SANIDAD DIVINA Y TESTIMONIO

– Por Dr. Álvaro Pandiani –

Fantasías, abusos y algunas mentiritas.

Abordar la cuestión de la sanidad divina, una vez más, se justifica por la preponderancia del tema en la predicación y enseñanza evangélica, y sobre todo por la incidencia de la enfermedad, que afecta a creyentes y no creyentes por igual, en diversas formas, algunas leves, otras graves y otras fatales. Esto ha llevado a que la actitud de las iglesias evangélicas hacia los enfermos varíe en su enfoque, aunque siempre la vía final común es la oración que ruega a Dios por el bienestar del enfermo, su alivio y la curación de su mal; sea por milagro sobrenatural que demuestre intervención divina directa, o por benéfica influencia desde lo alto, favoreciendo la buena respuesta a los tratamientos médicos implementados.

La oración por sanidad divina y el testimonio de sanidad divina – cuando la hay, o se piensa que la hubo – conduce a pensar en un tercer elemento para esa ecuación: la reunión cristiana en la que tal testimonio se presenta. Es decir, el lugar y el momento en que la persona que ha recibido salud de una afección física relata su experiencia de enfermedad y cómo, según entiende, la oración de alguien o algunos – pastor, predicador, los otros miembros de su iglesia – fue respondida por Dios, resultando en el restablecimiento de su salud. Esta clase de “testimonio”, es decir, argumento o demostración – o argumento que demuestra – que Dios existe, es Todopoderoso, se interesa por los creyentes, y también responde las oraciones de los mismos, tiene como objetivo engrandecer al Dios en quien creemos, y fortalecer la fe de los creyentes. ¿Y de qué forma engrandece a Dios y fortalece la fe? Al afirmar y confirmar que Él está cerca de sus hijos, y que su divino poder efectivamente se mueve a favor de quienes confían en su nombre, como lo afirman las Escrituras: “los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen un corazón perfecto para con él” (2 Crónicas 16:9). Pero además, y justamente por su capacidad para producir estos efectos, el testimonio tiene un cierta eficacia o poder evangelístico; en otras palabras, la persona que cuenta lo que Jesús ha hecho en su vida – y concretamente en su salud, sobre todo cuando se trata de enfermedades serias y complejas – le está mostrando al incrédulo que existe Alguien real en quien vale la pena creer, y asimismo le muestra al necesitado, afligido, enfermo, solitario y perdido, que hay Alguien real que le ama y puede darle una vida nueva y abundante. Dos ejemplos de los muchos que registra la Biblia, ambos surgidos del ministerio del apóstol Pedro, respaldan esta virtud evangelística del testimonio de sanidad; la curación de Eneas: “Pedro le dijo: Eneas, Jesucristo te sana; levántate y haz tu cama. Y enseguida se levanto. Y lo vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor” (Hechos 9:34, 35); y la resurrección de Dorcas: “Él le dio la mano y la levantó; entonces llamó a los santos y a las viudas y la presentó viva. Esto fue notorio en toda Jope, y muchos creyeron en el Señor” (Hechos 9:41, 42). Ahora, este carácter evangelístico del testimonio de vidas cambiadas y renovadas en general, y específicamente del testimonio de sanidad de una enfermedad, lo conecta con un tipo particular de reunión evangélica en el cual la presentación de testimonios tiene un lugar preponderante: la campaña evangelística.

La campaña evangelística, la oración por sanidad divina y el testimonio subsiguiente a esa oración, constituyen un aspecto muy particular, no sólo de la sanidad, sino también de los métodos de evangelización que tradicionalmente utiliza el cristianismo evangélico para compartir el evangelio del amor de Dios en Jesucristo con las personas, o con el mundo en general. La campaña de evangelismo masivo, como evento de masas que aglomera iglesias evangélicas y centenares – a veces miles – de personas, es una forma de actividad de predicación pública del evangelio. La campaña evangelística es llevada adelante – cuando se realiza por una congregación o un pequeño grupo de iglesias evangélicas – por los propios miembros de dichas iglesias y sus pastores. Generalmente un evento de verano para la iglesia, las distintas tareas y funciones son desarrolladas por los miembros, y la predicación queda a cargo también de un líder de la iglesia, un evangelista o el mismo pastor, cuando no de un predicador invitado especialmente para el evento.

Cuando se trata de una cruzada evangelística masiva, con la participación de decenas de iglesias con sus pastores, líderes y obreros, en general se nuclea alrededor de una organización, o “asociación evangelística”, que se dedica a ese trabajo, podríamos decir que profesionalmente (sin intención de denigrar ni etiquetar a quienes integran tales organizaciones). Muchos de tales “ministerios” evangelísticos, además de la predicación del mensaje de Jesucristo, preconizan la manifestación del poder de Dios en el mismo momento de la campaña, no sólo en salvación, sino también en sanidad de enfermedades físicas – sean o no sean curables para la medicina científica – y también en liberación de personas poseídas por demonios. Generalmente esto responde al trasfondo denominacional de los integrantes de la organización; quienes más énfasis ponen en el aspecto sobrenatural de la actividad del Espíritu Santo, y su expresión en milagros, sanidades y liberación de endemoniados, son aquellos provenientes de grupos pentecostales, renovados o carismáticos. Para quienes han estado presentes en cruzadas evangelísticas dirigidas por estos grupos, y en aquellas en que la organización o asociación evangelística responde a denominaciones más conservadoras, es notable la diferencia. En las reuniones de “campaña” de estos ministerios volcados hacia lo sobrenatural como expresión del mover del Espíritu Santo, tradicionalmente luego de la predicación y oración por aquellos que hacen la decisión de recibir a Jesús como Salvador, sigue una oración en la que el evangelista pide a Dios por sanidad, y también por la resolución y liberación de problemas diversos tales como hábitos y adicciones, conflictos matrimoniales y familiares, dificultades laborales, e incluso por liberación de problemas espirituales de tipo “sobrenatural” (los endemoniados, que son atendidos en lugares fuera de la vista del público, y de la prensa, si que ésta se hizo presente). Luego de esta oración por sanidad y liberación el evangelista, o alguien de su equipo, solicitan que quienes hayan recibido una “bendición” de Dios pasen a la plataforma a contar su testimonio. Cuando esto sucede, es habitual que una gran cantidad de personas se arremolinen junto a la escalinata de acceso, procurando subir al estrado. Entre quienes quieren subir a dar su testimonio habitualmente hay personas movidas por diferentes razones.

En primer lugar hay que considerar a quienes hayan recibido realmente una sanidad milagrosa. Este punto, así como parece el más obvio, puede ser el más controvertido, pues la creencia de que puede haber en la actualidad milagros de curación de enfermedades como en los días de los apóstoles no es universalmente aceptada en el cristianismo protestante. Así como hay creyentes – y teólogos, y estudiosos de las doctrinas – provenientes de denominaciones evangélicas ultraconservadoras, que consideran que el tiempo de los milagros fue en la era apostólica, también hay hoy en día quienes entienden que ni siquiera deberían estar trabajando en una campaña si no creyeran que Dios todavía hace milagros, señales y prodigios, cuando es su voluntad (en otras palabras, que Dios hace lo que quiere cuando quiere, como está escrito en Isaías 46:10: “Mi plan permanecerá y haré todo lo que quiero”). Estos casos, impactantes y memorables, pueden perderse de vista en la marea humana que viene a continuación.

En segundo lugar, están aquellos que creen que han recibido una sanidad milagrosa. Se trata de personas que sufren enfermedades agudas, o generalmente crónicas, que luego de la oración, realizada en ese ambiente particular y emotivamente fervoroso de la cruzada evangelística, experimentan el alivio de algún síntoma, si es que lo tenían, pues muchos enfermos crónicos pasan sin síntomas si cumplen correctamente el tratamiento. El alivio del síntoma es interpretado como la curación milagrosa y definitiva de la enfermedad, y así se lo declara públicamente. Si más tarde la enfermedad reaparece – en caso que la voluntad y los propósitos de Dios para esa persona sean otros, y no la curación milagrosa – la desilusión es seria, y más que fortalecer puede minar la fe del enfermo, y la de otros. Esta es una consecuencia negativa del excesivo énfasis en la sanidad divina que ponen algunas de estas asociaciones evangelísticas; énfasis que aparece como el deseo piadoso de muchos de estos ministerios de interceder para el alivio del sufrimiento de los enfermos, pero que también puede verse como un recurso publicitario, una forma de atraer personas a los eventos que auspician, una manera de decir: “venga aquí, porque aquí Dios lo va a sanar”.

Tercero, están quienes tienen una gran necesidad de hacer catarsis contando sus problemas, y no les importa hacerlo delante de una multitud de personas. Algunas personas, creyentes o no creyentes cristianos, necesitan expresar sus inquietudes y conflictos. Podrían hacerlo en una consulta psicológica, o en el consultorio del psiquiatra; una es cara, la otra es breve. Otra opción es la consejería en la oficina pastoral. Pero por alguna razón, hay personas a las que les apetece acceder a la plataforma de una cruzada evangelística para hablar de sus problemáticas personales. Tales problemáticas pueden ser serias, y el individuo tiene todo el derecho a ser atendido y ayudado, pero el estrado no es lugar para ventilar sus problemas, ni estos constituyen un testimonio que sea efectivamente evangelístico.

En cuarto lugar, hay personas que necesitan fortalecer su fe, y creen que lo lograrán declarando ante la concurrencia su fe en que Dios resolverá sus problemas. El testimonio no es tal, sino un relato de las dificultades que el individuo enfrenta en la vida, pero en este caso se agrega – a menudo en voz alta y enérgica, lo que parece ayudar en la afirmación de fe – la expresión de confianza en Dios acerca de la evolución favorable de tales dificultades, evolución favorable que Él propiciará. Esto carece del valor del hecho consumado que no tiene otra explicación que la intervención de Dios, lo cual es la esencia del testimonio evangelístico.

Quinto, están aquellos que creen que, declarando públicamente su fe, “obligarán” a Dios a resolverles rápidamente sus conflictos. Esto se vincula estrechamente con los dos puntos anteriores. Pero en este caso el objetivo del individuo no es descargarse de los conflictos que abruman su estado de ánimo, mediante la exposición de los mismos ante la concurrencia, ni reforzar su propia fe declarando en alta voz lo que cree que Dios hará; aquí la cosa es más seria, pues se pretende comprometer públicamente a Dios, al parecer creyendo que de esa manera Él se verá obligado a hacer sí o sí lo que se le pide. En esta actitud subyace una ignorancia voluntaria de la voluntad y los propósitos que Dios tenga para permitir la situación de conflicto, cuáles sean; es decir, ni se sabe ni se procura conocer cuál es la voluntad de Dios al respecto. Con todo, esto podría disculparse si pensamos en las circunstancias adversas que abruman al sufriente; el punto es que pretender forzar la mano de Dios además de inútil es ridículo, y no sólo terminará en desilusión, sino que también puede redundar en descrédito para la fe. Salvo que Dios, quien es infinito en misericordia (Salmo 103:17), mueva su poder a favor de la persona; y esto tampoco es excepcional. Pero de todas maneras, comprometer públicamente a Dios para que haga algo no constituye un testimonio.

En sexto lugar, están los que anhelan un momentáneo protagonismo, el que esperan obtener teniendo unos momentos junto al evangelista, antes los ojos del público. Esta es una actitud pueril que revela inmadurez, no sólo espiritual sino incluso psicológica, y no merece mayor comentario.

Finalmente, tenemos a quienes piensan que estando cerca del predicador recibirán más “bendición”. Estos, incluso, pueden pretender usar los instantes en la plataforma para pedir una oración “personalizada” al evangelista, en la creencia de que Dios escuchará más a éste que a otros que intercedan por sus problemas. También aquí hay algo de infantilismo espiritual, estimulado por la parafernalia mediática que rodea la figura del evangelista o predicador del mega-evento. En todo caso, esto tampoco es un testimonio

El ideal sería que solo accedieran a la plataforma para dar su testimonio las personas que han pasado por la experiencia de sanidad milagrosa, mencionadas en primer lugar. En realidad, es dudoso que alguna campaña evangelística alcance dicho ideal. En los testimonios de milagros de sanidad es prácticamente imposible una comprobación científica de los mismos, salvo situaciones muy evidentes (por ejemplo ciegos, o paralíticos; siempre que se tenga seguridad que el tal no es un embustero que quiere hacerse el gracioso), o salvo que el enfermo exhiba evidencias objetivas – tales como certificados profesionales, refrendados o no por exámenes médicos – de una sanidad ocurrida en una instancia anterior.

Puede parecer antipático hacer una aproximación de este tipo a lo que sucede en una campaña evangelística en la que el llamado “ministerio de sanidad” del evangelista o predicador desencadena todas estas reacciones y conductas en la gente. Incluso puede parecer hasta algo odioso pretender analizar las actitudes de personas que, en definitiva, están en el pozo de un padecimiento, y anhelan salir del mismo. La aproximación y la reflexión, sin embargo, se hacen necesarias porque estas reacciones y conductas son reales, y porque generan insólitos entreveros al pie de la plataforma entre quienes quieren dar su “testimonio” y aquellos que, idealistas sin duda, procuran que sólo suban al estrado aquellos comprendidos en el primer grupo; es decir, quienes en verdad han recibido una obra portentosa de Dios en su vida y salud. Esto por un lado; y por el otro, porque algunas de estas organizaciones evangelísticas parecerían fomentar el testimonio de sanidades que no sólo son imposibles de comprobar, sino que impresionan como inexistentes. Como si lo importante fuera tener algo para gritar ¡aleluya! desde la plataforma, de modo de mantener a la concurrencia enganchada, y hacer correr la voz de las “grandes cosas” que Dios hace a través de esa organización.

“Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso” dicen las Sagradas Escrituras (Romanos 3:4). Recordemos que servimos al Dios de toda verdad, y la verdad debe caracterizar nuestra vida, obra y palabra. Esto es más importante que estar en la plataforma de una gran cruzada evangelística, o presidir una organización evangelística considerada “exitosa” por las multitudes que concurren a las reuniones de campaña que dirigen.

“Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efesios 4:15).

2 Abr '15

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