PARLAMENTO Y CULTO CRISTIANO

Una opinión.

Dr. Álvaro Pandiani.

La noticia estaba mezclada entre varias notas y artículos relacionados al quehacer político nacional, en el portal de El País del pasado jueves 26 de agosto. Como cristiano evangélico, no podía pasarme inadvertido el título del artículo: Prohíbenreuniones de evangélicos en el Palacio Legislativo (www.elpais.com.uy/…/prohiben-reuniones-de-evangelicos-en-el-palacio-legislativo). Un título así no solo llama la atención sino que despierta reacciones: sorpresa, indignación, incertidumbre, temor; y también varias preguntas. Por ejemplo, si es esto un recrudecimiento de la intolerancia, a despecho de la tolerancia que es políticamente correcta, bien que nosotros sabemos que la tolerancia que hoy se predica desde ámbitos oficiales y a través de los medios de comunicación es una avenida flechada, y no precisamente hacia el lado de los principios morales y espirituales cristianos. O si se trata de discriminación contra los evangélicos, siempre acusados de discriminar por mantener nuestros valores bíblicos frente a la universal relatividad moral de nuestra sociedad, la cual sigue un derrotero que a nosotros nos impresiona cada vez más inmoral. O incluso, si no esboza el inicio moderado de una persecución; una actitud activa contra quienes sustentan preceptos de vida que hoy en día van a contracorriente de las nuevas normas que se imponen en la comunidad.

Sin embargo, cuando uno lee la nota, comprueba que en realidad se trata de la negativa, de parte de la presidenta de la Cámara de Representantes, la diputada del MPP Ivonne Passada, de ceder una sala común del Edificio Anexo del Parlamento para reuniones de tipo religioso, llevadas adelante por parlamentarios cristianos, periodistas evangélicos y funcionarios (suponemos que también creyentes evangélicos). El objetivo de las reuniones es: “leer textos bíblicos, reflexiones y oraciones”; es decir, básicamente, lo que compone un culto cristiano, faltando solo el canto. Estas reuniones se inscribirían en un ciclo llamado “Parlamento y fe”; “Parlamento y fe es un ciclo que se realiza en Argentina desde hace un año y medio y, desde agosto, también se lleva adelante en el Parlamento uruguayo”. Según se lee en la nota de prensa, hasta el momento de su publicación se habrían realizado dos de estas reuniones; las mismas tuvieron lugar en la sala de la bancada del Partido Nacional. Cabe recordar que esta colectividad política, tradicionalmente inclinada al cristianismo, fue la que representó la oposición más tenaz, durante la pasada administración, a proyectos de ley resistidos por la comunidad cristiana de Uruguay, tanto católica como evangélica, entre los que cabe recordar el proyecto de ley de defensa del derecho a la salud sexual y reproductiva (despenalización del aborto e implantación de la perspectiva de género); también fue, no exclusivamente pero sobre todo, entre los nacionalistas que varios grupos cristianos evangélicos presentaron candidatos a ocupar diversos cargos, sobre todo bancas en el Parlamento, habiendo el Partido Nacional recibido el apoyo explícito de pastores y líderes evangélicos, durante la campaña electoral del año 2009. Ahora, pues, esta colectividad política es la que, contando con un diputado herrerista de fe cristiana evangélica, “auspicia” este movimiento que procura llevar a los ámbitos parlamentarios la expresión del culto cristiano protestante. Y es cuando este ciclo de reuniones quiere salir del espacio destinado al Partido Nacional hacia una sala común ubicada en el cuarto piso del Edificio Anexo, que la petición es denegada. Se trata por lo tanto (y por lo que se deduce del texto de la nota de prensa), no de una “prohibición” de reunirse que afecta a los evangélicos que pretenden hacerlo en el Parlamento, sino de la negativa a que dichas reuniones, que ya están en curso, puedan realizarse en un área común a todas las bancadas.

Aclarado esto, surge la noción de que el título del artículo es bastante tendencioso, pues veladamente estigmatizaría como intolerante y discriminadora a la diputada frenteamplista que “prohibió” (en realidad, denegó).

Aunque en realidad, si de expresiones tendenciosas se trata, cabría recordar la forma en que, el año pasado, se refirió a las “sesiones espirituales” que algunos grupos religiosos (presuntamente evangélicos) realizaban en el Parlamento, un periodista del diario La República (medio de prensa con una orientación política definida y conocida, diferente a la de El País). Incluso, este hecho es mencionado en el artículo de El País que estamos comentando: El año pasado el entonces presidente de la Cámara de Diputados Roque Arregui dispuso una investigación administrativa ante denuncias de que grupos religiosos utilizaban salas de las comisiones para ritos y oraciones. Arregui prohibió esas prácticas. Efectivamente, en el año 2009 el diario La República nos informaba que salas del anexo del Palacio Legislativo, construidas y acondicionadas para que allí trabajen las comisiones parlamentarias, son usadas periódicamente por organizaciones religiosas de las más diversas extracciones (www.larepublica.com.uy/…/361336-sesiones-espirituales-en-anexo). Como se comentó en su momento, aquí el periodista, evidentemente antagonista a esta actividad, recalcaba el objetivo para el que fueron hechas las salas del Anexo, con lo que indirectamente destacaba el despropósito de su utilización para el desarrollo de reuniones religiosas. Pero la pluralidad religiosa que visitó el Parlamento uruguayo durante el año pasado tuvo su contrapartida en la pluralidad política que reclamaba su presencia; tal conclusión surge de otra de las afirmaciones de aquel artículo: El uso de las salas para sesiones religiosas es pedido por legisladores de todos los sectores políticos. En ese momento, entonces, se puso en entredicho la pertinencia de realizar en el ámbito del Parlamento estas actividades; actividades que, aunque para los cristianos evangélicos sean “espirituales”, para el mundo secular constituyen sesiones “religiosas”. Esta reserva vuelve a aparecer ahora ante el desarrollo del ciclo “Parlamento y fe”, cuando se dice: “que la Presidencia (de la Cámara de Representantes) entiende que en el Palacio Legislativo no deben realizarse reuniones de carácter religioso.

A diferencia de lo ocurrido en 2009, cuando todos los partidos políticos solicitaban salas para dichas reuniones “espirituales”, por ahora solo el Partido Nacional ha auspiciado, y algunos de sus legisladores se han hecho presentes, en las reuniones actualmente en curso. Incluso, el año pasado el propio periodista del diario La República publicaba los nombres de legisladores del Nuevo Espacio y de la CAP-L, sectores del Frente Amplio que (además de los nacionalistas) eran los que más reiteradamente pedían salas para estos fines. La primera impresión que surge, casi en forma visceral, para explicar esta diferencia, es que en año electoral se ven cosas que en otras épocas no se ven.

Y ahora nos preguntamos, ¿es oportuno o no que se lleve adelante este ciclo “Parlamento y fe” en espacios de los edificios parlamentarios, llevando el culto cristiano a la sede del Poder Legislativo uruguayo, y poniendo eventualmente en el ojo de la tormenta a los cristianos evangélicos?

Tal vez, en primer lugar sea pertinente recalcar que en el terreno de la libertad personal, todos los ciudadanos tenemos, y queremos pensar que seguiremos teniendo, el derecho a vivir y cultivar nuestra fe (solos, o en grupos), independientemente de espacios físicos. El cristianismo es una fe eminentemente espiritual, y aunque hay lugares especialmente destinados para el culto cristiano, es ridículo pretender que toda la expresión de esta fe se circunscriba a los templos. Los primitivos cristianos se reunían en casas de familia, en campos y bosques, en las orillas de los ríos, incluso en cementerios, y hasta en cavernas y catacumbas en épocas de persecución. Las encendidas e incluso agresivas declaraciones vomitadas por los opositores recalcitrantes de siempre, que pretenden que las manifestaciones de fe de los creyentes cristianos se recluyan en los templos, no hace más que mostrar que la tolerancia y el respeto a la diversidad que tanto preconizan hoy en día algunos grupos no son más que burdas mentiras. Mal que les pese, los que se llenan la boca hablando de tolerancia deben tolerar, o dejar de ser hipócritas y revelar su verdadero carácter; en muchos casos, un carácter tanto o más intolerante que el que atribuyen a la Iglesia, pasada o presente.

Cuando hablamos del derecho a expresar libremente fe y devoción en cualquier lugar, público o privado, esto incluye necesariamente el lugar de trabajo, en el que todos pasamos gran parte del día. Por supuesto, la salvedad cae por su peso: cada cosa en su lugar; el lugar de trabajo es para trabajar, y en el horario de trabajo, se debe trabajar. Eso está fuera de discusión.

Creo que también deberíamos tener en cuenta el deseo legítimo del creyente de impregnar con sus devociones los lugares donde pasa tantas horas de cada día, y en donde realiza el trabajo con el cual lleva el sustento para su familia, y que le da un lugar en la sociedad. Lo que busca, por ejemplo, orando por su trabajo, su empresa, su patrón y compañeros/as, es la bendición para ellos (en lo espiritual, material, económico, etc.), la de su familia, y también una bendición personal. Si el patrón y compañeros son creyentes, reconocerán la importancia y necesidad de contar con la bendición de Dios, y no debiera molestarles la actividad espiritual que, a solas o en grupo, realicen los creyentes (siempre teniendo en cuenta la salvedad expresada en el párrafo anterior); si no son ellos también creyentes, tampoco tendría por qué molestarles. Solo puede molestarles cuando son intransigentes e intolerantes, y el tan mentado respeto por la diversidad no ha llegado aún por sus barrios.

El Parlamento es el lugar donde se definen las leyes que rigen la convivencia de la sociedad uruguaya. En tal caso y en tal lugar, sí, parece legítimo el deseo de los cristianos de acercar la influencia de la Palabra de Dios y ser portadores de los valores de las Sagradas Escrituras judeocristianas, a ver si algunos de dichos valores impregnan algún que otro proyecto de ley, para así poner un freno a la decadencia y disgregación moral de nuestra sociedad, la que progresa a ojos vista, aunque nos digan que las cosas van mejor. Eso sí, sin interferir con el cometido y propósito para el que fueron pensados los ámbitos parlamentarios. De hecho, es ya una realidad desde hace tiempo que, con ese objetivo en mente, en muchos lugares públicos y privados los cristianos evangélicos practican sus devociones, y no solo en el Parlamento; también lo hacen en la Universidad de la República, en otras oficinas públicas, e incluso en establecimientos militares y policiales. Y es altamente probable que otras religiones hagan otro tanto; baste recordar cuánto acercamiento ha habido entre el partido de gobierno y los representantes de las religiones afrobrasileñas, quienes el pasado año electoral manifestaron su explícito apoyo a la candidatura de José Mujica, y a quienes el ex Presidente Tabaré Vázquez, durante su período como Intendente de Montevideo, les inauguró el monumento de una de sus diosas.

Impresiona que el gobierno debiera practicar la tolerancia que sus allegados predican; así como para las opciones sexuales distintas a la que surge de la naturaleza y acepta la moral cristiana, también para las opciones religiosas distintas a las de sus simpatizantes. Por supuesto, esto no exonera de mesura y respeto a los cristianos evangélicos (y otros) que hagan reuniones para cultivar su fe en algún espacio no destinado a ese fin, y fuera de sus horarios de trabajo.

Mirando hacia dentro de nuestra comunidad, debemos decir NO al dogmatismo todopoderoso de algunos creyentes, que miran por encima del hombro y peyorativamente a quienes no piensan o creen igual.

También debemos decir NO a una presentación bulliciosa e irracional de la fe cristiana evangélica, que más que fomentar el acercamiento y el interés en la mutua comprensión, produce rechazo y estigmatiza como incomprensibles entes a los creyentes.

Debemos recordar ante todo el amor de Cristo, y proceder en consecuencia y en concordancia con tal ejemplo.

Entendido esto, y pese a las legítimas discrepancias que algunos pudieran manifestar, no queda más que saludar la iniciativa del diputado Amarilla, quién en la universal disgregación moral impuesta por algunas ideas en boga, muy posmodernas y novedosas, procura hacer regresar al Parlamento la presencia de otros valores, que no por antiguos son perimidos, pues son justamente los valores de la Palabra de Dios, la expresión de lo que Dios quiere, para que el ser humano alcance felicidad y plenitud.

7 Sep '10

Hay 1 Comentario.

  1. SANDINO
    11:23 pm septiembre 23, 2010

    Me gustó mucho leer este artículo y sentirme identificado con usted. Creo que tendríamos que poder orar y bendecir el lugar de trabajo, pero también me parece que la mayoría de los evangélicos son demasiado exagerados y confunden y asustan. Basta de eso. Dios no es sordo y no es necesario gritarle.

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