La blasfemia contra el Espíritu Santo – Parte 2.

– Por Dr. Álvaro Pandiani –
Profundizando la exposición sobre el pecado imperdonable.
Al final de la primera parte concluimos que la solemne advertencia de Jesús acerca de la blasfemia contra el Espíritu Santo había sido motivada porque los fariseos, sus enemigos enconados y opositores crónicos, habían verbalizado que el poder de Jesús para hacer milagros provenía del Beelzebú, con lo cual lo que habían hecho era ni más ni menos que llamar diablo al Espíritu Santo. Esta actitud de rechazo de Jesús como enviado de Dios, y el explicar los poderes que demostró como provenientes de artes ocultas habría aparecido en la literatura judía posterior, concretamente en el Talmud. ¿Qué es el Talmud? “El Talmud es la colección autorizada de ley y tradición rabínica, considerada por parte de nuestro pueblo (el judaísmo ortodoxo) como entregada por el Creador mismo a Moshé en el Monte Sináy”1. El Talmud fue una recopilación de los comentarios de los rabinos entre los años 200 y 500 después de Cristo2. Según el apologista cristiano Josh McDowell, en dicha literatura puede leerse la siguiente cita: “En la víspera de la pascua colgaron a Yeshu (de Nazaret) y el heraldo estuvo yendo delante de él durante cuarenta días, diciendo que (Yeshu de Nazaret) habría de ser apedreado por haber practicado la hechicería y haber engañado y descaminado a Israel”3. La alusión a la práctica de la hechicería por parte de Yeshu parece una referencia al poder demostrado por tal personaje para ejecutar obras sobrenaturales, pero atribuidas no al poder de Dios, sino a brujería, magia u ocultismo; es decir, trato con fuerzas de las tinieblas, algo condenado tanto por el judaísmo como por el cristianismo.
Volviendo al Nuevo Testamento, resultan también sugestivas de una actitud similar a la de los fariseos las palabras que algunos judíos, de posición evidentemente antagónica hacia Jesús de Nazaret, dirigieron a quienes demostraban interés por sus enseñanzas: “Demonio tiene y está fuera de sí. ¿Por qué lo oís?” (Juan 10:20); si bien en este caso la reacción no es ante milagro alguno sino posterior al discurso sobre el buen pastor, en que Jesús afirmó poder “poner” su vida y “volverla a tomar”, es decir, ofrecerse en sacrificio y resucitar a voluntad, y si bien el que Jesús estaba en ese momento “lleno del Espíritu Santo” (Lucas 4:1) es una afirmación cristiana posterior, la ligereza y facilidad para calificar a Jesús como loco y endemoniado revela en estas personas, no una fijación con las cosas de las tinieblas, tanto como una actitud de rechazo violento y descalificación de la peor especie hacia quien consideraban no digno de crédito. Es alentador ver que otros judíos, esos otros interesados en las enseñanzas de Jesús, demuestran una postura muy diferente a la de aquellos fariseos que blasfemaran al Espíritu Santo: “Estas palabras no son de endemoniado. ¿Puede acaso el demonio abrir los ojos de los ciegos?” (Juan 10:21). Lo que estos dijeron fue equivalente a: “estos milagros sólo Dios puede hacerlos”. Pero la actitud de incredulidad y antagonismo de muchos judíos hacia Jesús parece ya anunciada en un discurso de Juan el Bautista: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que se niega a creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36); nótese que el Bautista no dice “el que no cree”, sino “el que se niega a creer”, indicando, más que una actitud de incredulidad, una posición de rechazo activo de Jesucristo. Esta posición de rechazo de aquellas personas surge en un comentario que hace el apóstol Juan en un pasaje de su evangelio: “a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él” (12:37). La referencia a las señales – o milagros – nos evoca a los fariseos y su blasfemia; es como si esa gente dijera: “sí, hace milagros, pero…”, y se empecinaran en no creer en Jesús como enviado de Dios. El mismo Jesús da un veredicto alarmante sobre esta actitud: “Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado” (Juan 15:22); “no tienen excusa” es equivalente a decir: no tienen disculpa, no tienen justificación, no tienen defensa, no tienen escapatoria. En suma, no tienen perdón.
Ahora, ¿cuál es la misión y el ministerio del Espíritu Santo?; es decir, ¿qué hace ese que es conocido como la Tercera Persona de la Santísima Trinidad? En su último discurso, antes de su arresto para ser llevado a juicio y morir crucificado, Jesús dijo a sus discípulos que Él se iría, pero enviaría alguien de parte de Dios en su lugar: el Espíritu Santo; y agregó palabras reveladoras acerca de la obra a realizar por el mismo: “cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). La palabra que define la función del Espíritu Santo es convicción; su misión en este mundo es producir en las personas convicción, es decir, persuasión, certidumbre, evidencia de la verdad de Dios. No es tarea del Espíritu Santo la conversión del individuo, la cual surge de la decisión libre y sin coacción del corazón humano, y de la aplicación de esa decisión en la construcción de una vida nueva; la obra del Espíritu Santo es producir certeza, confianza y fe. Pero, ¿persuasión, certeza y fe acerca de qué? Jesús dijo a continuación: “De pecado, por cuanto no creen en mí” (v. 9); esto significa que la incredulidad ante el evangelio de Jesucristo será contada como pecado. Una afirmación de este tipo está en consonancia con otros pasajes del Nuevo Testamento en los cuales se afirma que el no creer – o negarse a creer – acarrea condenación (Juan 3:36; Marcos 16:16), pero choca y ofende la conciencia tolerante posmoderna, para la cual la disyuntiva “creer o morir”, o sea, aceptar la fe cristiana o ser condenado, es inadmisible. Sin embargo, los cristianos apegados a la Biblia no podemos sino mantenernos fiel al texto sagrado, proclamando el amor y la fe de Jesús, e invitando a todos y todas a entregar su corazón y su vida a Cristo.
Jesús también dijo: “De justicia, por cuanto voy al Padre y no me veréis más” (v. 10); el propósito de la venida de Jesús a este mundo fue consumar el plan de salvación, como se lee en Marcos 10:45: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos”. Cuando Jesús, agonizando en la cruz, dijo: “consumado es” (Juan 19:30), señaló que el plan de salvación había sido coronado con el éxito. Después de la resurrección, Jesús apareció esporádicamente a sus discípulos, hasta el día de la ascensión, luego de la cual ya no apareció sino en visiones tenidas por algunas personas en especial. La partida final de Jesús de este mundo, entonces, indica que la “justicia”, es decir, el cambio de condición del pecador, de perdido y excluido de la presencia de Dios a perdonado y recibido en la comunión con el Padre, era posible mediante la fe en Jesucristo (Romanos 3:22). Finalmente, Jesús dijo: “De juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (v. 11); la expresión “el príncipe de este mundo” es una referencia directa a Satanás, el cual, según Jesús, ya fue sometido a juicio y sentenciado. En consonancia con esto leemos en Mateo 25:41 que el “fuego eterno” ha sido preparado “para el diablo y sus ángeles”; en otras palabras, el castigo sin fin de los pecadores fue originalmente pensado como la condena definitiva del diablo y sus demonios. El hecho de que el diablo haya sido ya juzgado, garantiza que los pecadores también serán juzgados; no habrá medias tintas ni lenidad en el trato de Dios con el pecado y los pecadores.
En síntesis, el Espíritu Santo es quien produce en el corazón humano evidencia que persuade y da convicción de que somos pecadores, de que hay perdón sólo en Jesucristo, y de que el juicio y la condenación esperan a quien deseche dicho perdón. En otras palabras, dado que la fe viene por el oír la Palabra de Dios (Romanos 10:17), y la Palabra de Dios es la espada del Espíritu (Efesios 6:17), podemos decir que la predicación de la Palabra de Dios vehiculiza un accionar sobrenatural del Espíritu Santo que penetra – como una espada – en lo profundo del ser humano, buscando producir fe. Si en vez de fe, la respuesta es rechazo – no simple incredulidad, o indiferencia displicente, sino rechazo – el individuo queda comprendido en una actitud interna que, en palabras de las Escrituras, constituye “endurecer el corazón”, es decir, negarse activamente a creer, aceptar, obedecer y reconocer la grandeza y santidad de Dios, y la condición humana pecaminosa delante del Creador. La recomendación bíblica, dirigida primero a Israel (Salmo 95:7b, 8a) es: “si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón”; algo así como: “si Dios te da la oportunidad, no la rehúses”. Rehusarse a aceptar dicha oportunidad de perdón y reconciliación que Dios ofrece es equivalente a resistirse, como los judíos del tiempo de Jesús, a quienes Esteban, el primer mártir, acusó diciéndoles: “Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo” (Hechos 7:51). Resistir tiene incluso una connotación de enfrentamiento y lucha o pelea; y pelear contra Dios no es un buen negocio, como se lee del antiguo Israel en Isaías 63:10: “ellos fueron rebeldes e hicieron enojar su santo espíritu; por lo cual se les volvió enemigo y él mismo peleó contra ellos”. Los resultados de semejante postura – un corazón empedernido en incredulidad y rebeldía que se resiste a la oferta de amor y misericordia de Dios – son tan obvios como terribles, y el panorama del mundo actual es testimonio de los mismos.
Cabe aquí recordar el concepto del arrepentimiento, abordado en otras oportunidades, pero que merece ser puesto nuevamente sobre el tapete. La profundidad del cambio implicado en el arrepentimiento lo conecta con ese otro gran concepto neotestamentario que es el nuevo nacimiento, sin el cual, dijo Jesús, nadie puede ver el reino de Dios (Juan 3:3). La importancia de un cambio radical se evidencia en la insistencia del Nuevo Testamento sobre el arrepentimiento; por ejemplo, en la conclusión de Pedro de su primer sermón, predicado el día de Pentecostés: “arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38), pasaje que conecta arrepentimiento con perdón de pecados; por ejemplo, también, en la exclamación asombrada de los judíos cristianos cuando los gentiles recibieron el Espíritu Santo en casa del centurión Cornelio: “¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” (Hechos 11:18), pasaje que conecta arrepentimiento con vida, es decir, vida eterna (mediando el perdón de pecados). A propósito de este vínculo entre arrepentimiento y vida, es pertinente recordar la solemne advertencia hecha por Jesús a quienes le contaron acerca de unos galileos ejecutados por orden de Poncio Pilato, cuya sangre fue mezclada con los sacrificios de los romanos. No queda claro qué resultaba más atroz para los informantes del hecho, si la muerte de esos hombres, o que hayan sido participantes involuntarios de un rito pagano. Lo que sí parece claro es la intencionalidad de su informe: puesto que Jesús se perfilaba como el Mesías, o sea, el Libertador de Israel, el relato de la crueldad de Pilato podría haber tenido como objetivo instigarlo, o “pincharlo”, para que se manifestara como tal. Como tantas veces, una vez más la respuesta de Jesús fue sorprendente: “si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3). ¿De qué habla este hombre?, pueden haber pensado sus interlocutores. Ellos se referían a atrocidades que requerían respuestas directas y violentas contra el opresor extranjero; Jesús respondió hablando de un cambio profundo y radical del ser humano ante Dios, para no ir a la muerte eterna, a la eterna condenación. Porque sin arrepentimiento no hay perdón.
En dos oportunidades, en dos epístolas dirigidas a iglesias gentiles, el apóstol Pablo habla de individuos que, habiendo oído y entendido el mensaje de Dios contenido en el evangelio, resolvieron rechazarlo: “Esos, aunque conocen el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (Romanos 1:32); “Por eso Dios les envía un poder engañoso, para que crean en la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia” (2 Tesalonicenses 2:11, 12). En ambos pasajes, la inferencia es que estas personas que “conocen el juicio de Dios” pero “se complacieron en la injusticia”, no tuvieron un contacto ocasional o un conocimiento superficial del evangelio cristiano, sino que gozaron de la oportunidad de conocer cabalmente el plan de salvación de Dios para el ser humano en Jesucristo, lo que implicó un obrar del Espíritu Santo en sus corazones, y resolvieron desecharlo, para seguir sumergidos en sus propios y particulares pecados. Por lo tanto, estos pasajes están en consonancia con lo afirmado por Jesús en Juan 3:19: “Y esta es la condenación: la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. Lo que resta, luego de semejante decisión, es la condenación.
Así que, como los judíos, también los gentiles, los inconversos en general, pueden resistir el accionar del Espíritu Santo para convencer de pecado, justicia y juicio. Y esta resistencia en incredulidad y rebeldía configura por sí misma blasfemia contra el Espíritu Santo, como vamos a ver al abordar la gran pregunta: ¿puede también el cristiano incurrir en blasfemia contra el Espíritu Santo?

(Continúa en una tercera y última parte).

1) kehilamesianica.jimdo.com/ha-katuv/talmud/
2) Talmud y Midrás; Nuevo Diccionario Bíblico; Ediciones Certeza, USA, 1982; Pág 1326.
3) McDowell J, Jesús, un hombre de la historia; en Evidencia que exige un veredicto. Editorial Vida; Miami, 1982; págs. 87 – 88.

4 Sep '15

Hay 1 Comentario.

  1. Anabella
    10:04 am Septiembre 11, 2015

    Sres de Iglesia en Marcha – Dr Pandiani:
    Gracias! Me han ayudado infinitamente para entender qué quiere decir blasfemar en ese contexto.
    Interesante y súper claro. Nunca pensé que estuviera tan presente en las escrituras. Soy católica y me temo que no tenemos este nivel de explicación a nivel congregacional. Soy estudiante de sociología y me interesan muchos temas, este es uno de ellos.
    Muy bueno, aguardo la tercera parte.

    Anabella

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