EL FIN DE LA HISTORIA

– Por Daniel Carro –
Leer Marcos 15:1-47.

El jueves nunca concluyó para Jesús, y llegó el viernes.  Marcos lo divide en cuatro segmentos.  De 6 a 9, Jesús es condenado y crucificado (Marcos 15:1-24).  De 9 a 12, ya en la cruz, Jesús sufre el escarnio y el insulto (Marcos 15:25-32).  De 12 a 3 hubo tinieblas sobre toda la tierra, y Jesús expiró (Marcos 15:33-41).  A las 6 de la tarde, fin del día según los Judíos, y antes que comenzara la preparación del sábado, Jesús es sepultado (Marcos 15:42-47).

En el primer cuarto del día Jesús es llevado atado ante Pilatos por la crème de la crème de la política judía del momento.  Marcos no quiere que ninguno quede sin su parte de responsabilidad, y los menciona por nombre: los principales sacerdotes, los ancianos, los escribas y todo el Concilio (Marcos 15:1).  Ellos hubieran matado a Jesús si hubieran podido hacerlo.  La ley romana, sin embargo, se reservaba para sí el derecho a la pena capital.  Los principales entre los judíos no tuvieron más remedio que llevarlo a Pilatos para que él decretara la muerte.

Pilatos no tenía nada contra Jesús.  El pensaba que esto eran cuestiones de judíos, y no quería quedar involucrado.  Pilatos se extrañó mucho que Jesús no presentara ninguna defensa de sí mismo, lo cual le daba menos deseos de condenarlo.  Pilatos piensa que los principales sacerdotes se lo entregaron “por envidia” (Marcos 15:10), y calcula que, si ofreciera al pueblo la oportunidad de pedir por su vida, ellos defenderían a Jesús.  Por eso ofrece soltarles un preso.  Los principales sacerdotes, sin embargo, no se quedaron quietos.  Ellos “incitaron a la multitud” (Marcos 15:11) para que no sólo pidieran por otro preso, Barrabás, sino que pidieran a gritos la crucifixión del Señor (Marcos 15:12-14).  Sin otro escape, Pilatos entregó a Jesús para que fuera crucificado, no sin antes azotarlo, como era la costumbre.

Al llegar al pretorio tuvo que sufrir el insulto y el escarnio de los soldados.  Le vistieron burlonamente de púrpura, color distintivo de las vestiduras reales, le “coronaron” con espinas, le golpearon la cabeza con una vara, le escupieron y, como Pilatos había ordenado, le azotaron.  Cuando los muchachos tuvieron lo suyo, lo sacaron para crucificarlo al lugar que se llama “de la Calavera”, en hebreo Gólgota.  Le dieron vino con mirra, como era la costumbre, aunque él no lo tomó, y echaron sus vestidos a suerte entre ellos.

A las 9 de la mañana, “la hora tercera” (Marcos 15:25), lo crucificaron entre dos ladrones.  Pilatos había resumido la causa de su muerte: “El Rey de los Judíos”.  En la cruz los insultos no cesaron.  Los que pasaban lo insultaban, los principales sacerdotes se burlaban de él, y aún los que estaban crucificados con él lo insultaban.  El Hijo de Dios, Rey de Reyes y Señor de señores, entregado a la más baja de las vejaciones posibles, en un instrumento de tortura por excelencia como la cruz, antes de “dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45), sufrió en carne y en espíritu la más profunda necedad de la raza humana.

Cuando llegó el mediodía, “la hora sexta” (Marcos 15:33) un manto de tinieblas cubrió la tierra como hasta las 3 de la tarde.  Enfrascado en su dolor, Jesús comenzó a recitar el Salmo 22 en arameo.  Por la similitud de las palabras, los que le escucharon pensaron que llamaba al profeta Elías para que lo salvara.  Un soldado, quizá por compasión, le alcanzo una esponja con vino ácido, pero Jesús, lanzando un grito fuerte, expiró.

Al morir, el velo del templo, que separaba el lugar santo del santísimo, el mismo velo sobre el cual los sacerdotes rociaban la sangre de los corderos inmolados en la Pascua, se rasgó de arriba abajo.  La sangre del Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, era demasiado pesada para un débil velo religioso.  El jefe de la guardia romana que había comandado la crucifixión aquel día, no pudo menos que reconocer: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39).

A las seis de la tarde, “cuando llegó la noche” (Marcos 15:42), quizá advertido por las mujeres que habían estado mirando de lejos la crucifixión (Marcos 15:40-41), un discípulo secreto de Jesús, José de Arimatea, que Marcos (15:43) describe como un “miembro noble del Concilio”, pidió a Pilatos el cuerpo de Jesús.  Lo bajó de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro cavado en una peña sobre cuya entrada hizo rodar una gran piedra.

El Señor había muerto.  A todas luces, la historia ha llegado a su fin.

Fuente: ABA

30 Mar '13

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