EL SERMÓN DEL MONTE – Parte 9

La justicia mayor de un espíritu que no resiste al mal.

Mateo 5:38-42

Seguimos estudiando el Sermón del Monte.  Estamos analizando la segunda parte, dedicada a enseñar al discípulo una justicia mayor que la de los escribas y fariseos.  Jesús ha dicho: “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 5:20), y ahora está aclarando qué significa eso a la luz de seis ejemplos en aparente contradicción a la antigua ley judaica.

En esos ejemplos Jesús está mostrando cómo es la justicia mayor del reino de Dios: la justicia mayor de un espíritu de reconciliación, no de pelea; la justicia mayor de un espíritu fiel, no adúltero; la justicia mayor de un espíritu igualitario, no discriminatorio; la justicia mayor de un espíritu veraz, no mentiroso.

Llegamos hoy a analizar la quinta de estas seis antítesis la que tiene que ver con una famosa ley judaica, la “Ley del Talión”.

Así formula esta ley, por ejemplo, Exodo 21:22-25: “Si algunos riñen y hieren a una mujer embarazada, y esta aborta, pero sin causarle ningún otro daño, serán penados conforme a lo que les imponga el marido de la mujer y juzguen los jueces.  Pero si le causan otro daño, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe”.

Y Deuteronomio 19:16-21 la formula así: “Cuando se levante un testigo falso contra alguien, para testificar contra él, entonces los dos litigantes se presentarán delante de Jehová y delante de los sacerdotes y de los jueces que haya en aquellos días.  Los jueces investigarán bien, y si aquel testigo resulta falso y ha acusado falsamente a su hermano, entonces haréis con él como él pensó hacer con su hermano. Así extirparás el mal de en medio de ti.  Los que queden, cuando lo sepan, temerán y no volverán a cometer más una maldad semejante en medio de ti. No lo compadecerás: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”.

Para nuestro desarrollado concepto de justicia parece una ley cruel e injusta, pero al analizar bien el tiempo y el modo en que esta ley fue dada, nos damos cuenta que el propósito de la ley fue terminar con el ciclo de las venganzas, y establecer un principio básico de justicia retributiva.

Así fue el caso de Lamec, hijo de Matusalén.  “Si siete veces fue vengado Caín, Lamec lo será setenta veces siete” (Gn. 4:24).  La venganza nunca se termina.  Siempre hay que pagar al otro más de lo que el otro nos hizo.  Así no se puede vivir.  Así se comienza una guerra mundial.

En el Antiguo Testamento los derechos del hombre se establecen mediante un sistema de retribución.  Cada mal debía ser castigado, pero justamente.  El motivo de la retribución era erradicar del cuerpo político de la nación la causa del mal y el que lo originaba.

Pero veamos cómo Jesús recuerda y reinterpreta esta famosa ley del Talión.  Leer Mateo 5:33-37.

Nuevamente, en este ejemplo, Jesús no está abrogando la ley, sino cumpliéndola en su espíritu más profundo.  Jesús dice: Hay que retribuir al mal, y el mejor modo de retribuirlo es no resistirlo.

Parece una contradicción.  No tanto, en realidad.  Lo que Jesús está enseñando es que el mal no puede ser detenido por otro mal.  Jesús está estableciendo lo que se ha conocido más tarde como el principio de la no-resistencia, o de la resistencia pasiva.

Cuando un cristiano enfrenta la injusticia, dice Jesús, no debe aferrarse a sus derechos defendiéndolos a toda costa, antes bien, debe aprender a sufrir la injusticia.

Para un cristiano sólo Cristo es importante, todo lo demás es aleatorio y pasajero.  Por eso, la manera cristiana de vencer al mal, aunque parezca extraño, es dejarlo seguir su maligno curso sin oponerle la resistencia que está buscando.

Dietrich Bonhoeffer fue un cristiano que decidió volver a la Alemania nazi durante Hitler.  El estaba bien en Nueva York, enseñando en un seminario, cuando Hitler llegó al poder.

Bonhoeffer decidió volver a Alemania con el propósito de luchar para que el régimen no avanzara.  Allí encontró la persecución, la cárcel y, por fin, la muerte.

En uno de sus famosos libros, “El Precio de la Gracia”, Bonhoeffer dice:

“El modo correcto de retribuir al mal, según Jesús, es no resistirlo…  El único modo de vencer el mal es dejarlo seguir su maligno curso hasta que pare porque no encuentra la resistencia que está buscando. La resistencia sólo crea más mal, y es como agregar nafta a un incendio.

Pero cuando el mal no encuentra obstáculos sino perseverancia y tolerancia paciente, su aguijón queda sin efecto, y al fin encuentra un oponente que no puede vencer.  Por supuesto, esto pasa sólo allí donde se abandona hasta el último gramo de resistencia, y donde se renuncia completamente a la revancha, a la venganza.  Como el mal no puede encontrar apoyo para su maligno curso, al no poder traer más mal, cesa de ser.

Mediante la perseverancia paciente, el cristiano hace que el mal pase de largo.  El mal se convierte en una fuerza malgastada e inútil cuando no le oponemos resistencia.  Al rehusarse a pagar mal por mal, al negarse a pagarle al enemigo con su propia moneda, al preferir el sufrimiento sin oponer ninguna resistencia, el cristiano exhibe la pecaminosidad del insulto y la insolencia.

La violencia queda condenada allí donde no se la resiste, porque es sólo así como queda en evidencia su falla de evocar contra-violencia” (The Cost of Discipleship, p. 157-158).

Como ya dije, Bonhoeffer pagó con su vida el precio de creer en esta no-violencia.  Y por eso lo admiramos.

Jesús ejemplifica este principio de la no-violencia con cuatro ejemplos de su día.

El primer ejemplo es el de una ofensa insoportable (v. 39b).  Si alguien te golpea en la mejilla derecha, dale también la otra mejilla.

El segundo ejemplo es el de un juicio injusto (v. 40).  Si alguien te lleva a un juicio injusto para sacarte la camisa, déjale también el saco.

El tercer ejemplo es el de una demanda oficial (v. 41).  Si las autoridades te obligan a llevar carga por una milla, anda con él dos.

El cuarto ejemplo es el de un pedido de ayuda (v. 42).  Si alguien te pide algo, dáselo, dice Jesús.  Y si alguien quiere que le prestes algo, no rehúses prestárselo, dice Jesús.

La enseñanza de Jesús de este principio de la no-resistencia, y en los ejemplos con los que Jesús lo aclara tiene dos partes, según la veo.

La primera parte que veo en este principio de la no-resistencia es que debemos dejar de lado toda forma de venganza, sea ésta merecida (a nuestros ojos) o no.

No tomar venganza no significa justificar o condenar al mal.  Padecer injustamente no significa reconocer los derechos del agresor.  Pero debemos abandonar el deseo de vengarnos por nuestras propias manos, de cobrárnoslas a nuestro gusto, dice Jesús.

Finalmente, si la persona cae en nuestras manos no tendrá lugar la justicia de Dios.  “Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Ro 12:19).

Al preferir sufrir la injusticia antes de tomar venganza, el cristiano da lugar a la justicia de Dios, y la persona queda en manos de Jesús.

Esta enseñanza de Jesús no debe ser tomada en forma idealista, como si Jesús no supiera o no comprendiera la realidad del mundo cruel e injusto que vivimos.  Por el contrario, justamente porque el mundo es cruel e injusto es que los cristianos tenemos que aprender a sufrir injustamente, aún a manos de otros cristianos.

Los reformadores distinguían entre aquellos sufrimientos que un cristiano recibe en forma personal y aquellos que sufre por acciones llevadas a cabo como ordenanza de Dios.  Los primeros llevaban, según ellos, el precepto de la no-violencia y la no-retribución.  Los segundos, sin embargo, podían ser devueltos.  Así justificaban la guerra justa.

Sin embargo, para Jesús no hay guerra que sea justa.  La guerra, para que exista, requiere de dos partes.  Si una de las partes se niega a pelear no hay guerra posible.  Y esto es lo que Jesús exige, que no opongamos resistencia.

¿No es esto justamente lo que Jesús hizo?  Así lo describe proféticamente el profeta Isaías: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como un cordero fue llevado al matadero; como una oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, no abrió su boca” (Is 53:7).

Jesús es nuestro gran ejemplo de no-resistencia.

Este es la primera parte del principio, pero Jesús le agrega una segunda parte, que muy pocas veces entendemos, pero que si aplicáramos, el mundo se tornaría en un cielo para vivir.

No sólo no debemos hacer nada por resistir al mal, sino que debemos hacer algo bueno por aquella persona que nos hace sufrir y padecer injustamente.

Los ejemplos lo aclaran suficientemente.

Al que te pega en una mejilla, dale también la otra mejilla,… y la otra y la otra.  No hay que pegar después.

Al que te quiera sacar la túnica, dale no sólo la túnica, dale también la capa.

Al que te obligue a llevar carga por una milla, anda con él una segunda milla.

Al que te pida, no se lo rehúses.  El evangelista Lucas lo explica aún mejor: “A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva” (Lc 6:30).  Ni siquiera debes pedir que te devuelvan aquello que has dado en préstamo, dice Jesús.

El llamado de Jesús es el llamado más profundo del amor.  Esa será la sexta y última de sus antítesis, que veremos el domingo próximo, Dios mediante: Amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer bien a los que nos aborrecen, y orar por los que nos ultrajan y nos persiguen.

Pero para poder amar primero hay que aprender la no-resistencia.

Conclusión

En la no-resistencia Jesús nos llama a compartir su pasión, su sufrimiento.  Nosotros podemos amar porque él nos amo primero.  Nosotros podemos sufrir porque compartimos los sufrimientos del Señor.

La cruz fue el ejemplo máximo de no-resistencia y de no-violencia.  Desde la cruz Jesús pudo haber dicho: “Mi padre los va a agarrar a ustedes…  Ya van a ver cuando yo vuelva en mi reino, a ustedes los voy a mandar a todos al mismísimo infierno…”  Pero Jesús dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34)

Amemos, como Jesús amó.  Perdonemos, como Jesús perdonó.  Y si tenemos que ir a la cruz por sufrir la injusticia, sufrámosla en silencio y en reverencia a Dios, sabiendo que él pagará toda injusticia cuando llegue el tiempo.  Que Dios nos dé un espíritu que no resiste al maligno.

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Daniel Carro es Profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos John Leland, en Arlington, Virginia, USA.  También se desempeña como Embajador Latino de los Bautistas de Virginia.  Pastor y profesor en su nativo país de Argentina por más de 25 años, el profesor Carro continúa desarrollando ambas facetas de su ministerio desde el año 2000 en Virginia.  También continúa como miembro del Departamento de Estudio e Investigación y del Grupo de Trabajo de Educación Teológica y Académica, ambos dependientes de la Alianza Bautista Mundial, de la cual fue Secretario Regional para América Latina en los años 1995-2001.  Fue electo Vicepresidente Primero de la AMB para el período 2010-2015.

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Estudio Bíblico – Asociación Bautista Argentina – ABA

Iglesia En Marcha .Net
30 ago '10

Hay 1 Comentario.

  1. Pienso que las leyes del Antiguo Testamento eran más que nada leyes civiles y religiosas que Dios formulo en tiempos en que, por ejemplo, la gente creía que podía matar a otro sin retribuciones. Fue un tipo de constitución para el naciente pueblo de Israel. Lo que creo que Jesús hizo en el Sermón del Monte fue la de aplicar primero las leyes de Dios a la conciencia.
    Así, por ejemplo, en los 10 mandamientos tenemos la ordenanza de “no mataras” (Éxodo 20:13). Pero lo que Jesucristo quería evitar era el resentimiento, por ejemplo, antes que uno matara, primero el problema sucedía en la mente, con el enojo y la ira, por eso Jesucristo quiso mas bien evitar el mal antes que sucediera, cuando el problema del enojo estaba en la cabeza. Tan solo con enojarse con el hermano y llamarlo “fatuo” ya era pecado (Mateo 5:22).
    La misma idea era con el de cometer adulterio (Éxodo 20:14), antes que el hombre cometa ese pecado (y otros similares como la fornicación), lo iba a comenzar pensando, mirando a la mujer de una forma carnal; así que Jesucristo quiso evitar ese tipo de pecado antes que se cometiera el acto físico. En este sentido, Jesús no estaba anulando la ley, la estaba afirmando y clarificando. Amén.

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