DAMOS GRACIAS A DIOS POR EL NUEVO PAPA – Parte 3 –

Por Álvaro Pandiani –

La frase del título: Damos gracias a Dios por el nuevo papa, ya no luce en la entrada de la institución católica montevideana donde apareció a pocos días de elegido el nuevo papa Francisco, en marzo pasado. Fue sustituida, ya sobre Semana Santa, por otro cartel que decía, simplemente, “Resucitó”. Anuncio prístino pero aún vigente del hecho fundamental de la fe cristiana, pero también atrevido desafío de fe hacia aquellos que displicentemente lo ignoran, o activamente rebaten dicho suceso fundamental – y fundacional – del cristianismo: la existencia histórica de Jesús de Nazaret, su muerte y resurrección.

Parece precoz todavía pronosticar si soplaran sobre la Iglesia – en este caso católica romana – los vientos de renovación que tan insistentemente reclaman muchos, creyentes y no creyentes, sobre todo cuando el llamado trono de san Pedro queda vacante, para ser ocupado por un nuevo pontífice, hecho que ya sucedió dos veces en este siglo. Y las Iglesias Evangélicas, cuya estructura y función son en principio independientes de la Iglesia Católica Romana, también deberían enfrentar el reto de un debate honesto sobre su necesidad – o no – de renovación, ante los desafíos de la cultura posmoderna del siglo XXI. Esto en cuanto a los temas concretos ya mencionados, pero también acerca de otros, derivados de la cultura propia desarrollada por los cristianos evangélicos; por ejemplo, espiritualidad equilibrada frente a los excesos y extravagancias de una renovación carismática descentrada, manejo transparente de las finanzas por parte de los ministros y dirigentes, canales y formas adecuadas de diálogo con el mundo secular, (tanto la sociedad en general, como medios de prensa, instituciones públicas y privadas, y aún el gobierno), y otros.

Impresiona como necesario que nos preguntemos no sólo en cuáles aspectos es de recibo proponer una renovación de la Iglesia, o sobre qué base, o por parte de quienes; también deberíamos reflexionar sobre la pertinencia de la renovación, y si podemos compartir los criterios de quienes claman por la misma, desde fuera de filas cristianas. En otras palabras, cuál es el fundamento en el que nos paramos con firmeza – o no – para seguir manteniendo ciertos principios, y si ese fundamento es absoluto u obsoleto; si permite alguna forma de negociación, o no hay otro remedio que cortar los puentes del diálogo.

Al respecto de todo esto, merecen comentarse las consideraciones, vertidas a propósito de la renuncia de Benedicto XVI y antes de la elección del papa Francisco, por alguien tan latinoamericano como el nuevo pontífice, y escritor de renombre internacional: el peruano Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura 2010. En el artículo El hombre que estorbaba (elpais.com/elpais/2013/02/21/opinion/1361447726_090824.html), Vargas Llosa se alinea como no creyente, y reflexiona sobre la abdicación del anterior pontífice, hurgando en profundidad en la propia personalidad de Joseph Ratzinger, en la situación actual de la Iglesia Católica – sin dejar de mencionar la epidemia de pedofilia que la azota desde hace mucho tiempo, aunque no haga tanto que esto ha comenzado a salir a luz, así como los escándalos financieros en el Vaticano – en la decadencia moral, intelectual y cultural de la Iglesia, y en la disyuntiva entre la actitud tradicionalmente conservadora de la jerarquía católica, encabezada por el propio Benedicto XVI, y varios de los desafíos que nuestra época impone enfrentar. El hombre que estorbaba es un artículo profundo y apasionante, surgido de una pluma indiscutiblemente brillante, que aunque “no creyente”, invita a una honda meditación al “creyente”, incluso al “no católico” (por lo menos, eso me ocurrió a mí). No es posible sustraerse al comentario de algunos párrafos de este artículo, que tienen que ver con la mencionada disyuntiva entre tradición y renovación, que venimos tomando como eje al que aproximarnos en esta serie de meditaciones. En esta línea, lo primero a destacar es lo que podría llamarse el peregrinaje de Joseph Ratzinger, desde una juvenil y “progresista” actitud de apertura al debate de ideas, en tiempos del Concilio Vaticano II – hace ya medio siglo – hacia una posición cada vez más conservadora, o tradicional, en los urticantes temas que aún hoy son objeto de discusión entre quienes quieren una Iglesia más liberal, y aquellos que se aferran a una doctrina histórica.

Como nota al margen, cabe preguntarse si este peregrinaje no reflejará una característica propia de la naturaleza humana, que exhibe una juventud emprendedora y abierta a las novedades, cambios y transformaciones, y muchas veces impulsa tales cambios y transformaciones, pero conforme avanza la vida hacia la vejez se hace más resistente a tales cambios; quizás por aferrarse a los ideales de aquella juventud pasada, atesorándolos de modo que la ancianidad, que nos quita fuerzas, oportunidades, amores y perspectivas de futuro, no nos quite también aquello en lo que creímos en la mejor etapa de nuestra existencia. Huelga la aclaración de que la juventud no tiene por qué ser la mejor etapa de la vida, de modo que la llegada de la madurez nos arrebate toda expectativa de felicidad, pues todo es una cuestión de actitud, etcétera. El sólo hecho de que tal aclaración sea necesaria, evidencia que la natural reacción humana ante el avance de los años hacia la madurez y la senectud desencadena la angustia propia de la pérdida. Aunque esto también es un rasgo cultural, pues vivimos en una sociedad que ya no respeta adecuadamente al anciano, sino que lo considera una carga, una molestia que es necesario atender. Volviendo al peregrinaje de Joseph Ratzinger, el asirse a los principios de la tradición eclesiástica implica, en un hombre de iglesia, aferrarse a ideales históricos dos veces milenarios, que han soportado ataques de todo tipo, convulsiones y cambios sociales, políticos y religiosos, así como el derrumbe de culturas y civilizaciones, sobreviviendo y manteniéndose incólumes; por todo esto, ofrecen a quién se interna en la incierta espesura de la vejez una noción de seguridad, amén de esperanza para un futuro que trasciende esta vida. Sin embargo, en el caso de hombres de iglesia, y hombres y mujeres de fe en general, el mantenerse firmes en los fundamentos históricos de la doctrina cristiana implica algo más que la certidumbre de lo conocido y aceptado, y por lo tanto una seguridad individual ante el futuro; implica también la lealtad a principios considerados sagrados, y por lo tanto inamovibles. Vargas Llosa opina que el conservadurismo de Benedicto XVI lo transformaba en un anacronismo, dentro del anacronismo en que la Iglesia se fue convirtiendo; esto puede tener dos lecturas: o el papa era más anacrónico que una iglesia anacrónica, o era el abanderado y líder del anacronismo religioso.

Pero, ¿qué quiso decir, al tildar a la Iglesia de anacrónica? Es toda una opinión, y por cierto no muy benevolente. Y si bien toda su reflexión apunta a la Iglesia Católica Romana, aquí una vez más, como ya hemos hecho reiteradamente en esta breve serie, deberíamos ver en qué medida también alcanza a los evangélicos tal calificativo. Puesto que lo anacrónico puede ser algo equivocado, o anticuado, u obsoleto, o absurdo, incongruente, ridículo y hasta incoherente, tal adjetivación, además de rechinar – y hacer cerrar los puños – a quienes aún vemos en el evangelio de Cristo un mensaje actual, vigente y necesario para todos, obliga a una minuciosa revisión de nuestras formas de comunicar el evangelio y vivir la vida cristiana cotidianamente, en la realidad de nuestras sociedades y países, en el siglo XXI. No podemos simplemente llamarnos a silencio o desentendernos, aduciendo que el escritor se refiere a la Iglesia Católica Romana en exclusiva; tal actitud sería superficial e irresponsable, pues salvando las diferencias – gruesas, es verdad – de doctrina, liturgia y organización, en última instancia todas las iglesias dicen ser representantes de Dios en la tierra y portadoras del mensaje de Cristo para todos, lo cual debe hacerse de la mejor manera según Dios lo manda en las Escrituras, pero también de la mejor manera para que el mundo entienda el evangelio que intentamos comunicar. Ese es todo un desafío: manteniéndose fiel a la esencia del evangelio de Jesucristo, transmitir al mundo presente el mensaje de dicho evangelio de una forma actual y pertinente, clara, comprensible, al alcance de todos.

¿Por qué el anterior pontífice romano derivó de un reformismo juvenil entusiasta, a un conservadurismo a ultranza, en línea con la tradición de la Iglesia, la que bregó por imponer, aunque según el escritor Benedicto XVI despreciaba el poder? Este es uno de los enfoques más importantes, no sólo para los católicos, sino también para nosotros los evangélicos, en la medida en que traslademos tales consideraciones a nuestra realidad y misión, y a la forma en que cumplimos tal misión. Según Vargas Llosa, las razones de Benedicto XVI, aunque impresionen como extemporáneas – es decir, inadecuadas para esta época – (suponemos que a los no creyentes como él), deben procurar entenderse. Para Joseph Ratzinger, entonces, la apertura de la Iglesia Católica a la renovación reclamada por la modernidad (¿o posmodernidad?) conduciría a su fragmentación, a una anarquía de la cual resultaría un conglomerado de sectas enfrentadas entre sí, que desbarataría el patrimonio histórico del cristianismo. Tal vez el articulista haya tenido en mente el resultado de la reforma protestante del siglo XVI, aunque el tenor de aquella reforma haya sido bien distinto de las actuales “reformas” exigidas como necesarias; resultado expresado en un multifragmentado cuerpo de cristianismo desprendido de la autoridad del Vaticano, que procura con mayor o menor éxito interpretar la Biblia y aplicarla a la vida diaria de los creyentes. Efectivamente, Vargas Llosa compara el resultado pronosticado de tal eventual desagregación del catolicismo romano, con las iglesias evangélicas, “algunas circenses”, que medran “en los sectores más deprimidos y marginales del Tercer Mundo”.  Estas dos apreciaciones del escritor sobre las iglesias evangélicas, bien que ciertas en algunos casos – ya mencionamos la segunda en la parte 2 de esta serie – no deja de evidenciar una actitud peyorativa del señor Vargas Llosa hacia las mismas; y cabe meditar acerca de si tal desdén surge exclusivamente de su condición de no creyente, o es merecido por las extravagancias que acompañan en algunos casos la liturgia del culto evangélico, o los escándalos que también azotan a las congregaciones evangélicas.

Volviendo a Benedicto XVI, el articulista considera que el mencionado pontífice habría recurrido a la preservación de la tradición y el dogma como denominador común que evitara la desmembración del cristianismo (siempre identificando cristianismo con catolicismo romano, por supuesto, lo cual no extraña considerando su actitud hacia el protestantismo, que recién comentamos). Por lo tanto, el conservadurismo que Joseph Ratzinger mostró en su vejez, cuando estaba en la cima del poder como papa, habría sido para él la manera de salvaguardar la integridad del edificio de la Iglesia Católica; el dogma y la tradición histórica habrían fungido como cimiento, como piedra fundamental, como columna vertebral para mantener el cuerpo unido, y en pie. Hasta aquí el análisis de este brillante escritor peruano.

¿Es posible ir un paso más allá, ahondar más en los motivos por los cuales un hombre de iglesia se aferra a lo que la iglesia siempre creyó y predicó? No es posible para un no creyente; pues aunque tal no creyente aduzca benevolentemente procurar entender la razón de tal firmeza – tal como, por ejemplo, la lealtad a principios sagrados – si tal no creyente ve tales principios como algo desacralizado, anacrónico, e incluso que obstaculiza el bienestar común, es poco probable que los entienda, y menos probable que, en última instancia, los respete. ¿Por qué? Porque también es posible que vea tal firmeza como obstinación irracional. El paso siguiente sí lo puede dar un creyente convencido, enteramente entregado en cuerpo y alma a su fe; implica comprender tal firmeza como fidelidad a Dios y a su Palabra, una fidelidad nacida de una decisión férrea de mantenerse en el Camino trazado originalmente por Cristo, cualquiera sea el costo y el sacrificio exigido.

Eso nos da una idea del precio a pagar por tal fidelidad, el cual probablemente vaya en aumento en un mundo “devastado por el materialismo, la codicia y el relativismo moral”, según escribió el señor Vargas Llosa; brillante síntesis del estado moral de nuestra civilización, surgida de la brillante pluma de un no creyente que merece ser escuchado por los creyentes, pues su visión, honesta y respetuosa, nos ofrece un punto de vista que no deberíamos desdeñar. Al fin y al cabo, es el punto de vista del no creyente, y es a los no creyentes a quienes debemos llevar el mensaje del evangelio de Jesucristo.

Imagen: Tomada de Predicaciones cristianas.Com
19 May '13

Hay 5 Comentarios.

  1. lidia
    9:35 pm mayo 28, 2013

    Interesante. Los Papas siempre han sido conservadores. No recuerdo ninguno innovador de verdad. Creo que alguno se ha abierto un poco más que otro, pero innovar dentro de la iglesia…. nooooo!
    En cuanto al escritor mencionado… me resulta gracioso su opinión, porque es ateo. No tomaría en cuenta su opinión más que para ver como nos ve un ateo, pero hasta por ahí nomás.

    Lo de las iglesia evangélicas tampoco me agrada, porque sabemos de muchas que luchan contra la pobreza y la miseria en Latinoamérica. No todas son circos. Y conste que no soy evangélica, pero respeto estas iglesias. Una que esté equivocada no hace a todas malas.
    Soy católica y no me creo dueña de la verdad. La Verdad con mayúscula es Jesús y es el mismo que predican ellos, que en definitiva es lo único que importa en este mundo. La Salvación de las pobres almas perdidas en este mundo tan difícil y sangriento de hoy.

    Al autor del artículo le digo que no me voy a parar a considerar el punto de vista de un escritor socialmente acomodado, que me hable de los más pobres de América Latina. Para mi está al mismo nivel que tantos otros ateos.

  2. Andrés
    12:02 am junio 1, 2013

    No estoy de acuerdo con lo que dice Lidia porque la iglesia ha cambiado en el correr de los años, solo que hay cosas que no puede cambiar o no seríamos cristianos. Dios es el mismo ayer, hoy y siempre.

    gracias…

  3. Sembrador
    8:33 pm junio 1, 2013

    Ahora sí que este papa Francisco la embarró: dijo que el presidente Mujica es un “hombre sabio”.
    Ta, Francisco, tenés razón.
    Andaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

  4. Lucy
    10:33 pm junio 2, 2013

    Sembrador, hay diferentes “sabidurías” en este mundo. Mujica posee una de ellas. Es un hombre simple y vive de acuerdo a lo que proclama.
    No es frecuente ver esta cualidad en presidentes a lo largo de este loco mundo. Podemos estar o no de acuerdo con su forma de pensar, de hecho muchos en el exterior no lo están, pero despierta la admiración de la gente simple de este planeta, que ansía ver en su país un presidente austero y más “real” y cercano a su gente.

  5. Sembrador
    11:16 pm junio 2, 2013

    Lucy, no vivís en Uruguay, ¿verdad?. O aunque vivas en Uruguay, no tenés idea de lo que decís. Sos una más de los que se dejan encandilar por esa imagen de “austeridad” que ofrece el presidente uruguayo, aunque su gobierno sea como un barco sin timón, absolutamente carente de rumbo.
    Un presidente real y cercano a su gente; sí, como no. Por eso dice que en el exterior que somos atorrantes y no nos gusta trabajar, cuando la mayor parte de los uruguayos trabaja hasta partirse el lomo para tener un sueldo decente, y paga impuestos astronómicos para que el gobierno del señor Mujica mantenga a los vagos, borrachos y pastabaseros votantes suyos.
    Tratá de informarte un poco antes de opinar; y si vivís en Uruguay, salí un poco más de tu casa, a ver la realidad.

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