SERVICIO NAVIDEÑO

– Álvaro Pandiani –
Como la fecha de celebración de la Natividad de Cristo fue artificialmente impuesta a pocos días del fin del año, generalmente usamos esta época para hacer un alto y reflexionar. Los creyentes reflexionamos por partida doble, o deberíamos hacerlo. No solo tenemos para pensar en lo bueno y lo malo que nos dejó el año que se va, así como en proyectos para el que viene, sino también meditar en el misterio de la Encarnación de Cristo, en la maravilla del nacimiento del Eterno Hijo de Dios como un bebé indefenso, parido por su madre en un “humilde pesebre”; o sea, en un galpón de animales, seguramente sucio y maloliente. También debemos pensar en una manera más cristiana de celebrar la Navidad, tema en el que hemos insistido varias veces desde esta columna. Por ejemplo, que la celebración esté signada más por la espiritualidad que por los excesos gastronómicos; que los buenos deseos que tradicionalmente le prodigamos a todo el mundo sean más sinceros y menos vacíos, por no decir hipócritas. También, que la época en que se recuerda el nacimiento de Cristo sea más gozosa y menos deprimente (o depresiva); o que sea más solidaria y fraterna, y no tan egoísta y mercantilizada.
Todos los cristianos del mundo occidental recordamos esto e insistimos en estas cosas, sin que por supuesto a la sociedad posmoderna, secularizada a ultranza, se le mueva una pestaña, y cambie en algo el modo de celebrar estas fiestas “tradicionales” de fin de año. Y por supuesto que sin recordar ese evento magno, el nacimiento de Jesús, o solo tomándolo como un detalle más de nuestra cultura, elemento de una herencia que nos legaron nuestros ancestros, de cuando se vivía una vida más religiosa, y no tan vertiginosa.
A tal punto que uno se pregunta si quienes insisten en no celebrar la Navidad, recordándonos amablemente que esa fecha fue impuesta en el siglo IV por el papa romano, y que en realidad el 25 de diciembre se celebraba un festival pagano (todo lo cual es cierto), no tendrán razón.
Pero nuestra cultura nos brinda una fecha para rememorar la Natividad, en una época del año que invita a la reflexión y la introspección, así como a una meditación colectiva acerca de nuestras comunidades de fe, y su apertura y relación con la sociedad en que vivimos. En este contexto merece recordarse una escena “navideña” singular, que vi hace años en un programa de entretenimientos de la televisión uruguaya. En el mismo se representaba la cena de Nochebuena de un matrimonio adinerado y elegante, quienes estaban sentados a la mesa mientras en la calle, cerca de su mansión, dos pordioseros pasaban el tiempo sentados en la vereda, sin nada que comer. La distinguida señora se quejaba de no poder disfrutar su comida de vísperas de Navidad. ¿Qué la molestaba? Pues la presencia de los dos indigentes, sucios y andrajosos, casi a las puertas de su residencia. Al rato manifestó sentir mucho cansancio, y su esposo la estimuló para que se fuera a la cama, lo que ella hizo. Después de esto, el hombre preparó unos cuantos chorizos al pan, y se los llevó a los mendigos. Lo interesante fue que no les dio simplemente la comida; se sentó en el suelo a comer con ellos.
Es fácil espiritualizar esta breve historia, pues tiene una significación espiritual muy bella: así como aquel adinerado señor no frunció la nariz por compartir una sencilla comida con los pordioseros, Dios no se limitó a arrojarnos una limosna desde el cielo, sino que vino en persona y anduvo entre nosotros, compartiendo cosas de la vida cotidiana con los hombres y mujeres de su tiempo; y del mismo modo, vive hoy en el corazón de quienes le reciben por fe, para compartir con ellos sus vidas. Pero esta pequeña representación, que más que risa inducía la reflexión, esa reflexión de la que tanto hablamos en estas fechas, contiene una enseñanza de más largo alcance que la vinculada con la vida espiritual personal y la relación del alma de cada uno con el Redentor. Verdaderamente, cuanto más lo pienso, más me pregunto quién habrá sido el libretista, y qué había en su mente (y en su corazón) cuando escribió el sketch. Las carcajadas en off indicando al televidente que había llegado el desenlace cómico y que debía reírse, no logran borrar la impresión de que el relato apuntaba más a despertar una conciencia solidaria, fraterna y generosa para con el menos afortunado; una conciencia altruista y fraternal que supere, ignore u olvide los prejuicios de clase y la discriminación hacia los diferentes, los que tienen menos, los que huelen mal, o aquellos con los que no está bien visto que nos vean. Y nos preguntamos: semejante conciencia, ¿no está impregnada del auténtico espíritu navideño? (me refiero al espíritu de Belén, no al del norte de Europa, con nieve, árboles navideños y papás noeles). Y contestamos: sí; efectivamente, así es. Porque hay muchas maneras de expresar el misterio de la Navidad, con palabras contenidas en el Nuevo Testamento de la Biblia; pero en el contexto que venimos manejando, también pueden quedar bien éstas: “nuestro Señor Jesucristo… por amor a ustedes se hizo pobre siendo rico, para que ustedes con su pobreza fueran enriquecidos” (2 Corintios 8:9). Y cabe aclarar aquí que, si bien sabemos que Pablo habla de riqueza y pobreza en términos espirituales, también esto tiene una connotación material, pues tales palabras están contenidas en un capítulo que trata sobre las ofrendas monetarias dadas por los creyentes pudientes a la iglesia, y el correcto uso que la iglesia debe hacer de estas ofrendas: no el enriquecimiento de unos pocos oportunistas, sino la ayuda debida a los menesterosos.     Esto que nos muestra por un lado la pureza del sistema de ofrendas que Dios ha implantado en su Iglesia, cuando el dinero es administrado de acuerdo a principios bíblicos, por otro lado muestra una pata de la estructura de servicio de la iglesia a la comunidad, la cual a menudo es olvidada.
Un diciembre, hace muchos años, un buen amigo quería predicar un sermón que vinculara la Navidad con el servicio, y me preguntó cuál pasaje bíblico podía ser adecuado. Le recomendé Marcos 10:45; fue el primero que me vino a la mente, pues en éste Jesús explica el propósito de su primera venida: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos”. Porque indiscutiblemente, la “venida” de Jesús cristalizó en su Natividad, cuando se hizo real la presencia del Hijo de Dios como un niño humano nacido de mujer. A mi amigo le pareció bien, pero me expresó que deseaba algo que enlazara la Navidad con nuestro servicio al prójimo; le sugerí que relacionara lo anterior con Juan 20:21: “Como me envió el Padre, así también yo les envío”. La conclusión parece clara: el Padre envió a su Hijo al mundo para servir, y Jesús nos envía al mundo a servir. Considerar esa dimensión de servicio, y servicio por amor, como la más noble y excelsa vocación, agradable ante los ojos del Altísimo pues su propio Hijo dejó un formidable ejemplo de servicio hasta la muerte, fue una novedad introducida por el cristianismo en una civilización que exaltaba la sabiduría y el poder, y despreciaba el trabajo, sobre todo el trabajo manual, considerándolo tarea de pobres y esclavos. Esa novedad, no impuesta por el cristianismo como una revolución social llevada adelante por medios violentos, sino infiltrada mediante una predicación que permeó la sociedad grecorromana de entonces con tales ideas, fue la que dignificó el trabajo, incluso el trabajo más humilde, bien que costó muchos siglos alcanzar tal modo de pensar, que hoy día nos parece normal, y hasta natural. Esa dimensión de servicio está indudablemente presente en nuestras ideas y principios de vida como cristianos, y se encuentra permanentemente en el discurso evangélico, sobre todo de líderes y predicadores. Los pastores, evangelistas y otros ministros son llamados “siervos” de Dios; y si su nombre se ha hecho muy notorio, y su esfera de influencia ha logrado extenderse mucho (quizás fuera de fronteras), son llamados “grandes siervos” de Dios. Y son ellos mismos, o por lo menos algunos de ellos, quienes dicen a los demás, a todos los cristianos, que todos pueden servir a Dios; o también, que todos los creyentes deberían servir a Dios.
El punto aquí es que tendríamos que rescatar el adecuado concepto de servicio, pues como evangélicos hemos caído en la trampa de considerar que solo servimos a Dios cuando predicamos, cantamos o hacemos música dentro de la iglesia; o cuando ofrendamos. El servicio del culto cristiano parece ser todo el servicio, cuando hay áreas más extensas de servicio fuera de la iglesia local, que dentro de ella. El servicio cristiano desinteresado, hecho por amor, puede y debe alcanzar a todos, creyentes y no creyentes, independientemente de que sea visto (y admirado) por quienes toman asiento para mirar a los que lucen ejecutando sus dones desde la plataforma, altar o púlpito. Jesús habló de dar de comer al hambriento y de beber al sediento, vestir al desnudo, hospedar al forastero, y visitar a los enfermos y los presos (Mateo 25:35,26). Cuando Pablo, Bernabé y Tito se reunieron en Jerusalén con Pedro, Jacobo y Juan para discutir acerca del evangelio que aquellos predicaban entre los no judíos, de aquel encuentro de grandes líderes de la iglesia primitiva, reunidos por cuestiones doctrinales, surgió una recomendación interesante: “Solamente nos pidieron que nos acordáramos de los pobres; lo cual también me apresuré a cumplir con diligencia” (Gálatas 2:10). La dimensión del servicio por amor al prójimo es más amplia que los muros de la iglesia local, o el templo donde ésta se reúne.
Pero hay muchas trampas en la vida cristiana evangélica moderna; aunque esto parezca paradójico, no lo es. Encontrar la fe en Jesucristo es una gran bendición, un beneficio, una maravilla, un milagro. Ser amado por Dios como Padre, disfrutar de su presencia en nuestra alma, ampararse en su protección, esperar que las cosas anden razonablemente bien en la vida, en la salud, incluso en el trabajo y la economía hogareña (pese a transitorias pruebas y dificultades que puedan venir), son bendiciones subsidiarias. Tener algo en que creer, alguien en quien confiar, una fe que da sentido a la vida y una esperanza que trasciende la misma muerte, saberse perdonado y amado, todo eso, no cabe duda, son grandes bendiciones; es decir, son cosas maravillosamente buenas para nuestra vida. Pero son esas cosas, justamente, las que deben impulsarnos a servir, a dar, a entregarnos por los demás; de la misma forma que sirvió hasta el fin Aquel que fue autor de nuestra salvación y de la vida nueva y abundante que disfruta el cristiano renacido.
Quizás sea hora que los cristianos evangélicos dejemos de pasar la vida soñando con “grandes conquistas” y “grandes victorias”, siempre aspirando a objetivos monumentales y logros de dimensiones hollywoodenses en nuestras congregaciones, templos, convenciones, confraternidades y campañas. Tal vez sea pertinente que consideremos vivir una vida sencilla, sólidamente cimentada en la Palabra de Dios, y coherente con el testimonio de servicio con el que Jesús nació, vivió y entregó su vida por todos. Una vida cristiana proyectada a la comunidad, a la que se llama al arrepentimiento y se anuncia las buenas noticias de salvación por la fe en Jesucristo, sí, pero a la que se sirve con nuestro tiempo, talentos y virtudes, así como también con nuestros bienes. Porque, como dijo Jesús de Nazaret, “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35), y de eso Él fue ejemplo máximo.
Quiera Dios que la próxima Navidad aquella conciencia solidaria, generosa y fraterna de la que antes hablamos despierte (si es que está dormida), y decidamos vivir vidas cristianas sencillas, sin tantas “unciones” novedosas y otras modas con las que los evangélicos hacemos a menudo tanto aspaviento. Y que miremos más allá de nosotros mismos, de nuestros propios problemas, esperanzas y pretensiones, para permitir que el Señor desarrolle en nosotros una auténtica vocación de servicio.
De servicio desinteresado, ejercido por amor, para así hacer más creíble nuestra Navidad, más creíble nuestra fe, y más creíble nuestro testimonio de que Cristo está en nosotros.

Iglesia En Marcha.Net

Gif tomado de Internet
4 Dic '11

Hay 9 Comentarios.

  1. Leonardo
    12:21 am diciembre 12, 2011

    No creo en el servicio desinteresado de ningún cristiano. Creoq ue cada uno hace lo que le parece le conviene. Necesitan sobresalir. Esto no es solo con los cristianos, también con otros religiosos.
    Quieren fama y dinero. Tenemos así pastores como Dante Gebel, pastor de multitudes que hacen un show de fe muy parecido al de las mega bandas de música pop o rock que actúan en los estadios de Buenos Aires. También podemos hablar de Palau, es alguien que se “adapta” a las nuevas generaicones y en vez de cruzadas hace “festivales” e invita a gente con el antes mencionado o a Juan Luis Guerra para que la gente vaya a ver al bachatatero y de paso lo escuche a él. No me gusta para nada el rumbo que han tomado los líderes cristianos. Me preocupa su sed de fama y poder.

  2. Leonardo
    12:22 am diciembre 12, 2011

    Perdón, escribí sin saber si el autor de este artículo es uno de esos líderes que mencioné me molestan.

  3. Isaac
    5:26 pm diciembre 12, 2011

    Si bién el articulo es muy sesudo…lo encuentro un poco desmoralizante…tiene varios conceptos que mas que un clima festivo y victorioso parece que se va a un velorio…frases como las siguientes,
    “Quizás sea hora que los cristianos evangélicos dejemos de pasar la vida soñando con “grandes conquistas” y “grandes victorias”, siempre aspirando a objetivos monumentales y logros de dimensiones hollywoodenses en nuestras congregaciones, templos, convenciones, confraternidades y campañas. “, deprimen la espectativa DE VICTORIA Y GRANDES CONQUISTAS QUE ESTAN EN TODA LA BIBLIA…

  4. Sembrador
    9:45 pm diciembre 12, 2011

    Leonardo, lo que vos planteás es legítimo, y le preocupa a mucha gente. En verdad, es lamentable cuando el ministerio de los líderes cristianos se transforma en un circo mediático.
    Sin embargo, me parece exagerada tu afirmación acerca de “no creer en el servicio desinteresado de ningún cristiano”. Al decir eso estás cayendo en la consabida generalización, estas juzgando a personas que no conocés, y por lo tanto, seguramente estás cometiendo muchas injusticias.
    Volviendo a los “grandes” líderes, creo que aquí tampoco hay que generalizar, pues hay gente que con sinceridad y buena intención predica el mensaje que transformó su vida. Si, por ejemplo, Luis Palau se “adapta”, no veo por qué debe eso ser criticable. Lo que no debe cambiar es el mensaje, y la motivación debe ser genuina y desinteresada; pero que la forma de trasmitir el mensaje puede adaptarse a la cultura. Yo no veo problema allí.
    En cuanto al autor del artículo, si no lo conocés, entonces es que no es de esos líderes “mediáticos” que te molestan. Me parece.

  5. Sembrador
    1:41 pm diciembre 13, 2011

    Isaac, lo que decís al final de esa parte que citás es coherente con el discurso que nos hacen esos grandes líderes que Leonardo dice que le molestan. EXPECTATIVA DE VICTORIA Y GRANDES CONQUISTAS, etc, etc, etc, etc, etc.
    Además, lo citás en forma incompleta. Permitime completar la cita: “Tal vez sea pertinente que consideremos vivir una vida sencilla, sólidamente cimentada en la Palabra de Dios, y coherente con el testimonio de servicio con el que Jesús nació, vivió y entregó su vida por todos. Una vida cristiana proyectada a la comunidad, a la que se llama al arrepentimiento y se anuncia las buenas noticias de salvación por la fe en Jesucristo, sí, pero a la que se sirve con nuestro tiempo, talentos y virtudes, así como también con nuestros bienes. Porque, como dijo Jesús de Nazaret, “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35), y de eso Él fue ejemplo máximo”.
    Citar parcialmente es ser tendencioso, mi hermano.

  6. Leonardo
    11:42 pm diciembre 13, 2011

    Sembrador, no estoy en contra de modernizar las herramientas de evangelización, lo que quise decir es claro: NO ME GUSTAN LOS EVANGELISTAS COMO PALAU O GEBEL.
    En cuanto a que no creo en el servicio desinteresado, no creo, que te puedo decir, no creo. Todos tienen un interes subyacente. Todos esperan algo y todos piden algo. Conversiones que aumenten su colección, ofrendas que aumenten su status y el de sus colaboradores, trabajo “servicio” gratis de cientos de hermanos que solamente son un número necesario para que ellos luego logren objetivos. CUANTIFICAR Sembrador. No soy justo ni injusto, doy mi opinión.

  7. Sembrador
    9:20 pm diciembre 14, 2011

    Leonardo, no estaba tan claro; ahora sí está claro.
    Cuando hablabas de no creer en el servicio desinteresado de ningún cristiano, estabas queriendo decir: de ningún líder (de esos líderes mediáticos que no te gustan); ahora también eso está claro.
    Sin embargo, Leonardo, cuando decís “no soy justo ni injusto”, estás errado. Estás opinando sobre motivaciones de personas; por lo tanto, tu opinión constituye un juicio de valor. Ojo, yo no digo que no existan predicadores mediáticos que hagan su “servicio” movidos por motivaciones egoístas como las que mencionás. No es que esté en desacuerdo contigo. Pero UNO que lo haga por amor a las almas, al que vos metés en la misma bolsa, y ya estás cometiendo injusticia. Y eso es una macana, hermano.
    Quizás la naturaleza humana, en su estado actual, no permita que un servicio sea 100% desinteresado; siempre puede pasar que uno tenga también la motivación de, luego, sentir el bienestar que da la noción del “deber cumplido”. Por eso el metro patrón es el amor. Si lo hago porque me interesa el bienestar de otros antes que el mío, eso es amor.
    Ahora, les tenés la tal tirria a Palau y Gebel, ¿no?

  8. Leonardo
    10:11 pm diciembre 14, 2011

    Estaba esperando tu respuesta. Tirria no le tengo a nadie, no me agradan nada, pero tirria no. Gebel es un encantador de serpientes, es mi opinión. Palau tiene un equipo de “célebres” en varios países que están codeándose con la política y el poder cada vez que pueden. Igualitos a Jesús!
    En cuanto al amor a las almas… cada uno sabrá su interés. Mi juicio de valor es sobre las intenciones de cada uno. Pero quien conoce los corazones es Dios. Yo entiendo que todos estamos motivados por algo y hacemos cosas por interés. Bueno o malo.

  9. Sembrador
    9:02 pm diciembre 16, 2011

    Leonardo, algunas cosas que mencionás no las sabía.
    Y bue, a veces el ambiente evangélico se pone tan raro…
    Coincido plenamente: Dios conoce los corazones; ese es el único consuelo.
    Un abrazo.

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