MODELOS DE CARNE Y HUESO

– Álvaro Pandiani –

Cuando miramos los conflictos que caracterizan la existencia humana, tanto en la historia como en el presente, en lo individual y también en comunidad, observando la incertidumbre generada por los desafíos cotidianos y las problemáticas sociales que ensombrecen los pronósticos y perspectivas de futuro, si conocemos la Biblia seguramente muchos párrafos de las Escrituras vengan a nuestra mente. En momentos como estos, al detenernos a contemplar las dificultades que jalonan la vida, es que los cristianos pensamos en cuánta razón hay en ese libro de tapas negras, cuyo interior ilumina (hace comprender) la realidad presente, y permite incluso interpretarla. Un párrafo en particular puede describir una característica bien actual de las personas y las comunidades; y es muy antiguo, tanto que procede del Antiguo Testamento. En 1 Reyes 22:17 dice: “He visto a todo Israel esparcido por los montes, como ovejas que no tiene pastor”. Indudablemente, lo que en esa oportunidad se dijo del pueblo israelita, es perfectamente aplicable en la actualidad a personas y grupos humanos. La figura de las ovejas sin pastor representa la desorientación, la confusión y el extravío que resulta de la falta de dirección; de una dirección sabia, benevolente pero firme, preferentemente basada en el amor y el genuino interés por el bienestar de los dirigidos. No muchas personas se atreven a asumir el liderazgo a sus semejantes, y entre quienes se postulan, unos no están capacitados para llevar la carga y la presión de conducir personas, y otros tampoco están capacitados, simplemente porque no les interesa el bienestar de las personas que pretenden liderar, sino solo acrecentar su propio prestigio, poder y/o patrimonio. Pero todos en alguna manera necesitan liderazgo, conducción, ejemplo, modelos a seguir, y casi todos lo reconocen y lo buscan; salvo algunos pocos que se resienten de cualquier liderazgo que tenga el más mínimo olor a imposición de autoridad, como perpetuos adolescentes que nunca llegan a comprender el objetivo bienintencionado de los progenitores que les guían, el cual es su madurez, realización y felicidad. Salvo esos (y quizás, ellos también), todos procuramos hallar ese modelo que nos ayude a encontrarle sentido y rumbo a nuestra vida.

Somos cristianos y escribimos desde nuestra fe y cosmovisión cristiana. Evidente e inevitablemente nuestro modelo a seguir, quién da orientación y contenido a nuestra vida, es Jesucristo. A través de su amor incomprensible, de su sacrificio único e inesperado, del perdón completo que quita el pecado y la culpa, y de la obra de su Espíritu trayendo la vida eterna a nuestro corazón ahora, Jesucristo se transforma en el Salvador y Señor de aquellos que hemos creído en Él, y le seguimos cada día como sus discípulos. Desde los albores del cristianismo esto ha sido así; Jesús decía a las personas: “síganme”, “vengan en pos de mí” (Mateo 9:9; Marcos 1:17; Juan 1:43), y el mensaje apostólico posterior ponía una y otra vez el énfasis en que el “Camino”, como se llamaba primitivamente al cristianismo, no era tanto una nueva religión, o una nueva forma de observar el judaísmo, como un andar en pos de Jesucristo. Así, el escritor de la Epístola a los Hebreos hace la conocida exhortación: “corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…” (12:1b,2a); y Pedro dice: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigan sus pisadas” (1 Pedro 2:21); Juan agrega: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:6); y por supuesto, Pablo afirma: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20). Y podríamos citar multitud de párrafos bíblicos en que se expresa en forma similar este magno concepto: somos cristiani, es decir, seguidores y discípulos de Jesucristo, y Él es nuestro guía, nuestro conductor, nuestro líder y nuestro modelo.

Con el paso del tiempo, a medida que los días apostólicos fueron quedando en el pasado, y partieron de esta vida quienes habían conocido a Jesús de Nazaret y andado con Él, y también murieron quienes fueran discípulos de los apóstoles, la firmeza de esta idea: Jesús, único camino, único guía, único ejemplo de vida y conducta, parece haberse diluido. La figura de Cristo permaneció para los cristianos de siglos posteriores como el Señor, pero un Señor lejano, entronizado, ascendido a los cielos, sentado a la diestra del Padre, casi inaccesible para los humanos débiles y mortales. Al correr de los siglos siempre hubo cristianos que hallaron el camino hacia esa relación íntima y personal con el Salvador Cristo Jesús (y eso representó una experiencia revolucionaria para ellos; lo cual, en una sociedad oficialmente cristiana, resulta una contradicción). Pese a eso, la gran mayoría de la cristiandad no accedió a tal relación íntima y personal; una relación ilustrada en forma sublime por el propio Jesús resucitado en su mensaje a la Iglesia de Laodicea, al decir: “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3:20), significando la cena en conjunto en la intimidad del hogar una experiencia de comunión espiritual entre Cristo y el creyente, en lo profundo del corazón de éste. Seguramente debamos buscar la causa principal de esa ausencia de experiencia espiritual cristiana personal en la gran masa de los cristianos nominales de los siglos posteriores a la Iglesia Primitiva, en la cristianización por decreto; es decir, en la imposición de la religión cristiana a los súbditos, primero del Imperio Romano, y luego de los reinos que surgieron de los fragmentos de éste, y otros que fueron evangelizados más tarde. La alternativa a la forma original de evangelización (anunciar las buenas noticias del amor de Dios en Jesucristo a todo el pueblo, invitándoles a la fe en Cristo) parece haber sido en algunos casos presentar la fe cristiana al rey de una nación, para una vez lograda la adhesión de éste, llevar adelante la “conversión” compulsiva del pueblo. El “ejemplo” de Constantino, y la imposición del cristianismo como religión oficial del Imperio Romano decretada más tarde por Teodosio, se reprodujo en Clodoveo, rey de los francos, en el siglo V, en Boris, monarca de Bulgaria, en el siglo IX, y en otros.

Tales cristianos se vieron forzados, sin estar convertidos, a adorar un Dios que cientos de años atrás se había ido hacia los cielos; como dijimos, un Dios lejano y casi inaccesible, y por lo tanto ajeno a la experiencia humana cotidiana desde ese punto de vista. Aleccionados en principios rudimentarios de esa fe (el Padre Nuestro, los Diez Mandamientos), incapaces de acceder a la lectura de la Biblia, por la ignorancia y analfabetismo general, y porque las Sagradas Escrituras fueron haciéndose cada vez más inaccesibles, reservadas como patrimonio propio por una clase clerical celosa de su posición y poder, los cristianos de sucesivas generaciones, necesitados como los seres humanos de todos los tiempos de una guía, un ejemplo, un modelo a seguir, los buscaron en sus semejantes, en sus contemporáneos, en aquellos que sí habían encontrado ese vínculo íntimo y personal con el Salvador, o al menos aparentaban ser paradigmas de vida devota, piadosa y consagrada a Dios. En esto ayudó también otra alternativa a la forma original de evangelización, desarrollada por la Iglesia de tiempos posteriores; a diferencia de aquella forma original, en la que se llamaba a un cambio drástico y un corte radical con las creencias y supersticiones paganas (“os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo”; Hechos 14:15), la Iglesia llevó adelante entre los pueblos paganos un proceso progresivo de “cristianización”, en el cual los dioses y héroes del paganismo, con sus mitos y festividades, fueron sustituidos por personajes “cristianos”, con sus historias personales, míticas o no, sus virtudes, y sus propias fechas festivas, todo lo que hizo más llevadera la transición del paganismo al cristianismo. Dice el medievalista Philippe Walter: “Aquí no se trata de plantear la cuestión de si el cristianismo mismo es o no una mitología, sino, antes bien, de definir los marcos mitológicos precristianos, totalmente ajenos a la Biblia, en los cuales el cristianismo se insertó para luego emplear en su propio beneficio” (Introducción, Mitología Cristiana; Editorial Paidós, Buenos Aires, 2004; pág. 13). Esta forma de expansión de la religión cristiana sustituyó dioses y diosas por santos y santas; hombres y mujeres a quienes la gente había conocido, que llevaron una vida piadosamente dedicada a Dios, según los patrones de vida religiosa, virtuosa y santa, vigentes en cada momento de la historia. Estos fueron presentados a la masa del pueblo como ejemplos de vida cristiana a seguir, como modelos a imitar. En otras palabras, a lo largo del tiempo se les ofreció a los cristianos modelos alternativos a aquel modelo primordial de vida consagrada a Dios, que había sido Jesucristo. Estos paradigmas de vida santa surgían periódicamente entre la gente; siempre había un sitio geográfico y una comunidad que los sentía suyos, y hasta se enorgullecía de ellos, aunque no estuvieran tan dispuestos a imitar su ejemplo de santidad. Alguien los había conocido, o era posible tener acceso a alguien que conociera a quienes había conocido al santo (o santa). Pero la principal ventaja consistía en que los tales habían sido seres humanos; por ende, eran capaces de comprender los sufrimientos, las limitaciones, las debilidades, las tentaciones y los pecados de los demás seres humanos. Por tal motivo podían, desde su privilegiada posición cerca de Dios, interceder por los mortales delante del lejano y altísimo Señor Jesús, quién un día regresaría para juzgar a vivos y muertos, y arrojar a los pecadores empedernidos en las llamas eternas de la perdición. Pero más allá de su carácter de intercesores y mediadores, merece volver a destacarse el uso que se hacía de estos personajes, de sus vidas y virtudes, para inspirar la devoción y piedad en las gentes, mediante la imitación del ejemplo de sus vidas. A tal punto, que el relato de la vida de muchos de estos santos y santas está plagado de hechos milagrosos y sobrenaturales, algunos incluso absurdos, mediante los cuales los hagiógrafos (quienes narraban sus historias), procuraban “edificar… demostrar su santidad o incitar a la devoción” (Donald Spoto, Francisco de Asís; Ediciones B, SA, Barcelona, 2004; pág. 19).

Tal vez también merezca anotarse que esta adopción de personas, hombres y mujeres, como ejemplos, referentes o modelos de carne y hueso cuya vida y conducta admirar, y en alguna medida tratar de imitar, tiene su correlato secular en la actual, extendida y muchas veces desatinada búsqueda, veneración, y en algunos casos enfermizo fanatismo enfocado en ídolos deportivos, estrellas musicales o cinematográficas, y en menor medida en personas pertenecientes a determinados gremios o profesiones, consideradas entre sus colegas como maestros por su saber, su entrega y dedicación a la profesión de que se trate. En todos estos casos, sean religiosos y espirituales, o seculares y mundanos, se expresa esa humana necesidad de liderazgo, conducción, ejemplos y modelos a seguir, que todos tenemos por lo menos en algún momento de nuestras vidas.

Modelos de carne y hueso. La diversificación de la devoción popular en figuras religiosas, tanto en el pasado como en el presente (recordar la Madre Teresa de Calcuta, y la reciente beatificación del difunto Juan Pablo II), así como también de figuras seculares, tanto en el presente como en el pasado (recordar la admiración y pleitesía que se rendía a emperadores, gladiadores, generales y guerreros), expresa no solo esa necesidad de guía y ejemplo válidos de la que hablamos recién, sino también la total pérdida de rumbo, la incertidumbre acerca de cómo orientar nuestra vidas. Y no debe parecer que dentro del cristianismo, esa búsqueda de modelos de carne y hueso que desemboca en la veneración de santas y santos del pasado, y de los que están en preparación en el presente, es un fenómeno exclusivo del catolicismo. La constelación de pastores, evangelistas y predicadores que brillan (o pretenden brillar) como estrellas religiosas, puede considerarse la contrapartida del mismo fenómeno dentro del cristianismo evangélico.

Es aquí que debemos recordar, una vez más, como personas que sí hallamos el camino hacia una relación íntima y personal con Jesús nuestro Señor y Salvador, que Él es nuestro supremo modelo de carne y hueso. Solo la ignorancia o la abierta y culpable negligencia pudo haber olvidado al Jesús de las Sagradas Escrituras, a Jesús el hombre, el judío nacido en Belén, criado en Nazaret, que caminó durante tres años por los senderos polvorientos de Palestina, que tuvo hambre y tuvo sed, que se cansó y necesitó dormir, que sintió angustia, temor e incertidumbre, que sufrió dolor y culminó su carrera con una muerte terrible e ignominiosa, la cual truncó su vida cuando aún era joven, bien que no pudo ser retenido en el reino de los muertos; cómo olvidarlo, cuando hablando de Jesús las Escrituras nos dicen que “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15); y abundando más sobre esta condición del hombre Jesús, el mismo escritor sagrado nos sigue diciendo: “Cristo, en los días de su vida terrena, ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, y fue oído a causa de su temor reverente. Y, aunque era Hijo, a través del sufrimiento aprendió lo que es la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos lo que lo obedecen” (5:7-9). Jesús el hombre y Cristo el Señor son la misma persona, alguien sentado a la diestra del Padre Celestial, que llama a la puerta del corazón de cada uno, para habitar en aquel que le recibe en arrepentimiento y fe.

Que Jesús sea nuestro único y auténtico modelo de carne y hueso, resucitado, glorificado y omnipotente, lleno de amor, de perdón y de esperanza que darnos, el único que puede brindarle sentido y contenido, rumbo y guía a nuestra vida. Y también paz.

Iglesia En Marha.Net
5 Sep '11

Hay 1 Comentario.

  1. SuperYO
    2:25 pm Septiembre 7, 2011

    Estoy de acuerdo en que el modelo de Jesús es el ideal para seguir, pero en la realidad diaria tenemos muchos modelos que resultan atractivos para seguir. Puede ser una estrella de rock, un deportista, un jefe que se nos presenta atractivo (hablo de su forma de ser) o bien tu padre o madre u otro familiar. El tema es que no imitamos todo de esa persona, lo cual sería imposible, en realidad copiamos lo externo o algunas actitudes. La forma de vestir, el color de su cabello. No se, cosas así, pero no podríamos nunca copiar un modelo que no vemos en realidad, porque somos pura vanidad y mentira. Compartí mucho tiempo de mi vida con un cristiano muy conocido, amigable, siempre pronto a ayudar, todos querían ser él o como él, pero en realidad era una mentira. En su casa, supe después, era muy diferente. No era el cristiano que todos queríamos ser, era un modelo de barro sucio tras la puerta de su hogar. Tal es así que dejó a su familia para ir detrás de otra mujer, mundana ella, quien logró ver en él su realidad y flaquezas, algo que sus amigos nunca notamos o si bien vimos dejos de despotismo, destrato o descuido, pensamos era parte del carácter del líder. Algo muy tonto en realidad, pero cuando uno se enceguece…
    Por eso me sentí identificado con lo que leí, pero entiendo que no es facil darse cuenta de que lo que nos rodea, incluso nustera imagen en el espejo, es todo falso. Somos pura imagen y poco contenido. El contenido solamente lo logramos limpiar con Jesús. Estamos de acuerdo en eso.

Deja un comentario

*