EL CRISTIANO Y LA CRUZ

“Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará” Lucas 9:23-24

Introducción
En nuestros días muchos malestares personales se describen como causados por “baja autoestima”: las adicciones, la falta de responsabilidad personal, las actitudes de resentimientos y hasta los inconformismos sociales suelen ser explicados por esta condición.

Los líderes de distintos sectores sólo dicen lo que las masas quieren escuchar para hacerlas sentir “apreciadas”; desde los medios de comunicación se evita ofender al oyente, lector o espectador; las autoridades deben hacer énfasis en los privilegios de las personas bajo su cargo pero son denostadas cuando requieren que cumplan con sus obligaciones.

En medio de esta generación, los cristianos leemos que Jesús nos advirtió: “Quien quiera ser mi discípulo, tome su cruz cada día y sígame”. Si la Biblia declara la verdad para cada cristiano y tiene un propósito divino para nuestras vidas, la exhortación de Jesús confronta todo lo que la cultura y la filosofía reinante nos propone.

La cruz de Jesús  
Cuando Jesús inició su ministerio en Israel, desde el principio los testigos de su ministerio intentaron descubrir si Él era el Mesías anunciado por los profetas.

Sus enseñanzas acerca de la Palabra cargadas de autoridad y sus obras milagrosas daban crédito suficiente para asumir que Dios le había enviado a cumplir este propósito.

Salvo por las autoridad religiosas que recelaron de Jesús desde el principio, el pueblo fue dando su apoyo al popular rabí que había sanado ciegos, cojos, leprosos, paralíticos y hasta había resucitado algunos jóvenes de familias reverentes.

Cuenta el apóstol Juan que llegado el día del gran milagro de la multiplicación del pan y los peces, el populacho entusiasmado decide que Jesús era la persona indicada para ocupar el puesto de Rey de Israel. ¿Quién como él con poder y capacidades extraordinarias podría ocupar semejante responsabilidad? Pero Jesús huye de esta multitud embravecida porque sabe que antes de la corona debía cargar una cruz.

Antes de comenzar a declararles a sus discípulos su inminente pasión y muerte, les pregunta acerca de su identidad: ¿Quiénes dicen las personas que soy yo? Y luego más intimista: ¿Y ustedes quién dicen que soy? Pedro hace entonces una declaración que será la bisagra del ministerio terrenal de Jesús porque cuando escuchó la frase “Tu eres el Cristo de Dios”, Jesús tornó su rostro hacia Jerusalén, el lugar profetizado para su muerte.

Dice Juan que ante tal cambio de expectativas, el pueblo comenzó a abandonarle y ya no le seguía. Dice Lucas que Jesús ordenó a sus discípulos no revelar a nadie más que él era el verdadero Mesías y les aseguró que habría de ser rechazado por los líderes de la nación, crucificado y resucitado al tercer día. No es que Jesús revelara algo que no estuviera ya profetizado (ver Is. 52-53), pero los estudiosos de Israel no comprendían que el Siervo Sufriente era también el Rey Mesías.

¿Por qué Jesús insistió tanto en la necesidad de que sus discípulos comprendieran su derrotero a la cruz?

Porque para Dios no había otra alternativa de salvación para el hombre: Cristo debía sufrir y morir.

Esta cruz fue mandatoria, la justicia de Dios era Cristo (el Mesías) clavado en una cruz, sustituyendo a cada hombre pecador que recibiendo ese regalo de Dios por la fe, podría recuperar su vida espiritual y una eterna comunión con el Dios verdadero.

Pero esta acción sacrificial fue mucho más que una obra de carácter físico. Antes Jesús sufrió el rechazo del pueblo y sus líderes; se lo sometió a un proceso injusto según las leyes romanas y judías; padeció maltrato, vejaciones, latigazos, escupidas, desgarros, crucifixión con clavos y hasta una lanzada para corroborar su deceso.

No olvidemos que su encarnación significó también la sujeción a un cuerpo físico que le permitiera convivir con los otros hombres, otro de los tantos sacrificios que Dios el Hijo realizó voluntariamente.

Pero aunque fue un gran sacrifico despojarse de su gloria y convivir con una generación incrédula, perversa y llena de pecado, Jesús debió sufrir finalmente el rechazo de su propio Padre Celestial, una alienación que no alcanzaremos a comprender debido a nuestra carnalidad y falta de santidad.

Ciertamente en este mundo hay aflicción, dolor y muertes humanamente injustas; pero la cruz de Cristo fue divinamente injusta para el Hijo perfecto y santo. Fue el Mesías de Dios el único posible sustituto perfecto del hombre pecador.

La cruz del discípulo
Luego de describir qué clase de cruz le esperaba a Él como Mesías, inmediatamente enseña que si alguien desea ser su discípulo también le espera una cruz.

El sólo hecho de ser seguidor de Jesús, implica asumir una cruz (Mt 10:17-43, Hch 21:13, 26:10). La cruz del discípulo no es la misma que Jesús cargó. Nadie hay con santidad y perfección suficientes para ser el cordero de Dios. La cruz que estamos llamados a cargar no consiste siempre en persecución y martirio por causa de nuestra fe, sino mayormente en pérdida de la propia autoestima, del interés personal, de las metas individuales, implica negarse a uno mismo, enterrar cada día al viejo hombre y sus prácticas para procurar servir de instrumento a Dios en sus planes eternos. Si quiero salirme con la mía, ganar mayor autoestima y considerarme mejor que otras personas, finalmente perderé mi carácter de verdadero discípulo.

Existe en nuestra naturaleza un principio de conservación muy bien definido por nuestros impulsos naturales por el cual, sólo es posible vivir cargando nuestra propia cruz si Dios nos llama, nos capacita y vive por su Espíritu dentro nuestro. Cuando Jesús bendijo a Pedro por su confesión le dijo que había sido dicha por revelación divina y no por capacidad humana (Mt 16:17); desde ese día llamó a su discípulo Pedro cuando hablaba y actuaba guiado por el Espíritu Santo en cambio lo llamaba Simón hijo de Jonás cuando hablaba y actuaba con su propia naturaleza.

En nuestros días se predica un evangelio desviado que pregona que todo cristiano puede hacer uso del poder divino para satisfacer necesidades personales, la expresión “pare de sufrir” resulta muy llamativa a cualquier transeúnte que la lee y está experimentando distintas inquietudes y necesidades humanas.

Es cierto que el sufrimiento emocional que genera una vida sin Dios y sin propósito puede ser mitigado cuando Cristo ilumina nuestra vida y su Espíritu nos convence de pecado, de justicia y de juicio; pero el evangelio y la cruz del discípulo no pueden ofrecerse como un producto de consumo porque no hay manera humana posible de que sean atractivos a nadie ( ver Jn 6:44, 1ª Co 2:14).

Conclusión
Si el cristianismo es una contracultura, los cristianos no podemos predicar que la vida en Cristo es éxito, felicidad y satisfacción; si somos honestos, la predicación que nos fue encomendada no puede “marketearse” en una marquesina con luces parpadeantes.

Pablo era una abogado y orador exitoso, un judío ortodoxo insuperable en sus marcas religiosas, un rico ciudadano romano y un soberbio discutidor de la ley; pero cuando Cristo lo encontró, lo llamó, lo convenció de su necesidad de salvación y le dio un propósito específico que fue predicar el evangelio a los gentiles, entonces Pablo comprendió qué significaba cargar su propia cruz cada día, así lo escribió guiado por el Espíritu Santo:

 7 Antes creía que esas cosas eran valiosas, pero ahora considero que no tienen ningún valor debido a lo que Cristo ha hecho. 8 Así es, todo lo demás no vale nada cuando se le compara con el infinito valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por amor a él, he desechado todo lo demás y lo considero basura a fin de ganar a Cristo 9 y llegar a ser uno con él. Ya no me apoyo en mi propia justicia, por medio de obedecer la ley; más bien, llego a ser justo por medio de la fe en Cristo. Pues la forma en que Dios nos hace justos delante de él se basa en la fe. 10 Quiero conocer a Cristo y experimentar el gran poder que lo levantó de los muertos. ¡Quiero sufrir con él y participar de su muerte, 11 para poder experimentar, de una u otra manera, la resurrección de los muertos!

Filipenses 3:7-11 Nueva Traducción Viviente


Autor: Alejandra Lovecchio de Montamat. Médica endocrinóloga y docente. Miembro de la Iglesia Evangélica Bautista de Once en Buenos Aires donde participa del ministerio de enseñanza con una clase de Escuela Bíblica Dominical. Casada con Daniel Montamat, madre de Gustavo y Giselle


Fuente: ABA Asociación Bautista Argentina
Estudios sobre temas doctrinales básicos

25 Oct '14

Deja un comentario

*