HISTORIA DE FANTASMAS

– Por Dr. Álvaro Pandiani –

 

¿Hay vida más allá de la muerte? ¿Es la muerte el final de todo? ¿O luego de ésta hay alguna forma de existencia que nos brinde el consuelo de una futura reunión con nuestros seres queridos ya partidos, o la esperanza de que nuestra vida pueda perpetuarse, aún después de “dejar de existir” en este mundo? Este es un tema que acompañó, acompaña y acompañará a la gente. Pese a que la gran mayoría de las religiones ofrecen esperanza para el más allá, y la mayoría de las personas adhieren a alguna religión, aún así y precisamente por ser la vida en el más allá una creencia que integra el credo de una religión dada, y por lo tanto una cuestión de fe, resulta insuficiente para quienes han perdido la fe religiosa, abandonando la espiritualidad o entregándose a alguna forma vaga y ligera de espiritualidad posmoderna. Muchas personas buscan la certeza de una confirmación, más allá de toda duda, acerca de la vida perdurable a través de la muerte; así, son presa de psíquicos, médiums, parapsicólogos y otros charlatanes que pretenden presentar evidencias confirmatorias de un más allá, feliz o no. Otros procuran vivir su vida sin preocuparse por la muerte, y solo piensan en ella cuando su indeseable visita ronda cerca, en un familiar, amigo o vecino; y aún entonces solamente un poco, lo mínimo necesario para estar a tono con el dolor de los otros, y no parecer insensible. Es recién cuando viene a instalarse en nosotros el dolor lacerante de una pérdida muy querida y muy cercana a nuestros afectos, que pensamos seriamente en algo para lo cual, según un dicho popular, “no hay solución”.

No deja de ser interesante que este refrán popular hable de la posibilidad de poder solucionar cualquier situación, menos la muerte; es interesante porque el refrán es lo suficientemente antiguo como para atribuirlo a una época en que la fe religiosa tenía una mayor presencia en nuestra sociedad. Indudablemente, la sabiduría popular expresada en tal aforismo contiene algo más que la sencilla y directa aseveración de que cualquier problema a enfrentar en la vida puede ser solventado; también parece decirnos que, por lo menos entre quienes cristalizó el dicho, entre quienes lo repiten y también entre los que lo aceptan, la muerte vista desde este lado es un hecho absoluta y terriblemente definitivo, y no alcanzan las afirmaciones de las doctrinas religiosas para superar la fuerte impresión de que es el final de la existencia del ser humano. O tal vez, lo que no alcanza es la fe personal; una fe diluida en una religión que con el paso del tiempo se volvió un convencionalismo social; una fe religiosa abandonada para vivir a pleno la vida presente, sin preocuparse de una eventual vida futura de la que no hay ni una prueba; una fe por supuesto que no fundada en la Biblia como Palabra de Dios, a la que se ve como una más entre las múltiples ofertas religiosas que coexisten en las sociedades modernas; una fe que se reduce apenas a una creencia natural, la apertura a prácticamente cualquier cosa que ofrezca una esperanza de bien, de beneficio, de consuelo, o de fuerza para seguir adelante.

Esa es una característica particular e interesante de la espiritualidad posmoderna, la capacidad de aceptar cualquier cosa que parezca “hacernos bien”, o hacer que nos “sintamos bien”. En relación al tema de la muerte y lo que eventualmente viene después, o no, un ejemplo de espiritualidad posmoderna muy ligera (muy “light”), puede verse en las siguientes recomendaciones: “Ore pidiendo orientación. No es necesario que crea en Dios para orar.  Le basta con creer en un poder superior que está dentro de usted, una fuente de sabiduría e integridad que puede orientarlo/a hacia su verdad intuitiva”, y más adelante: “Píenselo un poco y constrúyase una vida después de la muerte en la que pueda creer (www.actosdeamor.com/laespiritualidad.htm) (los énfasis son míos).  Esta oferta de fe y espiritualidad, por supuesto que no cristiana, pero además absurda y parada en el vacío, responde a una demanda por respuestas; pero ya no tanto por respuestas que contengan la verdad última de los enigmas de la existencia, sino más bien por mensajes agradables al oído y suaves para la sensibilidad y los afectos. Sensibilidad y afectos que son heridos de continuo en el diario enfrentamiento con un mundo estresante, insensible, vertiginoso y desalentador, en el que hay momentos en que a nadie parece importarle nada de su prójimo, sino solo de sí mismo, y donde a veces el futuro parece sumido en la más helada incertidumbre.

En semejante lucha cotidiana, la aparición de una realidad tan absoluta como la muerte, sobre todo cuando toca de cerca, constituye una verdadera crisis; crisis para enfrentar la cual no hay una fe sólida, firme, bien fundamentada en principios absolutos e inamovibles, que es lo que los cristianos encontramos en Jesucristo (“Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia”; 2 Pedro 1:3). Lo que hay es una fe natural abierta a las ideas y proposiciones del más diverso pelo, en boga en nuestros días en la calle, en los medios de comunicación, y hasta en institutos y organizaciones que ofrecen sus respuestas y soluciones a precio módico, y sin demandas de tipo moral. Cuando un ser amado parte de esta vida, el deudo podrá optar por resignarse y soportar el dolor de la pérdida, o procurar el consuelo de la religiosidad pagana posmoderna, “construyéndose” una vida después de la muerte, o recurriendo a quienes dicen haber estado más allá y haber vuelto, a quienes afirman poder contactar a los que han partido, o incluso a los que cuentan historias de fantasmas; cualquier cosa en busca de esa certeza que la vieja religión ofrecía, pero que ya no se puede tener, pues la fe religiosa se ha abandonado por considerarla “superada”.

En relación a esta temática, una película reciente merece un comentario: Hereafter, presentada en español como Más allá de la vida, de Clint Eastwood.  En este film, tres historias paralelas concurren hacia un final común. Una periodista francesa de vacaciones en el sureste de Asia, sorprendida por el tsunami de diciembre de 2004 (impresionantemente recreado en la película), tiene una experiencia cercana a la muerte y un vislumbre del más allá, y al regresar se empecina en escribir un libro sobre la vida después de la muerte; un niño británico que ha perdido a su hermano gemelo en un accidente de tránsito no encuentra consuelo, y busca a través de psíquicos y médiums un contacto con él; un verdadero médium de origen estadounidense, capaz de hacer contacto con el mundo de los muertos sin ningún tipo de ritos, trances ni otros aspavientos, que prueba la verdad de su don mediante información de una exactitud asombrosa, esto confirmado por quién consulta, que le suministran las almas de los difuntos; y el hermano del médium, insistente y porfiado en organizar el negocio para que su hermano se enriquezca con su don, y enriquecerse él también. Como siempre, no entraremos aquí a una crítica de la película, el argumento, la labor del director o el desempeño de los actores, porque ni somos críticos cinematográficos, ni nos interesa hacerlo. Sí comentar algunos aspectos del filme desde un punto de vista espiritual cristiano. No puede dejar de llamar la atención, desde este punto de vista, que en un tema universal como la muerte, y sobrenatural como la vida después de la muerte, no haya ninguna referencia a la religión en general, ni participación de predicadores o líderes religiosos. Y no hablamos solo de pastores o sacerdotes cristianos, sino de una total ausencia de ministros de cualquier religión; en la película no aparece ni un humilde chamán. Sin embargo, se nos muestra por ejemplo la insistencia de la periodista sobreviviente del tsunami en “revelar” lo sucedido (su libro es resistido por sus editores, hasta que uno de ellos le recomienda otra editorial); esto hace que uno se pregunte: ¿la negativa de los editores responde solo a que el libro no es del género trabajado por la editorial? (como se sugiere en la película) ¿O se insinúa que la realidad de la existencia de vida después de la muerte se oculta a las personas? (como si de una teoría de conspiración se tratase). Pero, ¿a quién podría interesarle que los seres humanos ignoren que tras la muerte a todos nos espera un mundo imperecedero y feliz? ¿A algún gobierno, a alguna organización? Muy veladamente emerge en esta parte de la historia lo que podría ser algo así como un mensaje subliminal: ¿quién ha dominado durante siglos a los seres humanos, autoproclamándose como la única puerta de la salvación eterna, y amenazando con el infierno a quién no se somete a sus dictados? La respuesta es dolorosamente previsible: la Iglesia. Resulta asombroso cómo las paranoicas ideas de conspiración trascienden el tiempo y el mundo presente, proyectándose hacia la eternidad. Es asombroso, pero no original; la Iglesia ha sido acusada otras veces de tener en marcha un complot cósmico para dominar las conciencias de los seres humanos. Y si bien cuando hablamos de tales maquinaciones pensamos siempre (todos lo hacemos), en la Iglesia Católica Romana, los cristianos evangélicos no debemos sentirnos exculpados; para algunos, sobre todo para los opositores al cristianismo, nosotros también estamos en el chanchullo.

Pero tal vez los paranoicos somos nosotros, y Más allá de la vida no contiene un mensaje subliminal que acusa a la Iglesia de conspiraciones varias, y arroja descrédito sobre la misma; el libro de la periodista es resistido por una editorial que se dedica a temas políticos, y de la Iglesia no se dice una palabra. Sin embargo, otra vez merece destacarse la ausencia de la religión en un tema como este. Otro elemento a destacar, en esta misma línea, es el de las características de la vida más allá de la muerte. Según los mensajes llegados a través del médium (personificado por Matt Damon), las almas de los difuntos están en un lugar apacible, arrepentidos de sus errores, llenos de amor, y según el hermano muerto del niño, se trata de un lugar y/o una experiencia maravillosa y fantástica.

El mensaje de esta moderna historia de fantasmas, pues, es el de un universalismo en lo que respecta a la vida de ultratumba. No hay infierno, ni juicio, ni pago por el pecado. Al igual que en muchas producciones cinematográficas y televisivas que incursionan en el tema, vehiculizando creencias, opiniones y matices culturales sobre la espiritualidad actual, quienes pasan hacia el más allá solo deben preocuparse por “avanzar hacia la luz”, etcétera. Así, promueve una fe ligera, liviana y superficial. Construye una “vida después de la muerte en la que se puede creer”. Inocula en las conciencias una ideología mística que no inspira responsabilidad por los hechos cometidos y las decisiones tomadas, sino solo la tranquilidad emocional ante la expectativa de un futuro luminoso y feliz, independientemente de errores, culpas y pecados. Preconiza un alejamiento del racionalismo materialista y ateo de la modernidad, y un regreso a la espiritualidad, pero a una espiritualidad pagana, secular, carente de compromiso y ávida por sentimientos de bienestar; auténticamente posmoderna, tramposamente anticristiana.

Nuestra respuesta a este misticismo diluido, digno de estos tiempos de tolerancia (pues la tolerancia se extiende al más allá, donde no hay que rendir cuentas a nadie de la forma en que uno ha vivido su vida), nuestra respuesta ha de ser y es la proclamación de un evangelio firme y sólidamente basado en la Palabra de Dios contenida en la Biblia, y solo en la Biblia. No podemos torcer lo que ha sido escrito en las Sagradas Escrituras. No podemos, justamente porque tenemos el privilegio de conocer los resultados de torcer esas Escrituras, tanto hacia el extremo de una religiosidad legalista e intolerante, que llegó a quitar la vida a quienes discrepaban, como hacia el otro extremo, el de un universalismo que todo lo permite y todo lo perdona, pues anuncia que todos serán finalmente salvos, y así niega la justicia de Dios y hace innecesario el sacrificio único de Jesucristo por cada uno de nosotros.

“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”, escribe el apóstol Juan en su evangelio (3:16). Palabras magnas que todos los cristianos conocemos prácticamente desde los comienzos de nuestro andar en la fe. En realidad, lo que Juan hace aquí es transcribir palabras dichas por el mismísimo Jesús de Nazaret. Es una expresión inmortal por su contenido teológico, pero también por su hermosura. Nos habla de un Dios que tiene un amor tan grande por nosotros, que estuvo dispuesto a sacrificar a su propio Hijo por nuestra salvación. Pero si nos dormimos en la consideración de ese amor tan grande, expresado por Jesús, corremos el riesgo de perder de vista el resto, que es lo que les ocurre a los universalistas. Dios debió enviar un Salvador, porque nosotros necesitamos ser salvados. Solo un poco después de su gran afirmación contenida en el versículo 16, Jesús afirmó de sí mismo (y Juan escribió): “El que en él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (v. 18). Si hablamos de la vida después de la muerte y la eternidad más allá de este mundo, la Biblia asevera que nuestro patrimonio es la condenación, y lo que nos espera la perdición. Solo hay un camino de salvación; solo existe una manera de, llegado el momento de cruzar la última frontera de esta vida, pasar a una eternidad de paz y felicidad tal, que está más allá de cualquier cosa que podamos imaginar en este mundo. Jesús afirmó: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24).

Sea sensato; no crea cualquier historia de fantasmas. Mejor, crea en Jesucristo.

Iglesia En Marcha.Net
6 Jun '11

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