AMORES PERVERSOS – 3

– Divorcio y nuevo matrimonio  – Por Álvaro Pandiani –
Las situaciones puntuales muy excepcionales, mencionadas dos veces al pasar en la entrega anterior, segunda de esta serie, hoy por hoy son lamentablemente cada vez menos excepcionales. Los casos de violencia doméstica, en algunos casos de violencia extrema, son cada vez más numerosos, o se denuncian cada vez más; tal vez las dos cosas. Algunas personas, por abrumadora mayoría mujeres, se ven atrapadas en relaciones de pareja que se transforman en verdaderos infiernos, donde los sueños de felicidad se desvanecen ante una realidad de maltrato, humillación y carencias. Llámese mala suerte, mala elección, inicio de una relación en base a una pasión ciega a señales que reclamaban prudencia, tales relaciones no parecen tener otra salida que la separación, en el mejor de los casos (en el peor no hay salida, sólo la muerte de la víctima, el victimario, o ambos). ¿Qué podemos decir en estos casos? ¿Aconsejar a la mujer que se aguante, invitarla a soportar los golpes, a “poner la otra mejilla” como buena cristiana? ¡Por favor! ¿Puede Dios, según nuestra concepción cristiana, operar un milagro que transforme al cónyuge que maltrata? Claro que puede, igual que en el adúltero o el incrédulo que decide irse. Pero debemos recordar que el ser humano tiene libre albedrío, el cual Dios respeta mucho, y que un cambio radical y auténtico depende también de una decisión del individuo. Y cada cónyuge deberá decidir cuánto espera por la milagrosa decisión del otro.
Cabe preguntarse hasta qué punto las situaciones de violencia doméstica no pueden encuadrarse en lo expresado en el capítulo 7 de 1 Corintios. Destaca en este sentido la expresión final de Pablo al decir: “a vivir en paz nos llamó Dios”. En cualquier caso este capítulo se refiere, entre otras cosas, a la situación de tensión y ruptura de la pareja que afecta a un cristiano cuyo cónyuge es inconverso (o cuyo cónyuge, aunque haya hecho profesión de fe, se comporta como inconverso). Pero tanto las situaciones de infidelidad como las de violencia y maltrato pueden afectar a cualquiera. Entonces, ¿qué ocurre cuando una persona ya divorciada llega a la fe en Cristo? Un intérprete legalista de la letra de las Escrituras hurgaría en el pasado de la persona, para ver si su divorcio estuvo encuadrado en las causales bíblicamente legítimas; y si no es así torcería la cara con desagrado, haciéndosele tal vez difícil aceptar al nuevo hermano en la fe. Pero, ¿es justo estigmatizar a un divorciado en una comunidad que, a contramano de la sociedad actual, sigue defendiendo la familia, y ve con malos ojos el divorcio, cuando el divorciado ya lo era antes de llegar a dicha comunidad? ¿Está bien señalarlo como pecador, pues está casado en segundas nupcias, si su divorcio previo no se encuadra en los muy pocos y muy definidos motivos válidos, a los cristianos ojos? Para reflexionar sobre esto será útil razonar por el absurdo. ¿Lo correcto sería aconsejar al divorciado divorciarse de su segundo cónyuge, ir en busca del primero, e intentar convencer al mismo de volver a casarse, para lo cual la otra persona quizás debería también divorciarse de su pareja actual, de modo de reconstituir el matrimonio original? Aunque todo esto suene no sólo absurdo, sino también disparatado, el ejemplo vale porque pasó aquí mismo en Uruguay, hace ya unos cuantos años, cuando los líderes de una iglesia neopentecostal llegada desde Brasil persuadieron a un grupo de seguidoras, divorciadas y casadas en segundas nupcias, de que debían abandonar a sus esposos e ir en busca de sus anteriores maridos, para restablecer el primer matrimonio. Las pobres mujeres, sin ningún sentido común, convencidas de lo ordenado por sus líderes, procuraron hacer lo dicho, y se armó tal escándalo que incluso debieron intervenir las autoridades, mientras el pastorado evangélico uruguayo emitía de apuro un comunicado, deslindando toda responsabilidad y vínculo con esa iglesia brasileña.
Nos preguntamos: ¿no vale en este caso una enseñanza capital del Nuevo Testamento, la que habla del nuevo nacimiento, de una nueva vida, y que dice: “si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17)? Si en Cristo somos “una nueva creación” (Gálatas 6:15), ¿qué sentido tiene escarbar en el pasado de una persona, y pretender corregir lo que Cristo ya perdonó? Y en cuanto a rehacer la vida sentimental con otra persona, ¿hacemos bien en ser tan restrictivos? Si no se trata de alguien que llega a Cristo ya con un segundo casamiento, sino de un creyente que conoce la Palabra de Dios y las enseñanzas de Jesús sobre matrimonio y divorcio, y aún así va por un segundo matrimonio tras el divorcio, ¿lo incriminaremos de adulterio, considerándolo convicto de pecado según las creencias cristianas? No, si fue traicionado por un cónyuge adúltero. No, si fue abandonado por un cónyuge inconverso. No, si recibió malos tratos, y fue víctima de violencia doméstica por parte de un cónyuge impío. Tal vez estos últimos sean quienes más disturbios psicológicos sufran, y quienes más se lo piensen antes de iniciar una nueva relación. Pero si al fin prevalece la naturaleza humana, con sus necesidades emocionales, psicológicos y sexuales, ¿nos erigiremos en jueces, olvidando que el mismo Dios dijo “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18) – y cuando dice hombre, bien podemos interpretar varón y mujer – y también olvidando que las Escrituras dicen: “la misericordia triunfa sobre el juicio” (Santiago 2:13)?
Resta aún comentar acerca de los divorciados que ya están en el pastorado, o que aspiran a ingresar al ministerio pastoral. Este asunto sí que es complicado, mucho más que todo lo anterior. Y otra vez, aunque la sociedad en general mire con indiferente sorpresa las discusiones que esto provoca entre los creyentes, para las comunidades evangélicas es muy importante, pues el testimonio personal de vida de los líderes espirituales tiene gran incidencia en la credibilidad de la Iglesia. Como también dijimos cuando hablamos de iglesia y renovación, las dificultades matrimoniales y familiares son privativas del “clero” evangélico, que el clero católico, obligado al celibato, nunca enfrentarán (salvo que violaran la imposición eclesiástica mencionada). Si es difícil definir qué actitud adoptar ante el divorcio, cuando afectó o afecta al creyente, cuanto más si éste se cierne, como nube que oculta el sol de un buen testimonio de vida, sobre un ministro o aspirante a ministro religioso evangélico. Además, en este caso se trata de líderes espirituales y ministros de la palabra, por lo que cualquier posición puede ser y será resistida por quienes no la comparten, con argumentos más o menos contundentes basados en lo que dice la Biblia, cuando no con “revelaciones”, supuestamente proféticas, que procurarán demoler la posición contraria.
Quién considera que un divorciado no puede ser ministro evangélico, rebatirá cualquier argumento o enseñanza que apoye la ordenación de tal persona divorciada; al rebatir tales argumentos, defenderá lo que sus creencias le indican es la sana doctrina. Quién ocupa cargos de pastorado o liderazgo espiritual teniendo un divorcio en su haber, desarrollará argumentos y perspectivas que justifiquen su propia posición, con lo que además de también defender sus creencias, defenderá sus intereses personales (máxime cuando el cargo pastoral le reporta prestigio, influencia, incluso sostén económico). Y eso será una pata renga en su posición, incómoda y conflictiva sin duda. ¿Cómo aconsejará y luchará a favor de la familia un ministro de Dios que guarda en el baúl un fracaso matrimonial? Algunos argumentarán que lo podrá hacer desde su propia experiencia, surgida de un matrimonio malogrado. Podría ser; pero indudablemente la experiencia de una pareja de pastores que han logrado mantener unido y feliz su matrimonio por treinta, cuarenta, cincuenta años o más, se antoja superior.
El apóstol Pablo dice en 1 Timoteo 3:2,12 que los obispos y diáconos deben ser “marido de una sola mujer”; este mandato tiene su pasaje paralelo en Tito 1:6, donde se habla de los ancianos con las mismas palabras: “el anciano debe ser irreprochable, marido de una sola mujer”. Estos requisitos de ancianos – u obispos – y diáconos, generalmente se hacen extensivos a todos los ministros; incluyendo, especialmente, a los pastores. Estos pasajes se han utilizado, en primer lugar, como argumento contra el celibato obligatorio impuesto por la Iglesia Católica Romana a sus ministros; también puede interpretarse como un mandato explícito contra la poligamia, como si Pablo dijera: “hermanos, no más de una mujer al mismo tiempo”, e incluso a favor de la fidelidad y contra el adulterio. Pero estos pasajes, ¿pueden considerarse además un argumento contra el divorcio? Es decir, como si Pablo dijera a los ministros: “hermanos, no más de una mujer sucesivamente” (primera esposa, segunda esposa…). Queda planteado.
También deberíamos recordar las palabras del apóstol en 1 Corintios 7 (volvemos a ese capítulo) recomendando insistentemente el celibato voluntario – es decir, quedarse soltero, o sólo, por libre decisión –: “digo, pues, a los solteros y a las viudas, que bueno les sería quedarse como yo” (v. 8; recordemos que el apóstol Pablo fue un hombre célibe por propia elección); también dice: “el soltero se preocupa por las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado se preocupa por las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer” (v. 32,33); y es muy sugestivo el v. 27: “¿Estás ligado a mujer? No trates de soltarte. ¿Estás libre de mujer? No trates de casarte”.
Un pastor o ministro cuyo matrimonio se malogra y termina sufriendo un divorcio, debería considerar seriamente esta postura (además, lo que más rechina a los enemigos del divorcio es el segundo matrimonio). Por supuesto, esto deberá contrapesarse con una afirmación original de Dios, que ya citamos dos veces: “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18). Parece, entonces, que para un pastor evangélico cuyo matrimonio naufragó, el camino menos conflictivo es elegir entre: permanecer solo para continuar su ministerio espiritual, o renunciar al mismo si sus necesidades emocionales, psicológicas y sexuales le imponen formar una nueva pareja.
Terrible y cruel disyuntiva, cuyas alternativas – si las hay – quedan abiertas a debate.

Imagen: psicoblog
18 Ago '13

Hay 4 Comentarios.

  1. santino
    10:49 pm agosto 19, 2013

    Creo que en la única situación que no me parecería correcto el nuevo matrimonio es en aquellos que una vez cristianos, miembros de una iglesia, se divorcian porque uno engaña al otro y el infiel se hace miembro de otra iglesia, donde lo aceptan con el/la amante que tenía y que ahora es su segund0/a esposo/a…

  2. Lucia Perez
    11:48 pm septiembre 4, 2013

    Me intriga este tema. Desde hace tiempo noto que los jóvenes deciden vivir juntos en vez de casarse. Antes esto era muy mal visto por la sociedad, ahora aplauden estas decisiones… Es extraño. También se apoya a los que se cansaron de su vida familiar y deciden hacer cambios en su vida. Dejas a uno y te metes con otro y todo está bien. Si llegás a decir que estás a favor del matrimonio te tratan de anticuada. La unión libre es lo mejor! A estos modernos les cuento que en los años 70 eso era lo que se decía, no es nuevo sino que es algo que nos han ido metiendo en la cabeza de tal manera que ya es “lo normal” en esta sociedad medio podrida. Muy difícil tema para llegar a un acuerdo en la iglesia. Hay casos y casos, todos diferentes.

  3. Yair
    9:38 pm septiembre 5, 2013

    BUENAS NOCHES CREO QUE NO ES FACIL ESTO DEL MATRIMONIO POR SEGUNDAS NUPCIAS. EL ENGAÑADO O MALTRATADO PUEDE DECIR QUE TIENE DERECHO A CASARSE NUEVAMENTE Y EL ENGAÑADOR VA A DECIR LO MISMO.QUIEN PUEDE SABER QUIEN MIENTE? NO QUISIERA SER PASTOR EN ESTOS CASOS. IGUAL ME PARECE QUE SE PODRÍA SEGUIR LOS LINEAMIENTOS DE LA BIBLIA PORQUE POR ALGONO NOS ENSEÑAN QUE NO TIENE TIEMPO NI EDAD. ESTARÁ VIGENTE SIEMPRE.

  4. Elena Soriano
    12:09 am septiembre 9, 2013

    Cuanta verdad hay en lo escrito, la violencia visita a diario a muchas pobres mujeres encerradas en casas ricas y pobres. NO podemos cerrar nuestros ojos a tanta tristeza y muerte. En mi país cada año mueren cientos de mujeres por maltrato y asesinato. No entiendo bien porqué siguen aguantando, peor bien cierto es que de afuera todo se ve distinto y todas dejaríamos al maltratador, pero en la realidad las cosas son bien distintas. Están atrapadas en un mundo que es su “verdad”, ser golpeadas es su calvario y lo sufren, algunas en silencio. Ese silencio en muchos casos se vuelve eterno y se confunde con la muerte. He conocido más de una pobre mujer que no deja a su esposo porque le dicen que debe seguir con él por los hijos y porque es su deber de mujer esposa. Cuanta necesedad y mentira! quién es alguien para obligarla a seguir en esa tortura. Dios nos creó para sufrir y callar? quien puede decirme en qué parte de la biblia encuentro esa orden?
    Las segundas nupcias son otra cosa diferente. No siempre las mujeres maltratadas quieren otro matrimonio.

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