LA NAVIDAD DE LOS SOLDADOS

A cien años de la Tregua de Navidad.

Hace cinco años dediqué una extensa reflexión a un evento asombroso acaecido durante la Primera Guerra Mundial, conflicto bélico iniciado hace un siglo y cuyo centenario se conmemoró este año 2014. Un hecho que me movió en el 2009 a escribir sobre la guerra y la paz en época de Navidad fue el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz, que se entrega cada 10 de diciembre, al presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, a pocos días de que dicho mandatario reforzara el esfuerzo bélico de su país en Afganistán enviando miles de tropas adicionales al combate. La cínica justificación que hiciera Obama del uso de los “instrumentos de la guerra” en la mismísima entrega del Nobel de la Paz, además de mostrar una vez más por qué hace tantos años que el otorgamiento de los Premios Nobel está tan cuestionado, me evocó aquellas palabras de Jesús que también cité en el artículo Una irónica utopía: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14:27). El convulsionado presente que, cinco años después, sacude a Estados Unidos, jalonado por violencia racial, asesinatos impunes de afroamericanos, y denuncias escandalosas de atrocidades y torturas cometidas contra prisioneros sospechosos de terrorismo, muestra asimismo que, aunque ese país tiene un presidente ganador del Premio Nobel de la Paz, ni él ni su pueblo encontraron el verdadero camino de la paz, la concordia y la fraternidad.

En este contexto, y estando ya próxima la Navidad, me pareció pertinente recordar una vez más aquel suceso sorprendente sobre el cual reflexionamos en esa oportunidad: la Tregua de Navidad entre las tropas inglesas y alemanas durante la Gran Guerra, como también se la llama, hecho del cual se cumplirán cien años este próximo 25 de diciembre. El relato, tal como lo recordábamos hace cinco años: en diciembre de 1914 informes de inteligencia británica habían advertido a las tropas inglesas de la zona de Ypres, en la provincia belga de Flandes Occidental, que habría una ofensiva alemana entre Navidad y Año Nuevo. Esa Nochebuena, un vigía inglés advirtió la presencia de luces en las trincheras alemanas, por lo que alertó a los soldados, pensando que se avecinaba el ataque. Pero al no ocurrir nada, escudriñando con binoculares hacia el otro lado de la “tierra de nadie”, el territorio entre los dos frentes, los ingleses comprobaron que las luces eran árboles de navidad con que los alemanes habían decorado sus trincheras. Rato después escucharon, provenientes del otro lado, voces que cantaban en alemán “Noche de Paz”. Los ingleses respondieron cantando villancicos en su idioma. Más tarde, empezaron a intercambiarse saludos navideños entre los dos frentes, hasta que los alemanes se animaron a mostrarse, saliendo de las trincheras manos al bolsillo. Algunos soldados británicos hicieron lo mismo, y poco a poco alemanes e ingleses se acercaron para saludarse; conversaron, se mostraron mutuamente fotos de sus familias, intercambiaron regalos, e incluso enterraron juntos a sus caídos, en una ceremonia conducida por el capellán de uno de los ejércitos. La tregua se extendió a otras zonas, y tuvo una duración variable; en algunos lugares solo duró el día de Navidad, mientras en otras áreas del frente se extendió hasta el Año Nuevo (www.iglesiaenmarcha.net/2009/12/navidad-una-ironica-utopia.html). Hasta aquí el relato que hicimos, basado en bibliografía sobre el tema. Me parece ahora, cuando se cumplirá exactamente un siglo de aquel hecho, que merece dedicársele nuevamente un breve momento de reflexión. Por las víctimas de esa guerra y de todas las guerras; por los soldados que murieron, y por los que se negaron a seguir matando, por lo menos en ese día tan especial; por la misma Navidad, y por lo que ese día representa desde el fondo de la historia de nuestra era cristiana: Dios saliendo a nuestro encuentro para mostrarnos un camino diferente, el camino del amor; y por todos nosotros, porque en definitiva de tal manera amó Dios al mundo, que… envió a su Hijo (Juan 3:16, 17), el cual nació en un pesebre de la ignota y olvidada aldea de Belén, inmortalizada para siempre por haber sido el lugar donde primero se profetizó (Miqueas 5:2) y luego se cumplió la profecía del Nacimiento del Salvador del mundo (Lucas 2:4, 11).

Aquella Navidad movió a la paz; a una paz espontánea que fue respetada por los soldados rasos de naciones en guerra. La Tregua de Navidad del 25 de diciembre de 1914 hizo que aquellos hombres, que sólo cumplían órdenes, tomaran la decisión de deponer las armas, y los que mataban en cumplimiento del deber y para defender sus propias vidas, dejando el rifle salieron de las trincheras y estrecharon la mano del enemigo, en un saludo navideño que constituye un insólito ejemplo del verdadero espíritu de la Navidad: el espíritu de paz, perdón y reconciliación que animó al Creador de todas las cosas, el Padre Celestial, a enviar a su Hijo para que el mundo sea salvo por él (Juan 3:17). Nosotros hoy en día lamentamos – aquellos a los que todavía nos importa – que las navidades actuales sean tan diferentes a la original, la de hace dos mil años; que la paz y el recogimiento producidos por aquel milagro, el Nacimiento del Salvador del mundo, hayan mutado en una fiesta mercantilizada, bulliciosa, consumista y pagana. Sin embargo, ¡cuán diferente es nuestra navidad de aquella Navidad de hace apenas cien años atrás! La Navidad de los soldados no fue por cierto una navidad comercial; fue una Navidad que inspiró a la paz, a diferencia de las navidades actuales en las cuales los odios, rencores y resentimientos, a menudo excitados por el alcohol y las drogas, desatan enfrentamientos y reyertas que en ocasiones terminan con la muerte de algunos de sus desafortunados protagonistas. Jesús dijo en una oportunidad: el ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia (Juan 10:10). Teniendo esto en consideración, pensemos, porque aún estamos a tiempo de meditar seriamente qué clase de navidad queremos tener: una navidad pagana en la que reine el ladrón que sólo quiere robarnos nuestra felicidad, nuestras vidas y nuestras almas – el diablo – o una Navidad en la que esté presente Jesús, el Hijo de Dios, quién vino a este mundo para darnos perdón, salvación y vida eterna.

En el año 1999 se dejó cerca de la zona de Ypres (Bélgica) una sencilla cruz, conmemorando los ochenta y cinco años de la Tregua de Navidad. La inscripción que dejaron termina con las siguientes palabras: No olvidar. Que Dios nos ayude, este próximo 25 de diciembre, a no olvidar el glorioso mensaje de paz que Dios nos envió, cuando Jesús nació en un pesebre de Belén.

Por: Dr. Álvaro Pandiani

 

 

14 Dic '14

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