SEMANA SANTA

1.  La Semana Santa es la ratificación y a la vez la corrección del proyecto divino para el ser humano.

Dios siempre mostró un profundo interés por toda su creación.

El ser humano es la mayor creación de Dios.

Toda dificultad,  crisis,  desorientación que viva el ser humano genera la acción redentora de Dios.

Los hechos de Semana Santa son la ratificación del interés divino por nuestra restauración.

 

La celebración de cada Semana Santa es una oportunidad propicia para recordar ambas cosas,  esto es,  que Dios sigue trabajando su salvación por su compromiso con su creación y porque el ser humano sigue alejándose de su creador.

2.  En términos parecidos, puede decirse que la muerte y la resurrección de Jesús muestran el valor que Dios asigna al ser humano y a la vez la confirmación de su naturaleza tan carenciada.  Claro que,  además,  la Semana Santa,  es el reconocimiento del potencial humano cuando se abre a la acción divina.

Dicho esto,  puede comprenderse el dolor que produce,  en el propio Dios,  la chatura con que nosotros mismos,  los humanos,  miramos y tratamos al ser humano,  y la autodestrucción que implica el cerrarse a la trascendencia.

3. La Semana Santa es una gran demostración de la compasión y de la paciencia divina,  que se ponen en evidencia en la maravillosa y francamente sorprendente acción de darse a sí mismo por amor a los seres humanos.

Tal vez pueda decirse que la paciencia divina nos inquieta,  porque seguramente los grandes conflictos humanos,  los traumáticos y dolorosos,  nos hacen pensar que Dios no actúa,  o que se retrasa,  tal como el Salmista le reclama a Dios, “Dios mío no te tardes”  (Salmo 40: 17)

Pero,  por el otro lado,  si la justicia de Dios se expresara sin compasión y sin dar nuevas oportunidades,  probablemente ninguno de nosotros estaría de pie.

4.  Semana Santa es la demostración de un ejercicio de poder totalmente diferente al que estamos habituados.

No existe mayor poder que dar vida,  que cambiar el curso de la historia,  que resucitar uno y ser el habilitador de la resurrección de los demás.

Pero lo paradójico es que tal poder se ejerza desde una cruz asumida voluntaria y mansamente.

No conocemos tal forma de poder,  nos sorprende,  nos parece increíble.

¡Qué bueno es recordar tal poder también en el 2014!

5.  La Semana Santa es el reconocimiento de la miseria humana, pero sin perder de vista la esperanza que surge de su potencialidad,  como ya dijimos.

Debemos poder ser honestos,  profundos,  y reconocer los tremendos fracasos del ser humano.  Cuando lo hacemos puede que nos desanimemos,  puede dolernos,  puede  parecernos pesimismo puro.

Pero debe pensarse que la esperanza que Cristo trae no ocurre como consecuencia de ignorar o minimizar lo que ocurre,  ni de ofrecer recetas demagógicas,  la esperanza tampoco es sincera cuando miramos un solo lado de la realidad.

El ser humano es un pecador,  quien lo ignora no es más esperanzador,  es menos realista,  es  ignorante de la realidad más profunda del ser humano.

La esperanza no surge del optimismo con que miremos la realidad,  la esperanza surge de lo que Dios hace y puede hacer con y en nosotros,  tal como lo demuestra la Semana Santa.

El dolor más profundo para Dios,  y también para los seres humanos,  es que Dios está trabajando y no lo recibimos.  Juan lo dice de este modo:  “la luz vino al mundo,  y los hombres amaron más las tinieblas que la luz” (Juan 3: 19).

6.  La Semana Santa es la demostración del valor que Dios asigna a la ley.  Un Dios justo no puede ser indulgente frente al pecado.   Jesús muere para cumplir con la ley.  En una sociedad que sufre por ausencia de la norma,  pérdida de los límites,  por falta de confianza en la justicia,  o por la búsqueda de justicia por mano propia,  qué bueno es pensar que Dios cumple con la justicia.

7.  La Semana Santa da al sufrimiento una nota especial.  En realidad el seguimiento de Cristo no deja de incluirlo.  La invitación al seguimiento de Jesús no es un acto demagógico.  El mismo tuvo sus dolores,  desde adentro y desde afuera.  No hay forma de negarlo.  No soy un experto en el tema,  pero está claro que el sufrimiento es un tema que nos cuesta tratar.  Jesús no sólo lo trató,  lo asumió voluntariamente por amor a nosotros.

8.  La Semana Santa es la demostración suprema del amor divino.  La Biblia lo describe de este modo:  “Siendo nosotros pecadores,  Cristo murió por nosotros”.   No hay mayor amor que dar la vida por los amigos,  pero sobre todo,  el amor real es aquel que es capaz de amar sin que exista méritos en el amado y sin que este esté en capacidad de retribuirlo.

Al mundo le pasa de todo,  pero su mayor carencia es la de un amor semejante.

La Semana Santa es amor en acción.

9.  La Semana Santa muestra el valor de todos y de cada uno de los seres humanos.  Del poderoso, del débil,  del sabio,  del ignorante, del rico,  del pobre,  porque Jesús muere por todos.  No hay mayor integrador entre las personas,  ni entre las etnias y culturas que Jesús.

10.  La recordación reiterada de Semana Santa muestra que todavía no hemos alcanzado lo que Dios tiene preparado.  Por el contrario hay mucho terreno por delante.

En realidad lo que queda por delante es tan precioso que nunca cesaremos de buscarlo.

La Semana Santa está presente porque aquella de la muerte y la resurrección de Cristo sucedió hace miles de años,  pero Jesús resucitó para siempre,  y El es el Señor.

11.  La Semana Santa muestra que tenemos que revertir nuestras propias ideas negativas y autodestructivas.  Semana Santa muestra la acción más optimizante y vigorizante que pueda ocurrir.  No hay mayor acción correctiva,  terapéutica, recuperadora que la resurrección de Jesús.

Jesús posibilita un verdadero nuevo nacimiento espiritual.

La Semana Santa es un proyecto para abrir la mente,  el corazón,  para fortalecer la voluntad,  para dar un nuevo fundamento a nuestras expectativas,  para fortalecer las relaciones interpersonales sobre bases mejores.

12.  La Semana Santa muestra que el ser humano necesita de la intervención divina para sus mayores y mejores propósitos.  No ignoro que es difícil hablar de absolutos en un tiempo de relatividades,  y de pluralidades y diversidades.

Sin embargo,  muchos observadores,  desde distintos puntos de mira, coinciden que vivimos en una dimensión de enorme inestabilidad,  fragilidad y vulnerabilidad,  de fealdad,  de vulgaridad,  de superficialidad,  de trivialidad.

Pero tal vez lo más tremendo que le ocurre al ser humano puede describirse de este modo:

“La gloria de Dios no es honrada

La santidad de Dios no es reverenciada.

La grandeza de Dios no es admirada.

El poder de Dios no es alabado.

La verdad de Dios no es estudiada.

La sabiduría de Dios no es estimada.

La belleza de Dios no es atesorada.

La bondad de Dios no es saboreada

La fidelidad de Dios no recibe nuestra confianza

Los mandamientos de Dios no son obedecidos

La justicia de Dios no es respetada

La soberanía de Dios no es reverenciada

La gracia de Dios no es apreciada

La presencia de Dios no es estimada

La persona de Dios no es amada”  (John Piper.  Let The Nations Be Glad.  Grand Rapids:  Baker Academic,  2010,  p. 230).

Por eso la Semana Santa recuerda que Jesús puede resignificar la vida, y darle una mirada hacia Dios.

13.  La Semana Santa muestra lo dificultoso y lo costoso del cambio del ser humano: la muerte de Cristo.  Esto lleva una demanda implícita,  no podemos ser cristianos sin un comprometido seguimiento de Cristo.  Lo que Cristo nos ofrece es gratuito,  en lenguaje de la Biblia,  es la gracia de Dios,  pero no es una gracia barata, demanda un verdadero seguimiento discipular.

14.  La Semana Santa es una cercanía no invasiva de parte de Dios.  El respeta nuestra libertad,  lo cual es para Dios una dolorosa confianza,  porque arriesga y respeta nuestro “no” a su invitación de seguirle. Aún así,  Dios valora nuestra identidad personal,  y por eso nos hace responsables de nuestros actos.

15.  La Semana Santa es la demostración de la inversión que Dios hace en el ser humano.  “De tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo”  (Juan 3: 16).

¡Qué pena da,  la poca inversión que hacemos en la vida,  en los valores trascendentes,  permanentes de los seres humanos!

Cuanta apatía frente a la escasa valoración de la calidad de vida,  cuanta apatía frente a tantas muertes evitables.  La superficialidad,  lo feo,  lo efímero,  lo chato!

Semana Santa viene a desafiarnos,  viene a decirnos,  nuestra vida costó la sangre de Cristo,  no la desperdiciemos,  no la malgastemos.

La vida espiritual debiera ser el mejor campo donde invertir nuestro tiempo,  nuestras capacidades,  nuestras habilidades.

Invertir en la vida es nuestra mayor y más efectiva inversión.

Que tu empresa,  tu servicio,  tu trabajo,  produzcan ganancia es lo lógico y una gran habilidad tuya,  pero que produzcan y mejoren tu vida y la de los demás es algo superior,  de otro plano.

Que tus relaciones interpersonales produzcan calidad de vida es la mejor inversión que puedas hacer.

Que lo mejor de tu creatividad,  de tu inteligencia,  de tus emociones pueda hermosear y enriquecer la vida propia y ajena es nuestra mejor inversión.

Que tu propósito central de vida esté en linea con lo trascendente es lo que garantiza nuestro mejor futuro.

Que gestiones todos tus emprendimientos desde tu razón y tu intuición es necesario,  pero cuando tu ser interior está gestionado por la gracia de Dios todo toma una dimensión diferente, san Pablo la llama la sabiduría espiritual.

Que la formación de tus hijos/as,  sea la mejor que puedas darles,  ¡qué fantástica inversión!,  incorporarle riqueza espiritual es la más completa formación posible.

La Semana Santa posee la intención de habilitar al ser humano para todas estas intenciones,  ¿le abriremos la vida?

Mensaje pronunciado por el Pastor Tomás Mackey en ocasión del Desayuno de Oración celebrado en el Centro Bautista Recoleta el  09 de Abril, 2014-

Tomado de Boletín de ABA. Asociación Bautista Argentina.

 

 

10 Abr '14

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