HISTORIAS DE ULTRATUMBA

– Una Visión Cristiana – Por Dr. Álvaro Pandiani –

Según escribe el autor Miguel González Rodrigo en su artículo Inteligencia Genética y Espiritualidad1, la espiritualidad como construcción de una idea de trascendencia, de existencia de Dios, está genéticamente determinada. Este autor nos dice que con el desarrollo de la inteligencia, la especie humana adquiere la noción del paso del tiempo, y por lo tanto toma conciencia de la finitud del ser. El hombre sabe que su existencia tiene término, que va a morir. La espiritualidad sería parte de un desarrollo evolutivo que protegería al individuo inteligente que se enfrenta a la idea de su propia muerte, haciéndole concebir una vida después de la muerte. De esto modo, dice, la vida se hace “más llevadera y no tiene porque preocuparse del final ya que tras el aparente final hay algo más”. Más adelante en el mismo artículo leemos: “No es por lo tanto un mecanismo psicológico surgido de la necesidad de dependencia… o de obtener respuestas, y tampoco es producto de la evolución cultural. El origen de la religión no es dios, como sostienen algunas teorías, sino el alma o deseo de perpetuar la propia existencia, dios aparece después para justificar y dar soporte a esa necesidad”. Este tipo de aseveraciones nos hacen ver por dónde viene la mano: esta teoría, bastante novedosa en apariencia, es otra expresión de racionalismo que postula un origen natural de la religión; ésta sería otro mecanismo adaptativo más de la especie humana, al enfrentarse a un cosmos que genera interrogantes, incertidumbre y temores. Sin embargo, resulta casi hilarante el cobarde retroceso en que incurre el autor al final del artículo, donde dice: “estos comentarios nada tienen que ver con la existencia de dios, ya que el propio concepto de dios en la mayor parte de las culturas lo hacen indemostrable. Un creyente podría aceptar esta posibilidad y admitir que dios lo ha programado para conocerle y un no creyente podría aceptar estos argumentos y esgrimirlos para negar la necesidad de un creador. Por lo tanto el texto no alberga ningún ánimo de polemizar respecto a ese tema”. En buen criollo, a esto le llamaríamos querer andar del brazo con Dios y con el diablo. El artículo no concluye nada, no se juega por nada, y ese final en tablas hace que nos preguntemos la utilidad, o aún la pertinencia de su planteo.

Sin embargo, el ensayo referido toca un tema capital y significativo, prácticamente para cada ser humano: el miedo a la muerte, y las múltiples formas en que buscamos un sentido, y sobre todo una alternativa a este absurdo y, aparentemente, definitivo final de la existencia. La muerte ha preocupado al hombre desde el fondo de la historia, y más allá de la fe en los progresos de la ciencia médica en la lucha contra las enfermedades y por el aumento de la expectativa de vida (pobre sustituto de las creencias místicas), la magia y la religión han sido durante milenios las que han ofrecido consuelo y esperanza ante la dura realidad del morir. No en vano, más del noventa por ciento de la población mundial actual profesa alguna religión. Quizás cabe acotar que quienes profesamos la fe en Jesucristo vemos en el cristianismo bíblico, no una religión natural, sino una revelación de Dios en la persona de Jesús de Nazaret, precedida por la revelación de Dios a los patriarcas y profetas en tiempos del Antiguo Testamento, y seguida por la revelación del Espíritu Santo a los apóstoles y discípulos de Cristo, durante el primer siglo de la Era Cristiana. En suma, no una expresión de instinto religioso, moldeada por una cultura y un escenario intelectual, social y político definido, sino una intervención de Dios en la historia humana. Para personas como González Rodrigo y otros racionalistas y ateos, esta acotación no sería más que una declaración de alguien impregnado de las creencias de una religión natural. Afortunadamente vivimos tiempos de tolerancia, y nuestra fe en la revelación del Dios Eterno en Jesucristo debe ser respetada, aunque a esos otros les parezca locura. Como dijo el apóstol san Pablo, un adelantado en estos asuntos de la tolerancia: “¡Ojalá me tolerasen un poco de locura! Sí, tolérenme” (2 Corintios 11:1).

La Biblia pone a la muerte en su justo lugar, en el amplio escenario del drama humano; castigo por el pecado y la maldad, maldición transferida a toda la creación por la depravación humana, realidad ineludible para todos los hombres y mujeres de este mundo, incluso los creyentes, el Nuevo Testamento nos dice que la muerte es “el postrer enemigo que será destruido” (1 Corintios 15:26); también nos dice que Jesucristo “… quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Timoteo 1:10). La revelación cristiana habla, efectivamente, de una vida después de la muerte. La expectativa cristiana es singular; ante la demoledora realidad de la muerte, responde con la esperanza de la resurrección, basada en la certeza de la resurrección de Cristo: “… Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que murieron es hecho, pues por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos” (1 Corintios 15:20,21). La esperanza en la vida tras la muerte no es simplemente un consuelo que hace más llevadera la vida presente, sin preocuparse del inescapable final; es lo que da sentido a la vida, cuando esa vida es vivida para aquel que murió y resucitó como “primicias de los que murieron”.

Pero además de la esperanza en la resurrección de la carne, la Biblia enseña la perdurabilidad de la vida consciente entre la muerte y la resurrección. Contenida en embrión en el Antiguo Testamento, y claramente revelada en el Nuevo, esta doctrina ha sido negada por algunos grupos que se hacen llamar cristianos, los cuales sostienen la teoría del sueño del alma entre la muerte y la resurrección, y aducen que aquella doctrina se trata de una infiltración de ideas paganas griegas en la fe de la Iglesia. Sin embargo, estos mismos grupos tienen graves problemas para explicar pasajes bíblicos como Lucas 23:39-43, 2 Corintios 5:6-8, Filipenses 1:22-24, y sin duda, la narración (¿parábola?) del rico y Lázaro, en Lucas 16:19-31 (si el mundo de ultratumba no existe, si es una idea pagana griega, ¿lo habría usado Jesús para enseñar verdades acerca del Reino de Dios a los judíos?). Por tanto, la enseñanza de la Iglesia Cristiana es que el espíritu o alma del hombre, una esencia inmaterial que es asiento de su personalidad, pensamientos, emociones, recuerdos y voluntad, abandona el cuerpo en el momento de la muerte, para entrar en un reino espiritual en el cual tendrá un destino eterno; ese destino dependerá de la fe y las decisiones morales que haya tomado en vida esa persona.

En el Antiguo Testamento se habla del Seol como el “lugar de los muertos”; según los pasajes donde aparece, la palabra a veces se equipara a tumba o sepulcro, y parece no querer decir más que eso (Salmo 141:7; Proverbios 5:5; Isaías 38:18; Ezequiel 31:16); en otras ocasiones, sin embargo, impresiona referirse a un lugar al que van todos los muertos de la humanidad, un reino subterráneo común en el que los espíritus de los difuntos hallan su destino (Salmo 49:14; Proverbios 9:18; Isaías 5:14; Ezequiel 32:21; Oseas 13:14; Habacuc 2:5). Algunos pasajes parecerían indicar que el Seol fuera un lugar de castigo para los impíos (Salmo 9:17; 55:15), mientras que en otros no parece haber tal distinción moral: también los justos van allí (Isaías 38:10); incluso, alguien como David, el varón “conforme al corazón de Dios” (Salmo 16:10; pasaje profético aplicado a Jesús de Nazaret por el apóstol Pedro: Hechos 2:27). De lo que podemos leer en el Antiguo Testamento, la morada de los muertos en la que creían los israelitas era un lugar, como dijimos, sin distinción moral, en el que los muertos, se infiere, estaban en un estado de inconciencia o sueño, ya que “nada saben, ni tienen más recompensa. Su memoria cae en el olvido. También perecen su amor, su odio y su envidia” (Eclesiastés 9:5,6), y allí, en ese lugar, “no hay obra ni trabajo ni ciencia ni sabiduría” (Eclesiastés 9:10). Pasajes bíblicos como estos son usados por testigos de Jehová, adventistas, y otros grupos que preconizan la doctrina del sueño del alma, olvidando olímpicamente la revelación neotestamentaria al respecto de este tema. Incluso en el Antiguo Testamento hay un pasaje como Isaías 14:9,10, en el que vemos que ese supuesto estado de sueño puede suspenderse transitoriamente: “El Seol abajo se espantó de ti; despertó a los muertos para que en tu venida salieran a recibirte; hizo levantar de sus sillas a todos los grandes de la tierra, a todos los reyes de las naciones. Todos ellos darán voces y te dirán: ¿Tú también te debilitaste como nosotros y llegaste a ser como nosotros?”. Pero a propósito del tema que nos ocupa, la conclusión más importante que podemos extraer de este breve repaso sobre el reino de los muertos, tal como lo presenta el Antiguo Testamento, es que los espíritus de los muertos están confinados en el Seol; es decir, que en la fe del israelita piadoso de aquellos tiempos, cuando el hombre moría o la mujer moría, el alma no salía del cadáver para vagar en las proximidades del lugar de su muerte, o en otra parte. Vale decir que, según las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, los espíritus descarnados de humanos fallecidos no tienen la facultad de “rodear la tierra y andar por ella” (Job 1:7), como sí la tienen otros seres espirituales, por ejemplo Satanás, según el pasaje de Job citado. Por lo tanto, el Seol es un lugar ajeno a este mundo, y constituiría un sitio de confinamiento para las almas de los que han partido.

         ¿Con qué ideas sobre el tema nos encontramos, en el Nuevo Testamento?

El Nuevo Testamento, escrito en el griego popular hablado en el Imperio Romano (algo así como el “lenguaje internacional” del imperio en esa época), traduce el hebreo Seol utilizando el término griego Hades. Ya los traductores de la Septuaginta, la versión de las Sagradas Escrituras judías al griego realizada en el siglo III antes de Cristo, habían utilizado esa palabra para trasladar Seol. Así, puede leerse cuando el apóstol Pedro cita el Salmo 16 (Hechos 2:27, 31), y en otras oportunidades en que Jesús (Mateo 11:23; 16:18; Apocalipsis 1:18) y el apóstol Juan (Apocalipsis 6:8; 20:14) se refieren al lugar de los muertos. Ahora bien, Hades es tomado del griego para nombrar el lugar de los muertos, pues es el término con que el pagano griego nombraba tanto al reino de los muertos, como al dios que gobernaba sobre dicho reino, el Plutón de los romanos (aunque Plutón es también una palabra griega). La mitología griega acerca del Hades fue desarrollándose; el Hades sí tenía subdivisiones claramente definidas: La primera región del Hades comprendía los Campos de Asfódelos, descritos en La Odisea XI, donde las almas de los héroes vagan abatidas entre espíritus menores, que gorjean a su alrededor como murciélagos. Sólo la ofrenda a ellos de libaciones de sangre en el mundo de los vivos pueden despertarlos durante un tiempo a las sensaciones de humanidad (compárese con los vampiros). Más allá quedaba el Érebo, que puede usarse como un eufemismo para el Hades, cuyo nombre era temido. Había en él dos lagos: el de Lete, a donde las almas comunes acudían para borrar todos sus recuerdos, y el de Mnemósine (‘memoria’), de donde los iniciados en los Misterios preferían beber. En el antepatio del palacio de Hades y Perséfone se sentaban los tres jueces del Inframundo: Minos, Radamantis y Éaco. Allí, en el trivium consagrado a Hécate, donde los tres caminos se encontraban, las almas eran juzgadas, volviendo a los Campos de Asfódelos si no eran virtuosas ni malvadas, enviados al camino del tenebroso Tártaro si eran impías o malas, o al Elíseo con los heroicos o los benditos.2 Interesa tener clara esta división del Hades griego, para luego ver un poco más en detalle el Hades neotestamentario, y lo que el Señor Jesús enseñó sobre el mundo de más allá de la muerte. El Hades mitológico, como vimos en la cita anterior, tenía varias secciones, que constituían destinos para las almas de los difuntos, luego de que éstas hubieran pasado por un juicio. Más en detalle, el inframundo de la mitología griega se dividía de la siguiente manera:

El gran foso del Tártaro consistía en una gran prisión fortificada rodeada por un río de fuego llamado Flegetonte. En un principio sirvió exclusivamente como prisión de los antiguos titanes pero luego pasó a ser el calabozo de las almas condenadas, entre las que se encontraban Ticio, Tántalo y Sísifo.

El territorio de los muertos, gobernado por el dios Hades, que también suele recibir el nombre de hogar o dominio de Hades (domos Aidaou), Hades, Érebo, los Campos de Asfódelo, Estigia y Aqueronte.

Las Islas de los Bienaventurados o Islas Elíseas gobernadas por Crono. Allí, residían tras su muerte, los grandes héroes míticos, como por ejemplo Aquiles, Diomedes y Peleo.

Los Campos Elíseos, gobernados por Radamantis, eran la morada de los muertos virtuosos y los iniciados en los Misterios antiguos. Sus habitantes tenían la posibilidad de regresar al mundo de los vivos, aunque no muchos lo hacían.3 Si bien la arquitectura del mito es confusa, dadas las múltiples fuentes, queda claro que había dos destinos para las almas: uno, al que nosotros llamaríamos infernal, era el Tártaro, lugar de los condenados; y otro para los bienaventurados (a su vez subdividido en dos: Las Islas de la Bendición para los grandes héroes, y los Campos Elíseos para las almas virtuosas). Importa conocer estos detalles del mito acerca del Hades griego, pues el Hades neotestamentario, en principio el mismo Seol hebreo, aparentemente se parecería más a aquel que a éste. Y para analizar la estructura del Hades neotestamentario, nada mejor que observar en detalle la parábola del rico y Lázaro.

Dice dicha narración de Jesús, en su nudo central (lo que sucede en el mundo de ultratumba): “Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. En el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces, gritando, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama. Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, males, pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado” (Lucas 16:23-25). La enseñanza que esta narración trasmite se podría resumir diciendo que el rico, no se perdió simplemente por ser rico, ni Lázaro fue a un lugar de bienaventuranza por haber sido un miserable mendigo. En los evangelios se percibe, incluso en los discípulos de Jesús, cierta incomprensión y asombro cuando el Señor manifestaba que para los ricos era difícil salvarse (Marcos 10:23,24); esto, porque para los judíos de aquel tiempo las riquezas materiales eran señal de la bendición de Dios. Se infiere que el rico se perdió por haber confiado en sus riquezas y haberse olvidado de Dios, mientras que Lázaro, que no tenía nada, debió haberse aferrado a Dios, y eso lo condujo a la salvación. Si la enseñanza de esta parábola es efectivamente esa, perdición o salvación según que la fe y la confianza hayan sido puestas o no en Dios, lo que representa no puede ser otra cosa que lo que Jesús dijo: un diálogo específico entre almas de difuntos, el rico y Abraham, con Lázaro de testigo, en el mundo de ultratumba. ste, para los judíos, era el Seol. Pero este Seol tiene una estructura claramente definida; hay dos regiones, una de consuelo, y otra de castigo, y un gran abismo las separa (vs. 26). Esto se parece más al Hades griego; incluso, los ángeles que llevan el alma de Lázaro cumplen la función de psicopompos, es decir, guías de almas, que en la mitología griega cumplía el dios Hermes. Esta es la clase de argumentos que utilizan quienes niegan la doctrina de la existencia consciente del alma luego de la muerte, insistiendo en la temprana infiltración de ideas mitológicas griegas en la enseñanza cristiana. El problema que enfrentan es que esta narración, conocida generalmente como la “parábola” del rico y Lázaro, sale nada más ni nada menos que de la boca de Jesús de Nazaret. Como muchos han señalado, ni siquiera podemos afirmar que esta breve historia sea una parábola (narración de un suceso fingido, de que se deduce una enseñanza moral4); Lucas no la presenta como tal, y sería la única parábola del Nuevo Testamento en la que aparece el nombre propio de uno de sus personajes. Si no es una parábola (historia fingida), entonces sería una historia real, una auténtica historia de ultratumba, contada por el Señor.

Llama la atención que aunque este “Seol” tiene esa clara división en regiones separadas para los justos y los malos, algo que no aparece en las menciones del Seol en el Antiguo Testamento, ninguno de los judíos oyentes protestó o hizo mención de la diferencia. Esto se debe, seguramente, a que ya en la literatura judía del período intertestamentario comienza a aparecer esta división, antes vaga o inaparente: “En la literatura judía posterior nos encontramos con divisiones para los malos y los justos dentro del Seol, en las que cada cual experimenta un anticipo de su destino final”.6 Alguien podría argumentar aquí que es justamente en ese período, sobre todo desde la segunda mitad del siglo IV a.C. con las campañas militares de Alejandro Magno, que el pueblo judío toma contacto con el pensamiento griego, sus ideas, su filosofía, y sus mitos. El punto es que, otra vez, en el evangelio de Lucas leemos que es Jesucristo quién habla de este “Seol” (Hades). Influido por la literatura rabínica intertestamentaria o no, Él enseña claramente acerca de este “Seol” (Hades) dividido; aquí toma un nuevo significado el pasaje bíblico, ya citado, en el que Pablo dice que el Señor Jesús “sacó a luz la vida y la inmortalidad” (2 Timoteo 1:10), que también puede interpretarse como que Él dio a conocer lo que aún no había sido revelado acerca de la vida más allá de esta vida. En otras palabras, Jesús primero, y el Espíritu Santo enviado por Él más tarde, completan la revelación de Dios a la humanidad, en todos los aspectos, y también en éste, la vida después de la muerte.

Así como Jesús habló del Hades, más veces habló del infierno; y en todas, la palabra hace alusión a un lugar punitivo, un sitio temible “donde el gusano… no muere y el fuego nunca se apaga” (Marcos 9:44). En todas las oportunidades en que aparece la palabra infierno, ésta es traducción de gehenna, salvo en 2 Pedro 2:4, donde sale tartaroo, lugar al que fueron echados ángeles indignos, entregados a “prisiones de oscuridad” (recordar el Tártaro del Hades griego). Gehenna es, a su vez, una voz compuesta cuyo significado es “Valle (del hijo, o de los hijos) de Hinom”. El Valle de Hinom, un paraje cercano a Jesuralén, según algunas fuentes era un lugar donde se realizaron sacrificios humanos, sobre todos de niños pequeños, que posteriormente fue profanado, siendo destinado a ser usado como basurero:

1) “El Valle de Hinom fue usado como el basurero de la ciudad de Jerusalén. Desechos, materiales usados y animales muertos eran quemados aquí. Fuegos continuamente ardiendo, y humo de los escombros quemados se levantaban día y noche. Hinom llegó así a ser un símbolo gráfico de penas y juicio y del lugar de castigo llamado infierno. Traducido al griego, el Hebreo Gue Hinom llega a ser gehenna, el cual es usado 12 veces en el Nuevo Testamento (11 veces por Yahshua y una vez por Santiago), cada vez traducido en la versión de Reina-Valera como “infierno”. Tophet es basada en una palabra que significa “escupir”. Es un sitio al sureste de Jerusalén, en el Valle de Hinom, dónde los sacrificios de niños eran ofrecidos y los cuerpos muertos eran enterrados o quemados”.6

2) “La palabra geenna se refiere en su primer término al Valle de Hinom. En ese lugar se cometían abominaciones al ofrecer a sus hijos al dios Moloc. Después el lugar vino a ser lugar para tirar y quemar basura. Aun los cadáveres de animales se echaban allí. Siempre había lumbre para quemar continuamente la basura y siempre había gusanos”.7

3) “Infierno de fuego (Gehenna), referencia literal al valle de Hinom en las afueras de Jerusalén, donde se incineraban basuras, desperdicios y cadáveres; es, pues, una metáfora gráfica del tormento eterno”.8

Otra vez, esta referencia a un lugar específico en el que, en aquellos tiempos, ardían fuegos inextinguibles, como ilustración simbólica del lugar de condenación eterna, es literalizada por quienes se niegan a creer tanto en la existencia del alma consciente tras la muerte, como en la cruda realidad del justo castigo. La interpretación literal de Gehenna suena absurda cuando la aplicamos a las palabras de Jesús: “No temáis a los que matan el cuerpo pero el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28). La gehenna en la que podía ser destruido alma y cuerpo, evidentemente, no era el Valle de Hinom en las afueras de Jerusalén; Jesús habla de otro lugar al que el alma puede ser echada para perdición, como se desprende del pasaje paralelo de Lucas 12:5: “Temed a aquel que, después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno”. Como dicen los autores del artículo Los testigos contra Jehová y el infierno (citado como referencia bibliográfica Nro. 7), los fuegos del Valle de Hinom hace mucho que ya no arden, pero Jesús dijo que el fuego del infierno “nunca se apaga” (Marcos 9:44).

Si nosotros buscamos información sobre el Hades, encontramos autores que lo identifican con el infierno, mientras que otros arguyen académicamente que no es equiparable, pues Hades en realidad se refiere al lugar de los muertos de la mitología griega, el cual, como vimos, estaba dividido en distintas regiones, según el tipo de almas que allí iban. Ahora bien, según la Biblia, en el Hades neotestamentario pasó algo que los antiguos griegos nunca imaginaron. Dice el apóstol Pedro: “Cristo… en espíritu fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otros tiempos desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé” (1 Pedro 3:18-20). El apóstol Pablo habla de algo parecido: “Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra” (Efesios 4:8,9). Cuando el apóstol Pedro, en su primer sermón del día de Pentecostés, aplica el pasaje del Salmo 16:10 al Señor, indirectamente nos informa que el alma de Jesucristo, tras su muerte en la cruz, “descendió” al Hades. Pablo dice que Jesús descendió “a las partes más bajas de la tierra”; algunos opinan que se refiere a su descenso del cielo a la tierra; otros, que habla de lo que se conoce como el descenso al Hades del espíritu de Jesús. Incluso, no parece haber diferencia si la expresión “a las partes más bajas de la tierra” la cambiamos por “a las partes inferiores de la tierra” (aunque esto es, obviamente, una trampa para apoyar una doctrina no aceptada universalmente; pues inferior, en latín, es infernum). Según lo que dice el apóstol Pedro, Jesús, tras su muerte y antes de la resurrección, ingresó a un lugar donde estaban confinados los espíritus de seres humanos que habían desobedecido a Dios, miles de años antes (“en los días de Noé”); en otras palabras, mientras el cuerpo de Jesucristo estaba en la tumba, su espíritu estaba en el reino de los muertos, predicando el evangelio a las almas de los pecadores.

Imaginemos lo que fue eso; el espíritu de Jesús ingresando a las tenebrosas regiones inferiores, el Autor de la Vida entrando en el reino de la muerte, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14,15). ¡Que terremoto! El averno entero temblando, las sombras perpetuas de pronto llenas de luz, rocas partiéndose y rodando con estruendo hacia los oscuros y profundos abismos, demonios huyendo despavoridos, querubines malignos paralizados con la copa en la mano, a punto de brindar para festejar la muerte del Hijo de Dios, y el mismísimo diablo, con la sonrisa congelada en el rostro y una expresión de incredulidad indescriptible, girando la cabeza para mirar a ese que entraba como vencedor. El espíritu de Jesús venció al que tenía el imperio de la muerte, y libró a los que estaban en servidumbre; y subiendo luego a lo alto, a los cielos, se llevó a los cautivos, las almas de los justos que habían estado prisioneras en el lugar de los muertos.

Aunque no todos aceptan esta interpretación con cada uno de sus detalles, es artículo de fe de la Iglesia que Jesús, entre su muerte y su resurrección, descendió a los infiernos, predicó a las almas encarceladas, y liberó a los justos de tiempos del Antiguo Testamento, llevándose consigo sus almas hacia el cielo. Porque Jesús, con su muerte en la cruz, hizo posible el acceso a la casa del Padre, “por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne” (Hebreos 10:20). Por lo tanto, esta sería otra auténtica historia de ultratumba; tras la fulgurante y épica incursión del Hijo de Dios, esa región del Hades donde estaban los justos quedó vacía. Las almas de los justos están con Cristo en el cielo, y el otrora llamado “Seno de Abraham”, ese lugar de reposo y consuelo, ahora está deshabitado, cada vez más lleno de polvo y telarañas. Y en el Hades solo quedan los condenados.

Un infierno.

El rasgo que indudablemente comparten el Seol antiguotestamentario y el Hades neotestamentario es su carácter de lugar de confinamiento para las almas de los que han partido. Aquí, otra vez, vemos que los espíritus de los que van a condenación son recluidos en los infiernos; las Escrituras dicen que los pecadores son “echados” o “arrojados” al infierno (Mateo 5:29,30; y otro pasaje en que aparece enseñanza similar: Mateo 18:8,9); en Lucas 12:5 sale “echar” en el infierno; en Mateo 23:33 Jesús exclama furibundo contra los fariseos y escribas, hipócritas que se le oponían constantemente: “¡Serpientes, generación de víboras!, ¿cómo escaparéis de la condenación del infierno?”, dando una pauta de escalofriante claridad: quién rechaza a Jesús, no tiene manera de escapar de la condenación y de ser arrojado al infierno. De modo que el Nuevo Testamento mantiene esta premisa, que ya vimos en el Antiguo Testamento: los espíritus descarnados de humanos fallecidos no tienen la facultad de “rodear la tierra y andar por ella”. Por lo menos en lo que concierne a las almas de los condenados, estas están confinadas en los infiernos.

¿Y los bienaventurados? ¿Qué de aquellos a quienes su fe y fidelidad a Jesucristo condujo a la redención, a la salvación eterna? Un elemento a destacar es la forma en que Jesús se refiere a la eterna bienaventuranza en pasajes tales como Mateo 7:13,14 (“… ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición… pero angosta es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”), y Marcos 9:43 (“Si tu mano te es ocasión de caer, córtala, porque mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado”). Jesús llama a la eterna bienaventuranza “vida”; en ambos pasajes el término sale en contraposición a “perdición” e “infierno”, que podemos tomar como equivalentes, y que también son descritos en el Nuevo Testamento como “muerte”. Esto parece reducir nuestra existencia actual a un sueño, un suspiro transitorio, la sala de espera de un aeropuerto, antes de tomar el vuelo definitivo; una sala de espera en la que tenemos la potestad de elegir cuál vuelo tomar, si el que nos llevará a vivir para siempre, o el que nos hará morir eternamente. También nos parece decir Jesús, indirectamente, que la verdadera vida no está en este mundo; en realidad, no conocemos la verdadera vida, aquella para la cual Dios nos creó. Una vida de comunión con Dios, en santidad y amor, y sin la terrible perspectiva dada por la presencia de la maldad, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.

El apóstol Pablo dice dos cosas que son terminantes en este asunto. En 2 Corintios 5:1 leemos: “Sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshace, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha por manos, eterna, en los cielos”; más adelante, en los versículo 6 al 8, agrega: “Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del  Señor (porque por fe andamos, no por vista). Pero estamos confiados, y más aún queremos estar ausentes del cuerpo y presentes al Señor”. Otra vez, las interpretaciones discrepan frente a aquellos que, a priori, niegan la existencia consciente del alma tras la muerte; sin embargo, el hecho de que tras la muerte, el redimido pasa de inmediato a la presencia del Señor, parece difícil de rebatir al leer pasajes bíblicos como el precedente. El “tabernáculo” puede entenderse como una metáfora de la vida presente, pero más probablemente se refiere al cuerpo biológico, el que muere y se transforma en cadáver; cuando eso sucede, el cristiano tiene una “casa”, no una tienda o carpa (tabernáculo), “no hecha de manos” (es decir, que es obra de Dios), que Pablo aclara está “en los cielos”, por lo que no parece estar refiriéndose a la futura resurrección. Si alguna duda queda, en los siguientes versículos el apóstol lo expresa con claridad meridiana: mientras “estamos en el cuerpo”, no estamos en la presencia del Señor (“ausentes al Señor”) y andamos por la fe, no viendo su rostro y su gloria. Pero llegará el día, continúa, en que estaremos fuera del cuerpo (“ausentes del cuerpo”), cuando el cuerpo biológico muera y el espíritu lo abandone, y entonces estaremos en la presencia del Señor (“presentes al Señor”).

Y por si alguna duda queda, cuando el apóstol Pablo escribe a los Filipenses, estando en prisión (probablemente en Roma, durante su primer encarcelamiento), y en la incertidumbre acerca de si lo que le aguarda en el corto plazo es la vida o la muerte, expresa lo siguiente “ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, tanto si vivo como si muero, porque para mí el vivir es Cristo y el morir, ganancia. Pero si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger: De ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (1:20b-23). De estas palabras lo que se desprende no es que Pablo tuviera deseos de morir, como puede tenerlos un individuo abrumado por los problemas, un enfermo de depresión, o un suicida. Pablo expresa su absoluta seguridad de que al morir, inmediatamente irá a la presencia del Señor, “lo cual es muchísimo mejor”, y manifiesta sus deseos de alcanzar esa feliz reunión.

Para finalizar esta parte, demos una mirada a lo escrito por el apóstol Juan en Apocalipsis 6:9-11, un pasaje revelador de la condición de los creyentes tras la muerte, en este caso concreto, de una muerte violenta por causa de la fe: “Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían muerto por causa de la palabra de Dios y del testimonio que tenían. Clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuando Señor, santo y verdadero, vas a tardar en juzgar y vengar nuestra sangre de los que habitan sobre la tierra? Entonces se les dio vestiduras blancas y se les dijo que descansaran todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos que también habían de ser muertos como ellos”. Este pasaje, difícilmente alegórico y más comprensible si se interpreta en forma literal, nos muestra las almas de los que murieron por su fe “debajo del altar”, que en el contexto del capítulo es equivalente a la presencia de Dios. A estos mártires se les indica que descansen, lo cual nos evoca aquel lugar de reposo y consuelo para las almas de los justos, que antes estaba en el Hades, y tras la muerte y resurrección de Cristo, pasó a estar en el cielo.

En suma, luego de la muerte del cuerpo, las almas de los que han rechazado a Jesús como Salvador, pasan a estar confinadas en el infierno; no pueden volver a este mundo como espíritus, fantasmas, ánimas en pena, o de alguna otra espectral forma. Y las almas de los bienaventurados, aquellos que fueron salvos por la fe en Jesucristo, pasan a estar en la presencia de Dios, en el cielo; tampoco pueden volver, y es probable que no tengan ganas de regresar, bajo ninguna forma, hasta el día de la resurrección.

Y si alguna duda queda aún, leamos lo que Jesús dice en Apocalipsis 1:17b,18: “Yo soy el primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muertes y del Hades”. Las llaves de la muerte y del Hades están en poder de Jesús. Por lo tanto, lo que pasa del otro lado del temible umbral de la muerte, está bajo la absoluta autoridad del Señor Jesucristo.

 

Bibliografía consultada.

Las citas bíblicas fueron tomadas de la Santa Biblia, Versión Reina Valera, Revisión 1995.

1. www.sappiens.com/castellano/articulos.nsf/0/8821e7311c06bae8c125742d0069a59

2. Hades; es.wikipedia.org/wiki/Aides

3. Inframundo griego; es.wikipedia.org/wiki/Inframundo_griego

4. Parábola; Diccionario Salvat Editores – 1992. Barcelona. Pág. 1034.

5. Seol; Nuevo Diccionario Bíblico, Ediciones Certeza – 1991. USA. Pág. 1277.

6. www.1bread.org/bethlechem/Teachings/jerusalen.html

7. www.waynepartain.com/Sermones/s4123.html

8. Harrison E.F.; Comentario sobre Mateo 5:22; Comentario Bíblico Moody, Nuevo Testamento; Editorial Portavoz; Pág. 9.

 

Publicada anteriormente en www.rtmuruguay.org –

3 Jul '14

Hay 1 Comentario.

  1. Caminante
    12:49 am julio 30, 2014

    Siempre me preocupó el tema. Es dificil entender qué habrá luego de la muerte. Alguna vez pensé que sería los buenos a un lado y los malos a otro, sabiendo qué tocaría a cada uno. Hoy no estoy seguro. quiero pensar y creer que hay algo luego de la muerte. Es un misterio cómo vivimos y porqué nos deterioramos y morimos. Nunca, pero NUNCA, he podido entender el pecado original y porqué TODOS debemos pagar ese error y que nos dejara a merced de la tentación y el pecado.
    Por mucho que lo pienso no logro entender nada. Creo que Dios existe, pero no logro etender su punto. Hubiera sido más fácil que encerrara a Lucifer de una y no todo este sufrimiento humano y sacrificio de su Hijo. Creanme que no logro entenderlo, por más que acepte su salvación y demás. Amo la Biblia, la he leído y estudiado, pero me parece que hay cosas que no son claras. Aquí mismo dice que en diferentes partes hay diferentes conceptos de cosas importantes.

    No puedo entender nada. Lo único que creo es que no podemos haber sido creados de una explosión y demás.

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