cristo que una vez le había limpiado del pecado (“tenga por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado”), y finalmente, blasfema al Espíritu Santo (“ofenda al Espíritu de gracia”). En síntesis, el rechazo de la verdad de Dios en Cristo, y el pecar contra esa verdad, habiéndola conocido, es un pecado imperdonable. El penúltimo escalón de esta gradación fatídica está en el v. 30: “conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: el Señor juzgará a su pueblo”, texto que asegura que Dios se encargará de hacer justicia y pagar a quien merece el castigo. El pináculo de esta escalera escalofriante está en el v. 31: “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!”. Huelgan más comentarios.
En conclusión, la blasfemia contra el Espíritu Santo es un pecado voluntario y deliberado, fruto de un corazón duro y empecinado en la incredulidad, o también fruto de descuidar la salvación, de ser negligente, lo que lleva al cristiano a deslizarse, a desoír las advertencias de la Palabra de Dios, recayendo conscientemente en el amor al mundo y el pecado. Tenerlo claro es fundamental para que los cristianos seamos prudentes, busquemos cada día al Señor, nos ocupemos de cuidar y atesorar lo que Él nos ha dado, y nos guardemos sin mancha del mundo. Y que en cuanto a los de afuera, clamemos al Señor por su misericordia, de modo que la palabra predicada encuentre siempre buena tierra donde germinar, crecer y dar fruto para vida eterna.

A manera de epílogo: las manifestaciones novedosas de poder atribuidas a una “nueva unción” del Espíritu Santo, en las iglesias evangélicas contemporáneas, han tenido defensores y detractores. Aparentemente algunos detractores han recurrido a la calificación de tales fenómenos como producto de actividad satánica, y han sido acusados de blasfemar contra el Espíritu Santo por los defensores de dicha nueva unción. Esto se trasluce en la siguiente cita del artículo La blasfemia contra el Espíritu Santo: “Muchos hoy en día, defendiendo el falso avivamiento de la “borrachera”, el “revuelco”, las caídas para atrás en masa y descontrol, la llamada risa “santa”, falsas sanidades, y otras muchas supercherías que ciegamente asignan al Espíritu de Dios, se atreven a decir a los que nos oponemos a esas falsas señales (ver Mt. 24: 24) que estamos blasfemando contra el Espíritu Santo; algo así como cuando los fariseos hicieron lo mismo en cuanto a las liberaciones del Señor” (www.centrorey.org/apologetica/apg_36.html). Los fenómenos extravagantes atribuidos al Espíritu Santo en los cultos de las congregaciones evangélicas han proliferado, y han sido un quebradero de cabeza y causa de críticas y distanciamiento entre hermanos. Quizás sería prudente recordar que, ante fenómenos en apariencia sobrenaturales en las iglesias, además de Dios o el diablo como fuente de origen hay que considerar un tercer elemento en la ecuación: el espíritu humano, enfervorizado por un entorno de fuertes estímulos emocionales, o interesado en promover tales estímulos, para atraer y envolver gente crédula e incauta. Por eso, todo debe ser contrastado con el metro patrón que representa la Biblia como Palabra de Dios. Y también es pertinente recordar algo escrito por el apóstol Pablo: “Examinadlo todo y retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:21, 22). Retener lo bueno es el consejo; la recomendación del apóstol sobre lo “no bueno” es más que elocuente.

12 Oct '15

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