ESPECIAL DE NOCHE DE BRUJAS

– Dr. Alvaro Pandiani –

No es la intención de la presente reflexión destacar el retrofondo pagano y ocultista de los símbolos y emblemas de esta “celebración” llamada popularmente Halloween, para demonizar la misma y advertir solemnemente acerca de lo negativo que puede resultar para la salud espiritual (y quizás mental) de quienes participen en ella. Eso ya se ha hecho, y en forma bastante completa; y en nuestra meditación de hoy seguramente surgirán datos y conclusiones en ese sentido.

En esta instancia me gustaría aproximarme a este tema formulando algunas preguntas. En primer lugar, creo que deberíamos preguntarnos cómo aquella fecha ritual precristiana de Samain o Samahin,  observada por los pueblos celtas, se transforma en esta actual fiesta de Halloween; qué vincula un oscuro y tenebroso mito pagano de la antigüedad con los actuales bailes de disfraces saturados de elementos macabros tomados a broma. Y segundo, qué tuvo que ver la Iglesia en semejante metamorfosis, si es que algo tuvo que ver, y cuál fue su participación; cuales fueron los logros y fracasos de ese cristianismo pujante, triunfante y dominante a lo largo de los siglos, que explican la supervivencia de primitivos ritos paganos, y si encontramos allí lecciones para nuestra actual forma de vivir y predicar el evangelio.

Samain. Es el punto de partida para aproximarnos a comprender el carácter pagano, basado en antiguas creencias precristianas surgidas de la mitología celta, de esa tríada formada por los días que van desde el 31 de octubre al 2 de noviembre (Halloween – Día de Todos los Santos – Día de Difuntos). La fiesta de Samain, según el calendario irlandés antiguo, se celebraba el 1° de noviembre; la noche del primero al dos de noviembre, según el especialista francés en literatura medieval Philippe Walter, “es el momento en que los seres del Otro Mundo tienen permiso, transitoriamente para visitar a los vivos, pero también es el momento en que los vivos pueden tener acceso, furtivamente, al Otro Mundo” (Mitología cristiana. Editorial Paidos. Buenos Aires, 2004). Walter aclara que el Otro Mundo, en esta mitología, no debe ser entendido en un sentido cristiano, como el mundo de ultratumba, donde residen las almas de los difuntos; en las creencias celtas, el Otro Mundo es un concepto más amplio: es el lugar de los aparecidos y fantasmas, el mundo de las hadas, duendes y otros seres mágicos. Según La leyenda de la muerte, contada en Bretaña, la noche de Samain la Carroza de la Muerte arrastra las almas hacia su morada; en esa noche del primero de noviembre, las personas debían tener cuidado de no encontrarse en el camino de la Carroza, pues corrían el riesgo de ir a parar ellos también al Otro Mundo. También según estas creencias, en la noche de Todos los Santos un personaje oye un escándalo formidable: se trata de la carroza infernal precipitándose en el más allá con un cortejo de cadáveres y fantasmas. También se dice que el diablo corre detrás de una muchedumbre de almas aullantes, llevándoselas al infierno. Walter no aclara aquí si esta referencia al diablo se aplica a un personaje propio de la mitología celta, quizás uno de los Formoré o gigantes, agentes del caos, o representa la infiltración en las creencias mitológicas celtas de un personaje que tiene su origen en la doctrina cristiana basada en la Biblia, tratándose por lo tanto del ejemplo de algo que merece comentarse: el sincretismo religioso propiciado por la Iglesia con el objetivo de imponer su hegemonía. Según esta leyenda, el diablo cumpliría la función de psicopompo, o transportador de almas hacia el inframundo. Tal función, que en la mitología grecorromana era cumplida por el dios Hermes o Mercurio, no tiene un fundamento bíblico que la atribuya al diablo. En Lucas 16:22, cuando Jesús relata la parábola del rico y Lázaro, menciona a los ángeles como psicopompos del alma del mendigo, el cual es llevado a un lugar de consuelo y bienaventuranza. Pero en Lucas 12:5 Jesús sugiere claramente que quién arroja al infierno las almas de los impíos es el mismo Dios. No deja de resultar interesante todo esto, pues aún hoy día se repite un refrán muy arraigado en el lenguaje popular: cuando vemos que alguien corre o se desplaza con gran rapidez, decimos que va “como alma que se lleva el diablo”; con esta expresión, enraizada en nuestra herencia religiosa y cultural cristiana, parecemos aceptar la idea de que el diablo es quién transporta las almas de los réprobos hacia el infierno. Esto podría interpretarse como la persistencia  en nuestra cultura de un concepto religioso sincrético, fruto del proceso de cristianización llevado adelante por la Iglesia en otros siglos, sobre el que volveremos a hablar más adelante.

La fecha ritual de Samain representa, por lo tanto, un alto en el transcurso de la realidad normal; como dice Walter, es una “fractura en el tiempo”. Este mundo y el Otro se conectan, y durante esa noche hay libre tránsito en ambos sentidos. Es una fecha de “Paso”, también según el medievalista que estamos consultando; una noche de Paso desde y hacia el Otro Mundo. La forma cristianizada de esta fiesta celta, establecida en el año 835 por el papa Gregorio IV, es el Día de Todos los Santos, es decir, de los santos vivos y los santos muertos, unidos en una fecha ritual; y en el Día de Difuntos, fijado por Odilón, abad del monasterio de Cluny, en el año 998, la visita de los aparecidos desde el Otro Mundo se trasmuta en la visita a los difuntos en el lugar de su último reposo, es decir, el cementerio. Y la reflexión al respecto de la institución de la conmemoración de difuntos el 2 de noviembre es muy interesante. Lo que Odilón habría hecho fue ajustar las creencias de la noche de Samain, respecto a la migración fúnebre que las almas emprendían en esa época del año, dentro de un marco religioso cristiano que les agregaba un elemento de esperanza, pues el más allá no presentaba únicamente la terrible perspectiva del infierno sino, ahora también, la posibilidad de acceder al paraíso. Esto constituye un magnífico ejemplo del proceso de cristianización; un proceso que no elimina las creencias paganas previas, sino que las apropia y reinterpreta, otorgando a sus personajes míticos, a sus hechos y hazañas, un revestimiento cristiano, de modo que los nuevos cristianos puedan serlo, sin abandonar del todo sus viejas creencias.

La fiesta de Halloween, o Noche de Brujas, es celebrada el 31 de octubre, es decir, en víspera de Todos los Santos (All Hallows Evening, expresión anglosajona de la que se deriva Halloween). Esta noche es, según Philippe Walter, una “noche del demonio”, en la que, de acuerdo a las antiguas creencias, entrarían en escena fuerzas sobrenaturales que representan una amenaza para los seres humanos. La noche de Halloween se caracteriza por creencias en magia y brujería, y por la intromisión del mundo de la hechicería en la realidad cotidiana; o sea que también representaría un momento de “fractura en el tiempo”, al decir de este especialista, quién sobre estas festividades finaliza diciendo: “Samain y Halloween permiten el dialogo con el Otro Mundo. Autorizan la aparición de una magia más o menos peligrosa”. Es pertinente recordar que Philippe Walter en ningún momento se identifica a sí mismo como cristiano.

¿Por qué, entonces, Halloween es una “fiesta” o “celebración”? Porque lo que hasta ahora hemos visto es bastante macabro; la fecha se vincula con brujería, fantasmas, demonios y muerte. ¿Qué hay para celebrar en la muerte y el terror, por personas mentalmente sanas al menos? Más allá de que hoy en día esta fecha es de importancia ritual para los practicantes de la magia y la brujería, así como para los seguidores del satanismo, ¿por qué la generalización de las tradiciones de Halloween, tales como disfrazar a los niños, el trato o treta, las calabazas iluminadas y los bailes de disfraces tenebrosos, todo lo cual es visto hoy como una diversión secular, pero que a los cristianos nos da tanto prurito?

Volviendo otra vez atrás en el tiempo, hacia el pasado precristiano, nos encontramos con que el 31 de octubre era nada menos que la víspera del año nuevo celta; de hecho, en irlandés antiguo, Samahin significa “fin del verano”. Los celtas se preparaban, haciendo acopio de alimentos, para la llegada de la estación oscura (el invierno). Cuando llegaba la fecha ritual en que se abría el “Paso” de seres desde el Otro Mundo, los druidas, personeros de la religión celta, implementaban medidas para protegerse de los espíritus malévolos: disfraces, grandes fogatas, sacrificios de animales, y sacrificios humanos. También el trato o treta, tan popularizado hoy día desde el cine norteamericano, tiene su antecedente en los atropellos cometidos por los druidas contra las familias residentes en sus aldeas, a quienes les exigían comida y animales para sus rituales, so pena de acciones violentas contra quienes se negaran a darles lo que pedían. La gente común también procuraba protegerse de los malos espíritus en esa noche, con medios similares. Uno de los recursos más populares para esto, la calabaza iluminada por dentro con una vela, parte de la leyenda de Jack el Tacaño, vendría mucho después, cuando ya en el siglo 19 los inmigrantes irlandeses en Estados Unidos trajeron la fiesta de Halloween a dicho país, donde se popularizó enormemente y siguió un curso evolutivo que la llevaría a su forma actual: la forma de una fiesta mundana, caracterizada por juegos y travesuras infantiles, y reuniones bailables de disfraces, que aparentemente no es más que una ocasión para salir y divertirse. Pero una fiesta profundamente impregnada de los motivos y características de la antigua Samain: la conexión abierta con el Otro Mundo celta, un más allá lúgubre e infernal, que por un día y una noche trae a nuestra realidad los rostros de la muerte, de lo oculto y tenebroso; cadáveres y espectros, esqueletos, féretros y fantasmas, brujas que vuelan en sus escobas, duendes y demonios. Un auténtico universo de lo sobrenatural, demoníaco y sombrío, tomado a broma, desmitificado y desdramatizado.

¿Por qué es tan popular Halloween, y por qué se ha extendido tanto? Para intentar  responder esto, vamos a ir de menos a más; o mejor dicho, de lo natural a lo espiritual. En este sentido, lo primero a tener en cuenta es la penetración cultural norteamericana, sobre todo en América Latina donde, en unos países más que en otros, esta cultura es casi hegemónica, y donde también se ha extendido la costumbre de celebrar Halloween. Como decíamos hace unos años respecto a las leyendas y costumbres de Navidad, una penetración cultural norteamericana vehiculizada a través de su producción literaria, pero fundamentalmente cinematográfica y televisiva, que exporta la imagen del “modo de vida americano”, con sus costumbres y moderno estilo de vida. Unido a esto y ya desde nuestro lado de la frontera, debemos mencionar la presión del mercado y los comerciantes. También lo comentábamos hace tiempo: como ocurrió con Navidad, el comercio vio aquí otra veta a explotar, colaborando a través del mercadeo en la popularización de una fiesta foránea, pero que una vez instalada traería dividendos. Es sugestivo de esto cómo en octubre los negocios y tiendas se engalanan de motivos relativos a Halloween (brujas, esqueletos, féretros y calabazas), en una especie de preámbulo de la Navidad, que el mercado comienza a explotar casi inmediatamente después del 31 de octubre.

En tercer lugar, no olvidemos las características de la naturaleza humana. Su sensualidad o natural inclinación a los placeres superficiales y gratificaciones corporales (fiestas, diversión, bebidas, sexo sin compromiso), que hará dar la bienvenida a todo lo que sea risa, festejo y jolgorio. Y la avidez por experiencias nuevas y fascinantes que también caracteriza a muchas personas, incluida la seducción ejercida sobre ellos por lo sobrenatural, misterioso o inexplicable. Halloween implica un coqueteo risueño y divertido con la muerte, la brujería y todo lo tenebroso; pero un coqueteo exento de riesgos, festivo e inocente, por lo menos en apariencia. Al respecto de esto debemos agregar que en una cultura como la nuestra, que ha perdido la fe religiosa tradicional y busca un retorno a la espiritualidad a través de ofertas multiformes, poco estructuradas y sin respaldo sólido, las personas se enfrentan a una total falta de respuestas capaces de brindar consuelo ante la muerte y lo absoluto. En este contexto, Halloween ofrece una verdadera trivialización de la muerte y el más allá, y no sería desatinado pensar que en ese aspecto esté uno de los factores de su popularidad.

Por último, merece comentarse el proceso ya mencionado de cristianización, usado durante siglos por la Iglesia como método de extensión de la fe. Volviendo a Philippe Walter, éste dice al respecto: “Al no poder eliminar las creencias y los ritos del paganismo, la Iglesia se dedicó a transformarlos en un sentido que se ajustara a sus enseñanzas”. La cristianización fue un compromiso, llevado adelante por una Iglesia que pretendía imponer su supremacía espiritual sobre todas las personas. Este compromiso, más que cumplir la Gran Comisión de evangelizar a todas las naciones, pudo haber representado una traición al mandato implícito en dicha Gran Comisión. En este contexto, evangelizar es comunicar el mensaje en cuyo eje está la invitación de Jesús. Esta invitación contiene una demanda radical; para Jesús, volverse su seguidor implica renunciar a todo, morir y nacer de nuevo. Quizás un buen ejemplo de lo radical que deben ser las demandas de un mensaje evangelístico sea lo sucedido cuando Pablo y Bernabé predicaron en Listra (Hechos capítulo 14): cuando, después de un milagro de sanidad, las personas tomaron a los apóstoles por Júpiter y Mercurio, y quisieron ofrecerles sacrificio como a dioses, ellos dijeron: “Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo” (v. 15). El mensaje es claro: abandonar las viejas creencias paganas, y convertirse al único Dios verdadero. Ese es el signo de la adecuada evangelización; todos son llamados, pero entran sólo quienes responden atreviéndose a ese cambio radical que pide Jesús. Por contrapartida la cristianización, que hace entrar a todos de cualquier manera y sin un verdadero cambio, representa el fracaso de la evangelización.

La pagana y demoníaca Noche de Brujas, seguida de un supuestamente cristiano Día de Todos los Santos, que también oculta antiguos mitos paganos, es un ejemplo actual de esto.

Publicado anteriormente en web de Radio TransMundial

19 Oct '12

Hay 1 Comentario.

  1. alicia
    12:09 pm octubre 21, 2012

    Me pareció muy extenso este artículo cuando lo abrí, pero de verdad se me hizo muy interesante al irlo leyendo. Es muy completo y mete miedo a esta “celebración”. Muy claro y conciso.
    Voy a compartirlo con otros, pero está tan disfrazada de diversión que no es tarea fácil que nos escuchen. Veremos cómo le hacemos!

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