LA ORACIÓN ABSURDA

–  Por Dr. Álvaro Pandiani –

Ningún creyente que tenga un buen par de décadas de ser miembro de alguna iglesia evangélica puede dejar de tener en un lugar especial de su corazón el clásico cancionero llamado Himnos de Gloria y Triunfo, habitualmente conocido como “el himnario”. En franca retirada en la actualidad, frente al avance arrollador de las nuevas modalidades de alabanza surgidas en los años noventa del siglo pasado, este cancionero acompañó a todos quienes iniciamos nuestro andar en la fe en los años ochenta, y desde mucho antes también (el gastado himnario que tengo en casa es una vieja edición de 1961). Aunque el estilo musical con que se cantaban esos himnos no fuera nuestro preferido, era imposible no enamorarse de muchos de ellos, cuyas letras nos acompañaron mientras dábamos los primeros pasos en la fe, y también después (¡cómo olvidar Firmes y Adelante, En la Cruz, Gloria a Ti, Jesús Divino, Jesús es mi Amigo, y tantos otros!).

Tal vez no tan conocido, Dulce oración es un himno de esta colección cuya letra no se dirige a Dios para alabarle, al pecador para evangelizarlo o al cristiano para exhortarle y alentarle, sino que le habla a la oración. Haciendo uso de una extensa prosopopeya – figura retórica consistente en atribuir a las cosas inanimadas o abstractas acciones y cualidades de seres animados – el letrista habla de la oración como de alguien que le ayuda a elevarse de la influencia mundana, le auxilia en la tentación, lleva sus peticiones a Dios, y da a su alma aliento, gozo y consuelo; y finaliza su canción diciéndole que al entrar por las puertas de Sion (es decir, en este contexto, el cielo) “me despediré, feliz, de ti, dulce oración”. Desde el momento que la definición más sencilla de la oración – la que a todos se nos enseñó al comenzar nuestro andar en la fe – es que la misma es “hablar con Dios”, el letrista del himno incurre en una incongruencia, pues parece decir que al entrar al cielo ya no hablará con Dios. Con todo, esa incongruencia no es grave ni seria; después de todo, se trata de la letra de una canción religiosa, escrita por alguien que bien pudo estar inspirado para escribir poesía que hablara de su fe, sin fijarse en tecnicismos teológicos.

Sin embargo también la Biblia, que nos habla profusamente de la oración, parece incurrir en incongruencias respecto a la misma; incongruencias que merecen ser consideradas detenidamente, pues nos enseñan cosas sobre Dios, la propia Biblia y nosotros mismos que pueden enriquecer nuestro conocimiento y experiencia de la fe, sobre todo en lo relativo a nuestra vida devocional y la comunión espiritual con Cristo, así como el vínculo fraternal con la Iglesia, el cuerpo de creyentes, nuestros hermanos y hermanas en el Señor. El volumen de literatura cristiana – evangélica y de otras fuentes – sobre la oración es descomunal; este artículo pretende comentar brevemente algunos aspectos que por contradictorios parecen absurdos, pero que iluminados por la reflexión a la luz de la Palabra de Dios fortalecen y consuelan el alma del creyente.

 

Decirle a Dios lo que ya sabe.

En un pasaje clásico sobre la oración contenido en el Sermón del Monte, podemos leer que Jesús dijo a sus discípulos: “Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” (Mateo 6:8); inmediatamente después, Él enseña la oración cristiana más famosa, conocida y repetida de los últimos dos mil años: el Padrenuestro, u Oración del Señor. Si bien la afirmación de Mateo 6:8 que citamos viene a continuación de una amonestación de Jesús contra una costumbre entre los gentiles (es decir, no judíos), cuyas oraciones eran fórmulas huecas repetidas en forma mecánica – algo más próximo a rezar, decimos los evangélicos, que a orar – lo allí aseverado es congruente con la doctrina de la omnisciencia de Dios. El Padre Nuestro que está en los cielos, todo lo sabe; nuestras necesidades materiales, pero también las emocionales y espirituales: “Vosotros, pues, no os preocupéis por lo que habéis de comer, ni por lo que habéis de beber, ni estéis en ansiosa inquietud. Porque todas estas cosas buscan las gentes del mundo, pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas” (Lucas 12:29,30). Nuevamente, en este pasaje bíblico muy similar al anterior, Jesús habla a sus discípulos sobre el conocimiento del Padre acerca de las necesidades de sus hijos. En línea con esto, la Biblia nos dice en Apocalipsis 2:23 que Dios es el que “escudriña” – es decir, investiga, rebusca, hurga, ahonda en – la mente y el corazón, lo más profundo y recóndito del ser humano; también, según Hebreos 4:13, ante Sus ojos todas las cosas están desnudas y abiertas, es decir que nada escapa a su mirada. Así como estas afirmaciones de omnisciencia como atributo de Dios que todo lo sabe, conoce y prevé, pueden aplicarse a las peticiones, súplicas y ruegos que los creyentes hacemos ante Dios, también puede aplicarse a la oración la afirmación del salmista: “aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda” (Salmo 139:4).

Así que hablamos de cómo Dios conoce todas las cosas; nuestras necesidades e inquietudes, nuestras angustias y cuitas, nuestros anhelos más profundos y las preocupaciones que nos sobresaltan, y hasta las palabras con que oraremos para rogar pidiendo su ayuda en todas estas situaciones y circunstancias adversas. Entonces la pregunta lógica que surge es: si Dios ya sabe qué me ocurre y qué preciso, y también sabe cómo voy a orar, y cuáles palabras voy a usar en mi oración, entonces, ¿para qué orar?

 

Pedirle a Dios que haga lo que Él quiere hacer.

Jesús estimuló muchas veces y de diversas maneras a sus discípulos a la oración. El evangelio de Juan recoge afirmaciones sorprendentes acerca de la manera en que el Señor contestaría las oraciones y peticiones de sus seguidores. En el memorable discurso del cenáculo, donde Jesús celebró la cena de Pascua con los apóstoles la víspera de su muerte en la cruz, el dijo: “todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (14:13); y a continuación reafirmó lo dicho, repitiendo: “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (v.14). Estas palabras de Jesús introdujeron un elemento nuevo para los discípulos, respecto a la oración. Hasta ese momento los judíos oraban al Dios que conocían como el Creador, el único Dios – Jehová, o Yahvé, según las versiones posteriores del primitivo nombre divino YHVH – el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios que había hecho pacto con los hijos de Israel, y había dado la ley por medio de Moisés. Pero Jesús les estaba diciendo que, a partir de ese momento, al orar debían dirigirse a ese Dios en su nombre; y que al pedir cosas a Dios en el nombre de Jesús, Él mismo se las daría. Por tanto los seguidores de Jesús – los judíos primero, y luego los gentiles, o no judíos – es decir, los cristianos, podían dirigirse a Dios en oración presentándose en el nombre del Hijo de Dios, Jesucristo, y hacer sus peticiones confiando en que recibirían lo solicitado. Esta sorprendente promesa da lugar en nuestros días a una enseñanza sobre la oración que interpreta el “todo” como todo; es decir, casi como decirle a los creyentes: “pedí lo que quieras, que Dios te lo va a dar”. Merece considerarse que ni el nombre de Jesús es algo así como una fórmula mágica que obliga a Dios a conceder lo pedido por el suplicante, ni mucho menos la oración hecha con fe, en el nombre de Jesús, y cumplidos todos los requisitos, implica la inmediatez de la respuesta. Desafortunadamente, predicadores y maestros de renombre internacional entre las iglesias cristianas evangélicas enseñan a los creyentes una forma de oración que parece casi como hacer la cartita para Papá Noel o los Reyes Magos, enfatizando la fe para recibir lo pedido. Y por supuesto que para esto último, la necesaria fe en el suplicante, hay soporte bíblico: “si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: pásate de aquí allá, y se pasará” (Mateo 17:20), “pida con fe, no dudando nada” (Santiago 1:6). ¿Entonces? Si Jesús dijo que todo, pedido con fe, se recibirá. ¿Así es como debemos orar? ¿De verdad funciona?

Una consideración preliminar debe basarse en Mateo 6:33: “buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”; en otras palabras, las prioridades del auténtico discípulo de Jesucristo son el reino de Dios y su justicia, es decir, la obra de Dios en la tierra, que para nosotros los cristianos significa el cumplimiento de la Gran Comisión de evangelizar y hacer discípulos en todas las naciones, predicando el arrepentimiento y el perdón de pecados para salvación a todas las gentes. Pero quien mejor nos enseña en qué marco poner las palabras de Jesús citadas del evangelio de Juan 14:14, “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré”, es el propio apóstol Juan, quién estaba allí presente cuando el Señor las dijo. En 1 Juan 5:14 está escrito: “esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye”. Indudablemente, las palabras conforme a su voluntad son la clave para entender a Jesús y su promesa de otorgar todo lo que se pida en su nombre. Así que la oración se torna entonces no tanto una cuestión de pedir cosas, sino de buscar la voluntad de Dios; es decir, qué es lo que Dios quiere. Porque su voluntad es perfecta, pues es guiada por una sabiduría infinita, y sobre todo por un amor eterno; lo que Dios quiere para nosotros es lo mejor, lo más conveniente, lo que mayor bendición traerá a nuestras vidas como creyentes y como personas. Entonces, para orar tenemos que entender cuál es la voluntad de Dios; en otras palabras, qué es lo que Dios quiere hacer. Pero si Dios, quién es Todopoderoso, hará aquello que quiere hacer, ¿para qué orar?

Presionar a Dios I.

Un texto bíblico clásico, muy recurrido entre los cristianos en toda situación de apuro, necesidad y sufrimiento, es el que contiene las palabras de Dios al profeta Jeremías: “Clama a mí, y yo te responderé” (33:3), promesa de una segura respuesta a la oración hecha con la intensidad de la necesidad o la desesperación. La Biblia presenta repetidamente la oración del pueblo de Dios – judíos y cristianos – como un clamor, invita a clamar, y nos refiere cómo los creyentes claman a Dios (Salmo 34:6; 107:6; Oseas 7:7; Lucas 18:7; Romanos 8:15). Clamar se define como “exigir, pedir vehementemente o a gritos” (www.wordreference.com/definicion/clamar), mientras que clamor es un “grito fuerte”, o el “griterío confuso de una multitud” (www.wordreference.com/definicion/ clamor). Teniendo en cuenta estas definiciones, parece que la Biblia invita a orar, al menos en algunas circunstancias, con un volumen de voz elevado a muy elevado, por no decir a los gritos. Tal invitación es seguida al pie de la letra por diversas iglesias evangélicas, sobre todo cuando se realiza la oración congregacional, aún cuando no parezca haber motivo para que dicha oración se haga a los gritos. Pero en determinadas circunstancias, ante situaciones urgentes, importantes o desesperadas, el clamor puede incrementarse hasta tornarse frenético, al punto de parecer que los creyentes enfatizan a Dios el pedido, lo apuran, le urgen, hasta lo presionan. Es como si la oración se volviera un ultimátum a Dios; como decir: esto tienes que concederlo ya, no podemos seguir así, no podemos esperar, no podemos conformarnos con otra cosa.

No cabe duda que el Dios en el que creemos los cristianos, el Dios que nos presenta la Biblia, tiene un oído muy fino. Dios no es sordo para que haya que gritarle. Tan fina es su audición que, por ejemplo cuando Ana, quién sería madre del profeta Samuel, oró con angustia por un hijo – pues la esterilidad era una condición muy humillante para la mujer en aquel tiempo – la Biblia dice que “Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía” (1 Samuel 1:13). Y Dios por supuesto que la escuchó, y también le concedió lo pedido. Pero la disyuntiva es más profunda que una cuestión de oído, facultad sensorial que los seres humanos creyentes atribuimos a Dios para explicar en parte cómo el Creador nos oye, y conoce hasta nuestros más íntimos pensamientos (Salmo 94:11). En la Biblia Dios nos invita a clamar aunque Él no es sordo, y a veces oramos en muy alta voz, como si quisiéramos forzar a Dios a hacer algo, aunque Él hará lo que quiera (Isaías 46:10; Romanos 9:16). Además, como ya vimos, Él conoce perfectamente nuestra situación, y su voluntad es para nuestro bien. Entonces, ¿para qué clamar?

 

Presionar a Dios II.

Uno de los pilares de la oración es la intercesión; es decir, hacer oración a favor de otros, orar por otros. El intercesor es alguien que se pone entre Dios y otra persona, y pide, suplica y ruega por el favor – ayuda, amparo, gracia, misericordia – del Altísimo para aquel que lo necesita. La oración intercesora, en este contexto, es una tarea sacerdotal. La Biblia muestra numerosos ejemplos de este tipo de oración sacerdotal, aún en quienes no fueron sacerdotes. “Lejos sea de mí que peque yo contra Jehová, cesando de rogar por vosotros”, dijo el profeta Samuel al pueblo israelita (1 Samuel 12:23), mostrando la seriedad con que tomaba su ministerio de intercesión a favor de sus compatriotas. En el Nuevo Testamento, los cristianos son llamados sacerdotes (“real sacerdocio”, 1 Pedro 2:9; “reyes y sacerdotes”, Apocalipsis 1:6); y aunque no todos lleguen a ser predicadores, pastores o maestros de la Palabra – lo que los creyentes evangélicos llamamos “ministros” – todos pueden orar e interceder por sus hermanos, por la Iglesia, por los pecadores, por el país, por el mundo. La oración es parte importante de la vida de la iglesia; en todas las congregaciones hay personas particularmente dedicadas a esto: llámese círculo de oración, grupo de intercesión, ministerio de oración. Los miembros de estos grupos son quienes se encargan de recibir los “pedidos de oración”, solicitudes diversas, por salud, trabajo, problemas familiares, incluso salvación de personas inconversas, presentadas por personas de la congregación, de otras iglesias, o de fuera; ellos mantienen esos pedidos de oración bajo intercesión permanente, y estimulan a los demás miembros de la iglesia a orar también por casos específicos. En el día a día, es habitual que un creyente aquejado por un problema o conflicto particular pida a sus hermanos oración. También se pide oración por los gobernantes, la paz y la prosperidad de la nación en la que vivimos, y por la marcha de la Iglesia hacia la meta del cumplimiento de su misión. El hacer esto no es más que seguir lo escrito en el Nuevo Testamento de la Biblia, en donde reiteradamente los apóstoles piden y dan oración unos por otros; por mencionar sólo algunos pasajes: Romanos 1:9; 15:30; 2 Corintios 1:11; Colosenses 1:3, 9; 4:12; 2 Tesalonicenses 1:11; Santiago 5:14. El creyente aquejado por un conflicto, no pide sólo la oración de su pastor o mentor espiritual; también la pedirá de sus hermanos, y no solamente del grupo de oración o intercesión. Y si conoce pastores o creyentes de otras iglesias, también pedirá su oración; y en los programas radiales evangélicos en los que se ofrece oración por las necesidades presentará su pedido, y también en las páginas web cristianas. Y asimismo en los ministerios paraeclesiásticos interdenominacionales de oración. Y el motivo específico del ruego, la súplica ante Dios, no se mencionará una vez y basta, sino que seguirá siendo tema de las peticiones, una y otra vez hasta que se entienda que hubo una respuesta, en una versión cristiana de la oración insistente que menciona el profeta Isaías por la restauración de la ciudad santa: “Los que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén” (Isaías 62:6,7).

Y entonces cabe preguntarse: ¿no basta pedir las cosas una sola vez, y que lo haga quién necesita la ayuda de Dios? ¿Lleva Dios una cuenta de cuantas veces le piden una cosa, para habiendo llegado a un determinado número, entonces responder a sus hijos? ¿O lleva cuenta de cuantos oran por una misma cosa, o por una misma persona en problemas, para responder cuando se sobrepase una cierta cantidad de suplicantes, y si no se llega a esa cantidad entonces se hace el sordo y no contesta?

Clamando día y noche.

Hace muchos años llegó a mis manos un libro evangélico publicado originalmente en Estados Unidos por una editorial que prefiero no nombrar. Se trataba de un libro de literatura testimonial – estilo de publicación prevalente de esa editorial que prefiero no nombrar – en el cual una persona creyente contaba la historia de su abuela (si mal no recuerdo), a la cual presentaba como una gigante de la fe. Esta señora, la abuela del autor, ante cualquier situación que se presentara dirigía la mirada al cielo, exclamaba ¡Oye, Dios!, y hacía la petición pertinente. Según el autor del libro, Dios contestaba de inmediato la oración de esta señora; siempre, en cualquier lugar que fuera, cualquiera fuese la situación, siempre la respuesta – afirmativa, por supuesto – era inmediata. En mi juventud en la fe me asombró leer esto, y me hizo desear tener tal nivel de comunión con Dios. Años después, aún meditando sobre estas cosas y habiendo vivido experiencias personales con Dios, no puedo menos que opinar que la historia contenida en ese libro es, en el mejor de los casos, una exageración; en el peor, una invención, por no decir una mentira. Como fue anotado, el Nuevo Testamento enseña a presentar las peticiones a Dios en el nombre de Jesús, no diciendo: ¡Oye, Dios! (lo que suena incluso irreverente); y en cuanto a la inmediatez de la respuesta, la Biblia no promete en ningún lugar que las oraciones siempre, en el cien por ciento de los casos, serán contestadas así. Al contrario, Jesús enseñó sobre la necesaria paciencia y perseverancia en la oración en la parábola de la viuda y el juez injusto; y al final de la misma dijo: “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia” (Lucas 18:7). “Pronto” no es “ya”, y primero fue necesario que los escogidos de Dios – no cualquiera – clamaran a Él día y noche. ¿Y por qué esto?

Porque la oración es bastante más que presentarse ante la Deidad para notificarle de nuestras necesidades y apuros, pedirle que haga algo o que mande algo, dar las gracias por adelantado para que la Deidad se sienta más inclinada a conceder lo pedido, tirar un par de glorias por las dudas, y retirarse a seguir con la vida. El alma de la oración, el eje alrededor del cual gira toda la experiencia de orar, es la comunión con Dios; es decir, la relación con el Altísimo que se genera, se alimenta y crece cuando nos aproximamos a Él, cuando tratamos con nuestro Padre Celestial, y experimentamos un lazo de unión entre nuestra alma y la Suya. “Tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto” (Mateo 6:6); la oración es encuentro a solas con Dios, es adoración que emerge de lo más profundo del alma humana hacia la Divinidad, una Divinidad que no es lejana o extraña, sino que es, en palabras de Jesús, “tu Padre”. La oración es un acto de obediencia, pues la Palabra de Dios nos manda orar; pero ese mandato se obedece con gusto, pues ese momento de encuentro hace que nuestra alma respire.

Al incrédulo le es simplemente imposible entender esto, y puede considerarlo una fantasía. El creyente sabe que debe orar, y procura esforzarse en la oración. Pero el creyente maduro y espiritual es el que disfruta de ese tiempo, en el cual su corazón se oxigena por medio de ese vínculo íntimo con el Espíritu de Dios. Allí la angustia más intensa se desahoga en los oídos más amorosos; la necesidad más urgente se vuelca en las manos de Alguien a quién no le importa ser importunado una y otra vez, pues su paciencia en infinita y su amor incomprensible. Las súplicas, los ruegos y peticiones, también las alabanzas y las acciones de gracias, son tema para la oración, para mantenerse en ese vínculo refrescante del alma agobiada por la vida cotidiana en un mundo cada vez más alejado y enemigo de Dios; de ese Dios que tanto nos amó como para enviar a su Hijo, por nuestra salvación. En su gran amor, Dios nos escucha pacientemente decirle las cosas que ya sabe, pedirle lo que quiere darnos, y también lo que no quiere darnos, pues conoce de antemano que tales cosas no serán beneficiosas para nuestra vida; nos oye gritar, aunque escucha los pensamientos más íntimos de nuestro corazón, y multiplicar los ruegos más desesperados y angustiosos, bien que Él escucha y atiende nuestra súplicas (Salmo 66:19).

Y probablemente también se regocije al ver el compromiso que sus hijos toman en el orar unos por otros, mostrando así ser uno, una familia – hijos e hijas de un mismo Padre – y un cuerpo, en el que todos los miembros sufren, cuando uno cualquiera de ellos sufre.

Jesús de Nazaret pasó largo tiempo en la oración, durante su vida terrenal. Qué incongruencia, podríamos decir; qué absurdo, el Eterno Hijo de Dios, en los días en que anduvo como hombre entre los hombres, ofreció a Dios “ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas” (Hebreos 5:7). ¡Cuánto más nosotros! Como en tantas otras cosas relacionadas a la fe a la que el Señor nos ha llamado para salvación, aquí la lógica humana no aplica; aplica la Palabra de Dios, la invitación a la oración constante, ferviente, llena de fe, guiada por el Espíritu Santo de Dios.

“Orad sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17).

Imagen tomada de escena film “La Pasión” de Mel Gibson.

14 Sep '14

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