EL DÍA DE LA IRA DE DIOS

– Por Daniel Carro –

Leer Marcos 11:12-19.

La noche anterior, después de haber observado todo con detenimiento, Jesús salió del templo con el sentimiento de que debería hacer algo.  Lo que vio no le gustó, y pasó la noche pensando cómo dar una lección a aquellos comerciantes de la religión.  Al salir de Betania, esta mañana, la decisión estaba tomada: Volvería al templo para darles una fuerte reprimenda.

Los judíos del tiempo de Jesús no desayunaban hasta media mañana.  A la mitad del camino a Jerusalén, apareció una higuera.  Teniendo hambre, y viendo que la higuera tenía hojas, Jesús anticipa encontrar higos, o al menos algunas brevas.  No encuentra higos, sólo hojas.  La analogía era perfecta, y Jesús la maldice: “¡Nunca jamás coma nadie fruto de tí!” (Marcos 11:12).  ¿Qué culpa tenía la higuera?  La higuera, como la vid, era un símbolo de Israel (Lucas 13:6- 9).  La higuera le recuerda a Jesús lo que haría esa mañana, y eso aumenta su ira.

Al llegar a Jerusalén van derecho al templo.  Los puestos de cambio y venta de animales, que la tarde anterior estaban siendo desmantelados, ahora estaban renovados en todo esplendor.
Diversos comerciantes, apañados por los principales sacerdotes, vendían bueyes, ovejas y palomas (Juan 2:14), y cambiaban monedas extranjeras (consideradas impuras) por monedas de Tiro, que eran las únicas que se aceptaban como ofrendas, o para el pago del impuesto anual del templo (Mateo 17:24).  El negocio era lícito, pero no en el templo.

Lo que verdaderamente molestaba a Jesús era el hecho de que estos negocios se hacían en el atrio exterior, también llamado Atrio de los Gentiles, el único lugar donde algún no-judío podría acercarse a escuchar la Palabra de Dios.  Entre los mugidos y balidos de los animales, los gritos de compra-venta, y el sonar de las monedas, nadie en ese atrio podría escuchar nada de lo que estuviera sucediendo en el interior del templo.  Al modo de los profetas de antaño, la ira del Señor se manifiesta contra quienes han profanado el sentido del templo de Dios.

En una parábola en acción, el Hijo de Dios toma sobre sí la profecía del “día de la ira de Dios” (Isaías 13:9-13, Jeremías 42:18).  Su espíritu se enardeció, y “haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas” (Juan 2:16), mientras les enseñaba diciendo: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones, pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Marcos 11:17).

La humildad del Señor no previene su ira.  La ira de Jesús tiene un propósito didáctico: enseñar la justicia de Dios, sin la cual el amor de Dios carece de sentido.

La ira de Jesús se despertó, pero sin pecado (Efesios 4:26).  Que sepamos, fue la única ocasión en que Jesús utilizó la fuerza, pero sin dañar a nadie.  El propósito de Jesús al limpiar el templo no fue destruir a alguien, o hacer daño.  Lo que molestó al Señor fue ver a estos desvergonzados comerciantes convertir su casa de oración en un comercio.

Los comerciantes se fueron, pero los escribas y los principales sacerdotes, que sin duda llevaban parte de las ganancias de esas ventas en el templo, se molestaron mucho.  El texto dice que “buscaban cómo matarlo, porque le tenían miedo, por cuanto el pueblo estaba admirado de su doctrina” (Marcos 11:18).

Es la primera vez esta semana que aparecen en escena estos malvados personajes.  Ellos serán los que trabajarán entre bambalinas para lograr la muerte del Señor.  Eso llegará el viernes.

Por el momento, “al llegar la noche, Jesús salió de la ciudad” (Marcos 11:19), evidentemente de vuelta a su Betania, con sus discípulos, a casa de sus amigos.  Para Jesús, la amistad es el valor más alto en el reino (Juan 15:12-17).  No perderá oportunidad esta semana de pasar sus últimos momentos junto a ellos.

Fuente: ABA

28 Mar '13

Deja un comentario

*