EL SERMÓN DEL MONTE – Parte 5

Prof. Daniel Carro –

La Justicia Mayor de un Espíritu Reconciliatorio
Mateo 5:21-26

Este Sermón es como un diseño para la vida del discípulo, es como un boceto de lo que el cristiano debe ser.  Dios nos da el diseño de lo que debemos ser, y nosotros tenemos que tener la voluntad de adecuarnos a ese diseño, de ser como nuestro Dios quiere que seamos, de vivir como Cristo quiere que vivamos.

El Sermón comenzó con las Bienaventuranzas, en las que Jesús detalló las características del discípulo.  Más tarde, siguió con la afirmación de Jesús que sus discípulos son la sal de la tierra y la luz del mundo.
Ya reflexionamos en la demanda de Jesús a sus discípulos de que su justicia debería ser mayor que la de los escribas y fariseos porque si no, no entrarían en el reino de los cielos.
“Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 5:20), dice Jesús.
Con esta declaración Jesús entra en un nuevo capítulo del sermón, un capítulo que aclarará al discípulo la naturaleza y el alcance de sus demandas como Señor.
Es una declaración fuerte, una advertencia grande.  Hay que tener una justicia de amor, una justicia que no deje de lado el cumplimiento de la ley pero que imite a Jesucristo, nuestro Rey y Señor.  Sólo el que tenga esa justicia será llamado y reconocido como hijo de Dios.  “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 7:21).
A partir del versículo 21 y hasta el fin del capítulo Jesús va a entrar en seis distintas oposiciones personales contra la ley de Moisés.  No olvidemos que él ya dijo que no ha venido para abrogar la ley, sino para cumplirla.  De modo que al decir “Más yo os digo” seguramente no está diciendo que él esté dejando de lado la ley de Moisés.  El no deja de lado la ley, quiere que el discípulo la cumpla cabalmente, la complete en forma y fondo, así como él mismo la completó.
Cada una de las seis antítesis comienza con “Oísteis que fue dicho” y luego sigue con “Más yo os digo”.
Lo primero que hay que notar aquí es que el “yo” está dicho con todo énfasis.
Además, hay que darse cuenta que al decir “más yo os digo” Jesús no está poniéndose a la altura de los rabíes y las interpretaciones del momento.  El está tomando el argumento donde lo dejó.  La justicia mayor que él está reclamando es él mismo, porque sólo El, Jesucristo, puede completar el propósito total de la ley.
En cada una de las seis antítesis Jesús afirma su conformidad con la ley de Moisés, pero a la vez deja perfectamente aclarado que ella sólo vale porque lo señala a El, como único Hijo del único Padre, como el Autor y Dador de la ley.  Por eso también sólo quien puede tomar la ley como hijo de Dios y como palabra de Cristo puede llegar a cumplirla.
La primera de las seis contradicciones que Jesús da es la del asesinato y la ira.  Después de dar la antítesis en los versículos 5:21-22, da dos ejemplos: El ejemplo de la ofrenda (Mt 5:23-24) y el ejemplo del juicio (Mt 5:25-26).
La primera antítesis de Jesús respecto de la ley antigua tiene que ver con el matar y el enojarse.  No es sólo malo matar, igualmente malo es el enojarse, porque es de la ira del hombre de dónde sale el deseo de matar.  Las armas no matan, matan los hombres, mata la ira.

Por eso, Jesús nos llama a tener un espíritu reconciliatorio.  Cuando hay reconciliación no hay posibilidades de ira, ni de pelea, ni de muerte ajena ni propia.
Un espíritu reconciliatorio, dice Jesús, reconocerá que la persona humana es sagrada (5:22).
La vida es un don de Dios.  Sólo Dios tiene poder sobre la vida y la muerte.  Sobre la vida propia y sobre la vida ajena.
La vida humana, toda la vida, es sagrada.  La vida del otro es un límite que el cristiano no debe jamás cruzar.  Aún la ira está más allá de la marca.
La ira es un ataque sobre la vida del otro, sobre las decisiones del otro, sobre su derecho a vivir.  La ira impide que otro viva plenamente.  La ira busca la destrucción del otro.
Uno de los ataques más arteros sobre la vida de otros es el chisme.  Decir “Necio” a otra persona es un ataque sobre su vida.  Decirle “Vacío” (Fatuo) también es un ataque.  No creer en el otro es un ataque.  No tenerle confianza como para esperar en él es un ataque.
Todo el que busca la aniquilación del otro se pone a sí mismo en posición de juez, y no en la posición de reconciliación.  El que quiere reconciliarse se pone a sí mismo a la misma altura que el otro, reconoce al otro como uno mismo, igual ante Dios porque somos todos hijos de Dios.

Además, un espíritu reconciliatorio reconocerá que el otro es camino hacia la presencia de Dios.  (5:22-23)
Es en el rostro de mi hermano que se me hace patente la realidad de Dios.  Si no puedo amar al otro, a quien he visto, ¿como digo que puedo amar a Dios, a quien no he visto?  Este argumento del apóstol Juan (en 1 Jn 4:20-21).

Es en el rostro del otro, especialmente en el rostro del pobre, del huérfano, de la viuda, del extranjero, donde veo el desafío de Dios.  Soy para Dios en la medida en que soy para los demás, especialmente para aquellos que no me pueden ni nunca me podrán devolver lo que hice por ellos.  Precisamente es por eso que lo hago, porque como ellos no me lo pueden devolver queda claro que no lo hago por ningún interés personal, sino sólo por amor.

Todo lo que se hace por amor imita a Jesús y participa de la justicia mayor del reino de Dios.  Todo lo que se hace por interés sigue siendo la justicia de los escribas y los fariseos, una justicia hipócrita que no llega a la presencia de Dios.

Por eso, dice Jesús, cuando tengo algún problema con otra persona, o cuando me palpito que alguien puede tener algún problema conmigo, debo dejar mi ofrenda en el altar, y reconciliarme con mi hermano antes de entregar mi ofrenda a Dios.

Recordemos que la ofrenda que se traía frente al altar es la ofrenda por el pecado.  La relación es obvia: Dios no nos perdonará nuestros pecados si nosotros no estamos dispuestos a vivir reconciliados.  Por supuesto, para poder vivir reconciliados tenemos que aprender a perdonar.

No es cuestión de comenzar a buscar culpables.  Es que si hay algo entre mi hermano y yo, esa falta de amor y de reconciliación impide mi relación con Dios, molesta mi comunicación con el Padre celestial, y me hace no sólo perder las bendiciones, sino estar en posición de juez y no en posición de hermano.

Por último, dice Jesús, un espíritu reconciliatorio reconocerá en el otro el valor de la gracia antes que la paga del juicio (5:25-26).

Cuando vivimos de juicio nuevamente estamos en el papel de juez.  Decimos o presumimos que nosotros somos los que tenemos la razón y no el otro.

Jesús nos exhorta a ponernos en posición de hermano y arreglar cuentas con el adversario “cuando aún estamos en el camino”.

Eso de estar “en el camino” puede ser visto de dos maneras.  Hay quien piensa que “Bueno, hay tiempo, todavía estamos en el camino, mañana arreglaré con mi adversario…” sin saber que quizá mañana ya será demasiado tarde, porque ninguno de nosotros somos dueños del día de mañana.

Por el otro lado, “estar en el camino” es un sinónimo de oportunidad.  Esto es lo que Jesús quiere señalar.  Todavía hay oportunidad.  Mientras estemos “en el camino” tendremos oportunidad de arreglo.

Pero cuando lleguemos delante del juez, del verdadero Juez de los vivos y de los muertos, ante el Rey de reyes y Señor de señores, ahí se terminó la posibilidad de arreglo.  Allí no se aplicará ya la misericordia sino el justo juicio de Dios, el cual, quizá puede sernos desfavorable.

Por eso la otra persona viene a nosotros, en Cristo, como una prenda de gracia, no de ley, como una prenda de misericordia, no de juicio, como una prenda de amor, no de juicio y castigo.

Conclusión

Para poder andar con Jesús hay que tener un espíritu reconciliatorio.  Jesús nunca guardó rencor o revanchismo contra sus enemigos.  Aún desde la cruz dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34)

También el gran mártir cristiano Esteban, mientras moría apedreado injustamente, levantando los ojos al cielo oraba: “Padre, no les tomes en cuenta este pecado” (Hch 7:60).

Tener un espíritu reconciliatorio es vivir en paz con todos los hombres, es servir a nuestro hermano, es agradarle, es permitirle vivir y ser lo que Dios quiere que él sea, es caminar en el camino de la abnegación, en el camino de la cruz.  Como dijo el apóstol Juan: “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn 15:13).

El Señor Jesucristo puso su vida por ti, la puso por mí.  Nosotros, ¿ponemos nuestra vida por nuestros hermanos?  ¿Hacemos nosotros nuestra parte en poner nuestra vida por los demás, para que ellos también reciban el amor de Cristo, así como nosotros lo recibimos algún día?

Esta es la justicia mayor del reino de Dios, una justicia que se goza en la reconciliación.  Vivamos siempre reconciliados, con Dios, y con los demás.

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Daniel Carro es Profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos John Leland, en Arlington, Virginia, USA.  También se desempeña como Embajador Latino de los Bautistas de Virginia.  Pastor y profesor en su nativo país de Argentina por más de 25 años, el profesor Carro continúa desarrollando ambas facetas de su ministerio desde el año 2000 en Virginia.  También continúa como miembro del Departamento de Estudio e Investigación y del Grupo de Trabajo de Educación Teológica y Académica, ambos dependientes de la Alianza Bautista Mundial, de la cual fue Secretario Regional para América Latina en los años 1995-2001.  Fue electo Vicepresidente Primero de la AMB para el período 2010-2015.

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Estudio Bíblico – Asociación Bautista Argentina – ABA

Iglesia En Marcha.Net

5 Jul '10

Hay 1 Comentario.

  1. Luis Fernando Gonzalez Cuervo
    7:22 pm octubre 14, 2010

    Interesante la explicacion sobre las primera antitesis del sermon y muy explicativa, quisiera tener las demas, pudeen enviarme las 6 explicaciones del antitesis.
    Gracias Dios los bendiga.

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