EL SERMÓN DEL MONTE – Parte 7

La Justicia Mayor de un Espíritu Igualitario

Mateo 5:31-32

Estamos estudiando el Sermón del Monte, un diseño para la vida del discípulo, un boceto de lo que el cristiano debe ser.  Dios nos da el diseño de lo que debemos ser, y nosotros tenemos que tener la voluntad de adecuarnos a ese diseño, de ser como nuestro Dios quiere que seamos, de vivir como Cristo quiere que vivamos.

Unos estudios atrás comenzamos con una sección del Sermón dedicada a enseñar al discípulo una justicia mayor que la de los escribas y fariseos.  La frase principal de Jesús es: “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 5:20).

Jesús requiere de sus discípulos una justicia mayor porque su justicia es mayor.  El no se pone a la altura de los maestros de su tiempo, él está por encima de todos ellos, él es mayor.  Ellos enseñaban la ley, él es el dador de la ley.  Ellos repetían la ley, él es el autor de la ley.  Ellos enseñaban como quien da lo que otro les dio primero, Jesús enseñaba con autoridad, con la autoridad que le da haber sido el autor de la ley.

El pone ante sus discípulos seis antítesis, seis contradicciones.  En la primera enseña contra el asesinato y la ira.  No es sólo malo matar, dice Jesús, igualmente malo es el enojarse, porque es de la ira del hombre de dónde sale el deseo de matar.  Las armas no matan, matan los hombres, mata la ira.  Pero el discípulo debe tener un espíritu reconciliatorio.  Cuando hay reconciliación no hay posibilidades de ira, ni de pelea, ni de muerte ajena ni propia.

El la segunda antítesis, que vimos el domingo pasado, Jesús enseña sobre el adulterio.  Está mal adulterar, dice Jesús, porque el que adultera tiene un espíritu sucio y mentiroso.  Pero el discípulo debe tener un espíritu puro y fiel, porque de esa manera no adulterará jamás, ni mentirá, ni se portará injustamente respecto de ninguna persona.

La tercera antítesis, que veremos hoy, está de alguna manera relacionada con la segunda, de modo que algunos la consideran una extensión, o la segunda parte de la anterior.  Sin embargo, la estructura nos hace ver que es una enseñanza aparte, y así debemos tratarla.

Leer Mateo 5:31-32.

Las seis antítesis de Jesús son ejemplificativas.  No tenemos que tomarlas como una nueva ley porque así no las podremos entender.  Es decir, si son la ley de Jesús, deben ser entendidas como decía el apóstol Santiago, como la “ley de la libertad”.  Si no lo entendemos así corremos el riesgo, como muchos han hecho, de convertir estos ejemplos de Jesús en un nuevo legalismo, mucho más duro y difícil de cumplir que el legalismo judío.

Las seis antítesis reflejan la necesidad que los discípulos de Jesús tenían, y también nosotros tenemos, de entender que:

1.  La persona humana es sagrada, y no tenemos que avasallarla ni matándola, ni teniendo ira, ni adulterando, ni divorciando, ni de ninguna manera que afecte el estado de esa persona.

2.  La persona humana es un camino hacia Dios.  El que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto.  Amar al otro es un camino para amar a Dios.

3.  La persona humana es falible, pecadora y finita.  Todos somos pecadores.  Hay que aprender a ejercer sobre los demás la virtud de la gracia y del perdón, y no el juicio de la condenación.

Sólo entendiendo estas antítesis a la luz de estas tres enseñanzas bíblicas podemos entender a Jesús.

La primera cosa que veo que Jesús enseña en estos dos versículos es que la mujer es un ser humano igual al hombre, y que la relación del varón con la mujer debe ponerse de persona a persona.

Para poder entender qué está diciendo Jesús hay que recordar la triste situación de la mujer en la época de Jesús.  La mujer era un objeto del hombre.  La mujer era un ser intermedio entre los animales y el hombre.  Los judíos oraban: “Gracias Dios que no me hiciste una mujer, ni un gentil”.

La situación queda clara porque en el texto se reconoce que el único que puede dar carta de divorcio era el hombre.  El hombre era el único que podía divorciar porque era el único que tenía derechos.  La mujer no tenía ningún derecho, sino múltiples obligaciones.  La mujer no tenía derecho de dar al hombre carta de divorcio.

La ley discutía qué era lo que la mujer tendría que hacer para que el hombre tuviera derecho de darle carta de divorcio.  Vean hasta qué extremo había llegado el legalismo de la época.  Deuteronomio 24:1-2 dice: “Cuando alguien toma una mujer y se casa con ella, si no le agrada por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, se la entregará en la mano y la despedirá de su casa.  Una vez que esté fuera de su casa, podrá ir y casarse con otro hombre”.

Evidentemente la ley era despareja.  Sólo el hombre tenía derecho de despedir a su mujer por haber hallado en ella “algo indecente”.

Ahora bien, esa palabra “indecente” pareciera sugerir algo inmoral, al menos en castellano.  Pero en hebreo, “ervah” significa algo no presentable, algo impúdico, algo que no está bien, algo que no le agrada, algo que le parece que está mal.  La ley no aclaraba exactamente a qué se refería esta cosa “no presentable”.

Los intérpretes de la ley, por eso, discutían entre sí a qué se refería la ley con “cosa no presentable”, o “algo indecente, como traduce nuestra versión.  Algunos escribas, los más estrictos, decían que eso “no presentable” sólo podría ser interpretado como el adulterio.  Pero otros escribas, más liberales, decían que cualquier cosa que al hombre no le gustare, sería causa para que él le diera carta de divorcio.  Tan liviana era esta interpretación de la ley que incluía, entre otras causas, dejar que la comida se quemare.

De modo que la ley era muy muy despareja para la mujer.  Lo que debiéramos pensar, al interpretar estos textos de Jesús, para comprenderlos en su total magnitud, es si lo que Jesús dice para el varón también sirve para la mujer.  ¿Sirve?  Obviamente, creo que sí, que lo que Jesús dice no lo dice sólo para el varón, aunque es cierto que al momento el único que tenía derechos legales de divorciar a su mujer era el varón.  Pero para Jesús los derechos son de ambos.  Tanto el varón como la mujer están atados a la misma ley de Cristo.

La mujer no es un objeto del hombre.  No es un objeto de placer, no es un objeto de gloria, no es un animalito para cuidar en tanto y en cuanto que nos haga felices, pero que si no nos gusta nos lo sacamos de encima con la perrera, no es una cosa.  Tampoco es el hombre un objeto de la mujer.  Ni la una del otro, ni el uno de la otra.

Cuando el gran padre de la iglesia Agustín habló del matrimonio, tomó literalmente el hueso de donde según la Biblia Dios sacó a la mujer: de una costilla.  No la sacó de un hueso de la cabeza, dice Agustín, para que ella se enseñoree de él, ni tampoco de un hueso de los pies, para que él la trate como sirvienta.  La sacó de una costilla, del medio y del igual, y seguro de una costilla que estaba cerca de su corazón, para que el hombre se acuerde de amarla y respetarla.

Tanto el hombre debe respetar a la mujer como la mujer al hombre.  Este es el espíritu igualitario que deja de lado el divorcio.  Este es el espíritu de Jesús

También el apóstol Pablo recordó este espíritu de Cristo cuando dijo: “Pero ahora que ha venido la fe, ya no estamos bajo un guía,  porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús,  pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.  Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gá 3:25-28).

El espíritu de Cristo es un espíritu igualitario, eso es lo que este texto nos enseña.

Además, dice Jesús, nuestras relaciones con los demás deben ser conducidas con mucha prudencia.

La única razón válida para el divorcio, dice Jesús, es la fornicación, o “porneia”.  Desgraciadamente esta palabra, que se había olvidado un poco, nuevamente ha recobrado su significado y está instalada en toda la humanidad a través del triste lugar de la pornografía.

El que repudia a su mujer, dice Jesús,  tiene que tener cuidado de no estar forzando a la mujer al adulterio.  Tanto la mujer repudiada a la ligera, como el que se casa con la repudiada, ambos adulteran, dice Jesús.

Es que las razones de uno suelen impactar en la vida de los otros.  Los padres no piensan en los hijos hasta que ya es muy tarde, la mujer no piensa en el varón hasta que ya lo hizo, el hombre no piensa en la mujer hasta que ya es demasiado tarde.  Después, qué se puede hacer…

Así también es con el adolescente que se regocija con la pornografía, no repara en los males sociales que están detrás de ella, no sabe ni piensa lo explotadas y maltratadas que son las mujeres que se someten a ella.  Mirar las revistas parece muy divertido, pero el dolor social y la explotación que hay detrás convierten ese pasatiempo aparentemente inofensivo en algo verdaderamente inmoral.  No por causa de uno, sino por causa de los males que causa el comportamiento de uno.

Hay que tener cuidado con nuestras relaciones, dice Jesús.  Lo que uno hace afecta a los demás, de una u otra manera.  Por eso, si no conducimos nuestras relaciones con los otros con suma prudencia, hacemos que los otros caigan continuamente en todo tipo de pecados a los cuales nosotros mismos los estamos induciendo.

El adulterio es un pecado de a dos.  El que adultera hace que otro adultere con él.  Así también es el divorcio, un pecado de a dos.  No hay partes inocentes en un divorcio.  Es cierto que alguna de las partes puede ser la más culpable, pero la otra parte también jugó su papel, o quizá no lo jugó cuando debió haberlo jugado.

Un espíritu igualitario, dice Jesús, exige que tratemos a los demás con la misma deferencia, con el mismo tratamiento, con el mismo cariño y el mismo amor con que nos tratamos a nosotros mismos.

En tercer lugar, Jesús nos enseña que nuestras relaciones con los demás exigen una cuota de sacrificio voluntario.

Una de las razones principales para el divorcio y las peleas entre seres humanos es que todos queremos cambiar el comportamiento de los otros, pero no el nuestro.  Todos queremos que los demás cambien, pero queremos seguir siendo cada uno de nosotros así como somos.

Debemos darnos cuenta que cada uno tiene derecho a ser como es.  No podemos cambiar el comportamiento de los demás, sólo el nuestro.  Cada uno puede cambiar su propio comportamiento, no el de los otros.

No podemos cambiar el modo que otros se comportan frente a nosotros, pero sí podemos cambiar el modo que nosotros nos comportamos frente a ellos.

Las acciones exteriores y visibles siempre parten de intenciones interiores involuntarias e invisibles.  El que adultera es porque primero ha mirado, el que divorcia es porque primero ha roto la relación de amor con la otra persona, y ha dejado que la relación se enfríe y que la otra persona se aleje de su corazón.

Nadie se levanta un día para decir: Hoy quiero divorciarme.  El divorcio es un mal que se va gestando día a día, por mucho tiempo, hasta que un día, finalmente, llega la famosa “gota que colmó el vaso”, y a partir de allí ya nada es lo que era antes.

En espíritu igualitario, dice Jesús, está allí donde cada uno de nosotros esté dispuesto a hacer aquello que requerimos de los demás.  Muchos matrimonios se rompen justamente porque este principio no se respeta.  Cada uno quiere que el otro haga lo que él o ella quiere que haga, pero no estamos dispuestos a hacer por el otro lo que quisiéramos que el otro haga por nosotros.  No estamos dispuestos a hacer aquello que requerimos de los demás, por eso, somos injustos, tenemos dobles estándares de media, y rompemos las relaciones que nos unen con las personas que nos rodean.

Así como el divorcio es la ruptura del vínculo matrimonial, así hay muchos otros “divorcios” en nuestra vida que, aunque no tienen que ver con el matrimonio, sí tienen que ver con nuestras relaciones con los demás.  Cualquier tipo de “divorcio” goza de la misma prerrogativa.  Es un pecado frente a Dios.

Un espíritu igualitario requiere de cada uno que hagamos aquellas cosas que requerimos de los demás.  Si las hacemos, somos igualitarios, y caminamos en la luz de Dios.

Conclusión

Para poder andar con Jesús hay que tener un espíritu igualitario.

Si somos igualitarios no haremos diferencia entre varón ni mujer, entre esclavo ni libre, entre judío o gentil.

Si somos igualitarios trataremos a los demás así como nos tratamos a nosotros mismos.

Si somos igualitarios estaremos dispuestos a hacer nosotros primero aquello que requerimos de los demás.

Hay que aprender a vivir en la justicia mayor del reino de los cielos: una justicia que se vive en la igualdad que Cristo nos enseñó a vivir.

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Daniel Carro es Profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos John Leland, en Arlington, Virginia, USA.  También se desempeña como Embajador Latino de los Bautistas de Virginia.  Pastor y profesor en su nativo país de Argentina por más de 25 años, el profesor Carro continúa desarrollando ambas facetas de su ministerio desde el año 2000 en Virginia.  También continúa como miembro del Departamento de Estudio e Investigación y del Grupo de Trabajo de Educación Teológica y Académica, ambos dependientes de la Alianza Bautista Mundial, de la cual fue Secretario Regional para América Latina en los años 1995-2001.  Fue electo Vicepresidente Primero de la AMB para el período 2010-2015.

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Estudio Bíblico – Asociación Bautista Argentina – ABA


15 Ago '10

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