LA BLASFEMIA AL ESPÍRITU SANTO.

– Por Dr. Álvaro Pandiani –
Una aproximación al pecado imperdonable.
Algo que llama la atención – y estremece – cuando uno lee las páginas del Antiguo Testamento de la Biblia es el carácter inflexible de Dios ante el pecado. La forma en que el castigo de la maldad humana es garantizado, la manera en que se destaca que la justicia de Dios es absoluta e inescapable, en principio sorprende en nuestra cultura contemporánea, una cultura tolerante y en general laxa a la hora de administrar sanciones por el mal comportamiento y el delito. Y no es que hoy en día nos parezca que los delincuentes y malvados no merezcan – o no se les deba aplicar – castigos; basta leer las opiniones de las personas cuando la crónica policial informa de rapiñas, secuestros, violaciones y asesinatos, para ver cómo muchos en las redes sociales, y más aún desde el anonimato de un seudónimo en un foro o un blog de opinión, imaginan, proponen y hasta exigen medidas punitivas implacables y violentas, a veces atroces, para los criminales. Pero así como la adecuada puesta de límites por parte de los padres a sus hijos parece contar con mala prensa, al menos en los hechos y cuando se trata de poner límites con medidas rigurosas, las penas a aplicar a quienes delinquen pasan cada vez más por alternativas a la severidad de antaño, una severidad caracterizada por condenas prolongadísimas, o de por vida, o aún la pena de muerte. Y nos parece bien, nos parece muy bien, nos parece muy humano y evolucionado, y acorde a los derechos humanos – de los delincuentes, claro – proponer educar, rehabilitar, acompañar en la reinserción social, ofrecer opciones distintas a una vida al margen de la ley y la sociedad. Nos parece bien, hasta que la crónica roja nos informa sobre la barbarie nuestra de cada día; sobre un asalto cometido con violencia innecesaria y despiadada, o un asesinato truculento. Entonces la reacción visceral es que se debería aplicar un castigo feroz sobre el culpable; reacción visceral que, por supuesto, debe ser dominada por nuestra razón, evolucionada, educada y respetuosa de los derechos humanos.
Entonces, la proverbial severidad del Antiguo Testamento a la hora de administrar castigo por los pecados – en la antigüedad, y sobre todo en la teocracia del antiguo Israel, delito y pecado eran casi sinónimos – esa severidad sorprende, pero no tanto. Dice el segundo mandamiento: “Yo soy Jehová tu Dios… que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen” (Éxodo 20:5), versículo que habla de las consecuencias a largo plazo de la maldad y el pecado, y parecería afirmar que – en cierta forma – dichas consecuencias expresan un acto punitivo de Dios. En Proverbios 11:21 se lee: “tarde o temprano el malo será castigado”; más expresivo aún es Isaías 13:11: “castigaré al mundo por su maldad, y a los impíos por su iniquidad; y haré que cese la arrogancia de los soberbios, y abatiré la altivez de los fuertes”. Lo inflexible del carácter de Dios, de su determinación de no dejar pasar por alto la maldad de los seres humanos, se evidencia en la expresión: “de ninguna manera te dejaré sin castigo” (Jeremías 30:11). Impresiona y resulta escalofriante leer en el Antiguo Testamento la forma en que eran ajusticiados los criminales: apedreamiento (lapidación) hasta la muerte, ser atravesado por una espada o una lanza, ser arrojado a los leones, ser quemado vivo. La dureza y la crueldad de estos métodos sólo son sobrepujadas por la perspectiva –neotestamentaria – del castigo eterno, reservado para aquellos que persisten en pecar y rechazan la fe en el único Dios verdadero.
Pero en el Nuevo Testamento, la aparición de Jesús de Nazaret introduce una nueva visión: el amor infinito de Dios, ya mencionado en el Antiguo Testamento (Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia, Jeremías 31:3), se expresa en una forma nueva y magnífica. La venida del Hijo de Dios, motivada por el amor a los seres humanos, para ofrecer salvación, perdón y vida eterna a todos, tiene un resumen magnífico en las palabras de Juan 3:16: “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Si tenemos en cuenta que el Padre habló del Hijo diciendo: “Este es mi hijo amado” (Mateo 3; 17 y 17:5), y sin embargo lo destinó “desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:20), al máximo sacrificio ofrecido en la cruz por la salvación de los pecadores, la misericordia, la compasión y la gracia de Dios destacan rutilantemente, y contrastan con la rigurosidad del Antiguo Pacto; luego de la rigidez de una ley religiosa, ceremonial, civil y penal que debía ser cumplida, so pena de castigos durísimos, irrumpen en el mundo el amor y la gracia de Dios. Ese amor, esa gracia y misericordia, hallan su culminación en la persona de Jesús, quien con su sacrificio voluntario consumó la obra de salvación, abriendo el camino al perdón y la vida eterna, a ser recibida por la fe. El apóstol Juan, cuando en la introducción de su evangelio se refiere a Jesús de Nazaret como el Verbo (Logos), dice: “aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14); y el apóstol Pablo expresa de una forma peculiar esta actitud misericordiosa de Cristo al escribir: “ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9). Por supuesto, aún Jesús habló del castigo de los malos, e hizo solemnes advertencias acerca del infierno, un lugar tenebroso y aterrador (Lucas 13:28), donde el tormento no tiene fin (Mateo 25:41). Pero insistió en la oportunidad que el arrepentimiento y la fe ofrecían – y ofrecen – a cada uno de escapar de semejante destino: “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15); “todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11:25).
Por todo lo expuesto llama la atención, e impacta, y preocupa, y alarma, cuando el propio Jesús habla de un pecado imperdonable, un pecado para el cual no habrá jamás perdón. Si el propio Jesucristo, por la fe en quién el humano pecador, una vez arrepentido, puede recibir el perdón aún por las peores maldades, si el mismísimo Jesús de Nazaret, el único y último refugio del pecador en busca de misericordia divina, habla de un pecado que pone al culpable más allá de toda posibilidad de redención, ¿no merece saberse de qué se trata dicho pecado, y cómo evitar caer en algo que podría perdernos para siempre, más allá de toda esperanza?
Es común, y me ha pasado varias veces, que la sola mención de la blasfemia contra el Espíritu Santo provoque la pregunta preocupada – siempre formulada por un creyente evangélico – acerca de en qué consiste ese pecado; se evidencia así el conocimiento, por parte del creyente, de que dicho pecado es imperdonable, y el desconocimiento acerca de qué es exactamente dicho pecado. Y no deja de ser llamativo que al creyente le preocupe saber de qué se trata el pecado imperdonable, para evitar incurrir en el mismo, mientras que al incrédulo, al inconverso y al ateo no les importa en absoluto ni ese ni ningún otro pecado, pues el pecado – en su concepto – es una construcción cultural, cuando no un recurso de la religión para someter a las masas mediante el temor al castigo, etcétera. Esta perspectiva tan distinta entre el creyente – que se lo toma con seriedad y solemnidad – y el que no cree – que responde con despreocupación, indiferencia y hasta burla – se relaciona con la naturaleza última del pecado imperdonable.
Acudiendo a las bases bíblicas de este asunto, encontramos dos pasajes del Nuevo Testamento que se podrían llamar fundamentos primarios; esto, porque es en esos párrafos que sale la expresión “blasfemia contra el Espíritu Santo”, pero no son los únicos lugares de las Escrituras que hablan de dicho pecado, pues hay otros que podríamos llamar fundamentos secundarios. Los fundamentos primarios son el pasaje de Mateo 12:22 – 32, y el pasaje paralelo de Marcos 3:22 – 30. Estos pasajes relatan un mismo hecho: un hombre ciego y mudo, del cual las Escrituras dicen que se encontraba así por estar endemoniado, es sanado por Jesús, con la evidencia del retorno de la vista y la capacidad del habla. Los racionalistas de hoy dirían que este individuo padecería en realidad un trastorno conversivo, con ceguera y mutismo histéricos, o algo de eso. No es tema para discutir en esta reflexión. El punto es que, según los evangelios, Jesús de Nazaret le “sanó”, y los constantes oponentes del Señor, los fariseos, atribuyeron la expulsión del demonio al poder de Beelzebú, príncipe de los demonios (v. 24). Jesús rebatió semejante acusación y afirmó que su poder para expulsar demonios provenía del Espíritu de Dios (v. 28); y cerró la discusión diciendo que “el que hable contra el Espíritu Santo, no será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (v. 32); es decir, que no tendrá jamás perdón. El pasaje paralelo del evangelio de Marcos, capítulo 3, agrega que “todos los pecados y las blasfemias, cualesquiera que sean, les serán perdonados a los hijos del los hombres” (v. 28), pero que, en cambio, “el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno” (v. 29). Así que la blasfemia contra el Espíritu Santo queda definida como un pecado sin perdón, ni ahora ni nunca por toda la eternidad, y el culpable es un “reo de juicio eterno”; es decir, que está condenado a la eterna perdición.
La fuerza de estas palabras de Jesús es demoledora. Los cristianos estamos acostumbrados a sostener que “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27); es decir, que lo fundamental ahora es tomar las decisiones morales adecuadas – sobre todo, la decisión de fe por Jesucristo – pero el juicio se verificará más allá de este mundo y de esta vida. Pero que en esta vida alguien pueda cometer un pecado que desde ya lo condene irremisiblemente a la perdición eterna, es en el mejor de los casos muy preocupante.
¿Y por qué? ¿Por qué la blasfemia contra Cristo, y las blasfemias “cualesquiera que sean” – incluyendo entonces la blasfemia contra Dios el Padre – pueden ser perdonadas, y no la blasfemia contra el Espíritu Santo? ¿Por qué blasfemar específicamente contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón? Hace muchos años, siendo nuevo en el camino del Señor, hice esta pregunta a un pastor; la respuesta fue que es así porque el Espíritu Santo es la persona más suave, dulce y tierna de la Santísima Trinidad. Conclusión: el pobre pastor hizo su mejor intento, pero en realidad no tenía idea. Eso nos pasa a muchos cristianos evangélicos: sabemos que ese pecado es imperdonable, pero no sabemos por qué ni en qué consiste; y ante la duda, continuamos en la ignorancia, confiando en no meter la pata, o en que Dios nos disculpe si, por error y sin intención, cometemos la torpeza de blasfemar contra el Espíritu Santo.
Volviendo a lo que llamamos fundamentos primarios, los pasajes de Mateo y Marcos en los cuales se relata cómo Jesús sanó a este individuo ciego y mudo expulsando una entidad espiritual maligna que se había posesionado del mismo (que en definitiva, eso significa estar endemoniado), el relato dice que los testigos del hecho quedaron “atónitos” viendo que esta persona había recuperado la vista y el habla. Los milagros de Jesús llevaron reiteradamente a sus contemporáneos a considerar que el poder del Altísimo estaba con él. Según el evangelio de Lucas 7:16, cuando Jesús devolvió la vida al hijo de la viuda de la ciudad de Naín, “todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios diciendo: un gran profeta se ha levantado entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo”. Juan cuenta que, cuando se enteraron de la resurrección de Lázaro, los fariseos y los principales sacerdotes judíos – sus grandes opositores – se reunieron en concilio, con este tenor: “¿Qué haremos? Pues este hombre hace muchas señales. Si lo dejamos así, todos creerán en él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación” (Juan 11:47, 48). Preocupaba a las autoridades religiosas de Israel que los milagros de Jesús hicieran creer a todo el pueblo judío que él era el Mesías prometido por Dios – por lo tanto, un enviado de Dios, cosa que ellos no creían – y que eso desencadenara la reacción de Roma contra toda la nación. El propio apóstol Juan dice acerca de lo sucedido en las bodas de Caná – la transformación del agua en vino – “este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él” (Juan 2:11). El apóstol Pedro, predicando muchos años después en casa de un centurión romano, dijo: “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y… éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38).
Volviendo al episodio del endemoniado ciego y mudo, el milagro de Jesús era evidencia de que en Jesús se movía un poder sobrenatural para sanar y hacer el bien; y todos estaban dispuestos a creer que ese poder de hacer el bien provenía de Dios. Salvo los fariseos, allí presentes, quienes no aceptaban a Jesús ni como profeta, ni como maestro, ni mucho menos como Mesías. La forma que encontraron para desacreditar a Jesús como enviado de Dios delante de la gente fue afirmar que su poder sobrenatural provenía de otra fuente; una fuente maligna, un príncipe espiritual demoníaco, Beelzebú, que Jesús identificó de inmediato con Satanás. Lo que hicieron los fariseos fue atribuir al diablo la obra sobrenatural del Espíritu Santo. Pero más importante que lo que hicieron, es por qué lo hicieron. Como aquellos reunidos en concilio tras la resurrección de Lázaro, los fariseos no negaban que ese hombre hiciera milagros, pero sí se negaban a reconocer que Jesús viniera de parte de Dios. Empecinados en su negativa a aceptar el mesiazgo de Jesús, echaron mano de cualquier recurso para resistir la evidencia incontestable de los milagros, incluso la blasfemia: llamaron diablo al Espíritu Santo.
Al llegar a este punto, apenas hemos rascado la superficie de este asunto de la blasfemia contra el Espíritu Santo.

(Continúa en una segunda parte).

6 Ago '15

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