PERDÓN, ¿Y OLVIDO?

– Por Dr. Álvaro Pandiani –

Uno de los puntos fundamentales del evangelio es el perdón. Cristo fue un mensajero de perdón. El evangelio es una buena noticia que consiste en que Dios en su amor envió al Salvador para hacer posible el perdón, mediante el sacrificio por el pecado. Cuando pensamos la relación o el vínculo entre Dios y los seres humanos, según lo presenta la Biblia y la Iglesia lo ha predicado con más o menos acierto a lo largo de la historia, destacan tres atributos de Dios. En primer lugar, Dios es un Dios de justicia: “Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia” (Salmo 103:6). El Dios en quién creemos los cristianos, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, conoce todas las cosas ocultas; además, obra con imparcialidad, y no puede ser sobornado. Y también es un Dios de sabiduría perfecta. La administración de justicia de Dios no demora, como dice el refrán popular; antes bien, es ejecutada en el momento adecuado, desde su superior punto de vista. Y otra cosa: Dios es Todopoderoso; Él tiene poder suficiente para traer todas las cosas a juicio.
Segundo, Dios es un Dios de amor; la Biblia dice: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se piedra, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). No podemos cansarnos de citar y repetir una y otra vez estas palabras, pues son la expresión del amor sublime, irracional y loco de Dios por la humanidad perdida. Si Dios en verdad existe (los cristianos creemos que sí), entonces está loco; loco de amor por sus hijos perdidos. La epopeya de la redención tiene un magistral resumen en este versículo, Juan 3:16. Realmente, la magnitud del amor de Dios es difícil de comprender; tal verdad se expresa en las siguientes palabras: “el amor de Cristo… excede a todo conocimiento” (Efesios 3:19). Y los seres humanos somos destinatarios de este amor de Dios. ¿Cómo compatibilizar estas afirmaciones sobre el inmenso amor de Dios por los seres humanos, con las catástrofes, tragedias y padecimientos que a menudo azotan a las personas, sobre todo cuando caen sobre quienes pensamos que son – o nos impresionan como – inocentes? Para comenzar, el amor de Dios a la humanidad se manifiesta y cristaliza en la venida de Jesucristo: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él” (1 Juan 4:9). Este es un punto a tener en cuenta, para vincularlo con nuestra respuesta de fe – o no – a la expresión de ese amor de Dios en la persona de Cristo.
En tercer lugar, Dios es un Dios de perdón: “Tú eres Dios perdonador, clemente y piadoso” (Nehemías 9:17). Podemos decir que forma parte de la naturaleza divina la propensión a perdonar al infractor, incluso al infractor reincidente. Dios anhela perdonar al hombre su pecado: “¿Acaso quiero yo la muerte del impío? Dice Jehová el Señor”, “yo no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor. ¡Convertíos, pues y viviréis!” (Ezequiel 18:23, 32). Tanto es así el deseo de Dios de otorgar el perdón, que vista la dificultad habitual, casi natural, de los seres humanos para perdonar ofensas y culpas, en otros y en sí mismos, vistos los odios, rencores y enemistades de largo aliento, a veces virtualmente irreconciliables, y la visceral reacción de venganza que surge en muchos – y más en estos tiempos violentos – podríamos llegar a creer que no estamos hechos tan a imagen y semejanza de ese Dios que nos pinta la Biblia, como la misma Biblia dice (Génesis 1:27). La respuesta a este dilema está en cuánto el pecado ha deformado y corrompido la naturaleza humana; eso, para los que dicen que el pecado no existe, o no es más que una construcción social.
Pero lo que sí debemos tener claro es que el perdón de Dios no se compra ni se arranca; es por gracia y misericordia: “en él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados, según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7). Tampoco es parcial; cuando Dios perdona, lo hace en forma total y completa: “¿Qué Dios hay como tú que perdona la maldad y olvida el pecado del remanente de su heredad?” (Miqueas 7:18).
¿Cómo el ser humano abrumado por sus culpas obtiene el perdón de Dios? El perdón de Dios al hombre está sola y únicamente en Jesucristo. Jesús es quien vino a buscar a los perdidos (Lucas 19.10); también es quien vino a dar su vida para redimirnos (Marcos 10:45); y además es el único en quien tenemos salvación (Hechos 4:12). Jesús de Nazaret fue un agente de perdón. Durante los tres años de su ministerio público Él no sólo predicó, enseñó e hizo milagros; también perdonó: al paralítico (Marcos 2:5); a la ramera (Lucas 7:48); a la adúltera (Juan 8:11); incluso a sus verdugos (Lucas 23:34). Y no se arredró cuando los personeros de la religión oficial pusieron en duda su autoridad para perdonar los pecados de otros (Marcos 2:7), sino que demostró – sanando al paralítico – quién era y por qué tenía plena capacidad y poder para perdonar.
Entonces, preguntamos: ¿estamos todos perdonados? Dado que Jesús murió en una cruz por nuestros pecados, ¿estamos libres de toda culpa, para seguir nuestra vida tranquilamente, haciendo lo que nos plazca? Y respondemos: no, no es así, no es de esa manera como lo enseña la Palabra de Dios. El Creador en su amor nos dio libertad para decidir nuestro camino; pero libertad de elección no implica impunidad. Todos hemos de dar cuenta de nuestros hechos, nos guste o lo creamos, o no. El perdón de Dios ofrecido en Cristo requiere respuesta de parte del ser humano, y está condicionado a la misma. En primer lugar, requiere arrepentimiento; ya Jesús había comenzado su ministerio llamando al arrepentimiento (Mateo 4:17, Marcos 1:15), y el apóstol Pedro conecta arrepentimiento y perdón en su primer mensaje, el día de Pentecostés: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hechos 2:38). Ese perdón también requiere confesión (1 Juan 1:9); confesión a Dios, voluntaria y completa, contándole a Él una verdad que de todas maneras Él ya sabe, pero que tiene el efecto liberador de vaciar el corazón y el alma de secretos oscuros y comprometedores. Y el perdón, también, requiere fe: “todos los que en él crean recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43).
El perdón divino, con todas las características mencionadas – gratuito, total, completo, basado en misericordia y amor – debe ser el modelo del perdón humano. De ese perdón que necesitamos practicar más entre nosotros, no sólo entre creyentes, sino aún con los de afuera; con los inconversos, con los incrédulos, incluso con los adherentes de otras religiones. Vivimos en una sociedad en que las personas no parecen tener inclinación – o estar predispuestas – a perdonar fácilmente las ofensas, las faltas, los agravios y humillaciones. Vivimos en un mundo en que la gente ya no tiene esa “cultura” del perdón que los cristianos tanto predicamos, aunque no tan a menudo practicamos; un mundo que no sabe perdonar. Sin embargo, los cristianos apegados a la Biblia tenemos el mandato imperativo de perdonar; debe perdonarse a aquel a quien consideramos nuestro hermano: “Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete” (Mateo 18:21, 22); pero también debemos perdonar a aquellos a quien consideramos – o sabemos que son – nuestros enemigos: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian” (Lucas 6:27, 28). Estos dos pasajes de los evangelios contienen palabras de Jesús muy conocidas para quienes viven en países con herencia religiosa cristiana; palabras muy predicadas y enseñadas, pero dudosamente puestas por obra. Pero las palabras, la enseñanza, la recomendación, el mandato, el ideal, sigue vigente: debemos perdonar a todos siempre. ¿Y de qué manera? De la misma manera como perdonó el Señor; el perdón humano debe ser como el perdón de Cristo: “Soportaos unos a otros y perdonaos unos a otros, si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3:13). Nuestro perdón debe ser misericordioso, guiado por un amor fiel, compasivo, inclinado a – e insistente en – el perdón y la reconciliación; debe ser benigno, es decir, bondadoso, procurando siempre el bien del otro; también, que sea humilde, dispuesto a humillarse, no buscando la propia exaltación sino procurando ponerse a la altura – y en el lugar – del otro, siguiendo el ejemplo de Cristo; asimismo, que sea manso, exhibiendo una actitud de sumisión, sin estallidos de resentimiento ni rencor. Finalmente, que nuestro perdón manifieste paciencia para con el ofensor.
Hay un proceso en el perdón; algo así como una progresión en la forma o el alcance del perdón que damos a quien nos ha agraviado. El nivel más elemental es la ausencia de espíritu vengativo. Es que la naturaleza humana es vengativa; busca el desquite, la revancha, la satisfacción de devolver el daño. Así, la legislación más conocida del Antiguo Testamento, la lex talionis (ley del talión), implica venganza, aunque en realidad limita la venganza desproporcionada, visceral, brutal y salvaje. “Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (Éxodo 21:24), establece un principio de justicia retributiva equivalente – ya presente en el Código de Hammurabi aunque no expresado exactamente en esta forma – que tuvo una indudable influencia civilizadora. Es como si se nos dijera: “si ese señor le arrancó un ojo, usted vaya y arránquele el ojo, pero no le arranque la cabeza; y si ese otro caballero le bajó un diente, usted vaya y bájele un diente, pero no le baje toda la dentadura”. Mucho tiempo después, ya en el Nuevo Testamento, se exhorta a los cristianos a no tomar ninguna acción contra quien ofendió o causó daño, ya que Dios mismo se entenderá con él: “no os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:19). Y sobre los aspectos prácticos de la conducta a adoptar ante quién ofende, Jesús dice en el Sermón del Monte: “Oísteis que fue dicho: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:38, 39); otra enseñanza de Jesucristo extensamente conocida, pero dudosamente practicada. Este nivel es el perdón mínimo con que podemos beneficiar a quien no se muestra arrepentido, ni compungido, ni pide perdón.
En el siguiente nivel, el perdón evidencia la presencia de actitud de amor: “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si siete veces al día peca contra ti, y siete veces al día vuelve a ti diciendo: me arrepiento, perdónalo” (Lucas 17:3, 4). ¡Cuánta paciencia y cuanto amor son necesarios para cumplir cabalmente estas palabras de Jesús! Sobre todo si tenemos en cuenta que, en la Biblia, el número siete representa “la idea de perfección y plenitud” (www.jw.org/es/enseñanzas-bíblicas/…/significado-bíblico-de-los-número…), por lo que perdonar “siete veces al día” significa en realidad perdonar siempre, sin límite ni restricción. Así que, ante el arrepentimiento, perdón; y ante la reiteración del pecado, una y otra vez perdón. ¿Es fácil? ¡Por supuesto que no! Mucha disciplina, mucha paciencia, sobre todo mucho amor, y mucho auxilio de lo alto son necesarios para semejante grandeza de espíritu. Por eso es una meta puesta ante los cristianos verdaderamente nacidos de nuevo, que participan de la vida divina por medio del Espíritu Santo.
Además, el perdón es preludio de reconciliación; Jesús dijo: “si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo estando tú y él solos; si te oye, has ganado a tu hermano” (Mateo 18:15). Y la reconciliación debe ser procurada por cada uno, tomando la iniciativa, dando el primer paso en acercarse al ofendido, o al ofensor, para intentar hacer la paz: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18). Es que el perdón cumple una excelente función como sanador interior, pues quién perdona, olvida, porque perdona como el Señor: “nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:17). Por lo tanto, si quien perdona, perdona y olvida – y olvida para siempre – se libera del rencor, el resentimiento, el dolor y el odio. Y quien es perdonado es recibido nuevamente a la comunión fraternal; por lo tanto, es liberado de la culpa, remordimiento, vergüenza, soledad, incertidumbre y temor.
Asimismo, el perdón es altamente efectivo como sanador congregacional y social. Puede prevenir discordias en la iglesia: “Un hermano pleitea contra otro hermano, ¡y lo hace ante los incrédulos! Ciertamente, ya es una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados?” (1 Corintios 6:6, 7). En este pasaje, el apóstol Pablo no sólo declara con crudeza cómo las desavenencias entre los cristianos son un pésimo testimonio ante los de afuera, pues desacredita todo lo que podamos decir acerca del amor de Dios en Cristo, o nuestra presunción de ser portadores de semejante amor, sino que pone el ideal aún más alto, pues indirectamente invita a los cristianos a sufrir en silencio los agravios y defraudes. ¡Qué desafío! Efectivamente, el perdón une a quienes se dividieron por una ofensa, desacuerdo o pecado, y es manifestación de amor mutuo; como tal, es testimonio de la presencia de Cristo; por lo tanto, incluso tiene eficacia evangelística: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (Juan 13:35).
El perdonar y ser perdonado es parte primordial de la enseñanza de Jesucristo, y tienen un lugar fundamental en la vida cristiana; debería asumirse, por lo tanto, como parte integrante natural, casi cotidiana, de la experiencia del andar cristiano.

ImagenesCristianas.com
8 Jul '15

Hay 1 Comentario.

  1. Álvaro Pandiani
    7:35 pm Octubre 8, 2015

    Deseo por este medio pedir perdón a los lectores de Iglesia en Marcha, pues pude comprobar que la página web de la que tomo el significado del número siete (www.jw.org/es/enseñanzas-bíblicas/…/significado-bíblico-de-los-número…), es un sitio de los testigos de Jehová. No era mi intención citar de los testigos de Jehová, pues considero que sus doctrinas son heréticas. A pesar de poner cuidado en las citas bibliográficas, cometí un error grave, por el cual me disculpo.

    Que la siguiente cita supla la anterior: “El siete ocupa un lugar eminente entre los números sagrados en las Escrituras, y está asociado con la idea de consumación, cumplimiento y perfección” (Número, en Nuevo Diccionario Bíblico; Ediciones Certeza, USA 1991; Pág. 977).

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