LA MUJER QUE PARIÓ A JESÚS

– Por Álvaro Pandiani – La otra protagonista de la Navidad.

Dios te salve, María, comienza una oración sumamente conocida, sobre todo en los países de herencia religiosa católica romana, el Ave María (Salve, María); “salve” era una forma de saludo habitual en el mundo grecorromano, equivalente a decir: “saludos, María”, y también: “alégrate, María”. La primera parte de dicha oración está basada en las palabras dirigidas por el ángel Gabriel a la joven virgen prometida en matrimonio a José de Nazaret, María: Salve, muy favorecida (muy favorecida, o llena de gracia), según se lee en el evangelio de Lucas 1:28. El ángel Gabriel también pronuncia las siguientes palabras, recogidas en la conocida oración: El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres (bendita tú eres entre todas las mujeres), y luego sigue el discurso conocido como la Anunciación, el anuncio del nacimiento de Jesús. Poco después, María visitó a una parienta suya llamada Elisabet, a la cual el mismo ángel Gabriel – según la Biblia ángel, y no arcángel – había anunciado que sería madre pese a su vejez y esterilidad; Elisabet, quién dio a luz a quién sería conocido como Juan el Bautista, al ver a María exclamó: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre (Lucas 1:42). De esta manera, de las palabras del ángel Gabriel y de Elisabet se conforma la primera parte de esta popular oración del catolicismo romano, la cual en su forma actual recibió aprobación papal para su uso en las devociones de los fieles hacia fines del siglo XVI. (1)

Sin embargo, pese a que la forma final del Ave María data de hace sólo un poco más de cuatrocientos años, ya en el cristianismo de los primeros siglos se desarrollaron leyendas sobre María, contenidas sobre todo en los llamados evangelios apócrifos, es decir, escritos que pretendían falsamente ser de autoría de los apóstoles, los cuales la Iglesia entendió no eran de inspiración divina, y quedaron fuera del Nuevo Testamento. Destacan entre estas leyendas la inmaculada concepción – la concepción de María en el vientre de su madre Ana sin pecado original – y la asunción corporal – la resurrección de María y su tránsito hacia el cielo –, pues las mismas son en la actualidad dogma de la iglesia católica romana. Desde la antigüedad en el catolicismo, tanto romano como ortodoxo, se desarrolló la devoción a María, o a la “virgen” María, pues también desde muy temprano – fines del siglo IV – fue imponiéndose la idea de la “perpetua virginidad” de María, incluso después del parto. Antiguas leyendas devinieron en ideas y doctrinas muy discutidas durante la mayor parte de la edad media, que posteriormente los papas declararon dogmas de fe; es decir, “verdades” de la fe cristiana, que los fieles “deben” aceptar y creer. Al punto que hoy en día la corriente de la mariología católica romana va hacia la consideración de María como corredentora (protagonista y autora de la redención de la humanidad junto a su Hijo Jesús), y medianera de todas las gracias (mediadora de las gracias o favores de Dios a los hombres). (2)

La interpretación psicológica de la creciente relevancia de María para la iglesia – una iglesia que en los siglos IV y V ya estaba dirigida en su mayoría por hombres obligados a la soltería del celibato – escapa al propósito de este artículo; porque ésta es, en definitiva, una reflexión navideña.

¿Qué visión tenemos los evangélicos de María? ¿En qué consideración la tenemos? Virtualmente, en ninguna consideración. En general, los cristianos evangélicos sólo excepcionalmente incluimos a María la madre de Jesús en nuestras reflexiones y predicaciones. Incluso, cuando se alude a alguna de las mujeres asociadas al ministerio público de Jesús de Nazaret, se recurre a los episodios que tienen como protagonistas a Marta y María de Betania, las hermanas de Lázaro, a María Magdalena, a otras mujeres que se mencionan como seguidoras suyas (Lucas 8:2,3), o alguna mujer anónima que tuvo su momento de encuentro con Él; por ejemplo, la mujer con el flujo de sangre (Mateo 9:20-22), la adúltera (Juan 8:2-11), la mujer encorvada (Lucas 13:10-13), la mujer que regó los pies de Jesús con sus lágrimas (Lucas 7:37-39), la mujer sirofenicia que tuvo fe (Marcos 7:24-30), u otras. Parecería que María no hubiera hecho prácticamente nada digno de mención, que no hubiera tenido incidencia en la historia de la redención, salvo el hecho de haber llevado en su vientre a Jesús, haberlo parido en el pesebre de Belén, haberlo criado y haber sido su madre – nada menos – hasta el momento en que el Señor se manifestó al mundo. Es verdad que María aparece poco en los evangelios, fuera de los relatos vinculados al nacimiento e infancia del Mesías, prácticamente nada en el libro de Hechos – que narra los primeros treinta años de historia de la Iglesia – y nada luego, en el resto del Nuevo Testamento. También es verdad que María estuvo al pie de la cruz, cuando Jesús fue crucificado, algo contado sólo por Juan, tal vez porque de todos sus discípulos y seguidores, sólo él se atrevió a estar allí. Y también es cierto que, junto a los apóstoles y discípulos que, luego de la ascensión de Jesús a los cielos, aguardaban en Jerusalén la venida del Espíritu Santo prometida por Él, estaba María (Hechos 1:14).

Tal vez la idea suene muy fuerte, pero podría llegar a plantearse si entre los cristianos evangélicos no hay incluso una cierta aversión a la figura de María, debido a la exagerada veneración que se le tributa en el catolicismo romano, a menudo indistinguible de la adoración debida sólo a Dios; esto se ve agravado por la utilización profusa de imágenes por parte de la iglesia católica, algo rechazado por el cristianismo protestante como idolatría. No ayuda en esto la mencionada tendencia de la mariología contemporánea de presentar a María como corredentora y mediadora. En cuanto a estas dos supuestas funciones de María, es imposible no recordar, por parte de un cristianismo evangélico que procura apegarse a la Biblia, pasajes bíblicos clave sobre la redención como Hechos 4:12, un texto que hablando sobre Jesús dice: en ningún otro no hay salvación, porque no hay otro nombre, bajo al cielo, dado a los hombres en que podamos ser salvos; y también 1 Timoteo 2:5: hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre. Frente a textos bíblicos tan claros y contundentes como estos, cabe preguntarse – con respeto – si la abundancia de santuarios dedicados a María en las múltiples manifestaciones que se le han imaginado, y la dedicación a la misma de los templos de la iglesia católica romana (Nuestra Señora de aquí, Nuestra Señora de allá), responden realmente a una religión dirigida por personas que leen la Biblia. Merece acotarse que los dogmas mencionados de la inmaculada concepción y la asunción corporal no figuran para nada en la Biblia. Los evangélicos nos ceñimos – debemos ceñirnos – a la Palabra de Dios; como herederos de uno de los grandes postulados de la Reforma Protestante del siglo XVI: sola scriptura, sólo las Sagradas Escrituras como regla de fe (doctrina) y conducta, necesitamos que se nos muestra y pruebe que tales cosas están enseñadas en la Biblia. Y no están. Tampoco la doctrina de la perpetua virginidad, por la que María es llamada la “virgen” (o la “santísima virgen”). Según esta doctrina, María permaneció virgen “antes del parto, en el parto, y después del parto” (2); podría aducirse que eso es imposible desde un punto de vista anatómico, pero en realidad también es imposible la partenogénesis humana, es decir, que una mujer virgen conciba sin participación de un hombre, aunque en la literatura se reportan supuestos casos anecdóticos (lo que es imposible es saber si tales casos no encubren en realidad una aventura amorosa que debe necesariamente permanecer oculta). Pero en el caso de María, puede aducirse que, como dijo el ángel Gabriel: nada hay imposible para Dios (Lucas 1: 37). Entonces, inevitablemente, debemos volver a la Biblia, en la que aparecen numerosas referencias a hermanos de Jesús. Tres de los cuatro evangelistas – Mateo, Marcos y Lucas – refieren el episodio cuando la madre y los hermanos de Jesús vinieron a buscarle (Mateo 12:46-50; Marcos 3:31-35; Lucas 8:16-18), ocasión en la que Él dijo que su madre y sus hermanos eran quienes hacían la voluntad de Dios, poniendo la fraternidad espiritual por encima de los lazos de sangre. Juan habla de los hermanos de Jesús, y es concreto en decir que ni aún sus hermanos creían en él (7:5). Lucas nos relata que, después de la resurrección y ascensión de Jesucristo, sus hermanos estaban junto a los apóstoles y seguidores y seguidoras, y a María, en el aposento alto, a la espera de la promesa del Espíritu Santo. Evidentemente, dado que Jesús fue el primogénito de María – es decir, su primer hijo – si ella permaneció perpetuamente virgen, debió ser hijo único, lo que no parece surgir de los evangelios de la Biblia. Las interpretaciones que aduce el catolicismo romano en cuanto a que estos “hermanos” habrían sido en realidad primos, o hijos de un matrimonio anterior de José, no tienen sustento bíblico alguno.

Merece destacarse, entonces, que la doctrina de la virginidad perpetua, así como las de la inmaculada concepción y la asunción corporal, como dijimos tan debatidas a lo largo de toda la edad media, no aparecen para nada en los escritos canónicos (los que la Iglesia incluyó en el Nuevo Testamento por considerarlos inspirados por Dios, y por tanto, Palabra de Dios). Todas surgen de escritos apócrifos de aquellos lejanos tiempos, como también dijimos, finalmente descartados por la Iglesia. Es muy conocida la idea, ya desde antes de la publicación y popularización de El Código Da Vinci, que sostiene que la Iglesia suprimió aquellos escritos antiguos que no convenían a sus intereses, sobre todo por no ajustarse a las doctrina que le interesaba promover para imponer su hegemonía. Esta idea sigue apareciendo hoy en día. Sin embargo, nos encontramos con la paradoja de que el consenso de líderes de la Iglesia descartó escritos en los que sí figuraban creencias que con el correr de los siglos la iglesia católica aceptó, e impuso como dogma. Por lo que en este caso las teorías conspirativas no aplican.

Total, que parecería para María que su lugar en la historia de la redención, el suceso por el cual es conocida y recordada por una fracción tan grande de la humanidad, su “momento de gloria”, fue su elección por Dios para ser madre de su Hijo – algo único en toda la historia del mundo – y la forma en que voluntariamente se sometió a los designios de Dios, por un lado; la mujer que dijo: Aquí está la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra (Lucas 1:38), enfrentó la enormidad de lo que se le había revelado con obediencia y sumisión, y afrontó el peligro para su vida, pues se trataba de una joven virgen en una cultura en que las relaciones sexuales prematrimoniales eran consideradas un pecado grave, pasible sino de la muerte, de una terrible deshonra y un probable desprecio definitivo que la obligaría al exilio. Y por otro lado, están su peregrinaje forzado a Belén en la peor etapa de su embarazo, para cumplir con el censo ordenado por el emperador romano, y el alumbramiento de su primer hijo en un pesebre – un establo o pocilga – en condiciones de higiene que hoy en día nos pondrían los pelos de punta, y harían desmayar de horror a más de un obstetra. Todo esto hace de María otra protagonista de la Natividad, junto al niño Jesús recién nacido; una protagonista que pone a José, quién la acompañó, cuidó y atendió, en el lugar de un mero actor de reparto, pero que no puede eclipsar jamás, ni entonces ni ahora, al actor principal de este drama de todos los tiempos de la humanidad, que es nuestro extravío en pecado y perdición, y la respuesta de amor de Dios, quién tomó la iniciativa de venir en procura de nuestra eterna salvación: Jesús, el niño nacido en Belén, anunciado por los ángeles con las siguientes palabras: ha nacido hoy, en la Ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor (Lucas 2:11).

————————————————————————————————————–    Una de las formas más utilizadas por los católicos para referirse a María es Madre de Dios (del griego theotokos, traducido como tal, que literalmente significa: paridora de Dios). Este título también rechina a los evangélicos, ya que vemos en el mismo una exaltación de María a alturas que configuran casi una apoteosis (divinización), lo que no tiene sustento bíblico; además, el término theotokos se aplicó a la “santa Virgen” por decreto del concilio de Éfeso del año 431, lo cual impulsó enormemente la devoción a María: “Con el tiempo fueron proliferando las formas de veneración a María, y se llegó a declararla Reina del cielo y la tierra”. (2) Sin embargo, es revelador saber que el término theotokos surge en realidad de una controversia cristológica, habida en la primera mitad del siglo V, entre Nestorio, patriarca de Constantinopla, cuya doctrina proponía que en Cristo había dos personas – la divina y la humana – y Cirilo, patriarca de Alejandría, quién se le oponía. Nestorio aducía que sólo la persona humana de Cristo había nacido de María, no la divina, por lo que María era únicamente Christotokos (madre o paridora de Cristo); esta doctrina negaba la Encarnación del eterno Hijo de Dios, y por lo tanto negaba también que Dios hubiera andado entre los seres humanos, y sufrido por la salvación de los mismos, como enseñan los rudimentos de la fe cristiana. (3) La doctrina de Nestorio fue rechazada en el concilio de Éfeso, y fue decretado que María es theotokos. Por lo tanto, el título Madre de Dios no se trata en realidad de quién es María, sino de quién es – o quién creemos que es – Jesucristo.

Cabe agregar que la mayoría de los adalides de la Reforma Protestante del siglo XVI, si bien rechazaron el culto a María, aceptaron el concilio de Éfeso, incluyendo el título Madre de Dios (3), pues de lo que se trataba en aquella discusión teológica no era de María, sino de Cristo. Se trataba de quién creían en el siglo V, de quién creían los reformadores del siglo XVI, de quién cree la Iglesia, de quién creemos nosotros que es Jesucristo.

Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es el verdadero Dios y la vida eterna (1 Juan 5:20).

En esta Navidad, ¿quién creemos que es Jesucristo?

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(1) Ave María; Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia; Editorial Clie, España, 1979. Pág. 213.

(2) Mariología; Diccionario de Historia de la Iglesia; Editorial Caribe, USA, 1989; Págs. 695 – 696.

(3) González, JL, La iglesia oriental; Historia del Cristianismo; Editorial Unilit, USA, 1994; Tomo I, Págs. 293 – 295.

7 Dic '13

Hay 4 Comentarios.

  1. Vero
    11:37 am diciembre 10, 2013

    Qué tema! Justamente escuchaba en un programa de tv, “mandanos foto de tu árbol de Navidad, mostremos que no se ha perdido el ‘espíritu’ de la Navidad, como dicen muchos”.

    Me pareció patético. Es terrible pensar en que todos saben que la Navidad es la celebración del nacimiento de Jesús, pero que insistan en que es solamente un montón de regalos debajo de un árbol con chirimbolos o comidas a montones celebrando la reunión familiar para tirar algunos fuegos artificiales juntos y desearse felices fiestas o Navidad.

    El tema de María es tan profundo como el mencionado recién del espíritu navideño.
    Es cierto que los evangélicos tratan de no hablar mucho de María, cosa totalmente ingrata, porque es una mujer que en medio de sus temores, entendibles, dijo si a este desafío de ser la madre del Salvador, aunque ciertamente habrá pensado todo lo que podría ocurrir.
    La madre en la cultura judía era sumamente importante, encargada, entre otras cosas, de dar instrucción a los niños. Hablarles de sus creencias y de la historia, entre otras cosas. María hizo su trabajo y lo hizo bien. Eso no podemos dejar de mencionarlo, porque es ejemplo de mujer de Dios como lo son tantas otras mujeres de la Biblia.
    Alguna vez leí que la iglesia católica quería combatir a las divinidades paganas femeninas con la imagen de María. Me parece que bien pudo haber algo de eso…
    Hoy día María es más importante en la cotidianeidad católica que el mismo Jesús. Basta entrar a sus iglesias y ver la imagen de María y los santos por todos lados y buscar la de Jesús. A él lo encontramos crucificado o como niño en brazos de María. Lamentablemente es un viaje sin regreso, cada vez es más y más como un dios. María no tiene responsabilidad en esto, porque no pidió ni buscó ser una diosa.

    Vemos pesebres de todos los tamaños, hechos en China, como parte de este espíritu navideño, pero son como muñequitos de acción comprados en una tienda de juguetes, de esos que también se hacen en China…
    Nadie repara en quien está en ese pesebre y qué importancia tuvo en la historia de la humanidad y ni que hablar en la Salvación que acercó a nuestras miserables vidas.
    Si preguntamos porqué poner un pesebre al lado de un árbol de Navidad… “y…porque es tradición, de chicos en casa siempre había uno…y ahora son tan lindos!!!… ni los tenés que armar, vienen en una pieza!!!!!” Y qué representa para vos? …”y…me acuerdo de mi madre…de la reunión familiar…nostalgia”.

    Estimados, la Navidad es eso…nostalgia familiar, regalos, comida abundante y muchos, pero muchos fuegos artificiales. Incluso María es más imprtante que Jesús… El medio es más importante que el fin, en este caso.

    Reconciliémonos con la figura e importancia de María, como la tiene cualquier otro personaje de la Biblia, tan reales y humanos como nosotros hoy.

  2. Otra Maria
    10:22 pm diciembre 14, 2013

    No veo lo malo de resaltar a la virgen porque su papel fue muy importante en la historia biblica.
    los catolicos la veneramos como madre de Dios que es y porque lo merece. es muy milagrosa la virgencita.

  3. Gloria
    9:34 am diciembre 17, 2013

    Hola a todos! No me gusta, para empezar, el titulo del articulo. Quien la nombra como virgen es la biblia, no los catolicos. Si dejo de serlo, no es relevante para nosotros. Siempre sera la virgen elegida por Dios para ser canal de vida. Es bueno entender que fue el medio usado por El y dar el debido respeto. Las mujeres no tenemos buena prensa nunca, siempre tratan de tirarnos abajo. No veo que pongan tantos pero a los hombres de la biblia. Ni siquiera a Jose el carpintero. la virgen nos conoce a nosotras y nos entiende.

  4. Sembrador
    7:43 pm diciembre 19, 2013

    Gloria, la Biblia nombra a María como virgen antes del nacimiento de Cristo; después la llama “María la madre de Jesús”, o alguna variante; nunca más aparece la palabra “virgen”. Que haya dejado de serlo sí es relevante para los creyentes, pues sobre esta supuesta perpetua virginidad se edifica gran parte de la apoteosis de María. Y María fue elegida por Dios para ser canal de vida de Jesús; luego, Él es vida para todos. Hay que leer más la Biblia, Gloria.
    Tampoco entiendo por qué decís que hay que dar el debido respeto, y que a las mujeres siempre tratan de tirarlas abajo. Justamente, el artículo trata con mucho respeto la figura de María, pero desde la Biblia.
    Parece que no leíste con atención, Gloria, y voy a lo del título. María es llamada Madre de Dios desde la antigüedad, expresión que viene del griego theotokos, que significa literalmente “paridora de Dios”. Así que, sí señora, María parió a Jesús.
    Hay que leer con atención.
    Saludos.

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