DE ACUERDO CON LA SANA DOCTRINA.

Mensaje dado en ocasión del Congreso del Centenario de la Convención Evangélica Bautista de Uruguay, el jueves 6 de octubre de 2011 en la Iglesia Bautista de Radio Norte, Montevideo.

Daniel Carro es Profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos John Leland, en Arlington, Virginia, USA.  También se desempeña como Embajador Latino de los Bautistas de Virginia.  Pastor y profesor en su nativo país de Argentina por más de 25 años, el profesor Carro continúa desarrollando ambas facetas de su ministerio desde el año 2000 en Virginia.  También continúa como miembro del Departamento de Estudio e Investigación y del Grupo de Trabajo de Educación Teológica y Académica, ambos dependientes de la Alianza Bautista Mundial, de la cual fue Secretario Regional para América Latina en los años 1995-2001.  Fue electo Vicepresidente Primero de la AMB para el período 2010-2015.

 

“Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina” (Tito 2:1). “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4:16).

Quisiera esta tarde hablar de este tema de la sana doctrina desde el punto de vista de las cartas pastorales, siendo que allí es donde aparece la expresión.  Antes de hacerlo, sin embargo, creo que es importante que veamos quiénes son aquellos que preguntan por la sana doctrina.  Los que preguntan son personas celebrando el centenario de una convención bautista.  Obviamente, los que preguntan son bautistas.

Nobleza obliga, los bautistas somos raros.  Cuando alguien –usualmente no bautista y tratando de hacer un chiste – suelta el ya famoso dicho de que “donde hay dos bautistas hay tres opiniones”, en lugar de ofendernos, los bautistas lo tomamos como un cumplido.  La frase tiene fuerza porque lo que mantiene la consistencia denominacional en otros grupos eclesiásticos es usualmente la doctrina. ¿Es así entre los bautistas?

La primera gran pregunta para nuestras reflexiones esta tarde debiera ser el movimiento bautista en sí mismo.  Si vamos a preguntar por la sana doctrina y si vamos a preguntar si los bautistas siguen o no siguen la sana doctrina, es ciertamente válido preguntar quiénes sean los bautistas. ¿Quién es bautista, y quién no lo es? ¿Qué iglesia es bautista, y que iglesia no lo es?

¿Quienes son los bautistas?

Esto sabemos: el modo en que definimos nuestro continente nos provee un diferente contenido.  Muchos teólogos definen a los bautistas desde un punto de vista doctrinal.  Si su iglesia cree tal y cual, afirman ellos, su iglesia es bautista.  Aún cuando su iglesia no lleve el nombre de “bautista” o no esté afiliada a alguna de las tantas formas de asociación que los bautistas tienen, su iglesia al menos es “bautística”.  Así nos definen los teólogos.

 

 

Los historiadores, por su parte, han tendido a definir los grupos religiosos por sus raíces heredadas.  El historiador busca explicar con evidencia histórica cómo un grupo nació de otro, y al hacerlo, juntan a los bautistas alrededor de sus ancestros, y les dibujan sus árboles genealógicos.  Otro modo de asociación utilizado por los bautistas ha sido definir a los bautistas según su área geográfica.  De ese modo tenemos las asociaciones regionales, las convenciones estatales y nacionales, las uniones continentales, y finalmente la Alianza Bautista Mundial, que supuestamente agrupa a todas las geografías del mundo.  Últimamente, algunas nuevas definiciones han tratado de clasificar a los bautistas en líneas étnicas, también llamadas entre los bautistas “grupos humanos” o “pueblos”, y algunos hasta han intentado aproximaciones sociológicas y sociopolíticas para tratar de definir algo que es tan evidente y real como el pueblo de Dios que se llama “bautista”.

Parece absurdo reconocerlo, pero nadie puede negar que cada uno de estos puntos de vista requiere que hagamos una opción preferencial por ellos antes de utilizarlos como una herramienta para medir o definir aquel grupo de personas que decimos ser.  La circularidad del argumento es evidente.  Como nadie puede tener el punto de vista general y absoluto –el cual pertenece solamente a Dios– queriendo o sin querer debiéramos ser muy conscientes de cuáles son nuestras opciones preferenciales antes de tratar de hablar sobre el modo en que un grupo de creyentes –en este caso, los bautistas– se comporta frente al tema de la sana doctrina.

Preguntémonos, entonces: ¿quiénes son los bautistas?  ¿Quién es bautista?  ¿Son bautistas los bautistas fundamentalistas, o los bautistas liberales?  ¿Los mejores bautistas son los conservadores o los progresistas?  ¿Un verdadero bautista es supralapsario, infralapsario, sublapsario o antelapsario?  Los bautistas reales, ¿son los moderados, los de la corriente principal o los de la buena voluntad?  ¿Debiéramos hablar de “la iglesia bautista” o de “las iglesias bautistas”?  ¿Debiéramos hablar de denominaciones bautistas o los bautistas somos una sola denominación a través del mundo?   Los bautistas, ¿son autónomos, o están conectados y son interdependientes?   ¿Los verdaderos bautistas vienen sólo de Inglaterra, o quizá algún buen bautista pueda también salir de Galilea?   ¿Los bautistas genuinos son sólo los blancos, o quizá algunos bautistas negros puedan ser buenos bautistas también?  ¿Los verdaderos bautistas son capitalistas, o quizá haya algún buen bautista que sea, además, socialista?  Este tipo de cuestionamientos podría seguir al infinito.

La variedad bautista dentro del cristianismo es tan extensa y diversa que en cualquier cosa que cualquiera de nosotros pudiera decir de los bautistas es todavía posible encontrar un grupo de bautistas para los cuales aquello que hemos dicho no se aplica.  Esto es especialmente visible cuando los bautistas nos reunimos en reuniones mundiales.  En esas reuniones es altamente evidente que ninguno de nosotros podemos hablar por todos.  Sin embargo, aunque no podamos hablar por todos, si todavía intentamos hablarles a todos los bautistas sin importar la “clase” de bautista que sea, cada uno puede sí intentar hablar desde su punto especial de inserción en la familia bautista, de modo que quede evidente algo que ha distinguido a los bautistas sin distinción: la voluntad de diálogo.

Siendo que cada uno de nosotros representa sólo una clase particular de bautistas, y siendo que nadie puede hablar por todas las variedades al mismo tiempo, la vocación de diálogo se agiganta.  La pregunta bautista por excelencia es qué hacemos con los otros.  Si somos conservadores, ¿qué hacemos con nuestros hermanos y hermanas que son progresistas?  Si somos bautistas “del sur”, ¿qué hacemos con nuestros hermanos y hermanas que son del norte?  Y así.

Se me ocurre que esta es una de las cuestiones –si no la cuestión– definitorias para definir una identidad bautista: Si usted no declara que el resto de los bautistas que no son como usted no son bautistas, usted es bautista.  Si, por el contrario, usted reclama para usted y para su “clase” de bautistas el nombre bautista de modo exclusivo y excluyente, usted ha olvidado el asunto esencial que nos hace ser bautistas.  Los bautistas son aquellos que defienden el derecho de los otros a ser ellos mismos, aunque las creencias de los otros estén en directa oposición con nuestras propias creencias como bautistas.  Los otros pueden ser musulmanes, judíos, católicos, ortodoxos, protestantes, evangélicos, carismáticos, universalistas, ¡hasta bautistas pueden ser!  Si usted les otorga el derecho de estar en lo correcto, aunque usted piense que ellos están mortalmente equivocados, ¡usted es bautista!

Este reconocimiento es principalmente importante al intentar pensar en el tema de la sana doctrina.  Si somos tan generosos e inclusivos en nuestra manera de entender la fe, ¿no nos estamos deslizando de la posibilidad de afirmar una serie de doctrinas como las correctas o sanas? ¿No está la fe en Jesucristo unida a una serie de proposiciones teológicas que deben ser afirmadas so pena de perder la fe completamente?

Importancia de tener un punto de vista bíblico

Quisiera responder a estas preguntas esta tarde desde un punto de vista bíblico.

La pregunta entonces pudiera ser ¿porqué hacerlo desde un punto de vista bíblico? ¿Porqué considerar a la Biblia como la fuente principal y el criterio determinante para nuestro entendimiento de Jesucristo y de la sana doctrina?

Los bautistas formamos parte de lo que se conoce ampliamente como el cristianismo.  Si bien las iglesias pueden tener constituciones, el cristianismo como tal no es tanto una institución como un movimiento.  El cristianismo es un movimiento que sigue a Jesucristo, su fundador temporal y su fundador esencial.  Todo lo que el cristianismo sea y demande estará basado en Jesucristo, o dejará de ser cristianismo.  Lo que significa ser cristiano, lo que se debe creer y lo que se debe ser, la fuente de la sana doctrina, en resumen, es Jesucristo.  Jesucristo es la revelación más importante de Dios.  Jesucristo es Dios encarnado.

Siendo Jesucristo la revelación encarnada de Dios, la Biblia es el registro histórico más importante de esa revelación.  La Biblia es la revelación escrita de Dios que registra desde la preparación de la venida del mesías –el Antiguo Testamento–, la presencia misma del Salvador –los cuatro evangelios– y el resultado de esa presencia en la iglesia primitiva –el libro de los Hechos y las cartas de los apóstoles.

La Biblia, y muy especialmente los cuatro evangelios, son la fuente de información histórica más fiable que tenemos sobre la persona y la obra de Jesucristo.  Eso convierte a la Biblia en el libro más importante, principal y supremo, para distinguir entre lo que debiera creerse y sostenerse y lo que no.  Eso no excluye otras fuentes de información y de inspiración.  Si Dios se ha revelado –como la Biblia misma enseña– en la naturaleza y en la historia, también podemos examinar con provecho pautas adicionales que vengan de esas fuentes, sin por eso disminuir el valor de la revelación de Dios contenida en el registro histórico que es la Biblia.

La Biblia y la sana doctrina

Toda la Biblia es la sana doctrina.  Una razón por la que los bautistas hemos sido reacios a los credos o declaraciones de fe ha sido por no limitar a la Biblia como regla de fe y práctica.

Desde un punto de vista doctrinal, afirmar la supremacía de la Biblia sobre toda otra forma de revelación –excepto la revelación encarnada de Dios en Jesucristo– no quiere decir que las doctrinas allí enunciadas vayan a mantenerse exactamente como fueron expresadas por los autores bíblicos.  Ser verdaderamente bíblicos no significa repetir la Biblia como loros.  El famoso dicho dice que “el que ha leído la Biblia, y nada más que la Biblia, no ha leído la Biblia”.

Un discurso no es bíblico porque repita una serie de textos de prueba.  Ser bíblico significa interpretar, analizar, desmenuzar, parafrasear y aplicar lo que se ha leído en la Biblia a una situación concreta.  Dar un mensaje bíblico es poder decir, con nuestras propias palabras, lo que entendemos que Jesús diría hoy en esta propia situación.  El genio de Jesús fue que él siempre supo adaptarse a las necesidades de sus oyentes de modo que pudiera hablarles la Palabra de Dios con la eficacia que ella demanda.   Ese mismo requerimiento es válido para nosotros hoy.  Debemos poder hablar el mensaje de Dios en el poder del Espíritu Santo.

 

Por eso, en el resto de esta conferencia esta noche quisiera analizar cómo la Biblia misma ha tratado con el tema de la sana doctrina, y qué es lo que la revelación escrita de Dios nos muestra cuando interpretamos y desentrañamos su mensaje para poder decirlo con nuestras propias palabras y en una situación determinada.

La Convención Evangélica Bautista del Uruguay está celebrando sus cien años.  En medio de esa celebración se ha invitado a un conferencista para hablar sobre la sana doctrina.  Se le ha pedido reflexionar sobre el tema de la identidad bautista frente a ciertas nuevas corrientes doctrinales, frente a ciertas practicas “complicadas” que han buscado entremeterse en el modo de expresar esa espiritualidad cristiana que han tenido las iglesias bautistas en el Uruguay.  ¿Tendrá la Biblia algo para decir frente a esa situación, y para esos creyentes

La sana doctrina en las cartas pastorales

Como ya fue dicho, quizá la sección bíblica más apropiada para analizar esta cuestión de la sana doctrina sea la de las cartas llamadas “pastorales”.   Estas tres cartas del corpus paulino –si bien últimamente se ha dudado de su autoría puramente paulina– Primera y Segunda Timoteo, y Tito, han sido escritas con un fuerte énfasis en la preservación de la doctrina y la práctica cristianas.

 

Así se expresa el apóstol a Timoteo: “Como te rogué que te quedases en Éfeso, cuando fui a Macedonia, para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina,  4 ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe, así te encargo ahora.  5 Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida,  6 de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana palabrería,  7 queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman.  8 Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente;  9 conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas,  10 para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina,  11 según el glorioso evangelio del Dios bendito, que a mí me ha sido encomendado” (1 Tim 1:3-11).

 

Y a Tito también dice: “Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé;  6 el que fuere irreprensible, marido de una sola mujer, y tenga hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni de rebeldía.  7 Porque es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios; no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas,  8 sino hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo,  9 retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen.  10 Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión,  11 a los cuales es preciso tapar la boca; que trastornan casas enteras, enseñando por ganancia deshonesta lo que no conviene.  12 Uno de ellos, su propio profeta, dijo: Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos.  13 Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe,  14 no atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad.  15 Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas.  16 Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda buena obra” (Tito 1:5-16).

 

El interés del escritor es muy obvio.  Hay algo que está yendo mal.  Hay que corregir el rumbo.  Hay que buscar la sana doctrina, no la doctrina corrompida de los corruptos e incrédulos que están queriendo dominar y desviar el glorioso evangelio del Dios bendito que nos ha sido encomendado.

 

Si bien el apóstol Pablo utiliza la palabra “doctrina” en sus otras cartas –en seis ocasiones – es en las epístolas pastorales donde más la usa –once veces en estas breves epístolas.  Y es también en las pastorales donde aparece esta expresión “sana doctrina” –tres veces, 1 Timoteo 1:10, 2 Timoteo 4:3, y Tito 2:1– y también la expresión “sanas palabras” –otras cuatro veces, 1 Timoteo 6:3, 2 Timoteo 1:13 y Tito 1:13 y 2:2.

 

Cualquiera que entienda la palabra “sano”, la entenderá en contraposición con la palabra “enfermo”.  Si hay que mantener una “sana doctrina” es porque hay una doctrina enferma.  Si hay algunas “sanas palabras” es porque hay otras palabras que son enfermizas y enfermantes.

 

La frase, entonces “sana doctrina” designa la enseñanza cristiana libre de cualquier error, la enseñanza verdadera e incorrupta que es razonable delante de Dios y de los hombres, y que da salud a la vida física, moral, intelectual y espiritual, que es una fuente de salud y de vida, una comida saludable, un medio de gozar mayor vida, mayor libertad, mayor gozo, mayor actividad.

 

El sano liderazgo y la sana doctrina

Lo curioso del asunto, al leer las cartas pastorales, es que el apóstol habla de la “sana doctrina” pero la referencia todo el tiempo no es tanto a doctrinas particulares que se están enseñando sino a líderes y pastores –ancianos y obispos– que quieren parecer sanos pero que no sólo enseñan doctrina enferma, sino que además lo hacen con motivos enfermos.  Lo hacen claramente con fines de lucro.

 

Tanto Timoteo en Éfeso como Tito en la isla de Creta estaban como misioneros del grupo paulino buscando fortalecer el liderazgo cristiano en sus nuevas congregaciones, que, como toda obra nueva, se manifiestan todavía como poco maduras, y que, para colmo de males, estaban siendo acosadas por “maestros” que las cartas los denomina charlatanes o habladores de vanidades y engañadores (Tito 1:10), y también “mentirosos y pérjuros” (1 Timoteo 1:10).

Las palabras son muy reveladoras.  Describen a quienes utilizan una retórica elaborada sin decir nada en concreto.  La palabra griega mataiológos significa literalmente “habladores de vanidades”, supuestos maestros que logran engañar las mentes de quienes los escuchan –frenapátes.  La influencia de estos líderes era nefasta.  El texto dice que “trastornan casas enteras, enseñando por ganancia deshonesta lo que no conviene” (Tito 1:11).  El propósito de estos líderes es muy evidente: buscaban el lucro, la ganancia, el dinero.

Es obvio que tanto Timoteo como Tito estaban en una situación desventajosa.  Tenían que revertir la situación prácticamente con las mismas armas retóricas que utilizaban aquellos habladores de vanidades y aprovechadores de la ingenuidad de los creyentes.  Literalmente el apóstol les requiere que les “tapen la boca”, es decir, que vivan, prediquen y enseñen la sana doctrina.  Pero ellos tienen, a todas luces, una gran ventaja: ellos son sanos, son íntegros, son personas con sanos motivos y sanas intenciones.  Ellos están viviendo la sana doctrina con sus vidas, por eso pueden enseñar la sana doctrina a quienes necesiten “aprenderla”.

 

La identificación es completa: la sana doctrina depende de un sano liderazgo.  No es tanto enseñanzas lo que hay que corregir en las iglesias.  Lo que hay que corregir son personas.  Las enseñanzas siempre dependen de las personas.  Todos enseñamos con el ejemplo.  El ejemplo es la única manera de enseñar.  No se enseña con lo que se dice, sino con lo que se hace.  El dicho va que “lo que haces habla tan fuerte que no me deja escuchar lo que dices”.

Por eso, la recomendación del apóstol para Timoteo y para Tito es la de  “establecer “ u “ordenar” a ancianos o pastores que estén sustentando verdaderamente la sana doctrina.  Esa sustentación no se establece tanto en verdades gramaticales que aquellos ancianos o pastores debieran aprender de memoria y poder repetir sin balbucear –algo así como aprenderse las cuatro leyes espirituales para poder evangelizar.  La sana doctrina en la que aquellos ancianos o pastores se deben sustentar y afirmar es la doctrina que enseñan con sus propias vidas.

Los requerimientos que se establecen para su nominación son muy claros.  Veamos que no son requerimientos “profesionales” –que sepa hablar en público, que haya estudiado bien la Biblia, que sepa atender a los jóvenes, que sepa convencer a los ancianos, que tenga hermenéutica, homilética y escatología.  Los requerimientos son muy otros: el que fuere irreprensible, marido de una sola mujer, y tenga hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni de rebeldía, no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas,  8 sino hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo (Tito 1:7-8), y por fin sí alguien que sea “retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen” (Tito 1:9).

La capacidad de exhortar y convencer con la “sana enseñanza”, entonces, no está tanto afirmada en las capacidades profesionales que el ministro haya podido ganar para sí en el seminario o en la práctica profesional, sino en lo sano y genuino de su vida como seguidor de Jesucristo, en su capacidad de imitación de Cristo en aquellas características ministeriales que no se pueden aprender en el seminario sino que son dadas por el único que puede darlas y que es Dios mismo.

La misión que se les encarga a Timoteo y a Tito no es la de alguien que viene de afuera con la única verdad o con una “visión” empaquetada y lista para distribuir.  La misión de Timoteo y Tito es la de alguien que se tiene que poner a trabajar desde adentro y desde abajo con la dura realidad de las iglesias con el propósito de edificar un liderazgo sano que será el que, a su tiempo, dará lugar a la sana doctrina.  La tarea de Timoteo y Tito era la de desarrollar un sano liderazgo que, en su tiempo y a su manera, desarrollaría la sana doctrina.  Para poder enseñarla, primero deberían vivirla.

 

La sana doctrina, entonces, queda definida por sus resultados.  Así como Jesús enseñó que al árbol se lo conoce por sus frutos, así la doctrina enferma se conoce por los resultados de las enseñanzas de aquellos habladores de vanidades: comunidades enfermas, divididas, problematizadas, que no crecen en espiritualidad ni caminan en fidelidad al Señor.  Toda doctrina que justifique una vida infiel por parte de sus líderes o maestros es una doctrina enferma.

Por amor a la sana doctrina muchas veces tenemos que reprender en el amor de Cristo a quienes promueven “legalismos evangélicos” como los de las fábulas judaicas mencionadas en Tito 1:14, hay que frenar a los que predican por ganancia deshonesta, hay que “taparles la boca” a los que, como Himeneo y Fileto “se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos” (2 Timoteo 2:18), y a todos los que profesan conocer profundamente a Dios pero no viven de acuerdo con lo que el Señor enseña.   Pero, cuidado, que no se los reprende para destruirlos, sino para que a su vez puedan crecer en Jesucristo y llegar a ser “sanos en la fe” (Tito 1:13).  Hay un propósito redentor en la corrección.

La advertencia del apóstol a Timoteo y Tito, en resumen, es a no caer en el juego de los falsos maestros, sino a mantenerse firme en la verdad que han escuchado y a la que han sido llevados por el Señor.  Como ellos, nosotros también debemos aprender a hacer uso de una sana auto-crítica, debemos aprender a releer permanentemente nuestros pensamientos a la luz del testimonio bíblico, debemos pedir perdón a Dios por dejar de hacer las cosas que deberíamos haber hecho, y por haber hecho aquellas que no deberíamos, y fundamentalmente, pedir de Dios discernimiento para entender qué es sana doctrina y qué es doctrina insana, para que aquellos habladores de vanidades, que nunca faltan, no nos confundan la mente.  En resumen, tenemos pedir en humildad la gracia de Dios para aprender a ser líderes fieles.

Una Respuesta Bíblica a las Falsas Doctrinas

Algunos años antes de escribir las cartas pastorales a Timoteo y Tito, el apóstol Pablo escribió a una comunidad de cristianos establecida en la ciudad de Colosas.  Aunque Pablo no había fundado la iglesia en Colosas, se sentía responsable por ella.  En parte porque estaba en el área que Pablo consideraba de su mayor influencia, y también porque desde Éfeso había enviado colaboradores suyos a ayudar a la iglesia.

Uno de aquellos ayudantes había sido Timoteo quien, acompañado por Epafras, eran altamente estimados por los colosenses.  Después de un tiempo de estar en Colosas, Timoteo y Epafras volvieron a visitar a Pablo trayéndole noticias de la iglesia.  Al parecer se habían introducido falsos maestros que estaban enseñando falsas doctrinas acerca de ciertas potencias y espíritus sobrenaturales a los cuales había que adorar juntamente con Cristo.  También se insistía en Colosas en la práctica de la circuncisión, las reglas judaicas sobre las comidas y otros preceptos de la ley de Moisés que, según aquellos maestros, debían ser observados.

 

En los capítulos centrales de esta epístola –capítulos 2 y 3– el apóstol Pablo enseña a los colosenses –y a nosotros por carácter transitivo– cómo los cristianos debemos rebatir las falsas doctrinas y los falsos maestros.  Los consejos que da, quizá deliberadamente, tienen la forma de un decálogo.  Comparándolos con lo que hemos visto de las cartas pastorales, son muy esclarecedores.  Para terminar esta conferencia, quisiera repasar brevemente este decálogo que el apóstol da a los colosenses:

 

1.  No hagamos caso de las palabras persuasivas (seductoras) de los maestros, palabras que no se corresponden con acciones de amor (2:4).

2.  Como si estuviéramos en una batalla cuerpo a cuerpo, mantengamos el buen orden de batalla, y la firmeza de un frente sólido de batalla en asuntos de fe (2:5).  También a los Efesios el apóstol habló de la buena batalla de la fe (Efesios 6:10-20).

3.  Andemos en Cristo, lo cual es más que solamente haberlo recibido (2:6).  Este andar con Cristo se nota en que estamos arraigados –con profundas raíces– en él;  sobreedificados –firmemente basados–  en él; confirmados en la fe de él –manteniendo la enseñanza–; y abundando en acciones de gracias (2:7).

4.  Cuidémonos de no ser engañados por teorías –filosofías–  y argumentos falsos –huecas sutilezas–  que se fundamentan en tradiciones de hombres y en los poderes que dominan este mundo (2:8).  Todo lo que es de Dios se encuentra plenamente en Jesucristo.  (2:9-19)

 

5.  Pongamos la mira en las cosas de arriba, y busquemos –fronein, actividad mental íntegra– las cosas del cielo, de Dios.  (3:1-4).

6.  Hagamos morir –consideremos como muerto– todo lo terrenal en nosotros (3:5-11).

7.  Vistámonos como escogidos de Dios (3:12).  Vistámonos de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia.

 

8.  Dejemos que la paz de Dios nos gobierne –dirija nuestros corazones (3:15).

 

9.  Permitamos que la palabra de Dios –el mensaje de Cristo– more en abundancia –esté siempre presente– en nosotros (3:16).

10.  Hagamos todo en el nombre del Señor Jesús (3:17).  Palabra y acción, todo en el nombre del Señor, dando gracias a Dios Padre por su intermedio.

¿De veras les parece que si alguien está así fundamentado en la Palabra de Dios caerá en falsas doctrinas?

Conclusión

No sabemos qué éxito hayan tenido Timoteo y Tito en la misión que el apóstol les había encomendado en nombre del Señor.  Leyendo la Segunda a Timoteo quizá nos arroja un poco más de luz en su situación en particular.  De Tito sabemos menos.

La recomendación de Pablo fue que lleven una vida de rectitud, de piedad, de fe, de amor, de fortaleza en el sufrimiento y de humildad de corazón.  Si hacen eso pelearán la buena batalla de la fe y no dejará escapar la vida eterna.  La vida cristiana es más que algo que creer, es algo por lo cual actuar en base a una esperanza.  La sana doctrina cristiana está más que para ser creída, está para ser vivida.

 

Lo que sí sabemos es que estos textos nos desafían en nuestra vida espiritual, en el aquí y ahora.  Si de veras queremos vivir y andar “de acuerdo a la sana doctrina”, tomemos en serio lo que el apóstol dice y hagámoslo verdad en cada una de nuestras vidas.

 

Yo sí pienso que si algún cristiano, por débil que sea, se fundamenta verdaderamente en esta enseñanza del apóstol Pablo, no caerá jamás de la gracia del Señor, no defenderá falsas doctrinas, ni tampoco se convertirá en un falso maestro.

Animémonos en esta sana doctrina, para que nuestro corazón esté siempre firme y constante en la nueva vida que es en Cristo Jesús.  Amén.

29 Oct '11

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