NARRATIVA DE FICCIÓN Y EVANGELISMO – 2 –

Álvaro Pandiani –

    ¿Qué clases de historias pueden utilizarse, ser válidas, ser legítimas para perseguir los objetivos mencionados en la entrega anterior? Generalmente la narrativa de ficción cristiana ha recurrido a la novela histórica, sobre todo la ambientada en tiempos bíblicos o en el período de la Iglesia Primitiva durante el Imperio Romano. También las hay policiales, románticas, de suspenso, de aventuras, de espionaje, e incluso fantásticas; dentro de estas últimas, sobre todo de misterio sobrenatural y terror. Pero ahora, en este breve artículo, querría dirigir la atención a un subgénero narrativo poco explorado y usado en la novela cristiana, por lo menos en español: la ciencia ficción.

    La ciencia ficción ha sido definida de múltiples maneras; una buena definición es la que dan Eduardo Gallego y Guillem Sánchez en el ensayo ¿QUÉ ES LA CIENCIA-FICCIÓN?: “La ciencia ficción es un género de narraciones imaginarias que no pueden darse en el mundo que conocemos, debido a una transformación del escenario narrativo, basado en una alteración de coordenadas científicas, espaciales, temporales, sociales o descriptivas, pero de tal modo que lo relatado es aceptable como especulación racional” (tomado de Glosario de ciencia ficción; www.ciencia-ficcion.com/glosario/c/cienficc.htm – España). En síntesis y según esta definición: no es posible ahora, pero podría ser posible algún día. Esta definición nos muestra que la literatura (y el cine) de ciencia ficción es algo más que cosas como “La guerra de las galaxias” y otras historias semejantes, en las cuales naves que vuelan por el espacio se disparan rayos multicolores unas a otras.

    El tenor general de la ciencia ficción siempre ha estado inclinado hacia lo anticristiano; si no abiertamente, sí por lo menos ignorando o considerando “superada” la herencia cristiana que mantiene su impronta en la cultura del mundo occidental. Los grandes exponentes de la ciencia ficción (la vasta mayoría anglosajones), han sido o miembros de una profesión vinculada a la ciencia (bioquímicos, físicos, astrónomos, astrofísicos), o decididos partidarios de “lo científico” como garante de progreso, superación y resolución de todos los problemas y males que enfrenta la humanidad; entre los cuales está, por supuesto, la esclavitud provocada por las antiguas creencias religiosas, con su carga de ignorancia, superstición, freno al progreso, intolerancia y odio que conduce a enfrentamientos y guerras. No es de extrañar entonces que el mensaje trasmitido por tales autores a través de sus mundos imaginarios (pero aceptables como especulación racional), haya sido y siga siendo, en el mejor de los casos, una negación tácita de la cosmología cristiana basada en la Biblia. Tal vez un prototipo de esta actitud sea una de la novelas más famosas del género, llevada al cine en los años sesenta del siglo 20: 2001, Odisea del Espacio, de Arthur C. Clarke. En esta novela la teoría de la evolución (al parecer casi universalmente aceptada por la comunidad científica como una verdad incuestionable), no está abierta a discusión alguna; ahí vemos a los antepasados del homo sapiens, tres millones de años antes de nuestra era, como monos humanoides, cuya primitiva inteligencia es estimulada por una intervención llegada del cielo (aunque no divina), favoreciendo un desarrollo que culminará, millones de años después, en el ser humano. Pero se plantea esa misma evolución como el proceso que habría llevado a la raza extraterrestre que visitó la Tierra tres millones de años atrás, de ser frágiles entidades biológicas, surgidas del caldo orgánico primordial de algún mundo, a una civilización avanzada, capaz de viajar por la galaxia, transformándose después en seres robóticos, mentes residentes en cuerpos electrónicos más duraderos que los biológicos, para finalmente, cuando los humanos recién habían logrado posar su pie en la Luna, llegar a ser entes de energía pura, eternos y poderosos como dioses, y capaces de decidir “desapasionadamente” la suerte y el destino de otras razas más primitivas, existentes en la galaxia. Clarke nos dice en los comienzos de su novela, tal vez enigmáticamente o tal vez haciendo una broma en función de lo que nos prepara, que los seres humanos, en el proceso de la evolución de su inteligencia, poblarían, “no del todo inexactamente”, el cielo de dioses.

    En semejante universo, poblado por seres extraterrestres inmateriales que vuelan como fantasmas por el espacio interestelar, el concepto de Dios como Creador de todas las cosas se convierte en el subproducto de la mente humana – una mente aún primitiva y en evolución – y todo el esquema cristiano simplemente desaparece frente a la abrumadora realidad que el autor nos presenta de un cosmos inconmensurable, gobernado por inteligencias frías y extrañas. Arthur C. Clarke es el autor de otra novela llamada El final de la infancia, en la cual la Tierra es visitada finalmente por una raza extraterrestre más avanzada, pero absolutamente benevolente, dispuesta a compartir con nosotros sus conocimientos superiores para resolver los problemas de la humanidad. El gran problema está en el aspecto físico de los extraterrestres: son idénticos a los antiguos demonios de las pinturas medievales. Acerca de El final de la infancia leemos: Arthur C. Clarke deja bien claro en esta novela que su bandera es el ateísmo. Señala con dedo acusador a la religión, la más común superstición del ser humano, como principal obstáculo para el avance de la especie, a la vez que propone a la ciencia como tabla salvadora de la humanidad, la cual no es más que un anónimo grano de arena sujeto a la irrevocabilidad de los grandes acontecimientos (www.bibliopolis.org/resenas/rese0016.htm).

    Por otro lado, en el universo de la Fundación, de Isaac Asimov, la humanidad habita todos los mundos de la Vía Láctea, unida bajo un Imperio Galáctico que ya lleva más de doce mil años de existencia. La Tierra como cuna de la humanidad ha quedado perdida en las brumas de un pasado remoto, y ya nadie se acuerda de dónde está situada siquiera. Los planes de Dios para este mundo, por lo tanto, también han desaparecido, disueltos por el paso de los milenios. Cuando el Imperio Galáctico se derrumba (parte de la historia inspirada, según reconoció el autor, en la caída del Imperio Romano), la Fundación se erige como núcleo de la futura civilización; para lograrlo, debe dominar los reinos vecinos, y uno de los más efectivos métodos que utiliza para lograr esa dominación es el desarrollo de una religión, de la cual el centro sagrado e intocable es la misma Fundación (poco original alusión al surgimiento de la Roma papal desde los escombros del Imperio Romano, y su dominación de los reinos cristianos durante siglos). Dios, en tanto, está absolutamente ausente del universo de la Fundación, y al final de todo, resulta ser un robot, creación humana, el que durante miles de años ha guiado el desarrollo de la historia humana, para bien del hombre.

    También recuerda el accionar de la Roma papal el argumento de la célebre novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451. En dicha novela, en un futuro distópico los bomberos no se dedican a apagar incendios: los provocan. Fahrenheit 451, según esta novela popularizó, es la temperatura a la que arde el papel de los libros. Cuando se detecta que alguien tiene libros en su casa, el personal de guardia de la estación de bomberos acude de inmediato y quema todo. Si el dueño de los libros quiere proteger los mismos, o no quiere abandonar el lugar, es también incinerado. Cabe preguntarse si Bradbury no se habrá inspirado para escribir el argumento de esta novela en los procedimientos de la Inquisición y otros agentes al servicio del Papa, que confiscaban y quemaban toda literatura prohibida por Roma, incluyendo Biblias protestantes traducidas al lenguaje popular (algo vedado en siglos pasados), pudiendo terminar también en la hoguera los autores de tales libros, y quienes los poseían o distribuían, así como los colportores de las Biblias. Merece mencionarse que el protagonista de Fahrenheit 451 es un bombero que realiza su trabajo como todos los demás, hasta que aparecen paulatinamente dudas que lo obligan a replantearse la legitimidad del sistema que defiende, convenciéndose finalmente de lo aberrante del mismo, tras lo cual huye y se une a unos refugiados que todavía preservan la cultura de los libros. Si Bradbury tuvo en mente a tantos sacerdotes, frailes y laicos que renegaron del catolicismo intransigente y violento de aquellos siglos, volviéndose a Cristo y a la Palabra de Dios contenida en la Biblia, eso sería un punto a su favor.

    De la actitud general de los autores clásicos de ciencia ficción hacia el cristianismo o la religión en general, surge también cual será la moralidad exhibida en tales obras. Más allá del enfoque dado al sexo, tan vulgarizado como en cualquier otro género (baste recordar la forma en que los personajes de las novelas en general fornican y adulteran como en cualquier telenovela barata de hoy en día, o hasta participan en matrimonios polígamos, social y legalmente aceptados, como esboza Clarke en Cita con Rama), las características generales de los personajes, particularmente de los protagonistas, reflejan las características de los autores, o su ideal del hombre, del ser humano como debería ser. Habitualmente los protagonistas, sean virtuosos o viciosos, nobles o ruines, y los héroes, son ateos, o en el mejor de los casos agnósticos; tienen una mente práctica, “científica”, y una muy despierta inteligencia, pero raramente son religiosos o personas de fe. Los protagonistas y héroes, con los cuales el lector puede sentirse identificado, o procurar identificarse, imitándolos en todo o en parte, tienen valores y principios morales vagos, y aunque exhiban una ética sólida, no se sabe en qué está fundamentada. En síntesis, es evidente que su modelo no es Jesús de Nazaret, ni su ideal coincide con el ideal cristiano de vida.

    Luego de referir estos pocos ejemplos (sólo mencionamos tres de los grandes maestros de la ciencia ficción anglosajona), y en el contexto de este breve artículo, surge la pregunta: ¿puede la narrativa cristiana incursionar exitosamente en el subgénero de ciencia ficción? Entendiendo por exitoso, a los efectos de esta reflexión, lograr el objetivo de la narrativa cristiana de ficción, el cual es, como dijimos, trasmitir al lector el mensaje del evangelio de Jesús y los principios de la Palabra de Dios, ¿podría tener éxito, en la búsqueda de tal objetivo, una historia de ficción ambientada en un futuro distópico, en una civilización espacial o galáctica, en la aventura de exploración de un planeta desconocido, o en una Tierra invadida por extraterrestres malintencionados y pendencieros?

    Una primera consideración a hacer es que, así como las obras de ciencia ficción que citamos, y muchas otras, se localizan en un universo sin Dios, o en el cual los personajes en general no prestan atención a Dios ni hacen mención de Él, salvo como convencionalismo social (perimido y anacrónico en una sociedad futurista), el universo de una obra de ciencia ficción y sus personajes individuales podrían ser lo opuesto: un cosmos ordenado por un Creador, en el que los personajes – algunos al menos – creen, con o sin evidencia sobrenatural de su existencia. En el mundo imaginario en el cual se desarrolla la historia, los protagonistas podrían ser prácticos, inteligentes, dotados de mentalidad científica, etc., pero también mostrar una cuota de fe y espiritualidad en sus vidas. Todo dependería de las ideas y creencias del autor, o del contenido filosófico y religioso que quiera imprimir a su obra.

    Segundo, no podemos olvidar algo ya mencionado: la narrativa cristiana ha incursionado en el género fantástico, tanto de misterio sobrenatural como de terror. Precognición, mundos paralelos, seres mágicos (faunos, centauros, hipogrifos, etc.), brujas y brujería, y por supuesto, fuerzas demoníacas; en las historias sobrenaturales cristianas no abundan vampiros ni hombres lobo, pero sí demonios que hacen de las suyas, hasta que son detenidos por el poder superior del Bien (y ya sabemos quién, en tales historias, personifica el Bien). Hablando sobre literatura cristiana fantástica, es imposible no recordar y mencionar a uno de los más grandes autores del siglo 20 en este género: Clive Staples Lewis, más conocido como C. S. Lewis. Este novelista británico, fallecido en 1963, se popularizó nuevamente hace pocos años, cuando la industria del cine llevó a la pantalla grande El león, la bruja y el armario, el segundo de la serie de siete novelas de su autoría Las Crónicas de Narnia. No corresponde extendernos sobre las Crónicas en este artículo, más que mencionarlas como un excelente ejemplo de literatura de ficción cristiana fantástica, cargada de elementos mágicos (pese a que la doctrina cristiana condena la magia) y de seres fantásticos provenientes de antiguas leyendas paganas, pero magistralmente integrados en una historia que nos deja un mensaje claro de amor, sacrificio y redención, coronado por una épica batalla entre el bien y el mal, en la que los buenos triunfan. Narnia, un mundo paralelo al que se accede a través de una puerta mágica, que en una novela de ciencia ficción habría sido un portal interdimensional.

    Y en tercer lugar, seguiremos con C. S. Lewis, quién también incursionó en la ciencia ficción con su ya clásica Trilogía Cósmica, una construcción imaginativa que transforma el espacio exterior en el “cielo profundo”, habitado por los eldila, una raza de seres extraterrestres incorpóreos y muy poderosos – semejantes a los posteriores extraterrestres fantasmales de 2001 – pero que responden a un único Creador Todopoderoso (Maleldil). El protagonista es el doctor Ransom, un filólogo que, viajando por Inglaterra, es secuestrado por un científico sin escrúpulos, y un empresario aún más inescrupuloso, y arrastrado en un viaje a Marte (Malacandra) a bordo de una astronave inventada y construida por el primero. Una vez en Marte logra escapar de sus captores, y toma contacto con tres razas alienígenas (los sorns, los jrossa y los pfifltriggi), los cuales no conocen la maldad ni el pecado, pues son inocentes. Cuando finalmente tiene una entrevista con el Eldil Supremo que gobierna Marte, éste le explica que la Tierra (Thulcandra) está aislada del resto de los planetas del Sistema Solar, pues su Eldil Supremo se había transformado en un Ser Oscuro al rebelarse contra Maleldil. El Eldil marciano sabía que Maleldil había ido personalmente a la Tierra para rescatar a la humanidad, pero no sabía más nada.

    En la segunda novela el doctor Ransom es trasladado a Venus (Perelandra), un mundo oceánico y tropical, idea común sobre Venus en la ciencia ficción de mediados del siglo 20. En ese mundo, un nuevo Adán y una nueva Eva están iniciando una nueva humanidad en un paraíso terrenal venusino. Allí el enviado de la Tierra ayuda a que la nueva Eva triunfe sobre el Tentador; también se entera que, a diferencia de Marte, un mundo antiguo poblado por razas alienígenas más longevas que la humanidad, desde que Maleldil (Dios) había tomado forma humana al venir a Thulcandra (la Tierra), en adelante los seres inteligentes creado por Él en otros mundos, serían humanos.

    La novela que cierra la trilogía transcurre en la Tierra, en una Inglaterra de posguerra, donde un grupo de científicos que se consideran a sí mismos superiores intentan imponer una particular forma de dictadura, en su país y luego en el mundo entero, inspirados por seres incorpóreos de inteligencia superior con quienes se han contactado, a los que llaman macrobios, y que no son otros que los eldila oscuros que se han rebelado contra el Creador. En esta novela C. S. Lewis es más explícito en trasmitir que Maleldil es Dios, que los eldila son los ángeles bíblicos (considerados dioses por los paganos en la antigüedad), y que la fe del doctor Ransom y otros seguidores de Maleldil coincide plenamente con el cristianismo. Como es previsible, los demonios y sus esbirros humanos son derrotados mediante una intervención sobrenatural, y estos últimos sufren un final escalofriante.

    Podría decirse que esta obra de C. S. Lewis no se inscribe dentro de la ciencia ficción dura, es decir, de aquella en que el aspecto científico es tratado rigurosamente; sobre todo al observar los detalles que da sobre el viaje interplanetario, y por la descripción de las condiciones ambientales de Venus. En cuanto a esto debe tenerse en cuenta que él escribió en los años 30 y 40 del siglo 20, cuando aún faltaban décadas para que las primeras sondas soviéticas aterrizaran en aquel planeta. Pero más allá de eso, C. S. Lewis logra ofrecernos un universo imaginario en el que los descubrimientos de un grupo de viajeros interplanetarios, y fundamentalmente el contacto con inteligencias extraterrestres de distinto tipo, queda contenido en el marco de la cosmología bíblica. Resulta interesante que, antes de la llegada de la época moderna de los avistamientos de ovnis (año 1947 en adelante), y previo a la aparición de contactados, iniciados y esotéricos que para justificar su creencia en los extraterrestres pretenden encontrar manifestaciones alienígenas en la antigüedad, incluso en apariciones divinas o angélicas en la Biblia, Lewis ya había hecho el camino inverso: los extraterrestres que encuentran sus exploradores espaciales como habitantes del espacio o “cielo profundo”, son en realidad los ángeles de las antiguas Escrituras judeocristianas. Finalmente, C. S. Lewis muestra una grosera contraposición entre individuos inescrupulosos, carentes de todo código moral, racionalistas a ultranza, y maquiavélicamente entregados a la persecución de sus objetivos, por un lado, y por otro la presencia de valores clásicos de la doctrina cristiana tales como la bondad, el amor y el afecto fraternal, la honradez, la pureza, la fe, y la firmeza en mantener las convicciones, en quienes se oponen a los personeros de la “horrible fortaleza”, la agrupación de científicos que se consideran a sí mismos “superiores”. Esa contraposición representa, en definitiva, un enfrentamiento entre la fe cristiana tradicional, y una extraña mixtura de racionalismo científico y contacto con una antigua magia oscura que resulta demoníaca, y parece una nueva edición de la sempiterna lucha entre el bien y el mal, en el contexto de una obra de ciencia ficción.

    Impresiona entonces como posible, además de legítimo, que también el subgénero literario de ciencia ficción, pese a sus pésimos antecedentes desde un punto de vista cristiano en cuanto al mensaje que comunica, sea utilizado por los narradores cristianos como vehículo del evangelio de Jesucristo y los valores bíblicos, tanto a través de la fe y principios exhibidos y vividos por sus personajes, como de la naturaleza de los hallazgos que esos personajes realicen más allá del mundo normal, según la imaginación del autor.

    Sería interesante que la narrativa cristiana explore este subgénero, para a través del mismo llegar a los seguidores de la fantasía y ficción científica, los cuales no son pocos, ni son sólo niños y adolescentes, como algunos piensan.

Iglesia En Marcha.Net
27 Jun '12

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