UNA CUESTIÓN DE VIDA O MUERTE

Desde los Diez Mandamientos hasta los Códigos Penales se ha escrito mucho en defensa de la vida. Preservarla tiene tal importancia que la pena capital se ha practicado a lo largo del tiempo como un castigo que no admite parangón, ya que priva al hombre del mayor de todos sus bienes y del más elevado de los valores. La evolución de las sociedades en los últimos siglos (exceptuando a los regímenes monstruosos) ha desarrollado esa defensa y ha acentuado esa valoración hasta convertirlas en uno de los cultos más cuidadosamente transmitidos en todo marco civilizado. Bajo ese progreso, la vida ha llegado a estar protegida por la ley, por la cultura, por la moral, por la medicina y hasta por el instinto de una especie que se ufana de seguir prolongando el plazo de la existencia humana. No parece haber discusión para reconocer que entre todos los derechos del individuo, la vida es el primero.

Lo terrible, sin embargo, es que tales consideraciones pertenecen al área racional y por lo tanto ese privilegio -el de los derechos juiciosamente amparados- no abarca a todo el mundo. Queda mucha gente al margen, en una zona oscura donde siguen ejercitándose impulsos primitivos y fuerzas elementales, capaces de proceder a un exterminio o asesinar al prójimo sin dudarlo, quizá porque es más fácil accionar el brazo que la cabeza. La zona iluminada, en cambio, cubre apenas hasta donde llega la cordura, esa franja en que la lucidez y el control se dan la mano para asegurar el equilibrio colectivo que garantiza la vida de todos, o pretende hacerlo. Más allá de ese terreno, empero, la amenaza irracional nunca ha dejado de acechar al ámbito de la razón, como un baluarte asediado por muchos métodos de asalto, desde la locura bélica o el desenfreno social, hasta el odio genocida o la rapacidad materialista.

No obstante, basta con abrir los ojos y los oídos para descubrirlos, reconocer sus gestos y aprender a temerlos. Uno de ellos ha invadido México y es un fantasma sin cabeza, porque los narcos se especializan en decapitar a sus miles de víctimas. Otro recorre Siria y es una bestia de dos colores, porque opone el verde de los uniformes militares al rojo de los cadáveres ensangrentados de la población civil que sucumbe por alzarse contra la dictadura. Otro es un gusano tatuado, porque opera a través de bandas juveniles con inscripciones en todo el cuerpo, que siembran el miedo en El Salvador. Otro es un muñeco engalanado, porque actúa en los centros financieros multiplicando fortunas fraudulentas y provocando la ruina o el suicidio de mucha gente. Otro es un animal volador, porque planifica por cuenta de algunas potencias un ataque aéreo contra Irán, cuyo gobierno incuba a sus propios engendros. Otro es brillante como el platino, porque masacra en Sudáfrica a los trabajadores de una mina de metal precioso, con balas que relucen igual que ese mineral.

Las formas de glorificar la muerte también son múltiples y no hace falta oprimir un gatillo ni tirar una bomba para ingresar a la cofradía. Una de esas formas consiste en someter a niños y niñas a la esclavitud sexual que también es una industria rendidora, no solo en el sudeste asiático y no solo a través de videos escalofriantes. Otra forma es el enrolamiento de más niños para hacerlos pelear como soldados de guerras fratricidas en Uganda o Colombia, o quizá para utilizarlos como repartidores de droga en Nápoles o en Río. Otra forma consiste simplemente en tolerar el crecimiento de bolsones de miseria donde las penurias del medio fomentan el malestar y actúan como acumuladores de la violencia.

Ese espectro de tantas caras se levanta en un mundo donde cada día es más difícil combatir a favor de la vida, que a pesar de todo es la mejor de las batallas y ha sido históricamente la vieja lucha de los santos, los héroes, los sacrificados, los artistas y los pensadores. En cambio el batallón de la muerte es pesado, además de ser poderoso y agresivo, pero estar a favor de la vida otorga las ventajas que solo pertenecen a quienes tienen la razón, dicen la verdad, conocen la belleza, apuestan a la virtud, eligen la serenidad, confían en los principios, exaltan la ilustración, desenmascaran la hipocresía, cultivan las ciencias, apaciguan la violencia, escapan de la soberbia y celebran la bondad en ese desafío de vida o muerte.

Fuente: El País digital

25 Ago '12

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