EL PASTOR HERIDO

– Por Daniel Carro –

 

Leer Marcos 14:26-31.

 

Profundas y proféticas palabras había declarado Jesús un par de días antes: “Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas” (Marcos 15:27).  Al menos en tres otras ocasiones, además de ésta, Jesús había advertido a sus discípulos el hecho de su muerte (Marcos 9:31, 10:33, 14:21).  Una cosa es estar advertido de la posibilidad de la muerte, otra muy diferente es la muerte en sí.  El día se presentó desolador.  La historia se había acabado.  Los sueños del reino de Dios estaban terminados.  La esperanza del mundo había sido despreciada, muerta y enterrada en un sepulcro prestado.

 

Los discípulos todavía no habían aprendido a interpretar los sucesos de la historia tratando de asomarse al punto de vista de Dios, quien todo lo ve y todo lo conoce.  Lo que ellos no repararon en el momento es que la muerte de Jesús correspondió exactamente al tiempo del descanso sabatino que Dios mismo declaró para el pueblo judío en el cuarto mandamiento del Decálogo (Exodo 20:9-11).  El argumento del cuarto mandamiento es que el séptimo día es reposo “para Jehová”, por lo cual ninguna persona ni sus seres vivos relacionados (hijo, hija, siervo, criada, bestia de carga, extranjero) puede trabajar, “porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó” (Exodo 20:11).

 

Del mismo modo, Jesús descansó en el día de reposo.  Después de haber obrado en la cruz la más sublime obra de salvación que pudiera pensarse, descansó “para Dios” porque él es Dios, y Dios reposa al séptimo día, y lo bendice, y lo santifica.  Por eso también dice el autor de Hebreos (4:9-10): “Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas.  Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios”.

 

Las obras de Dios continuarán de un modo maravilloso el día de mañana.  Hoy, sin embargo, el maestro reposa.  Descansa de todos sus dolores y angustias, reposa más allá de los insultos y el escarnio, la bendición de la fría muerte está con él para que pueda descansar en paz.  Y así descansa, en la paz de Dios, nuestro Señor.

 

Desde muy antaño, sin embargo, algunos cristianos afirmaron que el así llamado por entonces “Sábado de Gloria” el Señor descendió a los infiernos.  El concepto quizá fue impulsado por el discurso de Pedro en el día de Pentecostés, cuando afirmó en relación con la resurrección de Jesucristo, que “su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción” (Hechos 2:31. Véase también 1 Pedro 3:18-19 y 4:6).

 

¿Significa ésto que el sábado en que Jesucristo estuvo muerto pasó por el infierno donde predicó el evangelio a los espíritus que allí se encuentran?  Si esto se quiere afirmar, el testimonio bíblico es muy endeble.  Desgraciadamente, a pesar de que este descenso de Cristo a los infiernos es apenas un episodio oscuramente sugerido por Pedro en el Nuevo Testamento, despertó una gran curiosidad entre los primeros cristianos y se convirtió en foco de muchas leyendas cristianas.

Si el Señor “descendió a los infiernos”, como también el Credo Apostólico (Nicea, 325) lo sugiere, lo sabrá Dios. Desde nuestro punto de vista humano y natural, Jesucristo murió el viernes.  El sábado estuvo muerto, enterrado en la tumba de José de Arimatea.  Descansó en la paz de los justos.  Descansó de todos sus trabajos.  Descansó, porque es Dios.

 

El sábado Jesús descansó, pero ¡llegará el domingo!

30 Mar '13

Deja un comentario

*