UNOS TIPOS INCREÍBLES

 – A los que se les puede creer. –

El valor del testimonio cristiano, tan depreciado no sólo en la actualidad sino – en realidad – a lo largo de toda la historia desde que hubo cristianos sobre la tierra, se puede abordar con una paradoja como la del título: hablando de tipos increíbles, que al mismo tiempo son personas a los que sí se les puede creer. Para empezar, ¿qué entendemos cuando decimos: paradoja? Algunas formas de definirla son las siguientes: idea opuesta o extraña al sentir o la opinión común; razonamiento lógico que conduce a dos enunciados mutuamente contradictorios; figura retórica que une dos ideas que parecen contrarias; coexistencia ilógica de cosas o sucesos. Si por ejemplo decimos que tal persona es un hombre increíble, o una mujer increíble, ¿qué estamos sugiriendo, o de qué clase de personas puede ser que estemos hablando? Tal vez de Supermán; o quizás de alguien que alimenta a su familia todo el mes con un sueldo de $U 10.000 (alrededor de U$S 370, al cambio actual). Pero, en realidad, ¿qué queremos decir con increíble? ¿A qué estamos haciendo alusión? Habitualmente a este adjetivo se le adjudica una connotación positiva, lo cual es muy significativo; aquel que demuestra conductas o actitudes muy positivas es calificado como “un tipo increíble”, lo que indirectamente muestra que, en la mentalidad colectiva, lo bueno, positivo y honrado en las personas, hoy en día, parece increíble. Porque en realidad, increíble es alguien a quién no se le puede creer lo que dice o hace; o también, algo en lo que no puede creerse, o es muy difícil de creer; o asimismo algo o alguien insólito, o que no se puede creer que exista.

Un episodio notable registrado en el Nuevo Testamento se lee en el evangelio de Marcos 12:13, 14; allí leemos: “Le enviaron algunos de los fariseos y de los herodianos para que lo sorprendieran en alguna palabra. Viniendo ellos, le dijeron: Maestro, sabemos que eres hombre veraz y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres, sino que con verdad enseñas el camino de Dios. ¿Es lícito dar tributo a César, o no? ¿Daremos o no daremos?”. En este incidente se plantea la cuestión del tributo al César por parte de los judíos, aquellos para quienes Jesús afirmaba haber venido de parte de Dios como Mesías. El pueblo de Israel llevaba varias décadas bajo el dominio de Roma, y Judea era una provincia más del Imperio; los judíos debían pagar pesados impuestos a los romanos. Los fariseos, deseosos de infamar a Jesús de Nazaret, le tienden una trampa, incitándolo a expedirse sobre la pertinencia de pagar las contribuciones impuestas por Roma. Si Jesús aconsejaba continuar pagando tributos al emperador romano, los fariseos se encargarían de desacreditarlo ante el pueblo, no ya como maestro o profeta – Jeremías en su tiempo había aconsejado someterse a Nabucodonosor – sino como Mesías y Rey por derecho divino. Si en cambio Jesús recomendaba no pagar más impuestos, ellos podrían presentar ante el gobernador romano una acusación de sedición; de hecho, eso fue lo que hicieron al final, y así fue que las autoridades religiosas judías lograron que Pilato condenara a Jesús a muerte por crucifixión. Es en esta oportunidad, y como respuesta a este dilema en apariencia irresoluble, que Jesús pronuncia una de sus frases más famosas, utilizada una y otra vez en numerosas y diferentes situaciones: “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (v. 17).

Pero a los efectos de esta reflexión merece que nos detengamos en las afirmaciones de los fariseos. Por supuesto, aseveraciones que en la boca de estas personas – casi monolíticamente opuestas a Jesús de Nazaret y paradigmas hasta el día de hoy de la hipocresía – constituían adulonas zalamerías que preparaban el terreno para conducir al Señor a una trampa. Conviene ahora disecar el prólogo a la pregunta capciosa, un preámbulo digno de un político avezado y de alto vuelo: “sabemos que eres hombre veraz”, es decir que dice, o usa o profesa siempre la verdad; en otras palabras, un hombre al que se le puede dar crédito, un hombre creíble. “No te cuidas de nadie”, o sea que no tiene necesidad de cuidarse por lo que habla o hace; también, que no teme que lo descubran en algo. “No miras la apariencia de los hombres”, esto es, que ni se encandila con los grandes, ricos y poderosos – no es servil, ni obsecuente, ni adulón – ni tampoco menosprecia a los débiles, a los pobres y marginados; antes bien, enseña, exhorta, reprende y consuela a todos por igual. Y todo, porque enseña con verdad el camino de Dios. En otras palabras, no miente ni oculta, no es falso ni hipócrita, no simula ni actúa con doblez; es honrado, es recto, es justo, es sincero. Resulta interesante preguntarse qué habrán pensado los testigos de este encuentro – los discípulos de Jesús, otros oyentes – al oír tales palabras de boca de unos fariseos, individuos que, como dijimos, en su mayoría y la mayoría de las veces, eran sumamente críticos con Jesús de Nazaret. ¿Habrán creído los seguidores de Jesús que finalmente estos personeros de la religión judaica tributaban reconocimiento a su Maestro? Si eso fue lo que pensaron, tuvieron un rápido desengaño cuando escucharon a Jesús decir: “¿Por qué me tentáis?” (v. 15); es decir que el falso reconocimiento no era más que una treta hipócrita para lograr que Jesús de Nazaret se “pisara el palito” diciendo algo inapropiado. Ahora, ¿es posible decir que Jesucristo no fue alguien veraz, creíble, y que puede aplicarse a Él todo lo dicho? ¿Qué testimonio nos da la Biblia de Él? Debemos recordar que el testimonio de la Biblia es el testimonio de Dios, y el de aquellos que le conocieron. En Hechos 10:38 leemos que “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y… éste anduvo haciendo bienes, y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”; además, en Hebreos 4:15 dice de Jesucristo: “No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”; y en 1 Pedro 2:22, también hablando de Jesús, está escrito: “Él no cometió pecado ni se halló engaño en su boca”; el propio Jesús, en un momento dado de su ministerio público, reta a sus compatriotas diciéndoles: “¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado?” (Juan 8:46), un desafío concreto que recibe como respuesta sólo el silencio. Estos son algunos de los pasajes bíblicos en los que se basa la enseñanza sobre el carácter impecable de Jesús de Nazaret. Jesús fue un hombre veraz, auténtico, franco y sincero; Jesús, un hombre creíble, en quien se puede depositar plena confianza.

¿Qué quiere decir que a una persona le podemos dar crédito? En principio, que podemos creerle porque es veraz, es una persona creíble. ¿Y cuándo a una persona se le puede dar crédito? Cuando tiene garantías; las transacciones comerciales son de esto un buen ejemplo. Los comerciantes, ante un cliente que solicita crédito con el fin de adquirir un producto, para entregar dicho producto exigen garantías de que se les pagará su valor en dinero; lo más habitual es que el cliente demuestre tener el respaldo de una empresa financiera de crédito. Por este medio, el cliente se compromete a pagar y el comerciante otorga el crédito, pues la financiera garantiza el pago. ¿Se aplica esto a la vida personal de un individuo, en otras áreas que no sean las transacciones comerciales? Sí que se aplica; la credibilidad de una persona, en cualquier asunto de que se trate, se mantendrá en función de las garantías que pueda ofrecer de ser una persona veraz, creíble y digna de confianza. ¿Y cuáles son las garantías que puede ofrecer un individuo ante el cuestionamiento de sus virtudes, o en caso de ser acusado de hechos o acciones inapropiadas? ¿Cuál es su garantía? La del comportamiento que ha tenido a lo largo de su vida; si ha sido una persona honrada, si ha tenido una conducta intachable, si se ha caracterizado siempre por un recto proceder. En suma, cuál es su testimonio personal de vida. La siguiente pregunta es: ¿se aplica esto a nuestra vida cristiana? Por supuesto que sí; se aplica nada menos que en la cuestión de nuestro testimonio personal como cristianos. Este es un punto importante; el testimonio personal de vida de alguien que profesa fe cristiana, es el testimonio de que Cristo está en verdad – o no – en él/ella. Es lo que de nosotros observará – a veces con lupa – la gente a la que los cristianos evangélicos predicamos el mensaje de Cristo, un mensaje de amor, perdón y paz, pero también un mensaje que exige de sus representantes una vida de honradez, rectitud y santidad. Que nuestro testimonio personal de vida no se condiga con lo que habla nuestra boca puede ponernos en el incómodo predicamento que Jesús describió en los fariseos, cuando afirmó de ellos: “dicen, pero no hacen” (Mateo 23:3).

Por ejemplo, si un cristiano evangélico, un hermano en la fe para cualquiera de nosotros, un obrero del Señor – como acostumbramos decir – o incluso un líder, o hasta un pastor, es acusado de robo, o malversación de los fondos eclesiásticos (por ejemplo y dicho vulgarmente, se afanó los diezmos), o es sindicado de adulterio, o abuso infantil (como hay casos, tristemente, también entre los ministros evangélicos, que cuando aparecen suscitan de inmediato la atención de la prensa amarillista), y el inculpado niega la acusación, ¿qué hacer? ¿Creerle o no? Pero, ¿es alguien a quien se le puede dar crédito? Es decir, ¿se puede creer en él? Bueno, pues, ¿cuáles son sus garantías? Si su testimonio personal previo es impecable, en principio lo correcto parece ser creer al individuo, y tomar la acusación como una mentira, una calumnia cuyo objetivo es desprestigiar a un honrado y ferviente cristiano. Por supuesto que esta garantía tiene una pata renga, caso de aquellos que deciden por primera vez proceder con hipocresía y deshonestidad, o de quienes ya tienen varias hechas, pero han sabido mantenerlas ocultas; aunque para este caso conviene recordar la sentencia de Jesús, clara, breve y contundente, que dice: “Nada hay oculto que no haya de ser manifestado, ni escondido que no haya de salir a luz” (Marcos 4:22). Ahora, si el testimonio personal previo del inculpado es impresentable, huelgan más observaciones. Un magnífico resumen del efecto que tendrá en las personas lo que hacen – más que lo que dicen – quienes profesan ser seguidores de Cristo, lo dio el propio Jesús de Nazaret cuando dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (Juan 13:35).

¿Qué se ha vuelto increíble hoy? Las personas creíbles; aquellas en cuya palabra se puede creer – sin necesidad de testigos, fiadores, firmas ni escribanos – se han vuelto raras, escasas, difíciles de encontrar. ¿Y eso por qué? Porque tan raros, escasos y difíciles de encontrar se han vuelto los valores cristianos que tienen que ver con las relaciones humanas: honradez, verdad, sinceridad, rectitud, pureza moral y amor (traducido en interés genuino, auténtico por los demás). Ante una situación dudosa con cualquier semejante, salvo que a ese semejante uno lo conozca muy bien (pero muy, muy, muy bien), ¿qué se siente? Desconfianza. Es que las personas creíbles se han vuelto increíbles; es decir, son tan insólitas que uno puede llegar a considerar que no existen.

La vida cotidiana puede llevarnos a manchar nuestro testimonio. Incurrimos en faltas o pecados ante las personas en general, sean hermanos en la fe, o sean esas personas a quienes los evangélicos usualmente llamamos “del mundo”; es decir, quienes no son miembros de una iglesia, y consideramos “inconversos”. Ante estos sobre todo, pues no nos “cuidamos” en nuestras palabras y actos como cuando hay “hermanos” presentes (como si los ojos de Dios no nos vieran en todo momento). De esa manera anulamos nuestro testimonio, lo contaminamos, lo hacemos inefectivo, y asimismo perdemos nuestra garantía. Quienes queremos encarar la vida de fe en Jesucristo con seriedad y entrega incontestable, a menudo nos vemos enfrentados a la realidad de que necesitamos sanear y renovar nuestro testimonio personal de vida cristiana. Y probablemente debamos soportar esa pérdida de nuestra garantía: que se nos señalen inmisericordemente nuestros errores y pecados del pasado por parte de personas sin capacidad para el perdón completo, ese que incluye el olvido completo de la falta (sean estos inmisericordes personas “del mundo”, o cristianos). Gracias a Dios, ese perdón que el mundo sin Dios con frecuencia olvida, o desconoce voluntariamente, sigue en oferta para aquel que se arrepiente de corazón de sus faltas y pecados, y clama por misericordia al Dios de toda misericordia: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Volvamos a ser cristianos creíbles, aunque eso nos haga increíbles para el mundo. Volvamos a ser cristianos creíbles, para comunicar eficazmente el mensaje del evangelio de amor y perdón en Jesucristo a aquellos que tanto lo necesitan.
Dr. Álvaro Pandiani

3 May '15

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