NARRATIVA DE FICCIÓN Y EVANGELISMO

– Basado en la ponencia presentada en el Taller de Narrativa Cristiana, realizado en EXPOLIT, Miami, mayo de 2012. –

Álvaro Pandiani.

    Contar, narrar historias, reales o ficticias, es una ocupación interesante, atractiva, entretenida y provechosa. Porque a todos nos atraen las historias y relatos; todos nos sentimos interesados cuando alguien cuenta “algo” ocurrido a alguna persona; un hecho, algo que sucedió y que tuvo protagonistas, quienes vivieron, sufrieron o gozaron de una situación dada. Tal vez en una reunión festiva nos guste oír relatos de sucesos cómicos o graciosos, o una tarde estival parezca más atrayente escuchar una buena historia romántica, o acaso una noche de tormenta nos atrape un relato de misterio sobrenatural. Quizás no todos se sientan interesados en el estudio de la filosofía, la biología, la física o las matemáticas, y seguramente muchos desesperen de la obligación de leer gramática, química o leyes; pero a todos nos gusta oír buenas historias. Y si quién las cuenta es bueno en lo que hace, más aún. La industria editorial y la cinematográfica saben bien de esto. Una buena historia entretiene, divierte, ayuda a evadir problemas y preocupaciones cotidianas, y también puede dejarnos un buen mensaje, una “moraleja”, o algo en que pensar. Puede mover a la reflexión; a veces, a una profunda reflexión.

    En esta línea de pensamiento, cabía preguntarse en qué medida la narrativa, el contar historias, podía transmitir a quienes escuchan (o leen, o miran) el mensaje del evangelio de Jesucristo, y ser por lo tanto, una herramienta en la evangelización. Es de destacar el uso habitual que hacen los predicadores, recomendado en los tratados de homilética, de las “ilustraciones”, entre las cuales destacan breves historias, testimoniales o, a veces, ficticias, que “ilustran”, grafican o permiten ver y comprender más claramente el punto tratado. Este recurso a la ilustración también aparece en la literatura evangélica, sea esta escrita con fines evangelizadores, o de edificación e instrucción cristiana. Las historias breves con protagonistas, hechos y situaciones, ayudan a mostrar y ejemplificar, por su aplicación concreta en la vida real, el aspecto evangelístico o doctrinal que se desea enfatizar. Y entonces, otra vez, cabía preguntarse: ¿y si contáramos solo las historias, sin las disertaciones explicativas que atribuyen el valor de símbolo o ejemplo a cada hecho, personaje o situación? ¿Y si permitiéramos que los personajes, hechos y situaciones hablaran por sí mismos y trasmitieran, como símbolos, el contenido evangelizador, doctrinal, y de edificación e instrucción cristiana que queremos comunicar?

    Lo bueno de esto, algo en lo que comencé a pensar en mi lejana adolescencia y cuando daba mis primeros pasos en el Camino del Señor, es que no lo inventé yo, ni se me ocurrió a mí primero que a nadie. Tal vez incluso ni siquiera se me ocurrió en forma independiente de otros que ya lo habían pensado antes, sino que la idea pudo haberse gestado bajo la influencia de una fuente que me llegó temprano en la vida, y no registré como tal. El hecho es que a la pregunta acerca de si puede haber una narrativa cristiana, una comunicación del mensaje evangelizador y de los principios cristianos a través del relato de historias, la respuesta es un rotundo sí.

    Y qué sorprendente es encontrarse con que el relato es uno de los métodos de comunicación del mensaje de Dios más utilizado en la Biblia. Al comenzar el Libro nos encontramos con el relato de la creación, el cual nos trasmite el concepto de un Dios como creador del universo que conocemos, la tierra, la vida y el hombre; no lo explica ni argumenta, simplemente lo cuenta. Las narraciones prosiguen a lo largo del Antiguo Testamento, en los llamados libros históricos, hablándonos de esta manera de los tratos de Dios con el hombre, a lo largo del tiempo y de diferentes maneras, y concretándose en el relato de los sucesos de un pueblo específico, elegido como pueblo de Dios, aquel que daría a la humanidad el Salvador prometido al principio de los tiempos (y al principio del relato).

    Los primeros libros del Nuevo Testamento son narraciones. Los cuatro evangelios nos muestran, con distintos grados de extensión y profundidad, no solo las enseñanzas sino también los hechos de la vida y obra de Jesucristo, y están basados, según sabemos, en el contenido de la predicación cristiana primitiva. La predicación de los apóstoles, y otros evangelizadores de la iglesia de aquellos tiempos, consistía fundamentalmente en contar acerca del Hijo de Dios, su obra, sus milagros, sus enseñanzas, y cómo había sido arrestado por los principales de su nación, sometido a juicio y entregado a los romanos, siendo crucificado para resucitar de entre los muertos al tercer día. El relato de tales sucesos, acompañado de la exhortación al arrepentimiento de pecado, abandono de las viejas creencias paganas y fe en Jesucristo como Hijo de Dios, ocupó un lugar preponderante en la evangelización primitiva; y aún hoy día, veinte siglos después, constituye la forma más elemental, más sencilla y más efectiva de anunciar al mundo las buenas noticias de salvación por la fe en Jesús. Mucho más efectiva que los discursos doctrinales, los sermones teológicos y la especulación filosófica aplicada a la religión. Pedro anunció a los judíos el día de pentecostés: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hechos 2:32); Pablo escribió a los cristianos corintios: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras… fue sepultado y… resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y… apareció a Cefas, y después a los doce” (1 Corintios 15:3-3-5); Juan comenzó su epístola universal diciendo: “Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros” (1 Juan 1:3).

    Ahora bien, hasta ahora hablamos de la narración de hechos verídicos. Es decir, de acontecimientos relacionados a la vida y obra de Jesucristo, así como de sucesos acaecidos durante las primeras décadas de vida de la iglesia, relatados en el libro de Hechos, que los cristianos consideramos ciertos; tal como Lucas, el autor del libro de los Hechos, escribe al comienzo de su evangelio: “… ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos las enseñaron los que desde el principio las vieron con sus ojos… ” (1:1-2). Pero la siguiente pregunta era: ¿y qué de historias ficticias? Los primeros predicadores cristianos, los apóstoles, contaron lo que habían visto con sus ojos; en otras palabras, su predicación evangelizadora era a la vez testimonio de la veracidad de los hechos que narraban. Cuando Juan escribe relatando acerca del lanzazo que recibió Jesús, ya muerto en la cruz, agrega: “y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad… ” (19:35). En otras palabras, el poder evangelizador de la primitiva predicación cristiana estaba en la posición de testigos de la resurrección que ostentaban los apóstoles. Tal cosa les había mandado Jesús al decir: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos al tercer día; y que se predicara en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas” (Lucas 24:46-48). Ellos fueron testigos de esas cosas; pero la siguiente generación de cristianos contaba ya con pocos testigos de la resurrección, y la siguiente aún menos. A fines de aquel siglo, solo sobrevivía el apóstol Juan, el único que se acercó al pie de la cruz donde agonizaba su Maestro, y pocos años después, el último de los apóstoles ya se había desvanecido. Quedaban los discípulos de los apóstoles, y los discípulos de los discípulos de los apóstoles, los cuales continuaron narrando la historia de Jesús, bien que su predicación fue haciéndose cada vez más doctrinal y teológica. Esto era necesario, y ya en los tiempos apostólicos hombres como Pablo, Pedro, Santiago, Juan, Judas, habían principiado a dar forma a la doctrina. Pero el relato de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo conservó ese maravilloso poder de comunicar el mensaje del amor de Dios manifestado en su Hijo; el relato de cosas “que entre nosotros han sido ciertísimas”. ¿Qué pasaba entonces con historias ficticias? ¿Podían, pueden, las historias ficticias comunicar asimismo el mensaje del amor de Dios hacia la humanidad, revelado en la venida de Jesucristo?

    Nuevamente sorprende encontrar que quién usó de historias ficticias para enseñar las verdades de Dios fue el propio Señor Jesucristo; lo hizo al utilizar las parábolas. “La parábola es un símil más bien largo, o un cuento descriptivo corto” (“Parábola”. Diccionario de Historia de la Iglesia; Editorial Caribe; 1989; Pág. 1040). Básicamente, la parábola es un cuento breve con una enseñanza específica, trasmitida a través de personajes, y de los hechos y situaciones que esos personajes viven. Pero los personajes, hechos y situaciones de las parábolas de Jesús son claramente ficticios, bien que perfectamente posibles en la vida real. ¿Quién es el sembrador, y cuál es su nombre? ¿Quiénes son el fariseo y el publicano? ¿Cómo se llamaba el hijo pródigo, y a cuál tribu de Israel pertenecía su familia? ¿Cuál es la localización geográfica del campo donde aquel hombre anónimo encontró el tesoro escondido? ¿Y en el mercado de qué ciudad otro hombre anónimo encontró la perla de gran precio? Ninguno de esos datos aparece en las parábolas, pues son historias ficticias cuyo objetivo es trasmitir una idea concreta. Solo la historia del rico y el mendigo se sale de este patrón, adjudicando un nombre propio a uno de sus personajes: Lázaro. Esta parábola es peculiar, por esto y porque la mayor parte de la acción se desarrolla en un mundo de ultratumba (el Hades). Paradójicamente, por estas peculiaridades, fundamentalmente la primera, algunos han considerado que la historia del rico y el mendigo podría no ser una parábola, sino una historia real, conocida por el Señor en virtud de su omnisciencia como Hijo de Dios. Por supuesto, esto es una suerte de “hipótesis religiosa” imposible de demostrar, por lo menos en esta vida, para la cual no hay suficientes indicios en las Sagradas Escrituras, salvo que el Señor Jesús (ya resucitado y glorificado) afirmó “Yo… tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Apocalipsis 1:18). No deja de ser interesante pensar que si esta historia la hubiera contado, no Jesús de Nazaret, sino un realizador cinematográfico de Hollywood, tendríamos una película de terror sobrenatural quizás tan truculenta como Hellraiser, Even Horizon o alguna otra monstruosidad semejante. Y nadie la habría considerado una historia real.

    La idea de trasmitir el mensaje cristiano a través de narraciones parecía digna de explorarse; narraciones en la cuales podían introducirse personajes, que vivirían hechos y situaciones, experimentarían sentimientos, mostrarían actitudes, tomarían decisiones y harían elecciones que a su vez determinarían conductas, todo lo que llevaría finalmente a un desenlace, el cual a su vez daría lugar a reflexiones, más o menos profundas, o no daría lugar a reflexión alguna, permitiendo que el propio desenlace hiciera pensar al oyente/lector/espectador, y le trasmitiera el mensaje que se deseaba comunicar. En síntesis, trasmitir el evangelio de Jesús y los principios y valores cristianos, fundados en la Palabra de Dios, a través de un una historia que transcurre en un mundo imaginario, creado por el autor. Un mundo ficticio, pero que tiene la suficiente correspondencia con el mundo real como para que las ideas comunicadas por el creador de la obra permitan al oyente/lector/espectador recibirlas, entenderlas, asimilarlas y reflexionar sobre las mismas.

    Resultó gratificante, después de años de aspirar a (y soñar con) ser autor de narrativa cristiana con fines evangelísticos, encontrar que autores y editores a nivel internacional incursionaban ya en la creación y publicación de literatura de ficción; concretamente en el género narrativa, novelas destinadas al mercado literario secular, apuntando al público lector en general, para llegar al mismo con historias impregnadas de contenido cristiano. Como expresé antes, tal vez porque la idea me había llegado precozmente, o por haberlo pensado en forma independiente, fue una aspiración que alenté en solitario, incluso desaconsejada por algún bienintencionado (aunque desinformado) líder cristiano, hasta que encontré que otros autores y editores estaban trabajando en lo mismo, y con los mismos objetivos.

    En síntesis y en mi humilde opinión, la ficción literaria cristiana pretende servir como método (alternativo, quizás) de evangelización.

27 May '12

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