EL DÍA SIN FIN

– Por Daniel Carro –

Leer Marcos 14:12-72.

Jesús había venido a Jerusalén para celebrar con sus discípulos la fiesta de la Pascua.  Siguiendo las estipulaciones del Deuteronomio (16:5-8), la Pascua sólo podía celebrarse en Jerusalén.  Se celebraba con la familia.  Para Jesús, sus discípulos eran su verdadera familia, y con ellos quería celebrarla (Marcos 3:31-35).

La Pascua requería la muerte de un cordero.  No podía ser cualquier cordero.   Según la Ley de Moisés (Exodo 12:5-6), la víctima debía ser macho (por considerarse al macho la fuente de la vida), sin defecto (para que sea acepto a Dios), de un año (en consonancia con la estipulación de las primicias), y debía ser separado del rebaño (como señal de santificación).

El cordero se mataba el mismo día, se lo asaba y se lo acompañaba con otros elementos de la comida que recordaban a los Judíos su salida de Egipto: hierbas amarga (que simbolizaban la amargura de la esclavitud), una pasta de manzanas y nueces picadas y amasadas con vino (que les recordaban los ladrillos que fabricaban en Egipto), unas verduras saladas (símbolo de las lágrimas que habían derramado en Egipto) y otros elementos que variaban según las distintas costumbres familiares.

Evidentemente, todo eso no podía prepararse en un día, especialmente el cordero.  Pero Jesús lo tenía todo preparado.  Signo de su previsión es la orden que da a sus discípulos de encontrar “un hombre que lleva un cántaro de agua” (extraña visión, porque los cántaros de agua eran usualmente llevados por mujeres), y seguirlo hasta la casa de la celebración, que tenía un gran salón en la terraza.

Los discípulos “hallaron lo que les había dicho, y prepararon la Pascua” (Marcos 14:16).  Cuando se hizo la noche se juntaron a comer y disfrutaron de la cena pascual como todo buen judío en aquel tiempo.  Lo que ninguno de ellos se imaginaba es que había otro Cordero preparado para ellos, Jesús mismo.  Así como Juan el Bautista había anunciado (Juan 1:29), “he aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, durante la celebración Jesús tomó el pan y el vino, propios de la cena de Pascua, y los entregó a sus discípulos en símbolo de su propio cuerpo y de su propia sangre, una “sangre de un nuevo pacto que por muchos es derramada” (Marcos 14:24).

Era la celebración de una nueva Pascua, no una que celebraría la salida de la esclavitud de Egipto, sino una que celebraría la salida de la esclavitud del pecado, como recordaría más tarde Pedro (1 Pedro 1:18-19) que “fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir . . . no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”.  Esa pascua es la que todos recordamos, la muerte y la resurrección de nuestro Señor como anticipo del reino de Dios en el cual todos aquellos que entregamos nuestra vida en su servicio celebraremos la nueva vida, eterna, en la casa de Dios.

Después de la cena los acontecimientos se desarrollaron con una velocidad estrepitosa.  Jesús salió con sus discípulos a orar al jardín del Getsemaní al pie del Monte de los Olivos (Juan 18:1).  Los discípulos, cansados del trajín del día, dormían.  Pero Jesús  “comenzó a entristecerse y angustiarse” (Marcos 14:33) pidiendo al Padre que le liberara de esa hora.  La negativa del Padre, aunque no se registra, se da por entendida.  Su oración fue interrumpida por una turba que, de parte de los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos, y liderada por el traidor Judas, salió a prenderle con espadas y palos.  Esa noche Jesús no dormirá.

Jesús pudo haber huido esa noche.  Como ya dijimos antes, desde el Monte de los Olivos la vista de Jerusalén es panorámica.  Desde Getsemaní seguramente Jesús vio la multitud que venía hacia él.  Conocedor del camino, si hubiera querido huir, Jesús sólo tenía que caminar rápidamente en la otra dirección, la cual le llevaría de vuelta a Betania, y de allí a Jericó o a cualquier otro lugar donde él hubiera querido ir.  Finalmente, el propósito para el cual él había venido a Jerusalén, comer la Pascua con sus discípulos, ya se había cumplido.  Pero Jesús tenía otro propósito, y otra pascua más importante que instituir: la suya propia.

Por eso no escapó.  En otras ocasiones Jesús se escondió o se escapó de quienes quisieron hacerle mal, pero esta vez se entregó, así como el profeta Isaías (53:7) había predicho: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca”.

La noche sería muy larga, el juicio del Concilio judío estaría lleno de falsos testimonios, Pedro, uno de sus principales apóstoles le negaría, el prefecto romano de la provincia de Judea, Poncio Pilatos, se lavaría las manos y lo entregaría para ser crucificado, la multitud lo despreciaría prefiriendo a Barrabás y gritando contra él: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” (Marcos 14:12-14).

Sin haber podido siquiera dormir, Jesús tuvo que enfrentar el peor día de su vida, un día verdaderamente malo.  Marcos lo relatará con lujo de detalles.

Fuente: ABA

30 Mar '13

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