¡HA RESUCITADO, NO ESTÁ AQUÍ!

– Por Daniel Carro –

Leer Marcos 16:1-11.

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.  Tiempo de nacer, y tiempo de morir… tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar”.  Así escribió el predicador en el Eclesiastés (3:1-3).  Podríamos agregarle: hay un tiempo de morir, y hay un tiempo de resucitar.

Lo que los discípulos muchas veces escucharon del Señor pero no lo registraron hasta que sucedió, es lo que efectivamente pasó el “Domingo de Resurrección.” ¡El Señor resucitó!

Las mujeres, que habían estado el viernes junto a la cruz del Señor (Marcos 15:40-41), muy temprano a la mañana de hoy habían preparado especias aromáticas para ungir el cuerpo del Señor, pero al llegar al sepulcro no salían de su asombro: ¡La piedra estaba removida, a pesar de ser tan grande! ¿Quién lo habrá hecho? ¿Qué habrá pasado?

Al entrar al sepulcro se encuentran con un joven, sentado al lado derecho del sepulcro, vestido de una larga vestimenta blanca que les anuncia: “No se asusten, si ustedes buscan a Jesús, el que fue crucificado, no está aquí: ¡Ha resucitado!  Vean el lugar donde le habían puesto.”  Las pobres mujeres “salieron huyendo del sepulcro” (Marcos 16:8), llenas de temor y de espanto.  No dijeron nada a nadie, porque tenían miedo.

Marcos nos hace saber también que la primera que vio al Señor resucitado fue María Magdalena, que ella lo hizo saber al resto de sus discípulos “que estaban tristes y llorando” (Marcos 16:10) pero que ellos en un primer momento no lo creyeron.  Más tarde Jesús se apareció a dos discípulos que iban de camino al campo, y finalmente, según Marcos, “a los once mismos” (Marcos 16:14), a los que reprochó su dureza de corazón por no haber creído a los que le habían visto resucitado.

No es por disculpar a los discípulos, pero la resurrección es un hueso duro de roer.  Nos cuesta creer que alguien que estuvo muerto pueda volver a la vida.  El Señor es el dueño de la vida y el Señor es dueño de la muerte.

Lo más precioso para aquellos que todavía no hemos muerto es la gozosa esperanza que la resurrección del Señor trae a nuestro corazón.  Puesto que el Señor resucitó, ¡nosotros también algún día podremos resucitar!  El que tiene esa esperanza puede vivir una vida en paz.

No es sólo una esperanza de ultratumba.  La resurrección de Jesucristo dinamiza todos los niveles de nuestra vida cristiana.  Porque Cristo resucitó, nuestra predicación es poderosa.  Su poder no reside en nuestro poder de convencimiento, sino en el poder de Dios que es Dios de vida y Dios de muerte.  Porque Cristo resucitó, nuestro servicio cristiano es vital, porque servimos a un Dios vivo.  Porque Cristo resucitó, nuestra adoración es viva, porque adoramos al que vive por los siglos de los siglos, el eterno.

Dios nos envió a su Hijo, Cristo.
El es salud, paz y perdón.
Vivió y murió por mi pecado,
Vacía está la tumba porque él triunfó.

Porque él vive, triunfaré mañana.
Porque él vive, ya no hay temor.
Porque yo sé que el futuro es suyo,
la vida vale más y más, sólo por él.

Como dijo el apóstol Pablo a los Corintios (1 Corintios 15:55-57): “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?  Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

A Dios sea la gloria: ¡El Señor resucitó!

Fuente: ABA

31 Mar '13

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