EL SERMÓN DEL MONTE – Parte 6

La Justicia Mayor de un Espíritu Puro y Fiel

Mateo 5:27-30

El Sermón comienza con las Bienaventuranzas, en las que Jesús detalla las características del discípulo.  Más tarde, sigue con la afirmación de Jesús de que sus discípulos son la sal de la tierra y la luz del mundo.  Luego Jesús comienza una sección de su Sermón dedicado a requerir de sus discípulos una justicia mayor que la de los escribas y fariseos, diciéndoles que si no la tuvieran no entrarían en el reino de los cielos.
“Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 5:20).

Son seis antítesis, seis contradicciones.  En cada una de ellas Jesús afirma su conformidad con la ley de Moisés, pero a la vez deja perfectamente aclarado que la ley vale porque apunta hacia El, hacia Jesús, el único Hijo del único Padre, como el Autor y Dador de la ley.  Por eso también sólo quien toma la ley como hijo de Dios, y como palabra de Cristo, puede llegar a cumplirla.

La primera de las seis contradicciones que Jesús da es la del asesinato y la ira. No es sólo malo matar, dice Jesús, igualmente malo es el enojarse, porque es de la ira del hombre de dónde sale el deseo de matar.  Las armas no matan, matan los hombres, mata la ira.

Por eso, Jesús llama a tener un espíritu reconciliatorio.  Cuando hay reconciliación no hay posibilidades de ira, ni de pelea, ni de muerte ajena ni propia.
Hoy queremos ver la segunda de las contradicciones o antítesis.  Es la que tiene que ver con el adulterio.

Leer Mateo 5:27-30.

Quien tenga una justicia mayor, dice Jesús, no sólo tendrá un espíritu igualitario, tendrá también un espíritu puro y fiel, un espíritu que no tolera el adulterio.

Hemos dicho ya un par de veces que la ética que se enseña en el Sermón del Monte es una ética de la interioridad, una ética que procede de adentro para afuera, no de afuera hacia adentro, una ética que tiene su centro en el cambio interior de la persona, que luego hace cambiar también su exterior.

También el apóstol Pablo dice a su discípulo espiritual Tito: “Todas las cosas son puras a los puros, pero a los corrompidos e incrédulos nada les es puro, porque su mente y su conciencia están corrompidos” (Tito 1:15-16).
Frente a la gran inmoralidad reinante en el mundo, la pregunta es, ¿cómo mantenerse puro?  ¿Cómo vivir para “guardarse sin mancha del mundo” como decía el apóstol Santiago? (1:27)

Lo primero que Jesús enseña es que el adulterio nace y se consuma en el corazón de la persona (5:27-28).
“Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su corazón”.  El énfasis está en la partícula “ya”.

No es que mirar a una mujer me prepara para el adulterio, no es que baja mis defensas y me hace más propenso a adulterar en el futuro.  El que mira a una mujer para codiciarla, YA adulteró con ella en el corazón.

El adulterio no está en la cama, está en el corazón.  Cuando somos puros, todo nos es puro, pero cuando estamos corrompidos, nada nos es puro, todo es sucio, todo es impuro.

Así describe el evangelista Marcos éste concepto de Jesús.  Marcos, conocido por su brevedad, sin embargo en este tema se toma todo el tiempo.  Alarga, aclara, explica con todo detalle y paciencia, de modo que la enseñanza se comprenda bien, y que lo que es verdaderamente importante no se pase por alto.

Leo Marcos 7:1-23: “Se acercaron a Jesús los fariseos y algunos de los escribas, que habían venido de Jerusalén; 2 estos, viendo a algunos de los discípulos de Jesús comer pan con manos impuras, esto es, no lavadas, los condenaban,  3 (pues los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si no se lavan muchas veces las manos, no comen.  4 Y cuando regresan de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas cosas hay que se aferran en guardar, como los lavamientos de los vasos de beber, de los jarros, de los utensilios de metal y de las camas.) 5 Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: — ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos impuras?  6 Respondiendo él, les dijo: — ¡Hipócritas! Bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí,  7 pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres”,  8 porque, dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber. Y hacéis otras muchas cosas semejantes.

9 Les decía también: — Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición,  10 porque Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente”, 11 pero vosotros decís: “Basta que diga un hombre al padre o a la madre: ‘Es Corbán (que quiere decir: “Mi ofrenda a Dios”) todo aquello con que pudiera ayudarte’ “, 12 y no lo dejáis hacer más por su padre o por su madre, 13 invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a estas.

14 Llamando a sí a toda la multitud, les dijo: — Oídme todos y entended: 15 Nada hay fuera del hombre que entre en él, que lo pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre. 16 Si alguno tiene oídos para oír, oiga.
17 Cuando se alejó de la multitud y entró en casa, le preguntaron sus discípulos sobre la parábola. 18 Él les dijo: — ¿También vosotros estáis así, sin entendimiento? ¿No entendéis que nada de fuera que entra en el hombre lo puede contaminar, 19 porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, declarando limpios todos los alimentos. 20 Pero decía que lo que sale del hombre, eso contamina al hombre,  21 porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, 22 los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lujuria, la envidia, la calumnia, el orgullo y la insensatez. 23 Todas estas maldades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7:1-23)

Lo que contamina es lo de adentro.  No se adultera porque uno consuma físicamente el adulterio en un acto de fornicación.  Se adultera porque el corazón ya adulteró con la mujer o con el hombre que se ha mirado más allá de lo que debe mirarse.

No está mal mirar y admirar…  ¡Lo que está mal es mirar para codiciar!  Eso es lo malo, la codicia.  Cuando se codicia la mujer ajena, se ha matado toda sensibilidad en el corazón.  Cuando se codician las cosas de los demás se ha destruido el sentido del amor y del respeto que se debe a lo que no nos corresponde.

Además, dice Jesús, con el pecado hay que tomar decisiones tajantes, y definitivas (5:28-29)

“Córtalo, y échalo de ti…” dice Jesús.  La frase no deja al menos de llamar la atención.  ¿De veras debiéramos mutilarnos así tan tajantemente?

Es cierto que Jesús está usando una hipérbole para describir su enseñanza.  La hipérbole es una exageración graciosa que lleva la enseñanza hasta sus límites.  No es necesario realmente mutilarse para matar el pecado.

Ya hemos dicho que el pecado nace y se consuma en el corazón.  Mutilando el miembro que se inclina hacia el pecado poco ganamos en cuanto a mutilar realmente el pecado.  No queremos matar el cuerpo, queremos matar al pecado.

Pero la exageración graciosa de la hipérbole sí nos enseña la dureza y la estrictez con que hay que tratar al pecado.  No podemos ser débiles.  No podemos andar con cálculos cuando se trata del pecado.

Los médicos que operan el cáncer dicen que, además de sacar todas las células enfermas un buen médico debe además sacar parte del tejido sano, sólo para estar seguro que se ha sacado toda la enfermedad, y que ésta no seguirá avanzando.  Es lo que los médicos llaman “cortar por lo sano.”

Así también con el pecado, hay que “cortar por lo sano”.  Si andamos sólo limpiando la parte que quedó enferma no lograremos avanzar en la vida cristiana.  Sólo cuando tenemos el coraje de tomar medidas extremas, Dios estará dispuesto a bendecirnos con sus grandes bendiciones.  Dios no puede bendecir al pecado.

No se puede ser débil o timorato con el pecado.  Hay que vencerlo antes que él nos venza a nosotros.  Sólo el que se afirma en Jesucristo tiene poder para vencer al pecado.  Por eso hay que estar en comunión con Cristo y en firmeza espiritual.  Sólo así se vence el pecado.
“Adulterar” es un pecado mayor que el pecado del adulterio en el sentido sexual.  También uno puede adulterar la leche agregándole agua, adulterar los alimentos con elementos que parecen ser lo que en realidad no son, adulterar los medicamentos con azúcar y con menta, en lugar del remedio que el cuerpo necesita.

El adulterio es la cuna de la corrupción.  Está mal adulterar porque el adulterio es una mentira.  El padre de toda mentira es Satanás, como dice Jesús en Juan 8:44: “Él ha sido homicida desde el principio y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla, pues es mentiroso y padre de mentira”.

Por eso no hay que adulterar, ni sexualmente, ni de ninguna manera, porque el que vive en la mentira es del diablo.  Sólo quien vive en la pureza y en la fidelidad a Cristo vive en la verdad.  Jesús dijo: “YO soy el camino, y la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14:6).

Una última enseñanza veo en estos textos de Jesús: Para poder vencer al pecado hay que darse cuenta que toda pérdida se convierte en una salvación (5:28-29).

Es cierto que perdimos un ojo, pero salvamos el cuerpo.  Es cierto que perdimos un brazo, pero salvamos el alma.  La lógica de Jesús es inobjetable.  Perder una batalla no es perder la guerra.  Pero hay que aprender que sólo perdiendo es como se salva, y sólo muriendo es como se llega a la vida eterna.

Así también es con el pecado.  Si queremos vencer al pecado con nuestras propias fuerzas, estamos perdidos.  Si queremos vencer al adulterio con moralidad, o con fuerza de voluntad, no llegaremos nunca a nada.  Sólo se vence al pecado del adulterio y a cualquier otro pecado cuando uno se ha afirmado en la gracia que viene de Dios por parte de Cristo Jesús.

Es la gracia de Cristo la que puede hacernos vivir sin pecar.  Si fuera por nosotros, pecaríamos sin poder parar.  Sólo Cristo, y la fuerza que nos da el Espíritu Santo, pueden hacer que el pecado se aleje de nosotros, y que vivamos vidas puras, fieles a Cristo, vidas que sean útiles para Dios.

Podremos perder una batalla, podremos perder un ojo, o un brazo, pero habremos salvado el pellejo, habremos ganado la guerra, no sólo nos habremos librado del infierno, sino que habremos llegado al reino de los cielos.  Pero eso ya no depende de nosotros, sino de Dios, que lo da a quien él quiere.

Conclusión

Para poder andar con Jesús hay que tener un espíritu puro, y hay que ser fiel a él.
Sólo los puros de corazón verán a Dios.  Sólo los de corazón limpio tendrán parte en el reino de los cielos.
Sólo los que sean fieles a Cristo, a su amor y a enseñanza, habrán de ver colmadas algún día sus expectativas de estar con el Señor.
Hay que aprender a vivir en la justicia mayor del reino de los cielos: una justicia que se vive en la pureza y en la fidelidad.
El que sea de un espíritu puro, el que sea fiel al Señor, tendrá la alegría de, alguna vez, llegar a ver a Dios.

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Daniel Carro es Profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos John Leland, en Arlington, Virginia, USA.  También se desempeña como Embajador Latino de los Bautistas de Virginia.  Pastor y profesor en su nativo país de Argentina por más de 25 años, el profesor Carro continúa desarrollando ambas facetas de su ministerio desde el año 2000 en Virginia.  También continúa como miembro del Departamento de Estudio e Investigación y del Grupo de Trabajo de Educación Teológica y Académica, ambos dependientes de la Alianza Bautista Mundial, de la cual fue Secretario Regional para América Latina en los años 1995-2001.  Fue electo Vicepresidente Primero de la AMB para el período 2010-2015.

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Estudio Bíblico – Asociación Bautista Argentina – ABA


9 Ago '10

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