LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES

– Por Álvaro Pandiani –

¿Quién no se siente impactado ante las imágenes de las decapitaciones ejecutadas por los verdugos del Estado Islámico en aquellos que consideran sus enemigos, o a quienes tienen por infieles?

Siempre la imagen de un ser humano en el momento de morir – de ser asesinado – impresiona profundamente. Cuando se trata de la ficción de una película, aunque sabemos que no es auténtico, que el actor no sufre en verdad la muerte, la sensibilidad de algunos puede resultar herida; pero cuando las cámaras han logrado captar verdaderamente personas muriendo, o siendo ejecutadas, generalmente los canales de televisión no emiten tales imágenes, justamente en atención a la sensibilidad del público. Hay una repulsa visceral en la mayoría de las personas a presenciar tales cosas, salvo en algunos pocos, en aquellos que son producto de la degeneración moral de las sociedades posmodernas, para quienes la vida humana ha perdido valor; generalmente, individuos que viven al margen de la ley. La herencia moral y religiosa cristiana que aún mantiene su impronta en el mundo occidental, y en aquellas culturas que se han “occidentalizado”, coopera en ese rechazo a las imágenes de violencia y atrocidades cometidas por algunos seres humanos contra sus prójimos. Uno podría llegar a creer que estamos a una abismal distancia de aquellas culturas antiguas que, como la Roma imperial, se apasionaban, sedientas de sangre, con los combates de gladiadores y la ejecución – a menudo por métodos crueles – de los malhechores. Pero la morbosidad malsana de la naturaleza humana nos avisa que no debemos engañarnos; no estamos a tanta distancia. Baste recordar cómo también en América, durante la época colonial y también tras la emancipación, la ejecución de un delincuente – habitualmente en la horca – se volvía un espectáculo público al que concurría gran parte de la población. Se cuenta que en nuestro Uruguay, los primeros tiempos después de la independencia, cuando un convicto era conducido al patíbulo, incluso los niños de escuela eran llevados a la plaza pública a presenciar la ejecución1.

El morbo del corazón humano no ha cedido un ápice, y aunque el respeto por la sensibilidad del televidente sigue vigente en las cadenas de noticias – a Dios gracias, por lo menos en estos casos extremos – internet ha saltado limpiamente todas las barreras, y allí uno puede ver casi lo que quiera, sin cortes ni censuras de editores u organismos “paternalistas” que decidan qué debe o puede ver el internauta. En este ámbito, las ejecuciones de rehenes del Estado Islámico se mediatizaron desde el principio en toda su truculenta crudeza, consternando al mundo entero al ver la violencia extrema e irracional de estos seguidores del Islam, repudiada por muchos otros musulmanes, y de quienes incluso Al Qaeda llegó a tomar distancia2.

Los milicianos del Estado Islámico están embarcados al parecer en una guerra santa contra el universo entero, pues también están enfrentados a los musulmanes chiitas y además, puesto que “ven el Islam como su religión, su política, sus leyes, su forma de vida, por ello aplican “la ley islámica”, también conocida en árabe como “Sharia”. Y por ende la “Sharia” es la ley con la que se gobierna todo en un califato”4; asimismo quieren “extender todo lo posible sus fronteras y dominar el mundo con dicha religión”4. En este enfrentamiento contra muchos de sus propios correligionarios – con especial relevancia el régimen sirio del presidente Bashar Al Assad – y contra occidente – particularmente contra Estados Unidos, pero también algunas naciones de la Unión Europea, como hechos trágicos y recientes han demostrado en este año – muchos rehenes de diversas nacionalidades y distintas religiones, o ninguna, fueron decapitados ante las mismas cámaras frente a las cuales los yihadistas expresan sus proclamas y reivindicaciones. Sin embargo, no es posible ignorar la creciente presencia de cristianos en las noticias sobre las víctimas del Estado Islámico; hombres y mujeres que se mantuvieron firmes hasta el fin, en manos de los verdugos más sangrientos. Curiosamente, las decapitaciones de corresponsales estadounidenses, o trabajadores humanitarios, tienen gran repercusión mediática. Sin embargo, los reportes provenientes de la zona de guerra hablan de miles de cristianos, nativos de la zona donde está activo el Estado Islámico, que han sido asesinados, y de muchos otros miles que han huido ante el avance de estas milicias extremistas. Y aún de muchos que se han organizado y armado para combatir5, 6; y lo más llamativo: voluntarios cristianos de occidente ya se han unido a las milicias cristianas en Irak y Siria para combatir al Estado Islámico; algunos los llaman “cruzados”7.

En este contexto, para quienes profesamos de corazón la fe en Jesucristo como único Salvador, cobra una nueva dimensión de horror el espectáculo de los veintiún cristianos coptos decapitados en Libia en febrero pasado. La imagen, tomada en primer plano, de uno de esos cristianos cautivos, vestido de mameluco naranja, con las manos atadas a la espalda y arrodillado, con su verdugo detrás, el cual con sus ojos cerrados oraba una plegaria inaudible antes de morir, es removedora y conmovedora; emociona, enfurece, entristece, y debería mover a la reflexión. ¿Que si los cristianos coptos son evangélicos? No, no lo son; tampoco son católicos romanos. La Iglesia Copta tiene su referente en el patriarca de Alejandría, y sigue ritos propios de las iglesias orientales8, emparentadas con la Iglesia Ortodoxa de Oriente. Sin embargo, se trataba de veintiún cristianos que apuraron una cruenta muerte a manos de sus captores. Cabe recordar que los mismos titularon el video, subido a internet para horror del mundo: “Un mensaje firmado con sangre para la nación de la cruz”3. En otras palabras, como dijo un locutor de una radio FM secular de Montevideo: “no los mataron por ser egipcios; los mataron por ser cristianos” (oído personalmente).

El cristianismo sabe de persecuciones. Las ha sufrido, cuando otros detentaban el poder secular y el brazo armado; y también – triste y vergonzosa historia que es menester reconocer – las ha propiciado, dirigido y llevado adelante cuando la Iglesia tuvo ese brazo armado a su disposición para cumplir sus leyes y decretos contra quienes se atrevieran a disentir con los dogmas de fe oficiales. Por eso, nunca huelga diferenciar claramente qué entendemos por Iglesia en cuanto institución establecida, jerárquica y poderosa, que influyó y aún dominó la vida política, social y religiosa de reinos y naciones durante bastante más de un milenio, y a qué nos referimos cuando hablamos de Cristianismo y de Iglesia en cuanto comunidad de creyentes que siguen a Cristo como discípulos, procurando llevar una vida espiritual de fe y obediencia a los dictados de la Palabra de Dios, la Biblia, y nada más. Es a esa comunidad de fieles, a esa congregación de hombres y mujeres que aprenden a amar la paz, la fraternidad y el perdón, a amar el amor y a odiar el odio, a quienes se dirigen las solemnes advertencias del Nuevo Testamento acerca de la incomprensión, la resistencia y la persecución que levantaría su mensaje y aún su forma de vivir: “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:10), expresión dicha por Jesús de Nazaret al inicio del sermón del monte, adelantando la realidad de la persecución sobre sus seguidores, pero también la bienaventuranza – dicha o felicidad espiritual futura – que tal persecución por el nombre de Cristo implicaría para sus discípulos. El apóstol Pablo, escribiendo a los cristianos de Filipos, seguramente recordando lo que debió sufrir cuando predicó el evangelio en esa ciudad – azotaina y cárcel sin otra causa que predicar el evangelio (Hechos 16:22-24) – y estando al momento de escribir la epístola encarcelado y pendiente de lo que un juez romano decidiera hacer con él, dice a sus queridos hermanos filipenses: “A vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él” (Filipenses 1:29). El apóstol Pedro, no ajeno a esta realidad de la iglesia del primer siglo de la era cristiana, advierte a sus lectores: “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento” (1 Pedro 4:1a). Y Juan desde Patmos trasmite un mensaje del Cristo glorificado, en el cual no sólo anuncia la persecución, sino que también identifica quién es el instigador último de la violencia usada contra los cristianos, y seguramente podríamos decir que el instigador de toda violencia entre semejantes; escribe: “No temas en nada lo que has de padecer. El diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. ¡Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida!” (Apocalipsis 2:10). Estos párrafos bíblicos y muchos otros, han sido a la vez advertencia, fortaleza y consuelo para generaciones de cristianos – los pacíficos discípulos de Cristo – que a lo largo de los siglos han sufrido persecución de parte de los romanos, de los persas, de los musulmanes, de los católicos romanos – Inquisición y agencias similares – de diversos pueblos paganos donde los cristianos intentaron hacer misión, ya en el siglo 20 de los comunistas, y de muchos otros agentes de intolerancia y odio religioso, étnico y político. Y la expresión final comunicada por Juan de parte de Jesucristo, ¡Sé fiel hasta la muerte! cobra una especial significación, cuando oímos de las atrocidades que en la actualidad – incluso ahora mismo, al leer esto – se cometen contra muchas personas, entre ellos cristianos, en aquella región del mundo.

La historia cristiana destaca una figura del pasado remoto, que vivió en la segunda parte del siglo II, y primeros años del siglo III, Tertuliano, abogado romano, apologista cristiano elocuente y escritor fecundo, que habló de los mártires y a favor de la fe cristiana9. A Tertuliano se atribuye la famosa frase, que habría escrito en el año 197, “La sangre de los mártires es semilla de los cristianos”10. Al parecer, Tertuliano resume con esta expresión una idea surgida algunas décadas atrás, durante las reiteradas persecuciones romanas; en el discurso a Diogneto se lee: “¿No ves que [los cristianos], arrojados a las fieras con el fin de que renieguen del Señor, no se dejan vencer? ¿No ves que, cuanto más se los castiga, en mayor cantidad aparecen otros?”; y también de la pluma de Hipólito de Roma: “Hipólito Romano escribía, durante la persecución de Septimio Severo, que un gran número de hombres, atraídos a la fe por medio de los mártires, se convertían a su vez en mártires”10. Hasta el día de hoy se recuerda la memorable frase de Tertuliano y lo que implicaba: el ejemplo de suprema entrega que llevaba a miles de hombres y mujeres a aceptar la muerte antes que renegar de Cristo y apostatar de su fe, constituía un poderosísimo testimonio del poder del evangelio que Jesucristo había introducido en el mundo, de su veracidad, de la oportunidad de salvación eterna que estaba – y está – sólo en el nombre de Jesús. Aquel admirable resumen de Tertuliano hoy resuena más elocuente que nunca: la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. Siembra dolorosa sin duda; para aquellos que apuraron el martirio de la decapitación practicada con un cuchillo o un machete, para sus familiares, para sus compatriotas, y para todas las personas sensibles que miran sin poder explicarse las atrocidades de estos verdugos. Verdugos que creen estar sirviendo a Dios, y evocan palabras de Jesús, quién parece haberlos previsto también a ellos al decir: “viene la hora cuando cualquiera que os mate pensará que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí” (Juan 16:2,3). Pero siembra fructífera; esperamos que siembra fructífera. Que hombres y mujeres descreídos de la Iglesia y de la fe por los múltiples malos testimonios, escándalos y desaciertos en que los representantes oficiales del cristianismo incurren una y otra vez, vean en estos mártires contemporáneos a personas que demuestran con sus vidas que su entrega a Dios es auténtica, que están dispuestos a llevar su consagración hasta las últimas consecuencias, que consideran que la fidelidad a Cristo vale muchísimo más que esta vida presente.

Y que el compromiso con Jesucristo a toda costa y toda prueba que toman los mártires cristianos nos mueva a nosotros, agradecidos a Dios de no haber nacido en aquellos lugares, ni enfrentar persecución tan violenta – o ninguna persecución – y de vivir en el “paraíso” de la tolerancia y la diversidad, donde tenemos nuestros cultos a puertas abiertas sin que nadie nos moleste; que nos mueva a un compromiso real, serio, auténtico y fuerte con nuestra fe cristiana. A no jugar a la iglesia evangélica, sino a poner las manos en el arado con entera conversión y consagración, tomando las responsabilidades y los riesgos de ser discípulos de Cristo.

 

Con respecto a la decisión de los cristianos asirios del norte de Irak de armarse para enfrentar las milicias del Estado Islámico, si bien desde el punto de vista bíblico tal conducta en individuos que profesan ser cristianos puede chocarnos y parecernos contraria a claras recomendaciones – o mandatos – del Señor, como no resistir al malo, dar la otra mejilla, y amar a los enemigos (Mateo 5:39, 44), la experiencia me ha enseñado que no es conveniente juzgar una situación hasta que uno no se encuentra inmerso en la misma, sufriendo sus circunstancias y consecuencias. A tal distancia geográfica y cultural, y viviendo una realidad tan distinta, no conviene emitir juicio de valor, mucho menos justipreciar su espiritualidad u obediencia a la Palabra de Dios. Los cristianos asirios aseguran haberse organizado para defender sus vidas, sus familias, sus hogares y sus tierras del avance del Estado Islámico. Pienso que, aún cuando estén en el fragor del combate, debemos tenerlos en nuestras oraciones.

 

1) www.enlacesuruguayos.com/ejecuciones.htm

2) noticias.lainformacion.com/…/algunas-de-las-principales-diferencias-entre-estado

-islámico-y-al-qaeda

3) http://www.elpais.com.uy/mundo/islamico-ejecuta-cristianos-egipcios.html

4) www.rpp.com.pe/estado-islamico-yihadistas-isis-ei-noticia_728595.htm

5) www.noticiacristiana.com › Sociedad › Persecuciones

6) www.elmundo.es › Internacional

7) http://www.elcorreo.com/bizkaia/internacional/201502/18/cruzados-siglo-luchan-contra-20150218143920-rc.html

8) Hubbard, D. Iglesia Copta. En: Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe; Nashville, TN; 1989. Pág. 293-4.

9) Vila, S. Santamaría, D. Tertuliano. En: Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia. Editorial Clie; España, 1979. Pág. 540.

10) www.clerus.org/clerus/dati/2004-05/31-13/12MarSp.html

 

(Imágen: Google)
1 Mar '15

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