¿MATRIMONIO RELIGIOSO?

– Álvaro Pandiani –

    No hace mucho salió en la prensa de nuestro país un artículo informando acerca de un proyecto de ley cuyo objetivo es eliminar el carácter obligatorio del matrimonio civil, pudiendo, si así lo desearen los contrayentes, ser celebrado exclusivamente por un ministro religioso, de una comunidad religiosa debidamente registrada y con personería jurídica. Según el diputado Pablo Abdala del Partido Nacional, que es quién presentó e impulsa este proyecto de ley, el mismo tendría como fundamento “la necesidad de garantizar y profundizar la libertad de conciencia y de religión”; también se afirma que “la obligatoriedad del matrimonio civil constituye una restricción, o bien, un condicionamiento a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa de las personas” (www.elpais.com.uy/…/pnacio_648478.asp?…).

    No deja de ser sugestivo que un legislador entienda necesario “garantizar la libertad de conciencia y de religión”, en un país en el que supuestamente se vive la tolerancia y el respeto a la diversidad predicados desde hace años, fundamentalmente por los gobiernos de izquierda. Este punto por sí solo merece ser tenido en cuenta, toda vez que quienes hablamos desde nuestra profesión de fe cristiana nos hemos visto  obligados a llamar la atención sobre el hecho de que, en algunas oportunidades, la tolerancia pregonada desde tiendas oficialistas parece una avenida de una sola mano, que favorece exclusivamente aquellas posturas que – en el uso de nuestra libertad de conciencia y de expresión – nosotros consideramos inmorales y anticristianas.

    En el caso concreto de este proyecto de ley, el enfoque en el matrimonio celebrado por ministros religiosos y su validez civil hace que, como cristianos y como Iglesia, debamos plantearnos si tenemos claro el concepto de matrimonio, tal como la Biblia lo enseña; es decir, el matrimonio como marco legítimo, instituido por Dios, para una relación plena entre un hombre y una mujer. Esto, más allá de si el proyecto de ley mencionado prospera, o naufraga en el mar de ideologías diferentes y muchas veces contradictorias que caracteriza nuestro Parlamento. Esta consideración es más pertinente aún en un país como Uruguay, en el cual desde hace años existe una ley que regula la unión concubinaria, otorgando un cierto marco legal a una unión libre, no consagrada como verdadero matrimonio. Es necesario, entonces, volver a las bases bíblicas del matrimonio.

    Las palabras de Jesús en Marcos 10:8 y 9: “no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”, constituyen una de las expresiones bíblicas sobre el carácter sagrado y – pretendidamente – definitivo del matrimonio. La unión indisoluble de un hombre y una mujer en un lazo de amor que implica enfrentar el resto de la vida juntos, aferrados a la decisión de permanecer unidos pase lo que pase, parece hoy en día la utópica evocación de un ideal ya abandonado; abandonado con una actitud de resignación, como habiendo desistido de la prosecución por alcanzar una meta hoy día considerada imposible. Además, en nuestra actual cultura saturada de divorcios, uniones libres, relaciones pasajeras u ocasionales, y una universal ignorancia de lo que significa el verdadero amor, en cuanto sacrificio por la felicidad del ser amado, en semejante cultura tal ideal de matrimonio parece absurdo. Y eso pese a que aún existen matrimonios que siguen juntos hasta que la muerte lo separa.

    Porque, sin embargo, ese es el ideal de matrimonio que la Biblia nos presenta. Las palabras “lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”, son categóricas; expresan además que el matrimonio implica un compromiso, o contrato, celebrado entre un hombre y una mujer (según el contexto), ante Dios y consagrado por Él. Expresan también que Dios se toma muy en serio la institución del matrimonio. Así también Malaquías 2:13 y 14: “… aún hacéis más: cubrís el altar del Señor de lágrimas, de llanto y de clamor; así que no miraré más la ofrenda, ni la aceptaré con gusto de vuestras manos. Mas diréis: ¿Por qué? Porque el Señor es testigo entre ti y la mujer de tu juventud, con la cual has sido desleal, aunque ella era tu compañera y la mujer de tu pacto”. Las referencias a la deslealtad (infidelidad), del hombre contra la “mujer de su juventud” (la esposa), que es la “mujer de su pacto” (el matrimonio), y las alusiones a lágrimas, llanto y clamor, (¿sufrimiento y dolor de la esposa traicionada?), hacen que estas palabras, escritas por un profeta cuatrocientos años antes de Cristo, tengan una sorprendente actualidad. Y la mención del rechazo de Dios hacia los esposos desleales evidencia su desagrado ante el adulterio, pecado que aunque aparentemente es muy personal y privado, parece ser una transgresión del pacto matrimonial que Dios no está dispuesto a pasar por alto. También evidencia que para Dios el matrimonio es cosa muy seria.

    Por lo menos, desde el punto de vista bíblico, al que los cristianos adherimos en forma medular.

    Podríamos incluso generalizar esta consideración de cómo Dios ve los pecados “domésticos”, y llevarla más allá de los “pecados sexuales”, cuya vinculación con el matrimonio, marco legítimo de la expresión de la sexualidad humana como fuente de felicidad en la vida de pareja, sale en Hebreos 13:4: “Honroso sea en todos el matrimonio y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios”. Esta breve sentencia, bien que enérgica y dura, es clara en cuanto a la posición bíblica sobre la práctica del sexo fuera del matrimonio (fornicación y adulterio): la perspectiva es juicio (desaprobación y condena moral, si queremos ser suaves; castigo y condenación eterna si no hay arrepentimiento genuino, en términos teológicos). Pero podemos efectivamente llevar todo esto más allá, y para eso es pertinente mirar lo escrito en Efesios 5:25: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella”; y en los versículos 28 y 29 agrega: “… los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama, pues nadie odió jamás a su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, como también Cristo a la iglesia”. Matrimonio de por vida y sexo sólo en el matrimonio es una simplificación tradicional, teñida de religión, que parece condenar a los esposos a una relación de cautiverio caracterizada por la monotonía y el aburrimiento. Contrastan con esa visión del matrimonio palabras que invitan al placer y la felicidad en la vida de pareja, tales como “goza de la vida con la mujer que amas”, y “alégrate con la mujer de tu juventud… que sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y recréate siempre en su amor”. Curiosamente, estas palabras provienen de la Biblia; concretamente, del Antiguo Testamento (Eclesiastés 9:9 y Proverbios 5:18 y 19, respectivamente). Que el apóstol Pablo, en el pasaje citado de Efesios 5, lo escriba como un mandamiento positivo (“Maridos, amad a vuestras mujeres”), no implica tanto que el matrimonio definitivo sea una prescripción obligatoria de la Iglesia, sino que en el amor hay mucho de decisión; aunque suene extraño y parezca contradictorio, podemos decidir amar, independientemente de los sentimientos del momento, de los afectos cuya temperatura sube o baja según las circunstancias, y que se desinflan y agotan si no son alimentados por algo más duradero que la emoción.

    Pero en lo expresado por San Pablo hay más. Comparar el amor y el cuidado de un hombre por su esposa con el amor de Cristo por la Iglesia, puede sonar muy espiritual y/o religioso para el individuo no creyente, o que no practica la fe. Pero también se compara el amor y el cuidado del hombre por su esposa con el cuidado del individuo por sí mismo, por su cuerpo. En estos días en que, felizmente, se denuncian mucho más los casos de violencia doméstica aunque, infelizmente, el sistema jurídico parece todavía impotente para dar respuestas y soluciones a la mayoría de las víctimas, decir que los desgraciados que golpean a sus mujeres “se hacen daño a sí mismos” también puede sonar abstracto, una apelación a la conciencia mórbida de un sujeto que generalmente cae en saco roto. Sería más interesante invitar a estos cobardes a someterse a una golpiza, para experimentar en su propia carne la falta de amor y cuidado por sus esposas de la que son culpables.

    La Iglesia Cristiana, Biblia en mano y viviendo de corazón lo que predica, debe defender y preconizar el matrimonio tal como Dios lo instituyó: un hombre y una mujer unidos ante Dios y los hombres, cumpliendo el plan de Dios para la felicidad de ambos, y siendo base de una familia en la que prime el amor y el cuidado de cada uno por el otro, no la indiferencia o la violencia, de modo que dicha familia sea a su vez base de una sociedad saludable.

26 Jul '12

Hay 3 Comentarios.

  1. jjjhonson
    1:35 am septiembre 14, 2012

    Este artículo me suena pasado de moda. El matrimonio tiende a desaparecer y la iglesia está medio en desuso. No lo digo mal, creo que por desgracia así es.
    Soy divorciado, no creo en el matrimonio y menos en sacerdotes o pastores. Creo hay un Dios y creo es Jehova Dios, pero tengo dudas en cuanto a lo que escucho de boca de los líderes religiosos cristianos.

  2. alina Gracia
    8:11 pm septiembre 15, 2012

    Hola JJJ, no me extraña que digas que el articulo esta pasado de moda… lo que en verdad decis es que el matrimonio lo esta y tal vez no es tan errado tu comentario. Asistimos a tiempos dificiles en los cuales se implementa el concubinato “legal”. El matrimonio de antaño está practicamente en desuso. Una lastima, pero es real.
    Los lideres religiosos, como los llamaste, no son todos iguales… hay de todo, buenos y de los otros, pero eso te va a pasar en cualquier sector de la sociedad. Leyendo la biblia ya los podes encontrar. Lo nuestro es seguir a Cristo , los ojos puestos en EL y sin dejarnos influenciar mal, por personas que estan perdidas. Si crees en Dios solo tenes que creerle a EL y escucharlo a EL. Te diria que leas de vuelta el articulo que es una defensa de la institucion del matrimonio como debe ser y como Dios la penso para nosotros. chao!

  3. Sembrador
    9:52 pm septiembre 15, 2012

    JJJ, es comprensible tu comentario, pues evidentemente nace de tu frustración personal, y es admirable que tengas la valentía de decirlo. Pero tal vez debas preguntarte si la iglesia no está en desuso para vos, que obviamente no cultivas la vida comunitaria que la iglesia ofrece, quizás escudado en el caparazón de “no creo en sacerdotes y pastores”.
    Si considerás el matrimonio pasado de moda, tal vez sea porque te has dejado permear por la moral posmoderna de la tolerancia y el “vale todo”. Pero creés en Dios, JJJ; y si creés en Dios, no pensarás que los principios de Dios cambian según cambie la cultura y la mentalidad predominante en una sociedad.
    La realidad es que, tal como dijo Alina, el matrimonio está pasado de moda en esta sociedad decadente guiada por una moral chatarra. La intención es poner en su justo lugar el matrimonio tal como Dios lo planeó para el hombre y la mujer.

Deja un comentario

*