UN DÍA CON LOS AMIGOS

– Por Escribe Daniel Carro –

Leer Marcos 14:1-11.

Aunque el texto no lo dice, la noche anterior Jesús volvió a Betania.  Este día miércoles, “dos días antes de la Pascua” (Marcos 14:1) Jesús no irá a Jerusalén, se quedará en Betania.  Será el último día para pasarlo con sus discípulos y sus amigos, aquellos que le querían bien.

Mientras Jesús disfrutaba aquel día en compañía de los suyos, los malvados principales sacerdotes y los escribas maquinaban emboscadas, engaños y muerte.  Además de malvados, eran cobardes, porque se decían: “No durante la Fiesta (la Pascua, es decir), para que el pueblo no se alborote” (Marcos 14:2).  Los religiosos de su tiempo quisieron matar a Jesús, pero no quisieron cargar sobre sí mismos la culpa de su condena.

Jesús no se quedó en Betania sólo para pasear.  Un viejo amigo requirió su presencia.  Simón, de quien no se sabe mucho más, aunque múltiples teorías se han tejido en cuanto a su identidad, y que probablemente había sido curado de su lepra por Jesús, dio una fiesta en su honor e invitó a todos los amigos.

Lo que sucedió en aquella fiesta nos da la pista de que no sólo Jesús estaba esperando algún desenlace trágico sobre su vida, también quienes le rodeaban, sus discípulos y amigos, intuían que algo trágico iba a suceder.  En medio de la fiesta, y sin aviso previo, una mujer no identificada tomó un vaso de alabastro (una piedra blanca y fina, tipo mármol traslúcido, con la que se hacían frascos para guardar perfumes) lleno de “perfume de nardo de mucho valor” (Marcos 14:3), y quebrando el frasco derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.  El suceso despertó críticas.  Era un desperdicio.  El perfume podría haberse vendido por 300 denarios (el salario de un jornalero por todo un año) y haberse dado a los pobres.  Las murmuraciones fueron contra la mujer.

Jesús, sin embargo, la defendió.  Justificó su accionar: “Buena obra ha hecho”, dijo (Marcos 14:6).  Ella “se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura”, agregó (Marcos 14:8).  Y al alabarla, Jesús profetizó que la historia de esta mujer se contaría en cualquier lugar donde se predicara el evangelio, las buenas noticias de la salvación.

Uno de los amigos y discípulos del Señor, sin embargo, no estaba con ellos en Betania.  Había ido hasta Jerusalén a visitar a los principales sacerdotes para efectivizar la entrega.  Los malvados “se alegraron, y prometieron darle dinero” (Marcos 14:11).  El “amigo” y “discípulo” se llamaba Judas Iscariote.

Existieron quizá múltiples motivos humanos y pecuniarios que pudieron haber llevado a Judas a realizar tamaña traición.  Una cosa muy grande nos muestra el evangelio: Jesús siempre trató a Judas como amigo y como discípulo (Juan 6:70).   Jesús eligió a Judas como uno de sus discípulos.  Judas participó dentro del grupo de los más leales, por algo era el tesorero (Juan 13:29).   Judas iba a participar al día siguiente de la última cena, y Jesús le iba a entregar el pan mojado para que lo coma (Juan 13:26).

¿Porqué quiso Judas traicionar a Jesús?  A pesar que Lucas y Juan indican que quien lo motivó fue Satanás (Lucas 22:3, Juan 13:27), nunca lo sabremos.  Una cosa compartió Judas con sus conspiradores, y fue la cobardía.  Judas sólo buscaba cómo entregarle oportunamente, es decir, sin alboroto.  Quiso entregarle pasando desapercibido.

En Judas se cumplió la profecía del Salmo (41:9): “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, Alzó contra mí el calcañar”.  Todo seguidor de Jesucristo sabe que en muchas cosas de su vida, aunque no lo traicionemos como Judas, al menos sí negamos al Señor como Pedro (Marcos 14:66-72).  Pablo advierte a los Corintios: “El que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12).

Traición es la acción y el comportamiento que quebranta y destruye la lealtad que se espera.  Nuestro compromiso con Cristo es de ser como él.  Cada vez que no lo somos, estamos negando el nombre de Cristo en nosotros.  Si bien no faltan cristianos indignos y traidores, a cada uno de nosotros le corresponde contrabalancear el mal que ellos realizan dando siempre un testimonio digno de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

El miércoles fue otro día de fuertes contrastes: Mientras uno busca traicionarle, una mujer sin nombre rompe un frasco de perfume carísimo para honrarle.  Entre ambos extremos nos encontramos todos.  Quizá la lección del día sea que debemos, como ella, amar al Señor de manera desmedida y vehemente.

Jesús pasó su última noche en Betania.  Al día siguiente saldría para Jerusalén, para nunca más volver.

Fuente: ABA

28 Mar '13

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