AMORES PERVERSOS 2 – Divorcio y nuevo matrimonio

– Por Álvaro Pandiani –

Otro tema difícil, pero también peculiar, por dos aspectos. Primero, no hay todavía un acuerdo entre los cristianos evangélicos sobre qué hacer en diversas situaciones que involucran  a personas divorciadas, fundamentalmente cuando un divorciado aspira al pastorado. En segundo lugar, porque a las personas no creyentes, aquellas que no tienen una relación regular con la iglesia, les resultaría incomprensible por qué los cristianos nos complicamos tanto por este tema. Pero la respuesta a esto último es fácil, aunque en general no es de recibo para las personas que no comprenden, ni mucho menos adhieren, a nuestros principios fundados en los valores bíblicos. A riesgo de parecer anacrónicos, los cristianos evangélicos que procuramos apegarnos a lo escrito en la Palabra de Dios nos mantenemos fieles al ideal de un matrimonio para toda la vida; ideal surgido de la concepción de que tal matrimonio se forma como resultado de un amor verdadero, un amor “para toda la vida”, por no decir un amor eterno.

Resulta curioso que tal “amor eterno” sigue siendo el ideal poético que inspira la mayoría – no todas, pero sí la mayoría – de las historias románticas que nos ofrece la literatura y el cine; y eso, pese a que la realidad nos muestra que el matrimonio como institución está en plena crisis, y el divorcio campa por sus respetos. Pero la iglesia como comunidad sigue aspirando a que en el matrimonio siga cumpliéndose un principio establecido por el mismísimo Jesús de Nazaret, según se lee en Marcos 10:8.9: “no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”; principio del que tal vez se derive la clásica expresión “hasta que la muerte los separe”.

El primer aspecto, que constituye un problema interno de nuestra comunidad, sí es más engorroso. Ya planteábamos, cuando reflexionamos acerca de iglesia y renovación, que es muy difícil lograr un consenso sobre cristianismo y divorcio, y que probablemente tal consenso no se logre. Y uno de los aspectos más urticantes de este tema es el del divorcio de personas ordenadas al ministerio pastoral, o cuando un divorciado aspira a ese ministerio, o algún otro. Si bien la Biblia es clara en lo que dice en cuanto a matrimonio y divorcio, la interpretación de las enseñanzas bíblicas suele divergir. Tal vez alguien piense que la conducta a seguir ante estos problemas es clara; otros no lo tienen tan claro. Además, impresiona que la comprensión del problema del divorciado, así como el entendimiento de lo que la Biblia dice al respecto, suelen ser incompletos. De lo que no cabe duda es que, tratándose de un tema complejo y difícil de consensuar, caen mal las pontificaciones en uno o en otro sentido. Una actitud abierta y humilde, más dispuesta a debatir respetando la postura del otro que a imponer la propia opinión como verdad absoluta, haría un mayor bien a las personas, a sus almas, pero también a sus corazones y sentimientos.

No voy a negar que las posiciones dogmáticas e inamovibles – y a veces también despiadadas – de algunos maestros y ministros sobre el divorcio, me estimularon para formular una opinión sobre este tema. Y voy a adelantar que en esta reflexión me anima la intención de mantenerme alejado de posiciones dogmáticas y pontificaciones incontestables. Y también quiero aclarar que llevo a la fecha más de veintisiete años de feliz matrimonio con mi esposa Estela, junto a la que espero envejecer, hasta que el Señor nos llame a su presencia. Vale esta aclaración, pues si la opinión surgida de este breve ensayo toma distancia de la dura frialdad con que el divorciado es tratado cuando aspira a rehacer su vida, no es con el propósito de autoabsolverme, como si también estuviera en tan incómoda posición.

Indudablemente no está en el plan, ni en la idea o el ideal de Dios, la ruptura de una pareja cuya relación fue formalizada por el sagrado vínculo del matrimonio celebrado ante Dios y los hombres. Esto, que para la sociedad posmoderna puede resultar incluso obsoleto, mantiene su importancia fundamental en las comunidades cristianas, porque dichas comunidades valoran la familia tradicional como el mejor modelo de relación, donde los miembros encuentran el ambiente óptimo para su crecimiento, realización y felicidad. Y aunque la época contemporánea nos ofrezca ejemplos alternativos de familia (por ejemplo. monoparentales), el matrimonio sigue constituyendo la unidad básica alrededor de la cual se va formando una familia con la llegada de los hijos, la integración de un abuelo o abuela, generalmente viudo, o también de algún tío, solterón empedernido o divorciado reciente. Defender la unidad básica del matrimonio es defender la familia potencial a la que puede dar lugar esa pareja, formada por un hombre y una mujer unidos en matrimonio.

La Biblia presenta la institución del matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, solemnizada por Dios, para suplir las necesidades de ambos. “No es bueno que el hombre esté solo” dijo Dios en el Génesis (2:18), y le acercó los animales del campo, poniéndole a trabajar en la primera tarea intelectual mencionada en las Escrituras: nombrar a los animales. Pero eso no fue suficiente, por lo cual Dios “hizo una mujer, y la trajo al hombre” (Génesis 2:22). Y aquel hombre reconoció el valor del nuevo ser que Dios había creado para complementarlo, y dijo: “dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne” (22:24). Estas palabras repite Jesús de Nazaret al enseñar sobre el matrimonio y el divorcio, cuando fue preguntado por los fariseos – autoridades religiosas de su tiempo – acerca de la legitimación del divorcio sancionada en la Ley de Moisés; es decir, la ley del Antiguo Testamento, que constituía norma jurídica civil, penal y religiosa en el antiguo Israel. En esta ocasión fue que Jesús pronunció el conocido principio considerado por la iglesia evangélica justificación del divorcio: “cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera” (Mateo 19:9). La “repudiada” aquí es la mujer a la cual su esposo entregaba “carta de divorcio” y despedía de su casa, según las costumbres de aquella época. La referencia a fornicación se interpreta como una alusión al adulterio cometido por la mujer, y se extrapola a cualquiera de los cónyuges. Es decir, si uno de los cónyuges traiciona al otro cometiendo adulterio, el cónyuge traicionado puede divorciarse tranquilamente; e incluso, generalmente se acepta, podría rehacer su vida sentimental con una nueva pareja, cumpliendo el requisito de formalizar esa pareja en matrimonio, para no incurrir en fornicación.

El otro pasaje importante que habla sobre este espinoso tema es el capítulo 7 de la primera carta de Pablo a los Corintios. En éste el apóstol habla sobre la situación de los matrimonios en los que uno de los cónyuges ha profesado la fe cristiana y el otro no; situación común en nuestras congregaciones evangélicas hoy en día, siendo más frecuente que la mujer sea quién abraza la fe en Cristo y se hace miembro de la iglesia local, mientras su marido mantiene distancia, y aunque acepte – y aún aliente – la adhesión de su esposa a la fe, al ver un efecto positivo en ella, durante mucho tiempo no pasa de ser un simpatizante del evangelio, conservando su independencia. El desarrollo del capítulo, luego de recomendar al cónyuge cristiano la paciencia de permanecer junto al incrédulo, en la expectativa de una conversión, y al mismo tiempo para que una presencia cristiana en el hogar trasmita los valores del Reino de Dios a los hijos (v. 14), es muy claro y contundente en cuanto a qué hacer si el cónyuge incrédulo decide terminar la relación e irse: “si el no creyente se separa, sepárese, pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a vivir en paz nos llamó Dios” (v. 15). En otras palabras, si se quiere ir, que se vaya; el creyente no debe sentirse atado de por vida a semejante situación – o semejante cónyuge – pues Dios lo ha llamado a una vida de paz, y no de sufrimiento. Esto se ha interpretado como una segunda causal, válida desde el punto de vista bíblico, para el divorcio: si el marido o la esposa inconverso/a (es decir, no cristiano) decide abandonar el hogar, pues entonces el matrimonio se terminó. Por supuesto que estas consideraciones frías y desapasionadas no eliminarán el dolor de sentirse abandonado por alguien amado – tal vez ni siquiera lo mitigarán – ni tienen por qué apagar la esperanza y la oración por una reconciliación, que seguramente alentará el cónyuge dejado, durante un tiempo variable. Estas consideraciones apuntan a que el cónyuge cristiano abandonado, así como el traicionado, cuyo matrimonio termina en divorcio, no debe sentirse culpable ante Dios. Si bien como cristianos no somos amigos del divorcio, y siempre debemos, salvo casos puntualmente muy excepcionales, procurar la restauración del matrimonio, es estúpido y perverso condenar sin misericordia al divorciado.

Esta situación de asimetría de profesión de fe en una pareja – uno creyente en Cristo y el otro no – entra en lo que se llama “yugo desigual” (2 Corintios 6:14), y los eventuales dolores de cabeza que puede traer son la causa de que en las congregaciones evangélicas se estimule a los jóvenes cristianos a formar pareja – y casarse – con personas de la misma fe.

Si bien el ser abandonado por un cónyuge incrédulo, y el ser traicionado por uno adúltero, son situaciones contempladas en las Escrituras como causales claras de divorcio, la Biblia no es tan explícita en cuanto a la formación de una nueva pareja por el que fue dejado; aunque eso se da por sobreentendido. Si bien es verdad que, como se planteaba en la entrega anterior, en el fracaso matrimonial (en ese artículo, por adulterio) a veces se puede reconocer responsabilidad de las dos partes, no cabe duda que quién no comete el acto de traición, o de abandono, y máxime si lucha por salvar su matrimonio, cuando esto no se logra y termina en divorcio, no debería sentirse particularmente culpable, y menos al punto de quedar bloqueado en cuanto a rehacer su vida con un nuevo amor. En efecto, aunque para nuestra sociedad posmoderna, inmoral y decadente, el divorcio sea ingrediente habitual de la vida cotidiana, los cristianos apegados a la Biblia no somos amigos del divorcio, y sólo reconocemos como causales bíblicas las mencionadas, y situaciones puntuales muy excepcionales. Aunque sean de recibo para la justicia civil causales como “riñas y disputas”, “incompatibilidad de caracteres”, “problemas económicos”, y otros títulos, los cristianos alentamos el orar, trabajar, luchar y buscar ayuda – incluso profesional – para rescatar el matrimonio. Los principios de amor, paciencia, arrepentimiento y perdón, tan importantes para el cristianismo, tienen aquí una muy pertinente aplicación.

 

(Continúa).

Imagen tomada de Revista Religión
20 Jul '13

Hay 8 Comentarios.

  1. AnayBeto
    10:41 pm julio 20, 2013

    Beto, mi esposo, era divorciado cuando nos conocimos hace algunos años. No sabíamos mucho de biblia o cristianismo práctico, solo sabíamos que estábamos solos y nos enamoramos. Nos quisimos casar en la iglesia católica de siempre, pero nos dijeron que al ser divorciado él, no podíamos. Muy tristes fuimos a una iglesia protestante para ver si allí nos podíamos casar y también nos negaron el privilegio. Nos dijo el secretario del pastor que en verdad era antibíblico. Beto se divorció luego de que su ex esposa lo engañara con un compañero de trabajo, con quien se fue a vivir.
    ¿qué debió hacer? quedarse solo para siempre?
    Espero que nadie más pase por lo que nosotros, que nos sentimos pecadores por años, adúlteros nos llamó el secretario que nos negó la felicidad de estar ante un altar presentando nuestro amor.

    Hace poco empezamos a ir a una iglesia evangélica y nos han ofrecido bendecir la unión. Lo estamos pensando.
    Hace poco leímos un artículo sobre el matrimonio en esta web y siempre volvemos a ver qué hay sobre el tema. Este nos gustó. Explica mejor que el secretario mencionado lo que dice la biblia al respecto. Igual no nos queda claro porqué hay más de una opinión o interpretación del tema.

    Ana

  2. Antonio
    9:52 pm julio 21, 2013

    ANA NO ENTIENDO TU HISTORIA XQ SI SOS O ERAS CATOLICA YA SABIAS Q NO TE IBAN A CASAR. Y SI LOS PROTESTANTES TAMBIEN TE DIJERON Q NO XRAQ VAS A UNA DE SUS IGLESIAS????????
    NO CREO QUE SEAN MALAS PERSONAS NI CATOLICOS NI PROTESTANTES, SOLO ME PARECE Q SON MUY RIGIDOS CON LOS MANDATOS DE LA BIBLIA. LA VIDA CAMBIO Y ELLOS SE HAN QUEDADO EN EL TIEMPO.
    BENDECIR TU UNION?!!!!??? Q SIGNIFICA ESO, CASAMIENTO?

  3. Sembrador
    10:18 pm julio 22, 2013

    Antonio, me pregunto si acaso leíste el artículo, porque obviamente no comprendiste algo expresado en el mismo, acerca de que la permanencia del matrimonio “mantiene su importancia fundamental en las comunidades cristianas”.
    Disculpitas de esas de que “la vida cambió” se escuchan a montones todos los días: si la sociedad lo aprueba, si la ley lo permite, etc. etc. Para los cristianos sólo hay una ley magna, que es la Palabra de Dios contenida en la Biblia; pase el tiempo, los años, los siglos o los milenios. La Palabra de Dios no cambia, porque los problemas esenciales del ser humano siguen siendo los mismos.
    Eso de que los cristianos, católicos y protestantes, “se han quedado en el tiempo” suena bastante discriminatorio. Sí, se ve que tan anticuado es el modo de pensar de los cristianos, que por ejemplo 3000 jóvenes uruguayos viajaron a Río de Janeiro estos días para ver al papa (y conste que no soy católico).
    Tampoco parecés capaz de entender que si Ana y Beto fueron a una y otra iglesia, será porque tienen inquietudes espirituales, y quieren buscar a Dios en sus vidas.
    Muy cortito lo tuyo, Antonio; muy cortito.
    Para tu conocimiento, bendecir la unión significa sacralizar un matrimonio civil ya consumado.

  4. Antonio
    1:39 pm agosto 4, 2013

    GRACIAS POR LA EXPLICACIÓN. SIGO SIN ENTENDER PORQUE CASARTE O BENDECIR TU UNION SI LAS IGLESIAS TE DIJERON QUE NO ANTES…. QUE SE METAN SU PERMISO EN EL BOLSILLO.

  5. Emanuel SeRo
    4:16 pm agosto 12, 2013

    Hermano Alvaro, me gustaria saber como puedo comunicarme con usted, soy escritor y tengo una pregunta que hacerle

  6. Alvaro Pandiani
    9:40 pm agosto 12, 2013

    Hermano Emanuel, puede solicitar mi dirección de correo electrónico al equipo de Iglesia en Marcha.
    Si en algo puedo serle útil, estoy a sus órdenes.
    Bendiciones.

  7. LA IGLESIA ESTA CERRADA NOSOTROS SOMOS UN MATRIMONIO DE ONCE AÑOS CON TRES HIJOS QUE PEDIMOS LA BENDICION DE LA IGLESIA Y NOS FUE NEGADA PORQUE ESTAMOS AMPARADOS EN LA NUEVA LEY DE MATRIMONIO CONCUBINARIOS. DEBERIAN DE SABER QUE EL MUNDO CAMBIA Y CUANDO HAY GENTE QUE HACE LAS COSAS BIEN LES NIEGAN POR SUS PROPIAS CONVICCIONES, QUIENES SON ELLOS PARA DECIR QUE ESTA BIEN O MAL DEBEN INFORMARSE POR QUE AQUI YA SE PERDIO UNA FAMILIA, MUY DOLIDOS SALUDAMOS ATTE 099785920

  8. Sembrador
    5:25 pm diciembre 27, 2013

    No me queda nada claro el alegato de Patricia, que figura aquí y en el artículo de la Primera Bautista. ¿Quiénes les negaron la bendición? ¿La Primera Bautista? No soy miembro de esa iglesia, pero sé cómo funcionan las iglesias evangélicas en general, y querría opinar del tema.
    En primer lugar, desde que en la segunda mitad del siglo 19 el estado uruguayo quitó a la Iglesia (católica en ese caso) la potestad de oficializar matrimonios, haciendo obligatorio el matrimonio civil, las iglesias pasaron a celebrar el matrimonio eclesiástico sólo en casos en que el civil (OBLIGATORIO) estuviera ya realizado.
    La ley de unión concubinaria de 2007 es una fantochada del anterior gobierno de izquierda, presidido por el Dr. Vázquez, que preparó el camino para la adopción de niños por parejas gays; fue la primera de una serie de leyes con las que la izquierda atacó la moralidad cristiana. Pero unión concubinaria NO es matrimonio. En realidad, no tiene sentido ninguno; si vivís hace años con tu pareja, y se quieren, y van a hacer un trámite ante el estado para regularizar su unión, ¿por qué no casarse? Así que es un mamarracho, pero NO es matrimonio. Para la Iglesia, es concubinato, y por lo tanto, eso no se bendice.
    Porque, estimada Patricia, el mundo cambia, pero la Palabra de Dios NO cambia. Si usted quiere la bendición del Señor, tiene que hacer las cosas como el Señor lo dice en su Palabra.
    Usted no puede pretender que en la iglesia se hagan las cosas como usted cree o se le ocurre que deberían hacerse.
    Con mis respetos.

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