ENTRE EL TERROR Y LA FE : EL RITO

– Por Álvaro Pandiani

Siempre me llamó la atención que un país con trasfondo religioso históricamente fundamentado en el cristianismo protestante o evangélico, como es Estados Unidos, país en el que se mueve la industria cinematográfica más poderosa y popular de occidente (y quizás del mundo), la mayoría de las veces que esa industria recurre a temas religiosos con base cristiana, lo haga ambientando sus historias (de ficción o supuestamente basadas en hechos reales) en el marco de la Iglesia Católica Romana. Por supuesto que esto tiene algunas excepciones, y resulta interesante ver cómo cuando los personajes de las historias son pastores protestantes (con familia), las traducciones al español, hechas en países donde el catolicismo romano sí es fuerte, y alguna vez fue oficial, ponen “sacerdote” en vez de “pastor”; y así escuchamos, o leemos, acerca de sacerdotes con esposa e hijos, lo que rechina y suena incongruente. Por supuesto que esa preponderancia de la presencia en la pantalla, cuando la temática lo requiere, de la Iglesia Católica Romana, puede ser por el lugar que dicha forma de cristianismo se ha ganado en la sociedad norteamericana; también porque procuren activamente influenciar en la industria del cine para que su Iglesia figure, o porque la estructura eclesiástica y algunas características de sus representantes sirvan más a los intereses de quienes cuentan historias en la pantalla, para entretenimiento de la gente. En todo caso, ésta es una observación inicial, a modo de introducción para un comentario sobre el tema de una película recientemente estrenada (aún está en cartel en Montevideo al momento de comenzar a escribir estas líneas), proveniente de los Estados Unidos, que cuenta con la presencia de un gran actor como es Anthony Hopkins, y que tomando como marco la Iglesia Católica Romana y lo que mencionábamos de la misma, su infraestructura, las características particulares de sus representantes, pero también y sobre todo sus doctrinas, sus creencias y prácticas, incursiona en esa a la vez fascinante y macabra temática de la posesión demoníaca, y los esfuerzos realizados por los ministros de Dios para liberar a las víctimas del diablo. Me refiero a El Rito.

El tema sobrenatural es sumamente recurrido por la industria del entretenimiento, y el cine no es la excepción. Generalmente, la presencia de lo sobrenatural en las historias de ficción encuadra dichas historias en los géneros de suspenso y terror; vampiros, hombres lobo, fantasmas, espíritus, demonios, y otro tipo de entidades sobrenaturales aparecen en la pantalla sobre todo para molestar, asustar, aterrorizar, herir o matar a los personajes que tienen la desdicha de encontrarse con ellos. Son comparativamente pocas las historias de ficción en las cuales el eje del relato es la aparición de ángeles, de Cristo o del mismo Dios (o de seres sobrenaturales de otras religiones), con el fin de traer un bien o un beneficio concreto a los seres humanos. En todo caso, las fuerzas sobrenaturales del bien aparecen esporádicamente, o al final, para ayudar en el eterno combate contra el mal. Como casi siempre (no siempre) las fuerzas del bien triunfan sobre las del mal, podríamos pensar que tales historias (cuentos, novelas, películas) nos dejan un mensaje positivo. No obstante, la preponderancia y carácter multiforme de las manifestaciones del mal en las historias de ficción deja la impresión de que los autores y realizadores procuran explotar no solo la fascinación innata por lo sobrenatural que hay en muchas personas, sino también excitar su morbosidad; la misma que excitan los realizadores de historias en las cuales, no seres sobrenaturales, sino asesinos y psicópatas secuestran y torturan personas inocentes.

En el caso concreto de los demonios, su presencia ha dejado un reguero de gritos, locura y  sangre en múltiples producciones de todo tipo y distinta calidad. Pero en algunas ocasiones el tema de la existencia de las fuerzas del mal, su carácter personal, su inteligencia superior a la humana, su casi incomprensible maldad, sus interacciones con los seres humanos, y particularmente el daño mental, espiritual y físico que sufren aquellos que son poseídos por estos seres, ha recibido un tratamiento por autores y realizadores cinematográficos, que se ha aproximado a los lineamientos que la Biblia y la historia y doctrina cristiana nos muestran sobre el mundo sobrenatural maligno.

La cosmología bíblica nos habla de un gran opositor y enemigo de Dios llamado Satanás, personificación de toda la maldad que pueda concebirse exista en el universo, y quién cuenta con innumerable espíritus malignos a su servicio para llevar adelante su odio contra Dios, descargando su malignidad sobre los seres humanos, amados por Dios pese a sus pecados, y a quienes se les ofrece la salvación en Jesucristo. Como muchas otras doctrinas, gestadas en el Antiguo Testamento, cuya revelación se completa en el Nuevo Testamento, la demonología apenas tiene forma antes de los tiempos de Cristo. En el Antiguo Testamento se menciona a Satanás como adversario de Israel, en cuanto pueblo de Dios, a los demonios como seres que moran en los desiertos inhabitados, y poca cosa más (un caso de exorcismo en el libro de Tobías, apócrifo del Antiguo Testamento que los cristianos evangélicos no consideramos Palabra inspirada de Dios). La posesión demoníaca como tal aparece, casi podríamos decir, eclosiona en el Nuevo Testamento, y fundamentalmente en los evangelios. Esto recibe interpretación teológica como la manifestación de una gran oposición satánica a la obra de Jesús de Nazaret, a quién el diablo conocía como el Hijo de Dios venido en carne humana. Después de los evangelios, el libro de los Hechos de los Apóstoles, registro histórico de los primeros treinta años de vida de la Iglesia Cristiana, menciona algunos casos de posesión demoníaca, solventados rápidamente por los seguidores de Jesús: Felipe en Samaria (“de muchos que tenían espíritus impuros, salían estos lanzando gritos”;  Hechos 8:7); y fundamentalmente Pablo, a quién vemos liberando de un espíritu a una joven esclava de Filipos en el nombre de Jesucristo (Hechos 16:18), y de quién se nos dice que cuando los pañuelos o delantales que habían tocado su cuerpo eran llevados a los sufrientes, además de ser sanados los enfermos, “los espíritus malos salían” (Hechos 19:12). En ese mismo capítulo 19 de Hechos encontramos el curioso caso de unos “exorcistas ambulantes”, es decir, probablemente personas que se ganaban la vida yendo de un lado a otro para expulsar demonios y espíritus de quienes parecían estar poseídos. Estos exorcistas ambulantes no eran cristianos, sino judíos, judíos no convertidos al cristianismo. El relato de Lucas prosigue diciendo que estos exorcistas ambulantes comenzaron a invocar el nombre de Jesús sobre los poseídos por espíritus; siete de ellos, hijos de un sacerdote judío llamado Esceva, encontraron la horma de su zapato al pretender practicar el conjuro sobre un hombre que estaba endemoniado en serio. Luego de decir: “A Jesús conozco y sé quién es Pablo, pero vosotros, ¿quiénes sois?” (19:15), el individuo demostró fuerza sobrehumana, atacándolos y poniéndolos en fuga, lastimados y con la ropa destrozada.     La existencia de estos exorcistas ambulantes judíos es evidencia que el exorcismo no es una práctica de invención cristiana, sino que se hacía ya desde antes, y no solo por los judíos, sino también por magos y adivinos paganos. En línea con la anterioridad de esta práctica del exorcismo por los judíos está la afirmación de Jesús dirigida a los fariseos, registrada en Mateo 12:27: “si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos?”. Más importante aún, este caso es un ejemplo clásico de la trascendencia que tiene la autenticidad de la fe y lo genuino de la consagración a Dios, desde lo profundo del corazón, por sobre el cumplimiento de un ritual, con la mención de tal palabra o tal nombre, por más estricto que dicho cumplimiento sea. Estos pretendidos exorcistas, más que tener fe en Jesús, incorporaron el nombre de Él a los conjuros mágicos que practicaban, creyendo que así como para Pablo era efectivo, lo sería para ellos. El resultado fue desastroso.

De hecho, si nosotros miramos el Nuevo Testamento, no hay en ningún lugar la descripción de un ritual fijo a seguir para expulsar demonios de las personas; la única salvedad podría ser lo dicho por Jesús en Marcos 9:29, luego de expulsar un demonio de un joven, que sus discípulos no habían podido expulsar: “Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno” (si a eso le agregamos que en varios manuscritos antiguos del evangelio según Marcos no aparece “ayuno”, nos quedaríamos solo con la oración; pero también, una oración sin una forma fija preestablecida). Con su sencillez habitual, Jesús dijo: “en mi nombre echarán fuera demonios” (Marcos 16:17), y eso se cumplió cabalmente así, como comentamos en el caso de Pablo y la esclava en Filipos.

En la Iglesia Primitiva (no la del Nuevo Testamento, sino la del período posterior a los apóstoles), existía el oficio de exorcista como una orden menor, antes de acceder al pastorado, así como hoy en día en la Iglesia Católica Romana “la orden es conservada como peldaño para llegar al sacerdocio” (Toon Peter. Exorcismo. En Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe; Nashville, TN; 1989. Pág. 431).     Los cristianos evangélicos no utilizamos los términos “exorcismo” y “exorcista”, que siguen utilizando los católicos, y preferimos llamar “ministerio de liberación” a la práctica de expulsar demonios de las personas poseídas. Pero en esencia es lo mismo, si bien puede variar la forma de hacerlo; es decir, lo diferente es cómo se practica “el rito”. Esto merece destacarse, porque esta película sobre la posesión demoníaca y los medios utilizados para la liberación de los poseídos, estelarizada por el gran Anthony Hopkins y enmarcada en los usos, rituales y dogmas de la Iglesia Católica Romana, se llama justamente “El Rito”. Si buscamos sinónimos de la palabra “rito” en el programa de OfficeWord, aparecen términos como ceremonia, culto, liturgia y protocolo, y también práctica, uso, costumbre y hábito; pero también aparecen otros tales como automatismo, inercia, rutina y hasta vicio. Merece destacarse, porque aunque cuando nos hablan de “rito” religioso, los evangélicos pensamos en la Iglesia Católica Romana, también nosotros tenemos rituales para algunas cosas, bien que mucho menos elaborados; y en el tema que nos ocupa, asimismo ha habido quienes pretendieron marcar una forma prefijada de llevar adelante el “ministerio de liberación”, alejándose de aquella sencillez original que nos dejara Jesús en el Nuevo Testamento.

Hasta ahora nos hemos concentrado en repasar someramente aspectos de ese oficio que la Iglesia Cristiana ha tenido desde sus inicios, el exorcismo; oficio cuyo objetivo es la expulsión de los demonios que poseen a algunos seres humanos, sometiéndolos a sufrimiento constante e imposibilitándoles gozar de los beneficios de la obra de Cristo, en cuanto a perdón de pecados, salvación eterna y vida plena en el tiempo presente. Ese oficio del exorcismo o liberación ha pasado por períodos de quietismo, en el tiempo y en diferentes lugares, aún en congregaciones o iglesias locales. Quietismo motivado por no parecer necesario, dada la ausencia de manifestaciones sospechosas de posesión demoníaca, o por el intelectualismo imperante en algunas sectores de la Iglesia, que ha conducido en los tiempos modernos a interpretar los antiguos síntomas de posesión demoníaca como evidencias de trastornos psiquiátricos, llevando a que tales personas terminen recluidas en instituciones de salud mental. Probablemente, el enfrentamiento de opiniones acerca de si los aparentes trastornos sugestivos de posesión demoníaca son provocados por una entidad espiritual maligna, o por una perturbación mental (que también aparece en la película), nunca pase de una discusión bizantina. ¿Por qué? Porque enfrenta por un lado a la ciencia médica, concretamente a las ciencias de la salud mental, que se basan sobre todo en postulados y teorías fruto de la observación, difíciles de probar objetivamente, y por el otro a la fe, la teología y la interpretación de la Biblia, que se basan en doctrina espiritual también muy difícil de probar “científicamente”, y en hechos supuestamente sobrenaturales, pero que se prestan a diversas interpretaciones. No nos interesa entrar ahora en tal discusión bizantina.

No deja de resultar interesante que algunos autores refieran los casos en que fue necesario practicar un exorcismo a la actividad de misioneros trabajando en países no tradicionalmente cristianos: “existen muchos testimonios de misioneros acerca de la posesión demoníaca, atribuible a cultos paganos” (Vila, S; Santamaría D. Exorcismo. Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia. Editorial Clie; Barcelona, 1979; Pág. 322). En realidad, hoy por hoy, uno no debe irse a un país no tradicionalmente cristiano para encontrar personas con síntomas atribuibles a posesión demoníaca; esto es fruto quizás de la posmoderna combinación de abandono de la fe y espiritualidad cristiana, y apertura a otras formas de espiritualidad, no cristianas. En los países de nuestra región el auge de las religiones afrobrasileñas, así como las prácticas de adivinación y brujería, en las últimas décadas han alimentado un caudal de personas que al entrar en las iglesias cristianas manifiestan síntomas compatibles con posesión demoníaca. Quizás cabe anotar que así como el oficio de exorcismo o liberación ha tenido sus períodos de quietismo, lo recién  expuesto ha favorecido un auge que reiteradamente derivó en abuso, en pretender expulsar demonios que no estaban donde se los buscaba, y también en pretender jugar con fuerzas sobrenaturales malignas cuya dimensión de maldad y poder es poco comprendido, con consecuencias insospechadas; esto ha sucedido, por supuesto, entre cristianos evangélicos.     Ahora bien, ese auge de manifestaciones de posesión demoníaca mencionado en los países de nuestra región, no es simplemente un fenómeno “tercermundista”. El Dr. Kurt Koch, teólogo y evangelista alemán, en su libro Ocultismo y cura de almas, publicado en la década del sesenta del siglo 20, nos habla de múltiples casos de influencia espiritual y posesión demoníaca en personas que habían estado en contacto con magia, adivinación y brujería, vistos en sus campañas evangelísticas realizadas en Alemania y Suiza. Si los “hechos reales” en los que se basa la película El Rito son efectivamente reales, lo que tenemos es a un seminarista, no ordenado aún sacerdote, que es enviado desde los Estados Unidos al Vaticano para realizar el curso de exorcismo; y según lo que nos cuentan los realizadores al finalizar la película, ese seminarista ya ordenado sacerdote, continúa ejerciendo su ministerio espiritual en una parroquia de Chicago, y su maestro en el asunto de expulsar demonios, el padre Lucas (personificado por Anthony Hopkins), lo sigue haciendo aún en Florencia, Italia. Para muestra, un par de botones. El fenómeno de la posesión demoníaca, bien que predominante allí donde los seres humanos están sumidos en la oscuridad espiritual de los cultos paganos, como decían hace algunas décadas los autores españoles citados, es tan ubicuo como la presencia del mismo Satanás, quién según la Biblia no es omnipresente como Dios, pero sí es capaz de “rodear la tierra y andar por ella” (Job 1:7).

La película comienza citando palabras del difunto papa Juan Pablo II acerca de la realidad actual de la actividad de Satanás como agente personal del mal. Y con esto los realizadores nos envían un mensaje ambiguo; el texto del papa Juan Pablo II, ¿tiene como finalidad comunicarnos cuál es la posición, opinión o creencia de quienes hicieron la película, respecto a lo que nos van a mostrar? ¿O está allí simplemente para ubicarnos en el contexto de la película, su temática y el marco en el que se desarrolla, la Iglesia Católica? A priori, parece más probable esto último, dada la pérdida generalizada de fe en la religión cristiana que caracteriza a occidente. El propio Anthony Hopkins dice en una entrevista que la película no tiene intención de generar un debate sobre la existencia de Dios o el diablo. Sin embargo, una historia de ficción no deja de trasmitir un mensaje, quiéralo o no su realizador; pese a lo que diga el actor, seguramente el debate se instalará en muchos lugares de diferentes maneras. Pero el mensaje que trasmite la película es claro: existe Dios, también existe el diablo, y el bien triunfa sobre el mal.

Esta dualidad, el bien y el mal, se manifiesta también en otros aspectos en El Rito: fe y escepticismo, religión y ciencia. El joven Kovak ingresa al seminario para escapar de la única otra opción de futuro que su familia admitía: ser sepulturero. Brillante estudiante pero sin vocación, cuando está por ser ordenado sacerdote sufre una crisis de fe y pretende abandonarlo todo. Entonces su párroco y profesor le propone ir a Roma a tomar el curso de exorcismo. Una vez en Roma, su escepticismo acerca de la real existencia del diablo y los demonios, de los que le hablan con naturalidad en el curso, y sus argumentos a favor de explicaciones racionales para los casos que la Iglesia interpreta como posesión demoníaca, hacen que su profesor lo derive al padre Lucas, un anciano sacerdote y exorcista inveterado. Junto al padre Lucas, el escéptico seminarista presenciará el ritual de exorcismo practicado con una adolescente de dieciséis años embarazada, aparentemente de su propio padre (si no entendí mal). El padre Lucas, con métodos poco ortodoxos, también ayuda a un niño con tendencias suicidas y obsesión con la muerte. El escepticismo del seminarista se manifiesta en la forma pertinaz como explica los diferentes síntomas que presentan los supuestamente endemoniados, insistiendo en que lo que necesitan no es un exorcista sino un psiquiatra. El viejo sacerdote no pierde tiempo en argumentaciones, y basa la realidad de aquello con lo que trata en hechos, hechos sobrenaturales inexplicables que van minando progresivamente la seguridad del seminarista (desde el conocimiento sobrenatural de hechos y personas por parte de los poseídos, hasta una escalofriante conversación telefónica del protagonista con su propio padre, horas después de la muerte de éste). El final es previsible: el hermano Kovak se convence de la realidad de la existencia del diablo como ser personal, y eso le conduce a creer en Dios; con su fe recién nacida, derrota al mal en la peor de las batallas, el exorcismo del propio padre Lucas, poseído por un feroz demonio, cuando éste está a punto de destruirlo física y espiritualmente.

Hay que agradecer a los realizadores que no hayan castigado a los espectadores con una de esas vueltas de tuerca de último momento, muy al estilo Hollywood, enviando un coletazo final en el sentido que en realidad el mal sigue ahí, y por lo tanto el bien no ha triunfado nada. Porque si bien en la cosmología bíblica el mal sigue presente, y el triunfo de Dios sobre Satanás se dará al final de los tiempos, esto es una película, nos muestra una historia en particular, y el final de esta historia particular es positivo: el bien triunfa. Tal vez para ceñirse a los “hechos reales” en los que se basa; aunque no es raro que los realizadores cinematográficos “interpreten” o “adapten” hechos reales para llevarlos a la pantalla, en este caso y pese a alguna muerte que hay, promediando la acción, el final es “feliz”.

Desde nuestro punto de vista cristiano, algunas cosas merecen comentarse. Una de ellas es la actitud del padre Lucas, en varias de sus charlas con el seminarista escéptico. Cuestionado reiteradamente acerca de si nunca vacila o piensa si lo que hace no es correcto, el personaje de Hopkins confiesa abiertamente sus dudas, e incluso relata sus fracasos; particularmente uno, acabado en la muerte del poseído, cuyo recuerdo le atormenta. Esta actitud de humilde incertidumbre, que podría ser apresuradamente catalogada como falta de fe, contrasta con el gesto arrogante de megalomanía espiritual, con pretensión de plenitud de fe o llenura del Espíritu Santo, con que en la vida real se nos presentan algunos predicadores y ministros de Dios. Cabría reflexionar sobre eso.

Otro aspecto a destacar, ya viniendo a lo que se nos muestra específicamente como parte del rito de exorcismo, es demandar el nombre de la entidad espiritual que está poseyendo al individuo. Según la doctrina manejada en el filme, conocer el verdadero nombre del demonio otorgaría al exorcista poder sobre el mismo. De hecho, el momento en que el feroz demonio que posee al padre Lucas es forzado a decir su verdadero nombre es uno de los más impresionantes y escalofriantes de la película. Más allá de eso, si nosotros miramos el Nuevo Testamento no hay un claro apoyo bíblico para esto. El único pasaje que podría invocarse como respaldo de esta parte del ritual es el del endemoniado gadareno, en el cual Jesús demanda saber el nombre del demonio (Lucas 8:30); sin embargo, la respuesta que surge del hombre: “Legión”, más que un nombre propio es una alusión a la cantidad de entidades espirituales que lo habían poseído. Según Everett Harrison, “en la antigüedad se consideraba que el nombre de una persona o de una deidad poseía un poder especial que podía dar el dominio sobre esa persona si el nombre se usaba de modo adecuado” (Comentario Bíblico Moody. Editorial Portavoz; 1995. Pág. 223). A la luz de esto último, entonces, esta parte podría interpretarse como la infiltración de una creencia pagana antigua, en un ritual cristiano. Esto no pasaría de ser una curiosidad para nosotros, sino fuera porque en los diferentes movimientos evangelísticos en los que se practica el “ministerio de liberación”, así como en algunos se instruye a los obreros cristianos que ejercerán esta tarea a no entrar en diálogos con las entidades espirituales que enfrentarán, en otros se les enseña a demandar el nombre del espíritu (visto y oído personalmente). Huelgan comentarios.

Una consideración final para lo que constituye la vuelta de tuerca inesperada, casi al final de la película, y que ya mencionamos. El padre Lucas, el experimentado exorcista, es poseído por un demonio; el que liberaba a otros, finalmente necesita ser liberado. Esto es lo que nos hace dudar de que todo esto esté basado en hechos reales. No lo sobrenatural, en lo que creemos y sabemos cierto, pues somos cristianos y conocemos la verdad de Cristo y el mundo espiritual que nos revela la Biblia; pero sí la forma que esto es tratado. ¿Puede suceder esto así? A ver, los evangélicos, olvidemos por un momento que el personaje de la película es un sacerdote católico, y pensemos en términos generales desde la fe: el exorcista, ¿es un verdadero siervo de Dios, lleno de la presencia de Cristo? Si lo es, ¿puede un demonio entrar en él y dominarlo? Si no lo es, ¿cómo podía expulsar otros demonios? Cuando Jesús fue acusado de echar fuera demonios por el poder de Beelzebú, respondió que si Satanás echa fuera a Satanás, su reino está dividido y no puede permanecer (Mateo 12:26); con esto lo que dijo fue que solo por el poder de Dios podían ser expulsados los demonios. ¿Puede alguien lleno del poder de Dios, a tal punto que en el nombre de Cristo ejerce autoridad sobre seres espirituales más poderosos que el hombre, ser poseído por uno de esos seres espirituales malignos? Esta pregunta puede expresarse en otra manera más resumida: ¿es el diablo más fuerte que Dios?

Estas preguntas son las interrogantes cruciales que esta película contiene para los creyentes. A nosotros no nos interesan ni la calidad de las actuaciones, ni la pericia del director, ni el vestuario, el maquillaje o la música; tampoco nos interesa si ganará en los Globos de Oro, o en la entrega de los premios Oscar. El triunfo final del bien, representado por el regreso a la normalidad del padre Lucas, no nos exonera de observar la contradicción que hay en la posesión demoníaca de un servidor de Dios. Un verdadero siervo de Dios, un auténtico hijo de Dios, redimido por la preciosa sangre de Cristo, lleno del Espíritu Santo, que anda en fe y obediencia a la Palabra de Dios, ¿puede ser poseído por el demonio?

La respuesta la buscamos en la propia Biblia. Y en 1 Juan 5:18 encontramos que el apóstol escribió: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios no practica el pecado, pues aquel que fue engendrado por Dios lo guarda, y el maligno no lo toca”. La respuesta es un enorme y resonante no. Los cristianos no podemos ser tocados por el maligno, Satanás o alguno de sus esbirros, pues Cristo es quién nos guarda. El Rito nos muestra una cosa, pero la realidad para aquellos que viven su fe en Jesús cada día, procurando ser fieles a su Palabra, es otra muy diferente.

¿Quiere usted no temer al diablo, los demonios, los espíritus malignos, y toda fuerza de las tinieblas que se nombra en este mundo? Haga como nosotros; refúgiese, por la fe, junto a Jesucristo.

Iglesia En Marcha.Net
6 Abr '11

Hay 1 Comentario.

  1. XokreT
    7:38 pm abril 9, 2011

    Gracias por el texto, un pequeño analisis, y una que otra pregunta para pensar.

    DTB

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