MORAL POSMODERNA Y ÉTICA CRISTIANA

Desarrollo basado en la ponencia presentada en el panel “Profesionales del siglo XXI – implicaciones éticas del ejercicio profesional”.

Actividad organizada por la Comunidad Bíblica Universitaria del Uruguay – Noviembre de 2010.

Es común que en la charla cotidiana utilicemos indistintamente los términos ética y moral, como referencia a lo que “está bien”, a lo que “es correcto”, a una entelequia abstracta que determina lo que debe o no debe hacerse, para que sea bien considerado por “alguien”. Moral y ética son conceptos tan relacionados, que llegan a utilizarse como sinónimos. A nosotros en esta instancia nos interesa la ética, qué implicancias éticas tiene desarrollar las profesiones que hemos elegido para formar el futuro de nuestra vida. Pero de esa interrelación tan íntima que mencionamos recién, surge que no puede haber ética sin moral. Si entendemos la moral como un conjunto de normas y principios que han de regir nuestra conducta, la ética radicará en el cumplimiento cabal de aquellas normas y principios; si la ética pregunta: ¿qué debo hacer?, ¿cómo actuar ante esta situación?, la moral responderá: observando íntegramente este decálogo de normas.

Eso nos lleva a plantearnos dos cuestiones. Primero, sobre qué se sustentará nuestro desempeño en la vida, y en nuestro tema concreto, nuestra práctica profesional; qué normas, cuáles principios guiarán nuestra conducta y orientarán nuestras decisiones. Segundo, si nuestra práctica profesional tendrá implicancias éticas, es decir, surgirán situaciones conflictivas entre nuestros principios morales y las decisiones a tomar en el ejercicio de la tarea que se nos requiere ejecutar, ¿cuál será nuestra respuesta? Porque ante esta interrogante se abre un abanico de opciones:

a) ¿Nos mantendremos firmes en nuestros principios morales, sin importar las consecuencias para otros y para nosotros mismos?

b) ¿Nos mantendremos firmes en nuestros principios morales, pero asumiendo la entera responsabilidad de nuestra decisión, de modo de minimizar o evitar las consecuencias para otros?

c) ¿Dejaremos de lado nuestros principios morales, debido a la presión de las circunstancias y/o del entorno, sean personas o instituciones?

d) ¿Dejaremos de lado nuestros principios morales, debido a otras consideraciones, entre las cuales cabe mencionar conveniencias personales basadas en intereses materiales y monetarios?

Ejercer una profesión universitaria constituye una responsabilidad y un auténtico desafío. Hasta el día de hoy recuerdo lo dicho por un profesor de medicina interna de la Facultad de Medicina de la UdelaR, ya jubilado, en mi primera clase de semiología médica en el Hospital de Clínicas de Montevideo. Él habló del “poder” que la sociedad otorga al médico, y se explayó en consideraciones acerca del correcto uso de ese “poder” conferido por la comunidad. Recuerdo que el concepto de que el médico tiene un cierto “poder” sobre otros integrantes de la sociedad me resultó llamativo, me provocó un cierto rechazo y hasta me resultó absurdo. No pasó mucho tiempo hasta que, aún como estudiante, vestido con una túnica en la emergencia de un hospital pude ver, no a los médicos ejerciendo poder sobre las personas, sino a las personas corriendo detrás del “doctor”, procurando del mismo la solución a sus múltiples problemas, atribuyéndole al médico, a veces exagerada y desatinadamente, ese poder del que con acierto hablara mi antiguo profesor. Quizás no sea disparatado extender ese concepto de un cierto “poder”, otorgado por la sociedad, a todos los profesionales universitarios. Hacer un buen uso de ese “poder”, un uso que respete las normas jurídicas, pero que también respete los derechos individuales y la dignidad humana de nuestros conciudadanos a quienes servimos desde nuestras profesiones, es un reto aún más grande.

Es bastante difícil en el momento actual hablar de ética profesional, o como se ha calificado a este panel, de implicancias éticas del ejercicio profesional, es decir de situaciones en que el profesional se ve expuesto a actuar de modo incompatible con la ética. Es difícil porque la consideración en que eran tenidas por la sociedad en general algunas profesiones universitarias, o tal vez sea más correcto decir algunos gremios universitarios, se ha deteriorado en los últimos tiempos. Se ha deteriorado primero que nada por desafortunados hechos, involuntarios algunos, dolosos otros, trascendidos a la opinión pública; se ha deteriorado por el bombardeo de la prensa, que muchas veces ha puesto a todo un gremio bajo una lupa de mala calidad, que agranda las cosas pero no permite apreciarlas con el adecuado detalle; y se ha deteriorado por la coyuntura política, cuando el enfrentamiento con algunas agrupaciones de profesionales ha sido utilizado por gobiernos de turno como recurso populista. El gremio médico, al que pertenezco, es un buen ejemplo de este deterioro en la consideración de la opinión pública del que hablamos. Hechos puntuales de mala praxis médica, confirmada o solo sospechada, acusaciones de voracidad salarial y corporativismo, convenientemente amplificadas por la prensa, han conducido a un declive en el respeto y la confianza de algunas personas en el cuerpo médico. Hasta hace algunas décadas, el médico era el “doctor de cabecera”, alguien de confianza, casi como un miembro de la familia. Hoy en día, aunque el sistema de salud intenta rescatar aquel viejo sistema, mediante el título de postgrado en Medicina de Familia y el sistema de médicos de referencia, es dudoso que una loable iniciativa académica, o una política de salud del estado, recuperen por sí solas la confianza de la gente. La confianza de la gente la debemos recuperar los profesionales universitarios, adoptando una conducta correcta y tomando las decisiones correctas; porque  eso es la ética, tomar las decisiones correctas.

Que sea difícil hablar de ética, es lo que hace que sea tan necesario.

A modo de planteo personal, considero que una conducta correcta implicará, entre otras cosas, honradez, compromiso con la profesión y con el bienestar de las personas, amén de un trato humano y digno de las mismas, pero también una clara definición de roles. En esa definición de roles, el profesional debería ocupar el lugar del consultor que asesora y aconseja, desde sus conocimientos y experiencia, las líneas de acción más convenientes, favorables y legítimas para quién consulta; el profesional no debería ser ni un agente servil de los deseos, caprichos o intereses privados de sus clientes, ni un rapaz que depreda a los usuarios particulares, a las instituciones o al sistema público, en aras de satisfacer sus propias ambiciones y engordar sus arcas personales.

Una correcta toma de decisiones debería estar guiada por un adecuado decálogo de normas y principios morales. Una forma de evaluar las decisiones a tomar, que darán lugar a cursos de acción, los que a su vez tendrán consecuencias sobre otros, eventualmente sobre el conjunto de la comunidad, y sobre nosotros mismos, sobre nuestro trabajo y reputación, es someter la decisión considerada a una triple prueba:

a)      Prueba de la legalidad: ¿es legal el curso de acción elegido?

b)      Prueba de la publicidad: ¿estaríamos dispuestos a defender públicamente el curso de acción elegido?

c)      Prueba del tiempo: ¿tomaríamos la misma decisión, si pudiéramos retrasarla unas horas, o unos días?

(Tomado de Procedimiento de toma de decisiones en la ética clínica; Ética Médica. Medicina Interna; Farreras – Rozman; Elsevier, España, 2009; página 58).

Aunque esta triple prueba forme parte de un procedimiento de uso en medicina, creo que es perfectamente extrapolable al resto de la actividad profesional: lo que haremos, ¿es legal? (difícilmente sea ético, si no es legal); ¿es posible hacerlo públicamente? (o debe hacerse en oculto, para no exponerse a la vergüenza y reprobación de la opinión pública); ¿es la mejor opción, aunque cambien las circunstancias? (si no existiera la urgencia por tomar la decisión, ¿se optaría por otra?). Son consideraciones a tener en cuenta, en el ejercicio diario de la profesión.

Ahora bien, más allá de la prueba representada por las consecuencias o eventuales consecuencias de nuestras decisiones, la pregunta capital es: ¿cuál es el decálogo o conjunto de normas que guiarán nuestra conducta? En otras palabras, ¿cuál es la moral que dirige nuestro camino? Siendo la moral un conjunto de normas y principios que, en definitiva, pretende indicarnos lo que está “bien” y lo que está “mal”, y recordando lo dicho casi al inicio, acerca de que las posiciones, opiniones, actos y conductas del individuo serán considerados “buenos” o “malos” por otros individuos, por instituciones o por el conjunto de la sociedad, se infiere que la moral dependerá de una serie de tópicos. Dependerá de las normas imperantes en la sociedad, a veces pero no siempre signadas por la herencia filosófica y religiosa; de las pautas culturales e ideologías dominantes; del lobby representado por agrupaciones claramente identificadas, que preconizan una moral alternativa; y de la presión selectiva ejercida por los medios masivos de comunicación, cuya vehiculización de información e ideas puede ser influenciada, no necesariamente en forma voluntaria, por la moral particular de sus responsables. El resultado es una moral no uniforme ni universalmente aplicable; un conjunto de normas, por supuesto que no imponible a todos los integrantes de la sociedad. Será en realidad un grupo de decálogos diferentes, que cada cual adoptará según sus ideas, criterios, aún sentimientos, y también según las circunstancias y el contexto. Esta relatividad moral, muy propia de la posmodernidad, en la que no hay ni se aceptan absolutos, derivará en una forma de ética de situación, en la aprobación como bueno de aquello que resuelve lo más rápidamente el problema, o sirve a los propios intereses e inclinaciones.

Entonces, preguntamos: ¿podemos recurrir a un decálogo moral firme, absoluto, independiente de las ideas, opiniones y ánimos cambiantes de una sociedad en evolución? Y respondemos: sí, podemos. Nosotros recurrimos a la moral cristiana, la cual es algo más que un grupo de reglas y principios, pues tiene como paradigma de palabra y conducta al hombre histórico Jesús de Nazaret, su llamado a una nueva vida por la fe en Él, y sus mandamientos resumidos en la más importante y menos obedecida de todas la leyes: la ley del amor (“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, Marcos 12:31; “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros”, Juan 13:34; “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la Ley es el amor”, Romanos 13:10). La moral cristiana aplica cuando Jesucristo es para nosotros algo más que un nombre, un personaje de la antigüedad o una figura emblemática de una religión. Cuando Jesús vive en nuestro corazón, nuestra moral deberá ser la de la Biblia en cuanto Palabra de Dios, y nuestra ética, no solo en nuestra profesión sino en cada aspecto de nuestra vida, una ética cristiana; un patrón de conducta guiado por el amor sin fronteras, la entrega y el sacrificio por los demás, la rectitud y la honestidad, y por una aspiración de santidad. Siempre con los ojos puestos en Jesús como modelo supremo de vida.

Los desafíos éticos de nuestras profesiones en el Uruguay de hoy, casi iniciando la segunda década del siglo 21, forman una lista rebosante y heterogénea. Los problemas hacen fila para ingresar. En el campo de las ciencias de la salud, que me concierne, los retos son múltiples, y abordar algunos resulta un verdadero quebradero de cabeza. Baste nombrar temas espinosos y extensamente discutidos como el aborto, la terapia con células pluripotenciales o células madre, la manipulación genética de embriones, la eutanasia y el suicidio asistido, u otros aspectos de la atención del enfermo al final de la vida. También hay otros temas menos mediáticos y más cotidianos; por ejemplo, el acceso universal a las medidas diagnósticas y terapéuticas existentes en la actualidad, según lo indicado en cada situación individual, y no solo de quienes tienen un determinado poder adquisitivo; o también, los problemas éticos vinculados a la participación de seres humanos en estudios de investigación biomédica.

Los desafíos, pues, están allí; por lo tanto, también está allí la oportunidad. Oportunidad de proceder con rectitud, de tomar las decisiones correctas, de ser fieles a la ley moral que hayamos adoptado como norma de nuestras vidas, y también de nuestras profesiones. Y también oportunidad de tomar como guía de nuestros hechos, palabra y conducta, tanto profesional como personal, la ley de Cristo y la moral cristiana, surgida de la Palabra de Dios, y así ser en cada uno de nuestros actos y decisiones, un fiel reflejo de Aquel que dejó una huella indeleble en la historia de la humanidad: Jesús de Nazaret.

Dr. Alvaro Pandiani

Iglesia En Marcha.Net
13 Nov '10

Hay 4 Comentarios.

  1. Just Me
    5:58 pm noviembre 14, 2010

    La ética es tema serio en el mundo de hoy. Muy pocos médicos la tienen. Son como semi dioses que entienden tieen la vida y la muerte entre sus manos. Al menos eso es lo que creen. Es triste que cometan tantos errores como los que sabemos por los periódicos u otros medios.
    Sabemos que como hombres son falibles, pero parece que ellos no lo saben, se creen todopoderosos y dan poca importancia a los pacientes.
    Es cierto, perdieron la confianza de los “comúnes”, pero es totalmente entendible gracias a la actuación de algunos.
    Tal vez los cristianos tengan más ética o una ética diferente, como quiere ilustrar la imagen que eligieron, la biblia abierta, y lo que dice este artículo, pero no me queda claro ese concepto. La mayoría de los médicos que conocí en mi larga vida se dicen cristianos… pero el tema dinero es muy importante en sus vidas.

  2. Rodolfo Plata
    12:03 am mayo 15, 2011

    DEJEMOS ATRÁS EL OSCURANTISMO MEDIEVAL DONDE LA FILOSOFÍA ESTABA SOMETIDA A LA TEOLOGÍA, LA RAZÓN A LA FE, LA CIENCIA A LA REVELACIÓN, Y EL ESTADO A LA IGLESIA:

    LOS VALORES SUPREMOS DE LA TRASCENDENCIA HUMANA Y LA SOCIEDAD PERFECTA, DEBEN ORIENTAR LOS OBJETIVOS DEL CURRÍCULO ESCOLAR LAICO A FIN DE ALCANZAR LA SUPRA HUMANIDAD__ La relación entre la fe y la razón, la religión, la ciencia y la educación, se enmarca en el fenómeno espiritual de la trasformación humana abordado por la doctrina y la teoría de la trascendencia humana: conceptualizada por la sabiduría védica, instruida por Buda e ilustrada por Cristo; la cual concuerda con los planteamientos de la filosofía clásica y moderna, y las conclusiones comparables de la ciencia (psicología, psicoterapia, logoterápia, desarrollo humano, etc.)__La paideia griega tenía como propósito educar a la juventud en la virtud (desarrollo de la espiritualidad), la sabiduría (cuidado de la verdad, estudiando la física, la lógica y la axiología), el físico culturismo (cuidado del cuerpo y la salud), mediante la práctica continua de ejercicios físicos y espirituales (cultivo de sí), a efecto de prevenir y curar las enfermedades del cuerpo y el alma; la oratoria y la retórica para intervenir en la administración y gobierno de las polis, a efecto de alcanzar la sociedad perfecta. El educador, utilizando el discurso filosófico y la discusión de casos y ejemplos prácticos, más que informar trataba de inducir transformaciones buenas y convenientes para si mismo y la sociedad, motivando a los jóvenes a practicar las virtudes opuestas a los defectos encontrados en el fondo del alma, a efecto de adquirir el perfil de humanidad perfecta (cero defectos) __La vida, ejemplo y enseñanzas de Cristo coincide cien por ciento con el currículo y objetivo de la filosofía griega. Y por su autentico valor pedagógico, el apóstol Felipe introdujo en los ejercicios espirituales la paideia de Cristo (posteriormente enriquecida por San Basilio, San Gregorio, San Agustín y San Clemente de Alejandría, con el pensamiento de los filósofos greco romanos: Aristóteles, Cicerón, Diógenes, Isócrates, Platón, Séneca, Sócrates, Marco Aurelio,,,), a fin de alcanzar la trascendencia humana (patente en Cristo) y la sociedad perfecta (Reino de Dios). Meta que no se ha logrado debido a que la mitología del Antiguo Testamento, al apartar la fe de la razón, castra mentalmente a sus seguidores extraviándolos hacia la ecumene abrahámica que conduce al precipicio de la perdición eterna (muerte espiritual)__ Es tiempo de rectificar retomando la paideia griega de Cristo, separando de nuestra fe el Antiguo Testamento y su teología fantástica que han impedido a los pueblos cristianos alcanzar la supra humanidad. Pierre Hadot: Ejercicios Espirituales y Filosofía Antigua. Editorial Siruela.

  3. Sembrador
    11:11 pm mayo 15, 2011

    Rodolfo, aparte de todo ese delirio sobre la supra humanidad, y todo eso, ¿algún comentario sobre el tema del artículo?

  4. Sembrador
    11:17 pm mayo 15, 2011

    Che, Rodolfo, saliste antisemita, ¿eh?
    Separar a Cristo del Antiguo Testamento, solo se le ocurre a alguien que anda flotando en nubes de filosofías varias, pero jamás leyó la Biblia.
    Dale, abrí el libro de tapas negras. No muerde.

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