EL SERMÓN DEL MONTE – Parte 10

La Justicia Mayor de un Espíritu de Amor

Mateo 5:43-48

Con este estudio concluímos la sección iniciada en Mateo 5:17, cuyo leitmotiv era una justicia mayor que la de los escribas y fariseos.

En seis ejemplos Jesús muestra cómo es esa justicia mayor del reino de Dios.  Es la justicia mayor de un espíritu de reconciliación, no de pelea.  Es la justicia mayor de un espíritu fiel, no adúltero.  Es la justicia mayor de un espíritu igualitario, no discriminatorio.  Es la justicia mayor de un espíritu veraz, no mentiroso.  Es la justicia mayor de un espíritu que no resiste al mal.

En la presente sección que analizaremos la última, Jesús resume toda la enseñanza de esta sección y le da un final como sólamente él podía llegar a darle.

Leer Mateo 5:43-48.

“Oísteis que fue dicho”, dice Jesús, “amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Ahora bien, Levítico 19:18, de donde seguramente Jesús cita esta ley, dice “Amarás a tu prójimo”, pero ¿de dónde sale el “aborrecerás a tu enemigo”?

Algunos comentaristas dicen que sale de Deuteronomio 23:6: “No procurarás la paz de ellos..”

Otros sugieren que quizá es una derivación del Salmo 139:21-22: “¿No odio, Jehová, a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco por completo, los tengo por enemigos.”

Sin embargo, en el mismo texto de Deuteronomio 23, un versículo después, la ley exhorta a no odiar al edomita ni al egipcio, ni al extranjero.  El Antiguo Testamento una y otra vez exhorta al amor hacia el enemigo.

Exodo 23:4-5, por ejemplo, dice: “Si encuentras el buey de tu enemigo o su asno extraviado, regresa a llevárselo.  Si ves el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, ¿lo dejarás sin ayuda? Antes bien le

ayudarás a levantarlo.” También Proverbios 25:21-22 dice: “Si el que te aborrece tiene hambre, dale de comer pan, y si tiene sed, dale de beber agua; pues, haciendo esto, harás que le arda la cara de vergüenza, y Jehová te recompensará.”

También el profeta Eliseo (ver 2 R 6:21-23) ordenó al rey no matar a los sirios que habían capturado, sino darles de comer y de beber, y dejarlos volver a sus señores.  Dice el texto: “Entonces se les preparó una gran comida. Cuando hubieron comido y bebido, los despidió, y ellos volvieron a su señor. Y nunca más vinieron bandas armadas de Siria a la tierra de Israel.”

Cuando se ama, se responde con amor.  Cuando se odia, no es raro que otros nos odien.

“Amarás a tu prójimo” dice Jesús, pero además agrega: “…amarás a tu enemigo”.  La naturaleza del amor no se ve en el amar a quienes nos aman.  Todos amamos a los que nos aman.  Hasta los incrédulos, los paganos, dice Jesús, aman a los que les aman.  Pero los cristianos, si de veras quedemos ser reconocidos como cristianos, tenemos que amar a nuestros enemigos.

Es la primera vez en el sermón que se menciona la palabra “amar”, que es la que resume todo el mensaje de Dios.  Amar es más que gustar, es más que un sentimiento o una emoción, es más que la pasión.

Para Jesús “amar” es la constante y continua actitud de procurar el bien del prójimo, aunque a nosotros no nos guste.  Y los prójimos, dice Jesús, no se distinguen por si son nuestros amigos o nuestros enemigos.  Es más, ni siquiera se distinguen enemigos personales o políticos en el sermón, a todos ellos hay que amarlos.  Hay que amar a los amigos, hay que amar a los enemigos sistémicos, hay que amar a los enemigos personales, a todos ellos hay que amarlos.

El amor verdadero no pide nada a cambio, sólo busca el bien del otro.  Por eso, cuanto más nos odie nuestro enemigo, más debiéramos amarlo y actuar compasivamente para con él.  No sea que el enemigo nos considere a nosotros su enemigo.  Entonces ¿quién es el enemigo?  Un cristiano no debe ser enemigo de nadie.  No que no tenga enemigos, pero él no debe fomentar la enemistad.

El amor cristiano debe ser mostrado porque es una resultante del amor de Dios.  El versículo 45 aclara porqué: “…para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.” Sólo cuando amamos indistintamente somos verdaderamente hijos de Dios.  Sólo cuando obedecemos al mandato de Jesús de amar a nuestros enemivos somos verdaderamente hijos del Padre celestial.  El actúa así sobre todas sus criaturas: con amor eterno.

En el versículo 44 Jesús dice que los que somos de Cristo debemos hacer cuatro cosas por nuestros enemigos:

La primera cosa que debemos hacer por nuestros enmigos es amarlos.  “Amad a vuestros enemigos”, dice Jesús.

Amar al enemigo ya no es la actitud paciente del que soporta una injusticia calladamente.  Es la actitud activa de quien se compromete en demostrar un amor verdaderamente compasivo hacia los demás, sin importar si ellos lo consideran bueno o malo.

Solamente cuando estamos dispuestos a sacrificar nuestro honor, nuestros bienes y nuestra vida misma no sólo por nuestros amigos, sino por nuestros enemigos, entonces podemos caminar en el camino de Jesucristo.

No justificamos con nuestro amor la maldad de los otros.  Así como el amor de Dios no justifica al pecado, pero salva al pecador, así nosotros, como verdaderos hijos del verdadero Padre, debiéramos amar para salvar.

Este amor no nace de la debilidad sino de la fuerza.  No hace del temor, sino de la verdad.  No nace de la ley sino de la voluntad.  Este amor no se puede fabricar, no se puede imitar, no se puede comprar, no se puede falsear, no se puede tener sino nace de adentro de uno mismo.

La segunda cosa que debemos hacer por nuestros enemigos, dice Jesús, es bendecirlos.  “Bendecid a los que os maldicen” dice Jesús.

Si el enemigo nos maldice, nosotros debemos bendecirle.  Cuando alguien es un “bendito del Señor”, su maldición no puede hacernos daño.  Cuando amamos hacemos que los corazones de nuestros enemigos, empobrecidos por el odio, se enriquezcan con las riquezas de Dios traídas por el amor que les da uno de sus así llamados “enemigos”.

Mi hija Cecilia recibió hace unos días de parte de una amiga, un fragmento de una carta enviada por un ciudadano chileno al General Augusto Pinochet Ugarte.  Me parece que fue escrita por un verdadero cristiano.

La carta dice “…le deseo, General, sinceramente, un juicio justo, apegado al derecho y, en la medida de lo posible, un calabozo limpio, cómodo y digno. Ojalá que nadie lo golpee, General, que nadie lo humille. Que no le confisquen su casa ni su auto ni le destruyan su biblioteca. Que no le venden los ojos ni lo tiren al suelo para darle patadas y culatazos. Que no lo cuelguen de los pulgares, ni le administren descargas eléctricas en los testículos, que no le arranquen la lengua, que no le hundan la cara en una pila de agua de vomito, ni lo asfixien metiéndole la cabeza en una bolsa de plástico, que no le revienten los globos oculares, que no le quiebren los huesos de las manos, que no le introduzcan ratas hambrientas por el ano, que no lo violen, ni lo mutilen, ni lo hagan volar a pedazos con una carga explosiva; que no disuelvan su entierro a macanazos, que no secuestren a sus hermanos ni les arranquen los pezones a sus hijas.

Es decir, General, que no le hagan nada de lo que sus subordinados hicieron, bajo sus ordenes y su responsabilidad, a miles de chilenos y chilenas y a muchos otros ciudadanos de Argentina, de España, de Francia, de Alemania, de Suecia. No. Que le organicen un juicio justo y que le preparen una celda limpia y cómoda en la que pueda pasar sus últimos años sin padecer frío ni hambre. No es nada personal. Es que si eso se consigue, General Augusto Pinochet Ugarte, la humanidad habrá dado un gran paso hacia el reencuentro consigo misma.”

Cuán pronto nos olvidamos de lo ocurrido en países como Chile, Argentina, Bolivia, Colombia, España, Alemania, Italia, Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Chechenia o tantos otros países del mundo en donde, a veces, parece que la humanidad jamás se reencontrará.  Cuán pronto dejamos pasar la maldad como si no existiera.  No debemos dejar pasar la maldad como si no la viéramos, debemos actuar frente a ella con firmeza y con amor.

¿Qué deseamos a los demás? ¿Los bendecimos o los maldecimos?  ¿Con qué pagamos los cristianos, con el mal o con el bien?

Una tercera cosa dice Jesús que debemos hacer para nuestros enemigos: debemos hacerles bien. “Haced bien a los que os aborrecen” dice Jesús.

Hay tres modos de pagar las acciones de los demás.  El primer modo es pagar mal por bien.  Este es el modo diabólico.  El que devuelve un mal por un bien sigue el camino del diablo.  Si una persona devuelve mal por bien no puede ser considerada discípulo de Cristo.

El segundo es el modo humano: Pagar bien por bien y mal por mal.  Ojo por ojo y diente por diente.  Ese es el modo humano.  Así pagamos los hombres.  Al que nos hace bien, le hacemos un bien.  Al que nos hace un mal, le hacemos un mal.  Si un discípulo hiciera esto, no se distinguiría de los demás hombres, tampoco podría ser considerado un discípulo de Cristo.

Pero el tercer modo, el modo cristiano, es el de devolver bien por mal.  Cuando hos han hecho un mal, devolvemos con un bien.  El cristiano ama así porque así fue amado por el Padre celestial.

Debemos amar no sólo en palabra y en pensamiento, también en acciones de amor, que son las oportunidades de servicio en las circunstancias de cada día.

Así también decía el apóstol Pablo a los romanos: “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres.  Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.  Así que, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, pues haciendo esto,  harás que le arda la cara de vergüenza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.” (Ro 12:17-21).

La cuarta cosa que dice Jesús que debemos hacer como sus discípulos es orar por los que nos ultrajan y nos persiguen.  “Orad por los que os ultrajan y os persiguen” dice Jesús.

Si oramos por nuestros enemigos podemos aprender a amarlos.  Sólo orando y poniéndolos delante del Padre celestial, El puede enseñarnos a amarles.

Para los discípulos del primer siglo, los “enemigos” no eran una abstracción intelectual, eran el pan de cada día.  Estaban aquellos que los maldecían por minar la fe establecida del judaísmo, y por transgredir la ley, es decir, los escribas y fariseos.  También aquellos que los odiaban porque habían dejado todo en el nombre de Jesús, es decir, sus familiares, padres, y amigos. Otros los insultaban sólo porque sí, porque ellos eran humildes y aparentemente débiles.  Otros más los perseguían como posibles revolucionarios, y buscaban destruirlos.

Jesús les dice que tienen que orar por ellos.  Sólo cuando uno ora por una persona que le aborrece uno puede comenzar a amarla.  Quizá la primera oración sea que no podemos amarle, pero a través de la oración Dios ablanda nuestro corazón y nos hace comprender y aceptar aquello que antes nos parecía imposible: amar a alguien que se nos manifiesta como enemigo, bendecir al que nos maldice, hacer bien a alguien que nos aborrece.

Conclusión

Los últimos versículos de este texto nos confrontan con nuestro Padre celestial.  Ser cristiano es ser como Cristo, es ser como el Padre celestial, perfecto, maduro, íntegro, como el Padre celestial.

La pregunta de Jesús es la que nos desafía: ¿Qué recompensa tendréis? (5:46)  ¿Qué hacéis de más? (5:47)

Lo típicamente cristiano es aquello que hacemos de más.  Lo que viene del amor es lo que se hace de más.  La milla de más, la capa de más, la mejilla de más, la reconciliación de más, la veracidad de más, el amor al enemigo de más.  Todo esto está de más.  A juicio de verdadera justicia, está de más.  Pero en la justicia del reino de Dios es lo requerido.

Así fue la cruz.  Un acto de más.  Si Jesús se hubiera aferrado a sus derechos, la cruz estuvo de más.  Pero él fué voluntariamente a la cruz, dió su vida en ella por los demás.  Un acto que está de más, pero que para nosotros, gracias a su amor, es esencial para poder encontrarnos con Dios.

La comunidad de los discípulos de Cristo es la comunidad de aquellos que hacen lo que está de más.  Es la comunidad de la justicia “mayor” de los escribas y de los fariseos.  Es la comunidad que ha dejado el mundo y sus pasiones y que ha contado todas las cosas como pérdida por amor al más excelente conocimiento de Cristo el Señor y Salvador.

¿Qué hacéis de más?…

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Daniel Carro es Profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos John Leland, en Arlington, Virginia, USA.  También se desempeña como Embajador Latino de los Bautistas de Virginia.  Pastor y profesor en su nativo país de Argentina por más de 25 años, el profesor Carro continúa desarrollando ambas facetas de su ministerio desde el año 2000 en Virginia.  También continúa como miembro del Departamento de Estudio e Investigación y del Grupo de Trabajo de Educación Teológica y Académica, ambos dependientes de la Alianza Bautista Mundial, de la cual fue Secretario Regional para América Latina en los años 1995-2001.  Fue electo Vicepresidente Primero de la AMB para el período 2010-2015.

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9 Sep '10

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