RELIGIÓN Y TOLERANCIA ¿CORTOCIRCUITO?

– Dr. Álvaro Pandiani-

Vivimos tiempos complicados. Todos aquellas ideas o ideologías a las que las personas adhieren y con las que se comprometen, en algunos casos configurando un intenso y emotivo compromiso, ideologías que pueden dar lugar a diferencias de opinión, desacuerdos y posiciones enfrentadas que inducen a pretender imponer la postura propia, anteponerla a la del otro, o adoptar actitudes despectivas hacia quién piensa distinto, todo eso, se ha vuelto tema sensible. Los sentimientos de pertenencia a un colectivo o comunidad, cuando surgen de la profunda convicción acerca de la bondad y nobleza de tal colectivo, de la pertinencia de que exista, o de su carácter de expresar una verdad no negociable e irrenunciable de la existencia humana, generan en forma natural el impulso de defender tal colectivo en sus propósitos, en sus actividades, en su doctrina, en su misma razón de ser. La defensa más elemental, la más primitiva, es análoga a la de la manada que ve amenazado su territorio, y por lo tanto su existencia; la agresividad, el gruñido de advertencia, la amenaza y la pelea. En su forma más “civilizada” esta defensa deriva en la prédica de la tolerancia y la lucha pacífica por la no discriminación. Todos incurrimos en estas conductas, en algún momento; por lo tanto, inevitablemente, todos debemos tener presente lo positivo de una actitud de tolerancia, y de no propiciar ni acompañar segregaciones de ningún tipo. Pero no solo porque hoy en día la tolerancia y la no discriminación sean políticamente correctas, sino porque deberían ser expresiones de una actitud de amor al prójimo que eleva el espíritu del hombre por encima de cualquier forma de ataque, violencia, juicio de valor, o establecimiento de distinciones entre las personas.

No es fácil, pues por un lado la intolerancia y la discriminación parecen vicios inherentes a la cultura humana, cuando no a la naturaleza humana, y la historia está atestada de hechos de segregación contra colectivos enteros; y por el otro, cada vez más grupos de personas con una característica común se quejan de haber sido, en algún momento, objeto de discriminación, y claman por sus derechos. A los colectivos tradicionalmente segregados, los indios, las mujeres, los negros, los pobres (van en orden alfabético), se añaden por ejemplo los gordos, los petisos, los homosexuales (estos últimos siempre discriminados y estigmatizados, pero sin la notoriedad que han adquirido en las últimas décadas, sobre todo en los medios masivos de comunicación, en su lucha por la tolerancia hacia su opción sexual). La política también muestra esa veta intolerante y discriminatoria. Sin necesidad de tomar ejemplos de países cuyos pueblos son políticamente inmaduros, y ven al opositor no como un rival sino como un enemigo (caso de Haití, donde me tocó estar y ver esto personalmente), en nuestro país nadie que no viva en un altillo sin nunca salir puede ignorar cómo los actores políticos vituperan y demonizan a sus opositores, induciendo a sus seguidores a una actitud de intolerancia que estigmatiza a quién piensa diferente. Y no se puede negar que, en Uruguay, los políticos de izquierda se transformaron en maestros en el arte de satanizar a sus rivales de derecha, mientras fueron oposición; y ahora, como gobierno, recogen la mala semilla sembrada. No es casualidad que nuestros actuales gobernantes sean los grandes abanderados de la tolerancia.

Pero indiscutiblemente, la religión se lleva las palmas en este asunto de la intolerancia. Lamentablemente, debemos reconocerlo, la Iglesia se ha caracterizado al correr de los siglos por ser la Institución Intolerante por antonomasia. Nadie que conozca la historia de la Iglesia desde Constantino y la oficialización del cristianismo como religión del Imperio Romano por Teodosio en el siglo IV, hasta bien entrada la modernidad (prácticamente pisando el siglo 20), puede negarlo. O en otras palabras, quién niega que la Iglesia ha sido intolerante, es porque desconoce su historia. Una historia turbulenta, jalonada por guerras y cruzadas, persecuciones, humillaciones públicas, confiscación de bienes, exilios forzados, encarcelamientos, torturas y muertes en la hoguera. La historia de lo que la Iglesia ha hecho con quienes no pensaban – o creían – lo que la ella dictaba es atroz, sangrienta y macabra. Hace un tiempo escuché en un programa radial a un locutor que hacía relatos de hechos sucedidos en la remota antigüedad; en esa oportunidad, hechos protagonizados por cristianos, a finales del Imperio Romano, contra sus compatriotas paganos, cada vez en mayor desventaja después de Constantino. Y el locutor reflexionaba desapasionadamente acerca de cómo los cristianos, perseguidos a muerte por el Imperio Romano durante trescientos años, una vez en el “poder” adoptaron ellos también esa postura de intolerancia, persiguiendo a quién discrepaba con su postura filosófica y religiosa. Esto es lo que puede verse en la superproducción cinematográfica española de 2010 Ágora, ambientada en la Alejandría de fines del siglo IV y principios del V. En dicha película, centrada en la figura de Hipatia, una filósofa, astrónoma y matemática, personaje histórico real interpretado por Rachel Weisz, puede verse a poco del principio una acción violenta de un grupo de paganos contra los cristianos dominantes que se burlaban de los dioses griegos; se llega a una trifulca pública hasta que la masa de cristianos, una vasta mayoría, reacciona contra ellos y los encierra en el recinto del Museo de Alejandría. El emperador apoya la causa cristiana, y el Museo debe ser desalojado por los paganos, siendo entregado a los cristianos, quienes son mostrados en un frenesí fanático, destruyendo los libros que contienen la sabiduría del mundo antiguo. Las provocaciones y actos de intolerancia de parte de los cristianos prosiguen a lo largo del film, y al final Hipatia, desprovista del apoyo de las autoridades, es asesinada por un grupo de cristianos supuestamente instigados por el obispo Cirilo de Alejandría. Esta película, con varias licencias históricas entre las cuales una de las más importantes es que no existen datos que vinculen al obispo Cirilo con el asesinato de Hipatia, fue denunciada en la propia España por “promover el odio contra los cristianos”; también tuvo problemas de distribución en Estados Unidos por su contenido anticristiano, y fue censurada en Egipto por “insultar la religión”. Como ha pasado otras veces, cuando los realizadores cinematográficos han incursionado en temas religiosos sin seguir los lineamientos oficiales de la religión, la película suscitó reacciones y protestas de parte de personas y organizaciones de creyentes, quienes consideran que trata la historia de una forma parcializada e incompleta, y la juzgan una herramienta para manipular las opiniones y emociones del público, o directamente como algo agraviante.

El problema es que, aunque no nos guste a los cristianos de hoy, y si bien es probable que en Ágora la conducta intolerante y despótica de los cristianos fue exagerada (quizás, arteramente exagerada), a la luz de la historia posterior, durante la edad media y la era moderna, mientras la Iglesia tuvo el poder otorgado por el brazo secular (brazo armado) para imponer sus dogmas y decretos, los impuso a sangre y fuego. Por supuesto, esta intolerancia que cristaliza en actitudes violentas contra los opositores y disidentes no es patrimonio del cristianismo; baste ver lo que ocurre en el mundo islámico, donde incluso en el presente la disidencia puede costar muy caro (puede costar la vida). ¿Y en otras religiones? Bueno, sería interesante mencionar el caso del budismo, esa religión – filosofía que tan idealizada está y tan buena prensa tiene en occidente, entre determinado tipo de personas; al punto que hay quienes consideran al budismo como la religión que puede traer la verdadera paz interior (no el cristianismo). Cabría preguntarse por qué, si los budistas tienen la verdadera paz interior, sus monjes instigan a sus seguidores a ejecutar violencia contra los cristianos, como me tocó ver cuando estuve en Sri Lanka hace seis años, trabajando con los damnificados por el Tsunami. Los múltiples testimonios que atemorizados cristianos nos contaban acerca de los actos de violencia perpetrados contra ellos por los seguidores de esos monjes calvos de hábito color naranja, contradicen lo que la prensa, la cinematografía y otros vehículos de “cultura” nos han querido hacer creer sobre el budismo. Realmente conmovía ver a aquellos cristianos elevar sus oraciones a Dios pidiendo, no protección contra sus acosadores, sino valentía para proseguir con su misión espiritual de predicar el evangelio.

Por supuesto, queda abierta la interrogante acerca de qué harían los cristianos de Sri Lanka, caso de algún día ser mayoría y tener a su disposición el poder secular (el poder civil, incluyendo el uso de la fuerza), con sus antiguos perseguidores budistas. Aquí debemos, necesariamente, hacer la misma distinción de siempre; la distinción entre, por un lado, la Iglesia como institución oficial, que alguna vez ejerció el poder civil e hizo uso de la fuerza contra quienes discrepaban, y aún ahora tiene en muchos países gran influencia política para presionar a los disidentes, y por otro lado la Iglesia como comunidad orgánica de creyentes, que procuran predicar el evangelio con amor y vivir con sencillez la vida de fe en Jesucristo. Esta distinción es a menudo pasada por alto, cuando no malintencionadamente ignorada por los ateos radicales y otros enemigos del cristianismo, pero es una distinción no menor; a decir verdad, es una diferencia fundamental.

Sí, todas las religiones, cuando han tenido la posibilidad de imponer sus ideas y doctrinas mediante el uso de la fuerza, lo han hecho, dando tristes ejemplos de intolerancia. Pero acá hablamos, y volvemos una vez más, a los hechos de intolerancia de los cristianos, y entre los cristianos. No son hechos del pasado, ni son hechos lejanos. Ejemplo de esto nos trae una noticia publicada en la prensa escrita de Montevideo hace pocos días, titulada: Brasileños marchan por “intolerancia religiosa” (www.elpais.com.uy/…/brasilenos-marchan-por-intolerancia-religiosa-… -). En esta nota, cuyo subtítulo es: “Protesta. Católicos denuncian persecución de evangelistas”, se informa que el pasado domingo 18 de setiembre miles de personas pertenecientes fundamentalmente a cultos afrobrasileños marcharon en la playa de Copacabana para denunciar la persecución propiciada por los evangélicos. En dicha marcha, siempre según el artículo de prensa, habría estado presentes también católicos, judíos, musulmanes, espiritistas, baha`i, hare krishna y hasta “protestantes”. Según las declaraciones de un antropólogo de la Universidad Federal de Río de Janeiro, citadas en la nota, “las iglesias evangélicas proliferan entre los más pobres y demonizan los cultos de origen africano con el objetivo de ganar adeptos”. Un poco más adelante se lee: “Los organizadores afirman que con el crecimiento de estas iglesias, la intolerancia ha aumentado contra las religiones de origen africano”. Y claro, a uno no le gusta leer tal cosa. Uno es cristiano evangélico, y ha leído algo de historia eclesiástica; sabe que si hay una confesión dentro del cristianismo que ha perseguido, y perseguido a muerte, es la Iglesia Católica Romana, Inquisición y cosas por el estilo mediante. Y que aún hoy, en diversos países de Latinoamérica, creyentes evangélicos continúan quejándose de la persecución llevada adelante por el catolicismo romano; una persecución ya no oficial y haciendo uso del poder civil, una persecución más solapada, no tan truculenta y brutal como en siglos anteriores, pero persecución al fin. Recordando los sufrimientos que debieron apurar nuestros hermanos protestantes en los primeros siglos de la Reforma a manos de los católicos, uno puede tender a creer, ingenuamente, que los evangélicos somos todos redimidos, nacidos de nuevo, llenos de amor y paciencia, que damos pacíficamente la mejilla a nuestros enemigos, como mandó Jesús. Por eso noticias como estas perturban; y avergüenzan. Y preocupan, cuando leemos cosas como las siguientes: “En los últimos años, varios lugares de culto afrobrasileño fueron saqueados y sus dirigentes atacados, así como en 1995 un video sorprendió al país con más católicos en el mundo en el que aparecía un pastor que gritaba y le daba patadas a una estatua de la Virgen.”.

Sin embargo los libros de historia, incluso los escritos por historiadores evangélicos honestos, nos dicen que los protestantes, cuando tuvieron el poder civil, también fueron intolerantes y procedieron contra los disidentes. Es imposible, en este contexto, no recordar que uno de los grandes adalides de la Reforma Protestante del siglo 16, Juan Calvino, condenó a muerte en la hoguera al médico español Miguel Serveto por negar la Trinidad. Y aunque leamos a continuación que “la principal congregación evangélica es la de la Iglesia Universal del Reino de Dios, que posee radios, televisoras y un influyente partido político”, eso no implica que sacudamos la cabeza, sintiéndonos exculpados y diciendo: “ah, son los pare de sufrir; pero esos no son evangélicos, no tienen nada que ver con nosotros, este periodista no sabe de lo que escribe, mete todo en la misma bolsa”. Porque si bien es verdad que el periodista mete todo en la misma bolsa, y nos emparenta con la Iglesia Universal del Reino de Dios, respecto a la cual los principales líderes evangélicos uruguayos hace varios años que emitieron un comunicado a la población deslindando todo vínculo, y responsabilidad por sus actividades, el artículo dice la principal congregación evangélica es… Tal parece que otras congregaciones, iglesias o ministerios evangélicos también están en el asunto. A decir verdad, lo de que los evangélicos “demonizan” los cultos africanos no nos debe sonar tan exótico a los evangélicos uruguayos, pues acá sucede lo mismo. Tal vez alguno dirá que los cultos africanos se demonizan solos, por sus prácticas de magia, incluyendo magia negra, su politeísmo e idolatría al adorar dioses traídos del África no cristiana, y su invocación, contacto e incorporación de espíritus; y quizás otro agregará que varios de estos puntos son perfectamente aplicables a los otros cultos mencionados en el artículo que comentamos. Pero la cuestión aquí es que estamos en una época en la cual no está bien visto ni es políticamente correcto pararnos en nuestro cristianismo tradicional, y tildar despectivamente de “paganos” a quienes no creen en Dios, en Jesucristo y en la Biblia como Palabra de Dios, según y cómo nosotros creemos. Hoy por hoy, eso es intolerancia y discriminación.

¿Entonces? ¿Qué debemos hacer? ¿Afirmarnos en nuestra fe exclusiva y exclusivista en Jesucristo, y satanizar al resto de los cultos como paganos y diabólicos, y por lo tanto camino de perdición para los hombres? ¿O diluir nuestra profesión de fe y nuestro compromiso con Cristo, en aras de la coexistencia pacífica y la democracia mencionadas en el artículo, aunque eso implique traicionar principios bíblicos irrenunciables?

En primer lugar, necesariamente debemos definir tales principios irrenunciables de nuestra fe y doctrina cristiana. No hacerlo implicaría dejar de ser quienes somos; en este contexto, no solo dejar de ser evangélicos, sino aún dejar de ser cristianos. No podemos diluir nuestra profesión de fe en Jesucristo, como tampoco los seguidores de los otros cultos mencionados la diluyen, por más que “tolerancia”, “coexistencia pacífica” y “diálogo” formen parte del discurso más aceptable para los democráticos y pluralistas oídos posmodernos. Es verdad que mucho de esos cultos son sincréticos, y no tienen problema en incluir a Jesús de Nazaret como otro gran maestro de la humanidad, etc.; incluso los musulmanes consideran a Jesús como un gran profeta. Pero ese sincretismo o mezcla de doctrinas tomadas de diversos cultos y religiones es la forma de su fe, y muchos no parecen dispuestos a renunciar al mismo. He ahí un punto de difícil contacto; los cristianos no podemos ni nunca podremos aceptar que Jesús de Nazaret sea entreverado con otros supuestos maestros, profetas y salvadores, ni así sea como líder de tal grupo. No, si hemos de ser fieles a la Santa Biblia como Palabra de Dios, la que ha demostrado sobradamente ser el Mensaje de Dios para la humanidad, mal que le pese a unos pocos ateos radicales y creyentes de otras religiones, por su vigencia a través de las edades, por la profecía cumplida, por su capacidad de transformar, aún hoy, vidas perdidas, etc. Nuestra fe está puesta exclusivamente en Jesucristo de Nazaret, en el Jesús de los evangelios del Nuevo Testamento, en Aquel del cual la Biblia nos dice que es el único Camino a Dios (Juan 14:6), el único Nombre en el que los seres humanos pueden ser salvos (Hechos 4:12), y el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5). La reiteración del carácter único de Jesucristo como puente entre Dios y la humanidad, como Aquel al cual todos los seres humanos deben dirigir los ojos para ser salvos con salvación eterna (Hebreos 12:1-2), excluye definitivamente cualquier negociación sobre este punto. Y no valen en relación a este aspecto las críticas y ataques gratuitos y desprovistos de evidencia histórica o arqueológica, como por ejemplo los ya conocidos argumentos codigodavinchescos acerca de que el apóstol Pablo, o los obispos reunidos en el Concilio de Nicea, dieron forma a una religión exclusivista, con el propósito de dominar y subyugar a las masas, etc., etc., etc. Tales argumentos, gratuitamente agresivos y malintencionados, son la peor receta para un diálogo.

Entonces, si por declarar públicamente que Jesús es el único Camino que nos lleva al Dios verdadero, Creador de todo lo que existe, nos consideran intolerantes y somos condenados al ostracismo, pues que así sea. Pero seguiremos proclamando a Jesucristo como el único y suficiente Salvador, en beneficio de aquellos que se atreverán a creer en Él, y hallarán así la eterna salvación de sus almas.

La otra pata de esta sota está dada por nuestra actitud, nuestra conducta y la forma en que reaccionamos y respondemos ante quién discrepa. Por supuesto que la discrepancia en relación a la fe es incómoda; y aunque no sea agresiva en la forma o modo de ser expresada por quién disiente, en sí misma lo es, pues pone en duda la legitimidad de un principio que consideramos sagrado, una verdad absoluta que da sentido a nuestra existencia. De ahí que la reacción visceral sea, la mayoría de las veces, agresiva. Además, si estamos decididamente persuadidos de poseer tal verdad absoluta, así como de lo bueno que esta verdad resultará para todos nuestros semejantes, esto redundará no solo en el evangelismo, es decir, en el esfuerzo por compartir tal verdad fundamental con la mayor cantidad de gente posible (lo que el mundo llamará despectivamente “proselitismo”), sino también en el rechazo hacia quién pone en duda la veracidad de nuestro mensaje, por considerar que el tal pone en riesgo el bienestar de otros, al socavar las bases de lo que podría llegar a ser su fe. En tercer lugar, y esto es lo peor de todo, si el principio absoluto que sustentamos nos otorga un cierto poder o ascendencia sobre otros, del cual además obtenemos prestigio y ganancia económica, cualquier disidencia que amenace nuestra hegemonía probablemente obtenga una reacción violenta. Eso ha sucedido innumerables veces a lo largo de los siglos. Esa es la que podríamos considerar la reacción “natural”. El punto es que reaccionar “naturalmente” no es suficiente para un verdadero cristiano (y aquí recordamos la distinción que hicimos antes, entre iglesia institucional y comunidad de creyentes auténticamente nacidos de nuevo). El verdadero seguidor de Jesús ha de reaccionar de otra manera.

En primer lugar, en cuanto a la violencia y el uso de la fuerza, cabe recordar lo dicho por el Señor en el momento de su arresto, en el jardín de Getsemaní. Cuando Pedro salió en defensa del Maestro y arremetió espada en mano contra los soldados (un verdadero loco, atacar él solo a tantos hombres entrenados para luchar y matar), Jesús le dijo: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que Él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53). Seguramente los discípulos entendieron a qué se refería, pues formaban parte de una nación sometida por Roma. En el ejército romano, una legión estaba integrada por seis mil tropas; doce legiones de seres sobrenaturales más poderosos que el hombre representaba una capacidad abrumadora, impensable, no solo de resistir la agresión, sino también de imponer el reino de Dios ahí mismo. Parafraseando libremente a Jesús, Él afirmó tener a su disposición fuerzas capaces de aplastar en un instante a esos seres inferiores (los humanos). Pero enseguida agregó: “¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (v. 54). Es decir, que el plan de Dios era otro; ese plan pasaba por la paciencia, la sumisión y el sacrificio, todo por amor.

Segundo, y hablando del amor, también merece tenerse en cuenta algo peculiar expresado por el apóstol Pablo en una carta personal dirigida a un amigo suyo, pastor de la iglesia de Colosas, llamado Filemón. Esa carta ha sido conservada en el Nuevo Testamento como parte de la Palabra de Dios; porque la Iglesia la incluyó en el Canon, porque, como escribieran los apóstoles luego del Concilio de Jerusalén “pareció bien al Espíritu Santo” que esta carta llegara a todas las generaciones de creyentes en Cristo. En relación a la situación de Onésimo, un esclavo fugado y ladrón que luego se convirtió a Cristo, Pablo sabía que podía imponer su decisión; él dice: “tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que conviene” (v. 8). Pablo sabía que, si él le daba una orden, Filemón obedecería. Y no lo haría por obligación, ni por coerción; tampoco por temor a represalias. Filemón obedecería porque veía en Pablo un modelo, un referente, alguien cuya experiencia y saber debían ser respetados y obedecidos. Pero Pablo no le da una orden, sino que dice: “prefiero rogártelo apelando a tu amor” (v. 9). Es interesante que, a diferencia de cómo está expresado en la Revisión de 1995 de la Versión de Reina Valera de la Biblia, la Revisión de 1960 dice: “más bien te ruego por amor”. Ese “más bien” (tan usado en nuestro lenguaje actual), ¿no podemos parafrasearlo como “el mayor bien”? Porque eso significaría que el mayor bien vendrá al actuar libremente por amor.

Quede esto como una opinión. A diferencia de la triste y turbulenta historia que ha desprestigiado a la Iglesia en cuanto institución religiosa oficial, a lo largo de los siglos y en todas partes del mundo, el verdadero discípulo de Jesús predicará el evangelio de salvación solo por la fe en Cristo, a los que acepten y a los que no, a los que reciban la fe y a los que discrepen con ella, sin violencia, sin agresión, sin gruñidos de amenaza, sin imposición, con paciencia, con sacrificio, con amor, procurando el mayor bien para todos.

Que Dios y el mundo nos vean siendo tales cristianos.

Iglesia En Marcha.Net
Imagen tomada de la web
5 Oct '11

Hay 4 Comentarios.

  1. SuperYO
    10:51 pm octubre 9, 2011

    ESTOY DE ACUERDO CON CASI TODO LO DEL ARTÍCULO. LOS CRISTIANOS SON TAN HUMANOS COMO EL RESTO DE LA HUMANIDAD Y ACTÚAN COMO TALES. AUN ENTRE LOS MISMOS HERMANOS HAY PELEAS POR QUIEN ES MÁS VERÁZ EN BIBLIA O DOCTRINA, NO ES RARO ENTONCES VER ESTE TIPO DE COSAS ENTRE DIFERENTES RELIGONES. TODOS CREEN TENER LA RAZON Y SER DUEÑOS DE LA VERDAD. ME GUSTÓ LA IMAGEN QUE PUSIERON. ASÍ ME HE SENTIDO EN VARIAS OPORTUNIDADES. LA INTOLERANCIA ES PARTE DE NOSOTROS Y NUESTRA ESENCIA, ADEMÁS DE QUE LA TOLERANCIA YA NO ES LO MISMO QUE ANTES, TIENE OTROS SIGNIFICADOS QUE NO ENTIENDO NI COMPARTO.

  2. Por?
    11:02 pm octubre 9, 2011

    La discusión no es algo que podamos evitar o suavizar cuando los temas son tan personales. Cuando tocan un punto neurálgico de nuestras creencias nos salta la térmica y nos camos de mambo.
    Es inaudito, pero es cierto que los budistas son vistos como pacíficos y pacifistas y que sepamos por comentarios de otros que la realidad dista de esa percepción que tenemos. Lo mismo pasa con otras religiones que dicen llevar a un estado de paz interior que armoniza con todo el resto del universo, etc.
    Apesta todo esto. Se debería permitir a cada uno tener fe en lo que le parezca, porque en definitiva es Dios quien así lo permitió. Yo puedo compartir mi fe con vos, pero sos vos quien decide que hacer. Eso no se respeta en ninguna parte. Acá te dicen “ojo que estos locos te lavan el cerebro” y en países musulmanes, hinduistas o budistas le llaman “conversión forzada”. Es lamentable, humillante y perverso para todo ser humano que no se lo respete en sus decisiones. Claro que los protestantes no están libres de pecado en estos temas. Hay varios legalistas que son perversos con sus propios ferigreses y con las familias inconversas de los mismos.

  3. Marga
    12:50 pm octubre 10, 2011

    Todo bien con usted Pandiani, pero no es sencillo lo que nos aconseja. Este mundo no acepta tan siquiera que le hables de Cristo. No creen necesitar ser salvados de algo. Hoy día hay muchas opciones y todas menos exigentes que la nuestra. No digo que debamos cambiar lo que Jesús nos deja como doctrina sana, no hablo de adulterar la Palabra de Dios tampoco. Solo digo que no es sencillo y cada vez es más duro.
    La discusión es algo que el ser humano necesita. Se discute por todo y se discrimina al que no piensa igual que los demás.
    Dios les bendiga.

  4. Sembrador
    8:39 pm septiembre 22, 2012

    Marga, nadie dijo nunca que esto fuera fácil.
    Bendiciones.

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